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50 Aniversario Luctuoso de Alfonso Reyes Sesión Pública Solemne Academia Mexicana de la Lengua Octubre 22, 2009 El retorno de AlfonsoReyes Fernando Serrano Migallón Volver sobre los pasos de quien se ha marchado es siemprecomplicado; a las señas particulares de la personalidad hay que añadir, concuidado y respeto, los pasos que dio en el mundo, la progenie de sus ideas y elimpacto de sus obras; sin embargo, hablar de quienes se han ido es un debermoral y también un conjuro contra el tiempo que pasa y que todo lo destruye. El sedimento de los tiempos, de los rostros y de lospasos, integran la identidad de las personas y las sociedades. Somos lo querecordamos, lo que mantenemos como un legado para las siguientes generaciones;Alfonso Reyes decía que el hombre debe sentirse depositario de un tesoro, ennaturaleza y en espíritu, que tiene el deber de conservar y aumentar en loposible. Así se construyen naciones y culturas, se delimita el continuo histórico que, a lo largo delos tiempos, nos autoriza a decir, pese a las transformaciones, que seguimossiendo lo que alguna vez fuimos. Es verdad que, a la muerte, todos estamos llamados amilenios de olvido y que sólo algunos cuantos, están llamados a décadas o asiglos de memoria agradecida; son esos pocos los que testifican la historia ysi bien la construyen con el concurso de los anónimos y de los desconocidos,también la nombran, la engrandecen y la entregan a las siguientes generaciones;de entre esos señalados hoy honramos a quien fuera uno de los directores másinsignes de nuestra Academia: don Alfonso Reyes. Para invocar el nombre y la presencia del MexicanoUniversal, parece conveniente recurrir a las palabras de María Zambrano, suamiga dilecta en ese panteón de mujeres que siempre estuvieron próximas a donAlfonso. En su ensayo “Claros en el Bosque”, dice la filósofa: “Hay que dormirse arriba en la luz. Hay que estardespierto abajo en la oscuridad intraterrestre, intracorporal de los diversoscuerpos que el hombre terrestre habita: el de la tierra, el del universo, elsuyo propio. Allá en “los profundos”, en los inferos el corazón vela, se desvela, sereenciende en sí mismo. Arriba en la luz, el corazón se abandona, se entrega.Se recoge”. Pocas imágenes podrían retratar con mejor precisiónla relación de Alfonso Reyes con la vida y también con la muerte; hoy, queduerme en la luz, luz de memoria y de trascendencia, se abandona y se entrega;mientras que despierto en vida, no dejó ni un momento de reencenderse a símismo, de recrearse en y por la palabra pues, como él mismo decía, “para lascosas de la razón, la lengua es bastante”. Función vital y válvula de su moral,como él mismo la llamaba, su literatura es siempre un viaje que quiere volver,un sujeto que se hace y se construye y que aspira como Ulises a un eternoquerer asentarse en casa de manera definitiva y que, en efecto, vuelve al finalcomo el héroe griego, cargado de las maravillas que ha hecho suyas en suestancia por el mundo. Reyes,a muy temprana edad, a sus escasos veintiséis años, recién convertido enabogado por mi Casa, la antigua Escuela Nacional de Jurisprudencia, aprende elexilio y conoce el mundo; recién casado, con un hijo de brazos y con el padre,viejo astro del porfiriato finalmente eclipsado, sale a un viaje del que novolverá sino veintisiete años después, esto es más de un cuarto de su vida. Ya en Madrid, en suverdadero exilio, recordaría en los versos de su “Romance viejo” y retratará enellos la destrucción de la casa paterna, la dispersión de la familia y lamuerte de su padre y cómo, después, pasó el mar con la estrella de su fortunaen el bolsillo del chaleco para terminar diciendo: “Y hoy, entre el fragor de la vida, yendo yviniendo... ¿qué es esto que me punza y brota, y unas veces sale en alegrías sincausa y otras en cóleras tan justas? Yo me sé muy bien lo que es: que ya meapuntan, que van a nacerme en el corazón las primeras espinas”. Así, el periplo de Alfonso Reyes por España, Francia,Argentina y Brasil, por mencionar tan sólo aquellos países en los que tuvoencargo diplomático, se convirtió en la más larga y dura escuela demexicanidad: la de la ausencia y la distancia. El regiomontano aprenderá deduras formas, cómo los mexicanos tenemos derecho a los beneficios y a lasriquezas culturales de nuestra occidentalidad, cómo al abrirnos al mundoganamos en saber y expresión, en tiempo y en profundidad de