Siete poemas para esta semana. Selección de Felipe Garrido

    Lunes, 22 de junio de 2020. - Noticias sobre: Felipe Garrido

    Un poema al día, para que quienes puedan se lo pongan encima y lo atesoren en la memoria

     

    Lunes

    Ruptura

    podríamos…
    J.T.B.

    Entre tus ojos y los míos
    distancias de agua.
    Tenderíamos uno a otro las manos
    y encontraríamos sólo un mar de vidrio
    y no podríamos tocarnos;
    veríamos nuestros labios moverse
    y desconoceríamos las palabras;
    romperíamos nuestro corazón a deseos,
    pero nunca podríamos juntarnos.
    Entre tus labios y los míos distancias de hielo.

    Rafael Solana (1915-1992)
    El poeta detrás de la sonrisa.
    Conaculta, Naucalpan, 2004.

    Martes

    Ráfagas

    Siempre era así:
    la tempestad venía;
    y al cárdeno fulgor de los relámpagos,
    “Jesús mil veces”
    luego decía.
    La chiquillería se acogía
    a las faldas femeninas;
    se cerraban las ventanas;
    se encendían cirios pascuales;
    y en el temor clausurado,
    sobre el altar de la cuita,
    era especial protectora
    contra centella traidora,
    Santa Bárbara bendita.
    Ya ha cambiado todo
    –hasta mis locuras–.
    La casa está sola,
    la pieza está a oscuras;
    hoy por los rincones
    cuchichean tristuras.
    Se alza un ajetreo nuncio de tormenta;
    llega el aguacero;
    la violencia aumenta.
    Como a guarecerse,
    renqueando y lejanos
    llegan los recuerdos…
    Me tienden las manos:
    son tan pequeñitos
    como Pulgarcito
    con sus siete hermanos.
    ¡Cuántas cosas idas!
    ¡Cuántas cosas yertas!
    Frescuras de lluvia y azufres de ozono;
    cárdenos relámpagos
    que airados brillan
    a pesar que estaban
    cerradas las puertas.
    Meteorología
    donde yo aprendía
    penas y quebrantos…
    ¡Ah la vida mía,
    cuando Dios quería!
    Las velas benditas y la letanía
    de todos los santos.

    Francisco González León (1862-1945)
    Poemas.
    Compilador, Ernesto Flores.
    FCE, México, 1990.

    Miércoles

    Piscis

    Padre, tus pies,
    peces ornados con sandalias,
    se deslizan cautelosos
    en el mar oscuro.
    Esa profundidad que todo lo contiene
    eres tú mismo.
    Buscas tu sitio, mar de los sargazos,
    para depositar tu vida que se apaga.
    Somos el cardumen que te sigue
    en la corriente que acostumbraste
    con sabiduría a la ceguera.
    Creemos que todo ha cambiado
    desde que no nos miras
    y mar adentro de ti somos los mismos:
    tres niños que sujetos a tu ropa se estremecen
    mientras fluye el tiempo de aguas
    holgado en tu camisa.

    Elva Macías (1944)
    Entre los reinos.
    Conaculta, Naucalpan, 2002.

    Jueves

    El Zorro es más sabio

    Un día que el Zorro estaba muy aburrido y hasta cierto punto melancólico y sin dinero, decidió convertirse en escritor, cosa a la cual se dedicó inmediatamente, pues odiaba ese tipo de personas que dicen voy a hacer esto o lo otro y nunca lo hacen.
    Su primer libro resultó muy bueno, un éxito; todo el mundo lo aplaudió, y pronto fue traducido (a veces no muy bien) a los más diversos idiomas.
    El segundo fue todavía mejor que el primero, y varios profesores norteamericanos de lo más granado del mundo académico de aquellos remotos días lo comentaron con entusiasmo y aun escribieron libros sobre los libros que hablaban de los libros del Zorro.
    Desde ese momento el Zorro se dio con razón por satisfecho, y pasaron los años y no publicaba otra cosa.
    Pero los demás empezaron a murmurar y a repetir “¿Qué pasa con el Zorro?”, y cuando lo encontraban en los cocteles puntualmente se le acercaban a decirle tiene usted que publicar más.
    –Pero si ya he publicado dos libros –respondía él con cansancio.
    –Y muy buenos –le contestaban–; por eso mismo tiene usted que publicar otros.
    El Zorro no lo decía, pero pensaba: “En realidad lo que estos quieren es que yo publique un libro malo; pero como soy el Zorro, no lo voy a hacer”.
    Y no lo hizo.

    Augusto Monterroso (1921-2003).
    La oveja negra y Obras completas (y otros cuentos).
    Joaquín Mortiz / SEP, México, 1986.

