"Panorama intelectual de José Luis Martínez (1918-2007)", por Adolfo Castañón

    Martes, 06 de febrero de 2018. - Noticias sobre: Adolfo Castañón, José Luis Martínez Rodríguez

     (Texto leído por el autor en el homenaje realizado en la Biblioteca de México el pasado 18 de enero)

    I

    Sin José Luis Martínez la literatura mexicana del siglo XX y parte del XXI no sería lo que es. Se dice rápido pero se trata casi de un milagro.

    II

    Estoy en la casa de la calle de Rousseau número 53 esperando a que baje don José Luis Martínez, mi maestro y amigo. Subí las escaleras de piedra blanca que están antes de la puerta. Como siempre, toqué el timbre dos veces, y primero se asoman por una ventanilla lateral y luego me abren la puerta Toña o Nancy, la madre y la hija que lo cuidan desde que perdió a su esposa Lydia Baracs, madre de Rodrigo y Andrea. Me acompañan a la gran sala llena de libros de piso a techo y me dejan solo frente al escritorio del maestro que bajará en un momento. Es un mueble grande, muy parecido a la mesa que se encuentra en otra sala de la casa que antes fue de su mentor, jefe y amigo Jaime Torres Bodet, como me lo recordaría Arturo Acuña Borbolla en una nota que me mandó después de publicado un texto mío sobre Martínez. Cito parte de la carta de Arturo por la sencilla razón de que esos muebles en realidad eran el eje no sólo de la biblioteca de Martínez sino casi de la literatura mexicana.


    […] A un gesto suyo me senté a la mesa, rígido y nervioso, de espaldas a un ventanal. Él había dispuesto meticulosamente las revistas y los libros que previamente le pedí consultar; generosamente, había añadido otras publicaciones periódicas y otras obras que me sugirió revisar. Él tenía que irse volando a sus oficinas en el Fondo de Cultura Económica, pero antes tuvo la paciencia de explicarme brevemente la relación de cada revista y de cada libro con el tema de mi interés. Para hacerme sentir bienvenido a su casa, se sonrió y me dijo que no tenía que agotar la lectura en una sola mañana. Se apresuró hacia la puerta, dio dos pasos y luego, como si hubiera olvidado algo de veras importante, se volvió de nuevo hacia mí, sonrió con una pizca de malicia y me dijo: “Por cierto, está usted sentado en la mesa donde se mató Torres Bodet”.

    [Carta de Arturo Acuña Borbolla, México, D.F., 5 de agosto de 2013.]

