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Bienvenida a don Miguel Ángel Granados Chapa. Academia Mexicana de la Lengua
14 de mayo, 2009
Margo Glantz
1.
Debo confesar que cuando Miguel Ángel Granados Chapa, don Miguel Ángel, me pidió que contestara su discurso de ingreso a esta Academia Mexicana de la Lengua me embargó una profunda emoción por el honor y la responsabilidad que esta elección me confiere. Y no es para menos, además de ser un gran amigo, cosa que aprecio en lo que vale, Miguel Ángel es sin lugar a dudas uno de los personajes más importantes en nuestro México actual, tan necesitado de gente como él por su inteligencia, sabiduría, rigor, consistencia, honradez y valentía en su oficio de periodista, profesión y vocación en la que ha destacado sobremanera desde hace más de 40 años, al grado de convertirse en el referente obligado de todas nuestras mañanas, a través de su programa de radio UNAM, Plaza pública, y de su columna del mismo nombre en el periódico Reforma, donde con rara agudeza, imparcialidad y constancia ejemplar nos informa de los acontecimientos cruciales que suceden en nuestro país, columna que, en diversos periódicos y con el mismo nombre, cumplió 30 años de ejercicio continuo y responsable el 13 de julio de 2008. No en balde Miguel Ángel ha sido objeto de los más importantes reconocimientos durante los últimos tiempos- doctorados honoris causa, premios nacionales de periodismo, la medalla Belisario Domínguez, para citar sólo unos cuantos-, reconocimientos que se coronan, estoy segura, con la ceremonia de esta noche en que orgullosamente lo recibimos como miembro de número de esta corporación donde se le ha destinado la silla XXIX. Lugar antes ocupado por el recién fallecido e ilustre historiador don Ernesto de la Torre Villar, quien asimismo fuera su maestro y a quien nuestro nuevo académico, como él mismo confiesa, le debe muchas cosas, entre ellas la de haber aprendido las técnicas de investigación documental, piedra de toque de su labor periodística. Estamos en consecuencia ante un acto de justicia poética, pues ocupar la silla de un hombre notable por su excelencia y su probidad, primero como maestro y funcionario académico es, además de un reconocimiento merecido, el afianzamiento de una genealogía iniciada desde que apareció en esta casa don Ángel María Garibay Kintana, para quien se creó la silla número XXIX y, quien, entre paréntesis, escribía con desenfado su segundo apellido con K, quizá en contra de las reglas de la ortografía imperante: Garibay, “sabio entre sabios”, como lo define acertadamente su heredero actual, “nos hizo cobrar conciencia de las muchas culturas de las que somos consecuencia”, fue asimismo maestro de otro de nuestros ilustres académicos, don Miguel León Portilla, también historiador.
2. El curriculum de Miguel Ángel Granados Chapa es muy conocido por todos nosotros. Baste mencionar que nació en Pachuca, estado de Hidalgo, a principios de la década del 40, que cursó su primaria y la pre-vocacional, para hijos de trabajadores, en escuelas públicas de su lugar natal y con maestros excelentes- ¿quién podría asegurar lo mismo hoy con el deterioro de la educación publica en nuestro país? El mismo nos aclara que fue su madre quien le inculcó el gusto por las palabras, notable mujer y profesora nata, en homenaje de quien estudiaría Derecho ya en la ciudad de México y en la UNAM, nuestra Alma Mater, al tiempo que proseguía por vocación la carrera de periodismo en la Facultad de Ciencias Políticas de la misma institución. Estamos enterados de que le falta sólo el examen de grado para obtener el doctorado de Historia en la Universidad Iberoamericana; también de que ha publicado numerosos libros de actualidad desde 1982,entre ellos, y cito: La banca nuestra de cada día; Votar, ¿para qué? Manual de elecciones; Comunicación y política; ¡Nava sí, Zapata no!: la hora de San Luis Potosí: crónica de una lucha que triunfó; ¡Escuche Carlos Salinas!; Constancia Hidalguense; Fox & Co. Biografía no autorizada; Tiempo de Ruptura; , etc.; de que ha tenido numerosos cargos de importancia pública: por ejemplo, subdirector editorial y colaborador de Excélsior (1976); director, gerente y colaborador de Proceso (1976–1977); jefe de los noticieros del canal 11 (1977); director general de Radio Educación (1978-1979); director general de la revista Mira (1990-1994); director de La Jornada (1988-1990); presidente del consejo de administración del Grupo Editorial Tres; director de Hoja por Hoja, suplemento de libros del diario Reforma, y colaborador en por lo menos catorce diarios más. Interrumpo aquí este cómputo: pasar lista a toda su trayectoria me tomaría todo el tiempo de que dispongo.