cultura; todo seráun eterno otear el horizonte para percibir la más diminuta señal que anuncie laposibilidad del retorno y, mientras tanto, todo aquel tiempo será apto paraformar una erudición impresionante, una memoria delicada y una sensibilidad atoda prueba. Al volver la mirada a la obra y la persona delMexicano Universal, de ese hijo menor de la palabra, como quiso con modestiaser recordado; vemos en él no sólo al escritor por quien debía comenzar a serestudiada la literatura latinoamericana contemporánea, como decía de él JorgeLuis Borges, sino también al Universitario, al idealista, al constructor deinstituciones y al eterno investigador del espíritu nacional. Con Alfonso Reyes y su generación, la históricaEscuela Nacional de Jurisprudencia, vivió uno de los momentos más importantesde su historia. Con la fuerza de una juventud formada en el espíritu de unaGrecia renovada, a través de las lecturas de André Chenier, de Boutroux y deBergson, no pudo circunscribirse a las rígidas limitaciones que la dictadura,en su senilidad, ponía al espíritu y proclamaron el primado del hombre, comoente cultural y sujeto de libertades, sembrando los gérmenes que luego seconvertirían en Revolución. Constante en su empeño, de lograr para México unlugar propio y definitivo en el banquete de la cultura, suscribió el esfuerzoque había inspirado, años antes, a Justo Sierra por reconstruir el sueño y elempeño universitario. Siempre universitario, si entendemos el espíritu dela Universidad, como el de la apertura al conocimiento, el de la libertad deimpulsos creadores y analíticos y como el de la comprensión del ser de México;no hay una obra, no hay una línea de Reyes que no tenga la textura y el saborde la vida universitaria. A la orilla del Sena, influye en los escritoresfranceses de su tiempo para escribir sobre temas mexicanos; en la mesetacastellana describía y renovaba las relaciones de sangre y espíritu que nosunen con todos los pueblos de lengua española; desde la Bahía de Río de Janeiroy desde las dársenas del Río de la Plata, Reyes está siempre volviendo alAnáhuac que, por sus letras, es, fue y seguirá siendo siempre la región más transparentedel aire. Pero hay un dato que a veces se escapa, tal vez porla dimensión magnífica de su literatura: Alfonso Reyes fue abogado y dedicó asu disciplina largas horas de estudio, párrafos de innegable valor, pero sobretodo, ejemplo y acción a favor de la justicia, la paz y la libertad. Hay, a lo largo de la obra reyesiana, una constantevocación por el orden, por el equilibrio; sus nexos con el derecho, como lopone de manifiesto su tesis de licenciatura, sustentada en 1913, “Teoría de laSanción”, se basan en la idea que, como decía otro Alfonso, el Sabio, debehaber un sistema de compensaciones y de frenos para queel hombre bueno pueda convivir con el malo. Alfonso Reyes es, orgullosamente, hijo de la EscuelaNacional de Jurisprudencia, lo puso de manifiesto como abogado y hombre íntegroen cada misión que desempeñó, en todos sus textos y en su defensa apasionadadel Derecho de Asilo, en el rescate de la España peregrina, de los demócratasbrasileños y argentinos en los años terribles de aquellas primeras y ya casiolvidadas dictaduras. Sin embargo, Reyes adelanta al menos en un paso, amuchos de los pensadores jurídicos de su tiempo. Mientras que la corrientegeneral se decantaba por el formalismo, Reyes ofrece una lectura del Derechocomo forma cultural y como manifestación del espíritu de las civilizaciones; enesa tesis, dijo: “Enefecto: obrar es, esencialmente, escoger, porque las posibilidades de laconducta son múltiples, y nuestra historia individual, y aun nuestra personalidadmisma, son, bajo su aspecto de voluntad, el resultado de una perpetua yrenovada elección. Obrar es, siempre, optar entre el sí y el no de un dilema”. Para Reyes, como sucede en el mundo de la cultura,que es el mundo de la libertad, el motor de todo es la voluntad libre queselecciona fines y medios; que se entrega bajo el imperio de laresponsabilidad, a la construcción de una realidad mejor y más habitable. El joven Reyes reacciona contra el Derecho muerto,inane, que es incomprensible para el ciudadano y que sólo se sustenta en laamenaza de la sanción; aspira a otro Derecho, a otra forma de regular la conducta social,que corresponda con los anhelos sociales y con la cultura de cada pueblo, algoque el considera un derecho no artificial. En la misma tesis hace una afirmación