    III

    Sobre la fina tabla de aquella otra mesa, hermana de este escritorio, se suicidó en efecto Torres Bodet, quien menciona a Martínez cariñosamente en sus memorias y recuerda por ejemplo sus conversaciones en Lima. El escritorio está lleno de libros y papeles. El visitante asiduo sabe advertir que esos montones no están inmóviles: se van desplazando a medida que don José Luis los trabaja, copia, transcribe, coteja, recorta, subraya, estudia. Por ahí pasaron las miles de páginas de la vida de Hernán Cortés y de los Documentos cortesianos que escribió y arregló haciéndolos acompañarse y respaldarse. Esta es sin duda una de sus mayores obras como escritor, historiador; obra juiciosa, criba inteligente, capaz de destilar de ese acervo la miel de su sentido y relación. El escritorio tiene pocos adornos. Una lámpara. Hay una estatuilla que ha recordado su hijo y biógrafo Rodrigo, y un par de lagartijas verdes de bronce, que sirven como pisapapeles. Creía que eran portuguesas, o que fueron compradas en Portugal, en Lisboa o en Sintra, pues sin saberlo yo compré allá unas casi iguales años antes, y cuando le pregunté a él y me dijo su origen, me aclaró que eran chinas (como luego me diría su hijo Rodrigo), y sonrió levemente como una traviesa salamandra acostumbrada a vivir en el fuego. Al escritorio lo rodean, del lado izquierdo, los libros encuadernados en piel de sus maestros y amigos: Alfonso Reyes, Xavier Villaurrutia, Carlos Pellicer, Salvador Novo, Octavio Paz; junto a un gran sillón hay libros de arte de gran tamaño: sobre Miguel Ángel, Rafael, Leonardo da Vinci, Arte bizantino y San Jerónimo, uno de los paladines de la cultura, cuya admiración compartimos. El otro hijo de Martínez, José Luis, heredó la pasión por los libros de arte. Martínez no sólo es un hombre elegante; es un artista, un esteta, un hombre educado en el aprecio de las formas y de su música. Del lado derecho, junto a los libros de esos amigos sobre los cuales ha escrito y a quienes ha editado, se encuentra una pequeña puerta que lleva a un acceso secreto. Ahí guarda Martínez papeles privados y objetos de valor, manuscritos; probablemente se alojaban en ese sitio las carpetas confidenciales bien ordenadas que le entregó Alfonso Reyes y que llevan por título “El cerro de la silla”, ahí también quizá se encuentran las cartas que intercambió con Alfonso Reyes a lo largo de muchos años. (Y que años después se publican gracias a los buenos oficios de su hijo Rodrigo Martínez y a los de su devota asistente María Guadalupe Ramírez Delira, hijos custodios de sus papeles.) Alguna vez me pidió don José Luis que entrara a ese escondite para llevarle algo de ahí al escritorio conociendo con exactitud la ubicación de lo que buscaba. Mientras espero a que don José Luis baje, o termine de bajar, repaso en mi mente las muchas veces que lo he visitado en esta casa-biblioteca que tiene algo de navío en el océano de las letras, rememoro los recorridos que hemos hecho por los salones, pasillos y estanterías donde se alojan las revistas en que colaboró o que leyó de joven, que luego encuadernó y, siendo director del FCE, tuvo la fortuna de hacer editar: Contemporáneos, El Maestro, ExamenLetras de México, El Hijo Pródigo, Rueca, entre otras. Al pensar en esas revistas pienso en la forma intensa y peculiar en que Martínez vivió las letras y la forma en que supo reconocer en los cafés y en los convivios a esos autores cuyas obras estudiaría y coleccionaría. Esa vida literaria quintaesenciada ha sido salvada por él en su forma material y en su sentido dada la rara cualidad de sus virtudes como arquitecto y mecenas. Sé que no soy el único visitante. Abajo, en otro salón, se encuentra la otra mesa mencionada que parece tener como otros muebles de la casa vida y leyenda propias. La casa-biblioteca se ha abierto a muchos amigos e investigadores: desde Luis Mario Schneider y Serge Zaitzeff hasta Enrique Krauze, Guillermo Sheridan, el citado Arturo Acuña, Christopher Domínguez, Manuel Fernández Perera, Víctor Díaz Arciniega, Guadalupe Loaeza, Pavel Granados, entre muchos otros. Esto me lleva a pensar a don José Luis como un anfitrión: el guardián, el ángel de la guarda de una vasta casa de huéspedes de la literatura y de las artes de México e Hispanoamérica, el custodio del canon. Pienso en todo esto cuando por fin llega caminando con paso lento; don José Luis se sienta, me saluda y me pregunta más bien afirmando: “¿Ya te ofrecieron algo?”, mientras mira el vaso de agua de 
    Jamaica de la mesa y se acomoda para empezar a trabajar.

    IV

    Estas imágenes de las visitas a la casa de don José Luis Martínez me vienen a la mente al tratar de leer la deslumbrante correspondencia que tuvo con Alfonso Reyes, editada por los citados Rodrigo y María Guadalupe.