3. Documentado, oportuno, como es su costumbre, Miguel Ángel rememora en su discurso la historia de quienes han contribuido aunque fuese de manera indirecta a su llegada a nuestra academia. Empieza hablando de don Celedonio Junco, académico correspondiente radicado en Monterrey desde muy joven y fundador de El Norte, periódico del que proviene actualmente el Diario Reforma que ahora con generosidad nos alberga en su casa y donde se publica diariamente Plaza Pública, la tan mencionada columna de Granados Chapa. Le toca enseguida el turno a su hijo Alfonso Junco, miembro de número de esta Academia y quien entre otras veleidades tenía la de escribir, y a rajatabla, la palabra Mexico con J, por lo que, agrega Miguel Ángel, algunos de sus críticos escribían su apellido con X, otra posible infracción a nuestras reglas de ortografía. Rinde luego homenaje a Don Alfonso Cravioto, a quien le dedicó un importante libro, y nacido igualmente en Pachuca; miembro de la Sociedad de Conferencias, el Ateneo de la Juventud y fundador de la revista Savia moderna en 1906, reproducida en edición facsimilar por nuestro querido y añorado José Luis Martínez cuando fue director del Fondo de Cultura y Económica y de nuestra Academia durante varios años. Hidalguense como Granados, Cravioto ocupó en nuestra institución - como correspondiente, primero, y, luego, como académico de número -, la silla XXVIII, cifra doblemente emblemática, pues, Miguel Ángel ocupa desde hoy la silla siguiente, es decir, la XXIX y, además, es el segundo hidalguense a quien tenemos el honor de acoger entre nosotros.
4. Persistente y apoyado siempre en los datos como buen historiador, lo que le otorga a sus escritos una gran credibilidad, Granados va elaborando paso a paso su discurso, cuyo parte medular será, ¿cómo podría ser de otra forma?, el problema de la libertad de pensamiento y de expresión, cuyas raíces explora, remontándose a la aparición de la imprenta y explicando la reacción que contra ésta tuvieron de inmediato las autoridades civiles y eclesiásticas de aquel tiempo, al advertir el peligro que corrían si se aceptaba la libre propagación de las ideas y su libre examen. Milton es para Granados el paradigma: en su Aeropagítica el escritor inglés se pronuncia en contra de la censura y exige ante el parlamento que se reconozca el derecho “de saber, hablar y argüir libremente”. La historia de la libertad de expresión, en su doble modalidad de palabra hablada y de palabra escrita, y las persecuciones a las que se vieron expuestos quienes la defendieron en nuestra patria durante las distintos gobiernos conservadores del siglo XIX y especialmente mientras ocupó la presidencia con tan persistente y catastrófica recurrencia Santa Anna (desde Fernández de Lizardi al Nigromante y tantos más), constituye el tema de la siguiente parte de su discurso: con admiración recuerda los breves interludios de libertad que se dieron durante la Constitución de Cádiz y más tarde, ya en el México independiente, durante la administración de don Valentín Gómez Farías. Miguel Ángel dedica una parte sustancial de su texto a examinar un dato recurrente y poco estudiado de la historia de México: cuando se logra decretar constitucionalmente el derecho a la libre expresión, se produce de inmediato una curiosa y nociva reacción, la que él llama “el relativismo de consagrar un derecho y de inmediato acotarlo con limitaciones”, relativismo ya denunciado en 1857 durante el proceso de elaboración de la Constitución por los diputados Ignacio Ramírez, Francisco Zarco- con quien muchas veces Miguel Ángel ha sido equiparado- y Guillermo Prieto, quien denostando a sus compañeros de congreso y, sobre todo a la comisión dictaminadora, arguyó que, repito la cita que reproduce Miguel Ángel, me parece fundamental, ” como deslumbrada con la luz de la verdad, (ésta) retrocede espantada, se intimida…, parece