que bien podríaatreverse al arrojo de su juventud si no la hubiera sustentado toda su vida;una afirmación que contiene su sentimiento sobre su propia profesión: “Comenzadala hipertrofia del derecho, creada la profesión artificial del jurisconsulto,este órgano de la hipertrofia tiende a producir necesidades técnicas propias, yla sola existencia del jurisconsulto reacciona sobre la ley, intrincándola ycomplicándola al extremo. Que tales parasitismos del derecho pugnen contra sunaturaleza, no hay ni que demostrarlo por evidente”. Noes pues ni la complicación técnica, ni la propia sanción en donde pone elacento sobre lo jurídico; sino en el retrato de la sociedad, y del peso que lacultura debe tener sobre los ordenamientos que todos consideramos obligatoriospor así convenir a nuestros anhelos de paz, de tranquilidad y aún de felicidad. Su obra diplomática, reunida en dos volúmenes, es unconstante reclamo por las buenas relaciones entre los pueblos, a través de lo quellamaba “la conjura de las buenas voluntades”. Su pensamiento social se resumeen la idea de que el hombre puede elevarse por encima de su naturaleza, subidoen los hombros de las generaciones anteriores para alcanzar la igualdad deoportunidades, la libertad de pensamiento y de acción y la protección delEstado para el desarrollo de las potencialidades humanas. Al final de la jornada diplomática, el escritor pudovolver, después de ver medio mundo, de vivir en dos continentes y doshemisferios, de escuchar tres lenguas, de perder a su padre en los díasdemenciales de aquel febrero de 1913, febrero de Caín y de metralla, de vivirel exilio y la pobreza en aquella casa madrileña que por lo fría parecíalabrada en las entrañas de un diamante, de haber atestiguado la primera guerramundial, la Guerra Civil Española y la derrota de la España libre y de laRepública. Alfonso Reyes vuelve a una casa construida expresamente para suslibros y vuelve para proclamar el nuevo tiempo de la inteligencia americana. Los viajes y el exilio le enseñaron a Reyes que elhombre no tiene hogar sino en su imaginación y en su memoria que es, en ciertaforma y según sus palabras, un ciudadano del mundo y un poco náufrago encualquier sitio; pero que en el fondo del alma de cada individuo hay unrescoldo de cenizas del hogar, donde se reúne la memoria, las claves másprofundas para la interpretación del mundo y que en su caso, en nuestro caso,se llama mexicanidad. En su ensayo “Pueblo Americano”, Reyes dice de sí mismo,“Mi casa es la tierra. Nunca me sentí profundamente extranjero en puebloalguno, aunque siempre algo náufrago del planeta”. No seríasino hasta 1940, veintisiete años después de su partida, uno más que la edadque tenía al salir de México, justo entonces un año más sobre la mitad de suvida, que podrá volver a la Patria de manera definitiva. Volverá después de latormenta, volveráel último de los exiliados perdonados u olvidados. Volverá reinvindicado por orden del General Cárdenas,para concretar el salvamento de sus amigos víctimas de la celada franquista;volverá pues, transfigurado y transido por una pasión que ya no esperaba y quehabría de sacudir los cimientos de una personalidad finalmente construida, unapasión fallida que lo volverá más humano y afianzará sus lazos con la tierra,con la sensibilidad y con el trasiego cotidiano; en su cuento - ensayo,“Análisis de una pasión”, recordaría mucho después: “Ella es más fuerte que yo, porque es más débil. Ellaes acaso más pura que yo, por cuanto no profundiza ni interroga... Lo ignoro.Lo ignoro todo. Me he enfrentado con una divinidad más fuerte que yo. Esto noestaba en mis libros.” Laexposición de esta naturaleza, fortalecerá su idea de que la vida no son loslibros, que los textos sazonan la existencia y la hacen comprensible, pero queno la suplantan; que la cultura libera, pero que la libertad es más bien accióny que la existencia se hace de accionar, de conquistar, de avanzar y de mirarde frente al destino. Alfonso Reyes volvió trayendo el testimonio de unavocación cumplida y obedecida aún en las más penosas circunstancias; sumisión así mismo, lo que él consideraba el mejor consejo que se puede dar a un joven,en otras palabras: el ejemplo vital como enseñanza. Trajo también el mensaje de la madurez intelectual deMéxico; de su capacidad para ocupar su lugar en el universo cultural por méritoy por derecho propios; con capacidad para construir la justicia y la libertad,con el conocimiento