    Pero antes de entrar en materia vuelvo al escritorio: el de José Luis Martínez participaba del altar y del baúl, del arca del tesoro y de la mesa de operaciones. En un extremo de su vasta superficie se amontonaban los periódicos y revistas junto con unos recortes preciosos extraídos de esas canteras. Uno de los autores cuyos artículos recortaba Martínez era Federico Álvarez, el yerno de Max Aub, de quien había sido vecino, otro era José de la Colina, ambos escritores trasatlánticos nacidos en España y crecidos y madurados bajo el sol mexicano. A José de la Colina, Martínez le dictó tramos de sus inéditas memorias que Rodrigo Martínez, su historiador de cabecera, ha sabido aprovechar como buen tapicero para rellenar huecos noticiosos de la correspondencia sostenida entre Alfonso Reyes y José Luis Martínez. Si éste apreciaba en el trasterrado mexicano la plasticidad y viveza del estilo del crítico, De la Colina, a su vez, admiraba la prosa de Martínez, inspirada según él en ciertos autores franceses: uno de ellos Jules Renard, autor a su vez leído y traducido por Julio Torri, uno de sus maestros. La prosa de Renard, como la de Paul Valéry, es precisa como la de un cirujano. Algo hay en la escritura de Martínez de esa exactitud quirúrgica. No se debe olvidar que su padre fue médico y que los primeros estudios de José Luis Martínez, al igual que los de Luis Villoro y Jaime Sabines, fueron los de medicina. En el pulcro escritorio se practicaban con la luz helada de las estrellas disecciones literarias llamadas a salvar y explayar “por dentro” la poesía de Ramón López Velarde. La escritura de Alfonso Reyes, Octavio Paz, Manuel Gutiérrez Nájera o las Cartas de relación de Hernán Cortés, o en fin, las experiencias de pasajeros de Indias en el siglo XVI. El tablón de ese escritorio era el eje de la biblioteca que lo rodeaba como una ciudad de jardines errantes en el espacio —para tomar prestado el título de las cartas de Octavio Paz a Jean Clarance Lambert. El lugar tenía algo de santuario pero también de taller y laboratorio hecho para contar los hilos de la palabra en el telar mayor de las composiciones que iban saliendo de ahí como paisaje a escala y miniaturas diseñadas para salvar y comprender los ciclos literarios, las sístoles y diástoles de la historias. No recuerdo con precisión si había por ahí un reloj. José Luis Martínez sabía de memoria la hora y el día que era. Sabía el cuándo y el cómo de nuestro dónde, como un campesino de Jalisco. No es extraño que ahora ese maestro que sabía exponer la literatura en un pizarrón para enseñarnos a resolver sus problemas nos haga tanta falta y que su figura sea como la de un transportador intelectual, ese instrumento de la geometría que sirve para medir los ángulos y los grados de los círculos.

    “Ambos se hacen fuertes uno al otro, se apoyan, se buscan, ayudan y adoptan como amigos y aliados. La amistad como un valor intelectual es una de las líneas rectoras en la vida tanto de Martínez como de Reyes.”