    Viernes

    Estudios

    I
    Al mar, al mar de luto la flota de los pájaros.
    Irónico escabel, peña y mirada,
    mi soledad en círculo, cerrada.
    Hilo de larga lona tendido a atar el mar.
    Anzuelo, pico, pluma,
    playa y tintero que recorta espuma.
    Del papel a la mano y a los ojos
    vaga lejos de ti, nombre deshecho,
    robinsón ciudadano de mi pecho.

    II
    Soledad sin nombre, prestigiosa, muda.
    Ámbito de rosa sitiada, desnuda.
    Medida de musgo jardinero verde.
    Límite de tierra que robinsón muerde.
    Aire solo. Velas. Timoneles ojos.
    Dominio de verme nocturnos arrojos.
    Sola de argumentos la araña que sube.
    Simbad con sus redes navegando nube.
    Ceguera nocturna, alcoba imprevista.
    Narciso de sueños aclara la vista.
    Incluyen distancia ¡compás de caminos!
    Los dedos escala de tactos marinos.
    Soledad con hélice a plomo de simas.
    ¡Profunda manera de amarte sin climas!

    Bernardo Ortiz de Montellano (1899-1949).
    Raíces del sueño.
    Conaculta, México, 1990.

    Sábado

    La imagen y su espejo

    Quiso ver un relámpago en su niebla
    que iluminara la fugaz ternura;
    o la presencia huida de sus manos
    bajo la forma de una golondrina;
    una señal sobre su pecho impávido;
    un dolor conmoviéndole los brazos.
    Mas todo estaba pálido y desierto,
    oculto a la mirada, al tacto asiduo.
    Alguien le preguntó de su ansiedad recóndita,
    pero cerró los ojos hacia dentro.
    –ventanas delatoras clausuradas–
    y se apagó la claridad de su alma,
    en su frente, en sus huesos y en su sangre.
    Encaminó los pasos al sepulcro
    donde encerró su espejo.
    La soledad más honda le cubría
    desde los pies a la cabeza amarga.
    Miró el camino incierto
    y algo como los rastros
    prófugos y angustiados de su sueño
    perseguido por lobos interiores.
    Después, cuando ya nada
    perturbó la intemperie y el silencio,
    rompió la losa y en la noche plena
    brilló el temblor de su dormido espejo.
    Abrió los ojos y miró la imagen
    desnuda y temblorosa;
    pájaros prisioneros desgarrándole
    ávidamente la prisión del pecho;
    desde la frente en sombra descendía
    un torrente de sal precipitada
    quemándole los huesos,
    y un rumor de sordinas,
    como un antiguo beso encarcelado,
    cruzó la niebla azul de su recuerdo,
    y en la hora tardía
    la tierra inmensa se anegó de llanto.

    Margarita Paz Paredes (1922-1980)
    Litoral del tiempo.
    SEP, México, 1986

    Domingo

    Horas de junio

    Vuelvo a ti, soledad, agua vacía,
    agua de mis imágenes, tan muerta,
    nube de mis palabras, tan desierta,
    noche de la indecible poesía.
    Por ti la misma sangre –tuya y mía–
    corre el alma de nadie siempre abierta.
    Por ti la angustia es sombra de la puerta
    que no se abre de noche ni de día.
    Sigo la infancia en tu prisión, y el juego
    que alterna muertes y resurrecciones
    de una imagen a otra vive ciego.
    Claman el viento, el sol y el mar del viaje.
    Yo devoro mis propios corazones
    y juego con los ojos del paisaje.

    Junio me dio la voz, la silenciosa
    música de callar un sentimiento.
    Junio se lleva ahora como el viento
    la esperanza más dulce y espaciosa.
    Yo saqué de mi voz la limpia rosa,
    única rosa eterna del momento.
    No la tomó el amor, la llevó el viento
    y el alma inútilmente fue gozosa.
    Al año de morir todos los días
    los frutos de mi voz dijeron tanto
    y tan calladamente, que unos días
    vivieron a la sombra de aquel canto.
    (Aquí la voz se quiebra y el espanto
    de tanta soledad llena los días.)

    Hoy hace un año, Junio, que nos viste
    desconocidos, juntos, un instante.
    Llévame a ese momento de diamante
    que tú en un año has vuelto perla triste.
    Álzame hasta la nube que ya existe,
    líbrame de las nubes, adelante.
    Haz que la nube sea el buen instante
    que hoy cumple un año, Junio, que me diste.
    Yo pasaré la noche junto al cielo
    para escoger la nube, la primera
    nube que salga del sueño, del cielo,
    del mar, del pensamiento, de la hora,
    de la única hora que me espera.
    ¡Nube de mis palabras, protectora!

    Carlos Pellicer (1897-1977).
    Antología.
    FCE, México, 1969.

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