para expresar con su propia voz y su propio espíritu losmismos temas que constituyen el patrimonio de la cultura occidental. Retorna con una prosa y una poesía límpidas, hermosasen una sencillez adquirida por la experiencia y el trabajo disciplinado; peroante todo, por el alma llana y simple del aire de México que confunde a vecescon la llanura castellana y que le permite ver, en la silueta disimulada ypotente de la sierra del Ajusco, las cumbres del Pirineo. Ese es el hombre queretorna a su país después de que, como hace decir al Coro en la Ifigenia Cruel,“habiendo bebido la tarde pudo librarse de su estrella”. Dos cosas encontrará Alfonso Reyes en su retornodefinitivo: el afecto de sus amigos, los mexicanos y los españoles, que loreciben con aprecio sin límite, que lo procuran y lo sanan del mareo que traeconsigo para el navegante la inmovilidad de la tierra y además, la incomprensión de muchos quequisieron ver en él al descastado, al afrancesado o al hispanizado, lejano desu tierra y ausente hasta en la idea y el sentimiento. Es probable que hayasido esta injusta apreciación la que le causara el más hondo dolor de su vida,tanto así que en su brevísimo ensayo, “Pro Domo Sua”, a quienes lo llamabanhelenista para señalar su lejanía de la mexicanidad, responde: “Sí, yo tambiénme traigo mis intenciones secretas de convertir a mi México en una nuevaAtenas.” Comosiempre que la razón existe, el tiempo se encargó de cantar la verdad; hoy ydesde hace varias décadas se ha hecho justicia a este escritor que se empeñó enser más que un intelectual, un magnífico ciudadano; que se ocupó del mundo tansólo como una herramienta para conocer su cultura; que escribió de todo cuantopudo pero que, en el fondo de todas sus letras, como el bajo continuo de lasantiguas sinfonías se oyen siempre las palabras México y Humanismo. Alfonso Reyes fue testigo y cronista privilegiado delos tiempos más duros del siglo XX. Lo impresionan particularmente el asedio deParís durante la primera guerra mundial y su ocupación por los nazis durante lasegunda; dejan huellas indelebles en él la guerra de facciones en que seconvierte la Revolución mexicana después de la muerte de Madero, y causa en élheridas profundas la barbarie fratricida de la guerra civil española. Pese atodos esos hechos terribles, Reyes no pierde la fe en el ser humano y en suposibilidad de redención. Hoy recordamos a Alfonso Reyes el universitario, elescritor, el Director de la Academia Mexicana de la lengua, el diplomático;pero sobre todo, a quien nos enseñó que de la misma manera en que en su Brasil feraz, las aves de su casaaprendían a cantar en castellano, podemos nosotros luchar para acrecentar lamemoria y la legar nuestra historia y nuestra cultura a los mexicanos delfuturo. Para despedir esta invocación de Alfonso Reyes, deborecurrir una vez más a María Zambrano y decir, con ella, que Alfonso Reyesentró en el corazón de nuestras letras y en la memoria agradecida de losmexicanos, sin esfuerzo y sin protección y si su vida estuvo sometida amúltiples tensiones y a crueles violencias, todo ello contribuyó a forjar nosólo a la pluma por la que habría que comenzar el estudio de las letrasmexicanas, sino también, una voz humana, cercana, próxima, enorme en susencillez y precisa en su concepto. Carlos Fuentes ha dicho que Reyes le enseñó que lacultura tenía una sonrisa: que la tradición intelectual del mundo entero eranuestra por derecho propio y que la literatura mexicana era importante por serliteratura y no por ser mexicana; todos somos beneficiarios de esta enseñanza;espíritus como el del mexicano universal, nos abren las puertas y las ventanasque, con insistencia, solemos cerrar los mexicanos cuando tenemos miedo demostrarnos como somos al mundo; sutil, amable, casi afectuoso, pienso que cadaletra de Reyes se escribió con la misma mano e intención de su Sol deMonterrey: “Yo no conocí en mi infancia sombra, sino resolana.— Cada ventana era sol, cadacuarto era ventanas”. Nuestro agradecimiento imperecedero aAlfonso Reyes, nuestros votos por una memoria tan larga como nuestra cultura;pero sobre todo, nuestros deseos porque cada vez sean más los mexicanos que loconozcan y lo lean, único acto de justicia para el hombre que hizo labrar en suepitafio la más humana de las declaraciones que pueden imaginarse en unescritor: “Aquí yace el hijo menor de la palabra”. Muchas gracias.
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