pedir perdón por su atrevimiento y se apresura a formular restricciones que nulifican el derecho”. ¿Una reliquia del pasado? No, Granados comprueba con numerosos datos cómo aún esa libertad acotada fue suprimida durante la dictadura de Díaz y, cómo, después de la Constitución de 1917, Venustiano Carranza se apresuró a reglamentarla y, cómo, agazapada cual influenza maligna, sigue vigente; los artículos 6 y 7 de la constitución de 1917 mantienen viva, explica Granados, (a) “esta ley cuyo lenguaje recuerda al de Santa Anna, por más que una interpretación lineal de la historia los ubique en corrientes antagónicas”. Me interesa destacar por ello un momento de este discurso de ingreso: al hablar de los liberales del 57, Granados reproduce declaraciones de Zarco, allí denuncia la forma en que las nociones de vida privada, moral y paz pública han servido para coartar de sofística manera nuestro derecho inviolable para “escribir y publicar sobre cualquier materia”. Nociones que se siguen manejando casi iguales o de manera encubierta para ayudar con apariencia de legalidad a frenar y perseguir a quienes intentan denunciar los abusos de nuestros gobernantes. Subrayo este dato con uno de los recientes artículos de Granados, aparecido en Reforma, el 27 de abril pasado, con el título “Definición de libertades”. En él se refiere a la demanda de indemnización por daño moral que la ex primera dama de México, Martha Sahagún de Fox, entabló contra la periodista Olga Wornath y el semanario Proceso y con cuya sentencia se inconformó porque se reconocía judicialmente que había sido lastimada en su honor pero no vulnerada en su derecho a la intimidad, decisión más bien tautológica, pues, ¿cómo puede determinarse la exacta separación entre intimidad y honor?, y que ahora deberá revisar, dictar sentencia y quizá establecer jurisprudencia, la Suprema Corte de Justicia de la Nación cuya primera sala ha atraído para sí el caso. En este pleito se vuelve a plantear lo que en su momento hizo explícito Francisco Zarco y continúa siendo uno de los debates principales de la prensa libre: Se trata de saber, dice Granados en su artículo, si el derecho a la intimidad y la vida privada pueden ser un valladar que impida el derecho a la información, especialmente en tratándose de personas cuya notoriedad pública, sea por su cargo o por su propia decisión, las convierte en parte de la escena pública sujeta al escrutinio público, ejercido a través de los medios de información”
5. Múltiples son los casos que se podrían añadir y que evidencian las violaciones continuas a que se ve expuesta la libertad de expresión en nuestro país: bastaría simplemente con pasar revista a los artículos escritos por Granados o reflexionar sobre sus comentarios de la radio, pero, no puedo alargar demasiado mi propio texto, de por sí ya extenso, por lo cual sólo añadiré un punto más que quisiera destacar, tema que alude con desmedida importancia a nuestra labor como académicos: “Nuestra lengua, en general, y la de México en particular, dice Miguel Ángel, está sujeta a un proceso de pauperización, (dato que se advierte)…en la incapacidad para formular enunciados sencillos. El empobrecimiento del lenguaje, concluye, amenaza precipitarnos en la mudez”. Vuelvo a acudir al texto publicado en Plaza pública el 29 de abril con el título de “Cogobierno en la SEP”, donde con gran habilidad utiliza una noticia – la de la enfermedad de Manuel Camacho Solís – nos remite a la contingencia que acaba de ocurrirnos, la de la influenza, ridículamente bautizada como humana y antes como porcina- y conecta a la vez a este político con Elba Ester Gordillo sobre quien Miguel Ángel ha trabajado exhaustivamente en su libro La coalición elviazul. Camacho, ahora repuesto del ataque de fiebre que hubiera podido aniquilarlo, es uno de los políticos, a quien le debemos, como nos recuerda Miguel Ángel una acción