    V

    Retomo el hilo anunciado. La correspondencia Alfonso Reyes / José Luis Martínez 1942-1959 tiene un valor múltiple: es como uno de esos escritorios antiguos, un secrétaire, uno de esos muebles llenos de cajoncitos y compartimentos. Abarca diecisiete años de relaciones intensas y fecundas, consta de más cartas de Reyes a Martínez y de varias más de éste dirigidas a Manuela Mota, Alfonso Reyes Mota, Alicia Reyes y, además, de Manuela Mota a José Luis Martínez. Todo esto hace constar que en los mensajes que intercambiaron había inteligencia, intimidad e indudablemente complicidad y amistad: amor. El paisaje que dibuja este biombo de letras es en parte el de la cultura literaria mexicana en esos años, en parte el de la evolución de la obra del propio Alfonso Reyes, en parte el de la vida y escritos de José Luis Martínez; al sesgo y en el reojo se advierten las figuras y siluetas de los escritores mexicanos que los rodean a ambos con sus intrigas y pequeñeces. Es visible cómo ambos se hacen fuertes uno al otro, se apoyan, se buscan, ayudan y adoptan como amigos y aliados. La amistad como un valor intelectual es una de las líneas rectoras en la vida tanto de Martínez como de Reyes, la amistad como la línea de la vida de la mano, que cada uno lleva impresa, es una de las manecillas que dan la hora interior del hombre, de su perfil, de Andrenio, del hombre desnudo; en José Luis Martínez esa línea está trazada con profundidad y hondura en ese otro epistolario intercambiado con Octavio Paz: Al calor de la amistad, preparado siempre por Rodrigo, escudero fiel de su padre. Casi cabría dibujar un triángulo dorado con las afinidades que se trazan entre ambos epistolarios. Este triángulo se toca con las manos en las cartas de Octavio Paz a Alfonso Reyes del 9 de mayo de 1950 a propósito de las consultas sobre traducción para la antología de la poesía mexicana que estaba haciendo Octavio Paz para la Unesco aquí incluida y en la de José Luis Martínez del 12 de noviembre de 1950, incluida en el volumen de Al calor de la amistad. Las consultas que hace Paz a Reyes y que éste pide a Martínez que resuelva versan sobre cuestiones de traducción relacionadas con voces mexicanas principalmente, que aparecen en poemas de Justo Sierra y de Ignacio Manuel Altamirano (por ejemplo “ahuejote”, especie de sauce que crece en las chinampas de Xochimilco) y que hacen ver que el tema de la amistad cruza entre Martínez, Reyes y Paz por dos polos: México y la lengua española, y casi podría decirse que en ambos se encierra como signo de interrogación la pregunta: ¿Cómo ser mexicano? ¿Cómo ser un mexicano inteligente? ¿Cómo se da en México la inteligencia americana? Varios son los temas que reúne este ramo de cartas: uno en particular tiene que ver precisamente con la amistad. Es la crónica del accidentado ingreso —quién lo diría— de José Luis Martínez a la Academia Mexicana de la Lengua y a cuya candidatura estuvo a punto de renunciar por la campaña en su contra. Toda semejanza con algún caso actual y cercano es mera coincidencia. Hago un paréntesis aquí para subrayar la importancia indudable de Martínez en la Academia Mexicana de la Lengua como miembro y luego como director entre 1980 y 2002 y director honorario perpetuo hasta su muerte el 20 de marzo de 2007. Martínez fue director de la Academia prácticamente veinte años que coinciden con la elección de buena parte de los académicos actuales y recientes. Desde esta posición que supo armonizar con sus tareas administrativas, particularmente como director del Fondo de Cultura Económica que concluyó en 1982, esta conjunción de autoridad intelectual y de poder administrativo singularizan la figura de Martínez quien era de un lado un escritor fino y discreto y del otro un editor en el sentido más fuerte de la palabra.

    VI

    En uno de sus escritos finales José Luis Martínez acuña un medallón sobre los caciques intelectuales (Letras Libres, 31 julio 1999) para referirse a ciertos escritores: Justo Sierra, José Vasconcelos, Alfonso Reyes, Octavio Paz, Fernando Benítez, en quienes la palabra produce poder o desemboca en él. Esta denominación original y heterodoxa le conviene a él. Nuestro José Luis Martínez no sólo fue un hombre de letras sino también un hombre de poder, un funcionario, un mecenas, un constructor de bibliotecas, un bibliotecario, un patriarca de la cultura que supo mantener la cordura en medio de la malaria demagógica, un Epicuro ávido de sobriedad que sabía lo que traía entre manos. Me tocó ser testigo siendo muy joven de los efectos políticos de uno de sus gestos como director del Fondo de Cultura Económica: de un año para otro decidió devolver buena parte del presupuesto que se le tenía designado a la editorial. Los gerentes saltaron hasta el techo, por así decir, no lograban disuadirlo de esta medida que iba a dar en el blanco de la restauración editorial promovida durante su mandato. Si la editorial sigue un ritmo de sístoles y diástoles, a él le tocó hacerse fuerte en la sístole de la reducción y de la compactación y de la reinvención de la editorial en y desde lo estrictamente editorial. Prueba del sentido práctico de la amistad y el mecenazgo que tenía José Luis Martínez es la red de ayudas que años atrás había tejido para ayudar discretamente desde su puesto en Ferrocarriles Nacionales de México a los amigos escritores que lo merecían (Octavio Paz, Juan Rulfo, Emilio Uranga entre otros pocos). Estas ayudas puntuales distribuidas muy confidencialmente tendían puentes hacia los creadores y les ayudaron a consolidar una obra. Cabe preguntarse cómo le vino a Martínez esa idea. Tal vez se la inspiró el estudio de la vida y obra del ministro Justo Sierra, tal vez en un horizonte más remoto su lectura de Horacio y el elogio que éste hace en sus Sátiras de su amigo Mecenas. Por cierto, este autor latino es uno de los puntos de contacto entre Reyes y Martínez. Como prueba de esta práctica, me permito citar la carta que le escribió Emilio Uranga a José Luis Martínez en París el 23 de diciembre de 1956 y que aparecerá en el libro de Emilio Uranga Años de Alemania, de próxima publicación:

    Carta de Emilio Uranga

    a José Luis Martínez

    [París, 23 de diciembre 1956]

    Querido José Luis:

    Un nuevo año que vuelve la página, un año más de vejez y un año más que caigo sobre ti, como mendigo en vísperas de Navidad, para suplicarte que la asignación con que me sostienes no me falte en los meses que vienen.

    Es claro que como siempre no puedo apoyar mi petición en nada sino que depende de tu buena voluntad y de tu generosidad. Pero ¿puedo dudar que seguirá amparándome?

    Acabo de terminar un libro. El manuscrito estará ya, confío, en las manos de don Alfonso Reyes, pues se lo debo al Colegio de México y además me encantaría verlo publicado en sus colecciones. Su tema: Marx y la Filosofía, un estudio de los manuscritos parisinos de 1844. El estilo —salvo tu docto parecer—, me parece popular y accesible para el público. Me gustaría ver qué opinas —o leer mejor— de mi “nueva tendencia”. Se lo dedicaré a don Alfonso Caso con quien, de paso por París, tuve una sabrosa plática.

    Querido José Luis: Te debo mi estancia en Europa. Sin tu ayuda no hubiera podido sobrevivir y además, con gesto de señor, me la has dado sin condiciones. Esto no lo podré olvidar nunca. Te suplico le transmitas al Lic. Amorós mi agradecimiento y le hagas ver que si en algo he podido mejorar quisiera poner a su servicio tal mejoría.

    Confío estar pronto en México. Todo depende de que “ahorre” (¡ironía de pobre!) y reúna lo del pasaje. No te pido que me ayudes pues sería impudicia de mi parte. De santos me doy con que tu generosidad no me abandone y que con lo que me “asignas” pueda ir tirando hasta conseguir algo aceptable.

    No sé lo que últimamente has hecho y escrito pero estoy seguro que como siempre será excelente. Mis calurosas felicitaciones de Navidad y de Año Nuevo. Lo mismo para el Lic. Amorós.

    Con la confianza de saber pronto de ti me despido con un abrazo

    [Firma]

    Emilio

    VII

    Mi padre, Jesús Castañón Rodríguez nacido en 1916, dos años antes que José Luis Martínez me contaba que éste hacía tertulia en el café París con quienes él llamaba “Los Octavios”: Octavio G. Barreda y Octavio Paz. No eran amigos pero tenían amistades, proveedores y paisajes en común: Andrés Henestrosa, Alí Chumacero, la red de libreros de viejo del Centro Histórico encabezada por Rafael y Manuel Porrúa, Amado Vélez, Ubaldo López, Fernando Rodríguez y el licenciado Álvarez. Para mí, evocar a José Luis Martínez es recordar los paisajes de esas ciudades de libro hoy, si no desaparecidas, transformadas radicalmente, donde cada libro provenía de una cantera, de una brecha y donde la historia de sus dueños llegaba a ser parte de la historia del libro mismo como demuestra admirablemente Martínez en su pequeña obra maestra Bibliofilia, también interrogada y estudiada por su hijo Rodrigo en La biblioteca de mi padre. José Luis Martínez recuerda al referirse, por ejemplo, a la Rhetorica christiana de Diego Valadés que con la publicación de ésta se podría celebrar el IV Centenario de esta importante obra que sólo pudo ver la estampa diez años después. Recuerdo que a fines de 1989 o principios de 1990 me tocó llevarle a su casa el ejemplar flamante, recién impreso, a Tarsicio Herrera cuando ya José Luis Martínez no era director del Fondo. Dice José Luis: “En lugar de cuentos suelo contar a mis hijos historias de mis libros” (Bibliofilia, p. 45). Otra obra de la que habla es la adquisición del Diccionario universal de historia y de geografía coordinado por Manuel Orozco y Berra junto con el editor José María Andrade, y de la historia del librero y del perrito y de los dos gatitos que tiene que ver con el comercio de los libros viejos. Esta simpática historia da cuenta del peculiar sentido del humor que tenía José Luis Martínez a la hora de tratarse de la compra y venta de los libros. Ese sentido del humor, esa risa alegre y jubilosa recorre en filigrana las páginas de su Bibliofilia y más allá campea como una luz risueña tanto por sus escritos como por aquellos que le ha dedicado Rodrigo, particularmente en la memorable La biblioteca de mi padre.

