"Ejercicio de la libertad", por Gonzalo Celorio

    Domingo, 26 de enero de 2014. - Noticias sobre: Gonzalo Celorio

    "Ejercicio de la libertad", por Gonzalo Celorio
    Foto: Presidencia de la República

    Durante los tres siglos de dominación colonial, no se produjo en el Virreinato de la Nueva España ninguna obra literaria que pudiera merecer con legitimidad el nombre de novela. Es cierto que se escribieron algunas obras que abrigaron cierta pretensión novelística, como Los sirgueros de la Virgen sin original pecado de Francisco Bramón en el siglo XVII o La portentosa vida de la muerte de Joaquín Bolaños en el XVIII, pero se trata de tímidos escarceos narrativos, más interesados en los sermones religiosos, los ejemplos bíblicos y las disquisiciones teológicas que en las virtuales pasiones de sus héroes y la relación de sus hazañas. Carlos de Sigüenza y Góngora, por su parte, interrumpió por un momento sus observaciones astronómicas y sus investigaciones históricas para escribir Los infortunios de Alonso Ramírez, la biografía, narrada en primera persona, de un navegante puertorriqueño que es apresado por piratas ingleses en Filipinas y tras dar la vuelta al mundo viene a desembarcar en las costas de Yucatán. Si bien esta obra puede considerarse, sobre todo por la peripecia que relata, precursora de la novelística mexicana, no llega a ser una novela propiamente dicha porque, entre otras cosas, la erudición histórica y geográfica de su autor, que no siempre se corresponde con los conocimientos que pudiera tener de manera verosímil el protagonista y narrador de la historia, sofocan el impulso ficcional que anima la escritura de toda novela, por realista, histórica o biográfica que ésta sea. Aunque más próxima al género novelístico que las anteriormente mencionadas, se trata, como ellas y otras tantas de similar hechura, de una protonovela, según denominó con acierto José Rojas Garcidueñas a estos embriones narrativos de un género que no alcanzará su madurez hasta iniciada nuestra revolución de Independencia.

    ¿Cómo es posible que en una de las provincias más aventajadas cultural y literariamente del Imperio español, como fue la Nueva España, considerada desde mediados del siglo XVI “La Atenas del Nuevo Mundo” por los poetas peninsulares —Juan de la Cueva, Eugenio de Salazar, Gutierre de Cetina— que aquí vinieron a probar fortuna literaria, no se haya publicado ninguna novela digna de ese nombre cuando en los albores del siglo XVII la literatura de nuestra lengua había alcanzado la cima de su novelística con la publicación de El Quijote? Otros géneros literarios, tales como el dramático y el lírico, se desarrollaron con excelencia, y sus mayores exponentes, Juan Ruiz de Alarcón y sor Juana Inés de la Cruz —los dos Juanes de América, como los llamó cariñosamente Alfonso Reyes— compitieron con los grandes escritores españoles de los Siglos de Oro y en algunos casos los superaron, mientras que la narrativa, limitada a la escritura de alegorías teológicas, predicaciones doctrinales, relatos hagiográficos o crónicas de sucesos extraordinarios, no llegó a producir ninguna novela merecedora de tal nombre.

    Francisco de Terrazas, acaso el primer poeta mexicano de lengua española, tan afortunado en su expresión lírica como desafortunado en sus incursiones en la épica —género en que la poesía mexicana nunca se ha sentido cómoda—, asimila la influencia petrarquista con tal exquisitez que sus poemas resisten la comparación, no sólo con Camöes, a quien imita y parafrasea en su famoso soneto Dejad las hebras de oro ensortijado… sino con los peninsulares Fernando de Herrera, Juan Boscán o Gutierre de Cetina; Juan Ruiz de Alarcón rivaliza con sus pares españoles, que tanto lo humillaron en los entre telones de la escena madrileña, y, como lo vio Pedro Henríquez Ureña, es, aunque menos prolífico, más universal y más hondo que Lope de Vega o Tirso de Molina; sor Juana escribe Primero sueño, el poema mayor de nuestra historia literaria, equiparable por la calidad de su factura a Las soledades de Góngora, si bien, por su pretensión epistemológica, es más ambicioso que el del poeta cordobés; Diego José Abad y Francisco Javier Clavijero no son menos ilustrados que Benito Jerónimo Feijoo o Melchor Gaspar de Jovellanos…, pero, en el terreno de la narrativa, no hay en el Virreinato de la Nueva España ninguna obra ni remotamente comparable, ya no digamos a El Quijote —que no la ha habido nunca ni en la vieja ni en la Nueva España—, sino a obras como La Lozana andaluza de Francisco Delicado, La Dorotea de Lope de Vega, La vida del Buscón de Quevedo o el Guzmán de Alfarache de un Mateo Alemán que, cuando vino a México, no pudo publicar, por cierto, mucho más que un aséptico tratado de Ortografía.