decisiva en el encumbramiento de esta líder magisterial: Mientras se le atendía, explica, por fortuna con buen resultado, quizá haya tenido ocasión de recordar el papel que exactamente 20 años atrás tuvo en el ascenso de Elba Esther Gordillo al liderazgo magisterial. Y, es obvio, entre los múltiples y muy serios problemas que nos aquejan en nuestro país, uno de los más serios es el de la educación pública y su deterioro; es más, el hecho de que Gordillo se haya convertido en la mujer más poderosa de México va en relación directa con la paulatina afasia que como epidemia nos sobreviene y que se ha hecho patente aún más en la toma de posesión de Adolfo Lujambio como secretario de Educación Pública, cuando Elba Esther, explica Granados, “no se asumió como una dirigente sindical sino como parte del gobierno”. Con lo que se perpetúa el estado de cosas y no se avista salida para el mejoramiento de la educación en México, ¿no ha ido revistiendo cada vez más importancia la dirigente magisterial como personaje ineludible e indispensable de la vida nacional por el papel decisivo que ha jugado en la contienda electoral?
¿Y cómo no asociar este hecho con otro reciente, la entrega de la medalla Belisario Domínguez a Miguel Ángel Granados Chapa? ¿No se otorga ésta como homenaje a- y como símbolo de- la libertad de expresión? ¿No fue privado de su lengua- se quedó sin lengua- don Belisario por criticar en el congreso al tirano? ¿No dijo literalmente en su discurso en el congreso que “durante el gobierno de don Victoriano Huerta la prensa entera de la República (está) amordazada o cobardemente vendida al gobierno y ocultando sistemáticamente la verdad? La lengua se degenera, se reduce, se achica, muere. Nos la han encogido mediante decretos y alianzas con liderazgos corruptos y prácticas desleales: la triste verdad es que han surgido miles de nuevos lenguajes verbales y no verbales para amordazarnos, desde los escritos en mantas por los narcotraficantes, colocados en sitios públicos muy visibles, o , lo más aterrador, en cadáveres con signos de tortura o descabezados. Comprobamos así que el lenguaje se pulveriza como los cuerpos sumergidos en ácido para hacerlos desaparecer y no dejar ningún indicio de los crímenes. Existen otras modalidades asimismo perversas para hacernos callar que no recurren ni a la tortura ni al asesinato para dejarnos mudos que nos van privando poco a poco del lenguaje y de la reflexión, ¿no se ha reducido recientemente por ejemplo el sentido de la palabra transversal para eliminar del bachillerato las asignaturas filosóficas? Quizá sería bueno dedicarle por lo menos una sesión en nuestra Academia a la nueva connotación que de esa palabra han puesto a circular nuestras máximas instancias educativas haciendo de la ética y de la lógica sólo materias transversales. Al negarles a las jóvenes generaciones una educación adecuada, se las deja a la merced de autoridades y profesores ineptos, y además, en manos de los medios, los cuales, en su mayoría, nos inundan con programas insulsos que ayudan paulatinamente a que nuestra lengua se deteriore cada vez más para reducirnos casi sin remedio a la afasia funcional.
Miguel Ángel, a nombre de mis compañeros académicos y en el mío propio, sé bienvenido en esta casa y, como la Malinche, aún mal leída entre nosotros, tratemos juntos “de cortar lengua”, expresión que definía y caracterizaba a doña Marina, y que, para don Fernando Alvarado Tezozómoc y sus contemporáneos indios, se relacionaba con lo agudo, lo filoso, lo cortante, lo puntiagudo: sólo cortaba lengua – equivalente también a la expresión cortar la pluma antes de emprender el acto de la escritura- , y repito, sólo podía cortar lengua quien tuvo mayor facilidad de palabra y logró por ello descifrar el idioma de los españoles, un lenguaje al parecer muy apretado.
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