    VIII

    Insisto. Fui a la casa de Rousseau varias veces a llevarle a don José Luis las pruebas de su Hernán Cortés. La obra comprende cuatro tomos además de la biografía de Hernán Cortés. Los Documentos cortesianos de cuya publicación y edición y anotación estaba, no en vano, tan orgulloso. Además de otros méritos éticos, críticos y estéticos, la biografía de Martínez aspiraba a ser la única biografía que había tomado en cuenta para su redacción la totalidad de los Documentos cortesianos. Esto que se dice en un parpadeo no es poca cosa. La simple búsqueda, la lectura, la interpretación, la transcripción, la paleografía de esa masa documental hacen de la biografía de Martínez sobre Cortés una obra excepcional.

    IX

    La obra del crítico José Luis Martínez gira en torno a tres ejes: en un primer eje están los tiempos inaugurales de México antes de la Conquista, la obra sobre Nezahualcóyotl y luego la magna biografía de Hernán Cortés, los escritos sobre Bernardino de Sahagún, Bernal Díaz del Castillo y los cronistas de la Colonia, amén de los testigos menores como los viajeros privados del siglo XVI; en un segundo eje se encuentran los estudios en torno a la literatura mexicana en el siglo XIX y La expresión nacional (los estudios sobre Altamirano, Ramírez, Justo Sierra, Manuel Gutiérrez Nájera, etcétera); en un tercero se encuentran los testimonios de apuntes relacionados con la literatura contemporánea concentrados en El trato con los escritores. Si la biografía de Cortés presenta el relato juicioso y equilibrado de un momento en el cual surge la nacionalidad mexicana, en los estudios sobre Altamirano y Ramírez en el siglo XIX se desvelan al lector acucioso las señas de identidad de esa cultura. Este desvelo con y por los orígenes está asociado a la idea de la conservación de la pureza del lenguaje que siempre desveló a Martínez; véase, por ejemplo, Misión de las letras y del escritor en Problemas literarios, p. 143. El texto citado es de 45 y está escrito un año después de concluida la Segunda Guerra Mundial. La relación entre la necesidad de conservación del lenguaje y la conciencia de la destrucción se encuentran íntimamente ligadas.

    X

    Otro de los temas que llaman la atención: en la correspondencia con Alfonso Reyes, José Luis Martínez subraya cuánto le ha gustado la página “Digresión sobre la compañera”, elogio velado a su esposa Manuela Mota y lección de vida:

    … la verdadera misión de la esposa […] es anular en torno al poeta las preocupaciones extrañas, acallar los ruidos parásitos y evitarle las materialidades enojosas, respetar y hacer respetar sus sueños de ojos abiertos —oh dioses—, llevarle el genio sin que se sienta demasiado. ( Obras completas, t. XXII, p. 248).