    ¿Por qué? ¿Por qué, si tuvimos tan excelsos poetas, dramaturgos y humanistas durante los tiempos virreinales, no prosperó la novela en la Nueva España? La respuesta a esta inquietante pregunta involucra la condición misma del género. Porque la novela, más que un género literario, es un género libertario. Libertario y por ende subversivo. Subversivo y por ende peligroso. Peligroso y por ende censurable. La novela hace calas en la realidad referencial más profundas que otros discursos, definidos por una pretendida veracidad objetiva y comprobable, que, justamente por ello, acaban por ser más limitados y superficiales que el discurso novelístico. Sabemos más del campo mexicano por Pedro Páramo de Juan Rulfo o de nuestra ciudad capital por La región más transparente de Carlos Fuentes que por tantas obras históricas, sociológicas, antropológicas, económicas o estadísticas que han tomado por objeto de estudio el medio rural o el urbano de nuestro país. Y es que la novela amplía las escalas y categorías de la realidad, como lo señaló Alejo Carpentier al meter en su novela El reino de este mundo no sólo los acontecimientos históricos que enmarcaron la insurrección de los esclavos en Haití, sino también los mitos, las creencias, las prácticas del vudú de aquella posesión francesa de la isla de Santo Domingo. La novela no se limita a decir lo que los hombres hacen, dicen y piensan, sino da cuenta también de lo que esperan, lo que sueñan, lo que inventan; de todo aquello que también forma parte de la realidad en un sentido lato, aunque no sea medible ni verificable en un sentido estricto: las creencias, los mitos, los recuerdos de la colectividad. La novela, aun la más fantasiosa e imaginativa, la más lírica y/o psicológica, termina por poner el dedo en la llaga de los problemas sociales y denunciar, aunque no sea éste su propósito, la opresión, la injusticia, la desigualdad que rigen la vida social, o las miserias, los dolores, las desesperanzas, los sinsentidos que rigen la vida del hombre inscrito en ella. Es de tal manera y a tal grado un género peligroso y amenazante del statu quo, que desde 1531 la Corona española prohibió la entrada a las Indias de cualquier obra literaria de ficción. Tal medida no impidió del todo la lectura de novelas en la Nueva España, como lo constatan los estudios de Irving Leonard sobre los libros que llegaron a este continente, si bien de muchos de ellos el hispanista estadounidense tiene noticia, reveladoramente, por los inventarios que los poseedores de bibliotecas particulares se veían precisados a presentar ante la Santa Inquisición. No, no se pudo impedir la lectura de novelas, aunque se haya prohibido su importación. En las mascaradas del siglo XVII desfilaban don Quijote y Sancho Panza por las calles del México virreinal al lado de representaciones carnavalescas de batallas navales (porque navales fueron, quién lo diría hoy día, las batallas que sitiaron a la ciudad lacustre de México–Tenochtitlan). Pero si no se pudo evitar la lectura de novelas, sí se pudo inhibir su escritura o, por lo menos, su publicación, que para el caso viene a ser lo mismo.

    Para leer la nota original, visite:

    http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=86&art=2478&sec=Art%C3%ADculos

    Perfil de: Gonzalo Celorio

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