    XI

    Gracias a José Luis Martínez Hernández, a Andrea Guadalupe y a Rodrigo Martínez Baracs por la idea de recordar los cien años del natalicio del autor de sus días José Luis Martínez Rodríguez, tutor, maestro, guía de muchos estudiosos de las letras mexicanas dentro y fuera de México y amigo protector de algunos otros entenados espirituales. Varias veces afortunado, don José Luis tuvo la suerte de formarse bajo las sombras de Alfonso Reyes, Enrique Díez Canedo, Jaime Torres Bodet; convivió y fue amigo y lector de Octavio Paz, Juan José Arreola, Alí Chumacero, Agustín Yáñez, Jorge González Durán entre los más cercanos; fue testigo de varias épocas de la vida literaria mexicana, colaboró en revistas y proyectos editoriales como Letras de MéxicoEl hijo pródigoCuadernos Americanos, y formó con Jorge González Durán y Leopoldo Zea la revista Tierra Nueva. Su legado como crítico e historiador de la literatura se da en varias direcciones: panoramas, historias, ediciones de autores, antologías, semblanzas, retratos, puntualizaciones teóricas; a ese legado hay que añadir la biografía de Hernán Cortés con su cauda de documentos, su legado como editor, mecenas y arquitecto de la memoria en el Fondo de Cultura Económica a través de la colección Revistas literarias mexicanas modernas, sus estudios sobre Sahagún. Esas herencias se materializarían en una biblioteca alojada y salvada en esta ciudad de los libros. Tuvo la fortuna José Luis Martínez de tener además los hijos que tuvo y en particular la de haber dado a luz al historiador y escritor Rodrigo Martínez Baracs, quien ha sido su primer biógrafo en la guía titulada La biblioteca de mi padre (2010), obra que participa de la historia privada y del catálogo razonado. Ha tenido Martínez, además de amigos y discípulos como Felipe Garrido, asistentes como María Guadalupe Ramírez De Lira, su devota secretaria. Hombre-biblioteca, Martínez fue además un escritor fino y pulcro y desde luego un maestro que nunca perdió la viveza, la humildad y sobriedad del aficionado gustoso.

    Su obra personal es más vasta de lo que parece aunque acaso permanezca o haya permanecido oculta. José Luis Martínez se me figura a la distancia como uno de esos niños viejos y prodigiosos que en la cultura tibetana afloran en la sonrisa, en la mirada particular que dan a conocer a los sacerdotes de la identidad del nuevo Dalai Lama. El alma vieja que animaba al niño hizo también que el niño se conservara en el interior del cuerpo que iba madurando y envejeciendo. Las paradojas del conocimiento y de la posteridad las conoció sin duda Martínez quien resume el cuento de Max Beerhom, Enoch Soames, en una reseña escrita en 1950 y publicada en sus Problemas literarios:

    Enoch Soames es un escritor extravagante y sin éxito, pero abriga la seguridad de que un siglo más tarde sería famoso. El Diablo sabe su esperanza y le ofrece un trato: le permitirá visitar en 1997 la sala de lecturas del Museo Británico a cambio de su alma. El escritor acepta y se realiza el milagro. Soames visita efectivamente la biblioteca cien años después, y va derecho a su objeto: buscar entre las enciclopedias, los diccionarios biográficos y los estudios críticos del futuro el reconocimiento de su valor. Nada. Pero al fin encuentra su nombre: era el personaje, considerado “ficticio”, de un cuento en el que se le describe como “un poeta de tercera categoría que se cree un genio e hizo pacto con el diablo para saber qué pensaría de él la posteridad”. El cuento lo iría a escribir un amigo suyo, algunos años más tarde, que, al traer noticias de aquello protesta que no tiene la menor intención de hacerlo. El Diablo vuelve por Soames, el cuento se escribe y cien años más tarde un fantasma anacrónico entrará a la sala de lecturas del Museo Británico (p. 134).

    El cuento de Max Beerhom recogido en la Antología de la literatura fantástica de Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo, y “abreviado” por Martínez, es una prueba de que éste también tenía conciencia del carácter fantástico y si se quiere demoniaco del oficio de crítico literario.

    XII

    La correspondencia cruzada entre Alfonso Reyes y José Luis Martínez es un epistolario lleno de secretos y guiños amistosos y confidenciales. Uno de esos secretos es el archivo que Alfonso Reyes guardaba con el título “El cerro de la silla” y en el cual se concentraban una serie de noticias y expresiones críticas sobre su figura y su obra que le parecía conveniente que guardara su hijo espiritual, por así decirlo, su discípulo más cercano. Esa lista contiene textos cuyo enunciado suscita la curiosidad y que quizá algún día se decida su publicación para poder conocer mejor el proceso de recepción de la figura y la obra de Alfonso Reyes. El archivo, según advierte Rodrigo Martínez, discípulo de su padre y en cierto modo nieto espiritual de Alfonso Reyes, está abierto para la consulta de los estudiosos.

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