Siete poemas para esta semana. Selección de Felipe Garrido

    Martes, 14 de julio de 2020. - Noticias sobre: Felipe Garrido

    Un poema al día, para que quienes puedan se lo pongan encima y lo atesoren en la memoria

     

    Lunes

    Ubicuidad

    Mírame bien
    no vengo a sacudirte los fantasmas
    ni puedo prometer hacer milagros
    más que multiplicar mis manos en tu cuerpo
    mírame bien mientras me robo tus latidos
    (esa música negra que arrulla los deseos)
    para entender el ritmo de tus noches
    sin tocarte el corazón
    mírame bien mientras me voy entre tu sangre
    disfrazada de la luz que habita en la cerveza
    y siénteme dormir en el espacio de tu espalda
    aunque a la vista estemos solamente
    diciendo buenos días
    en distintos extremos del mismo elevador.

    Ivonne Gómez Ledezma (1979)
    Las voces del tranvía. Muestra
    poética de La Laguna.
    Compiladora, Rossana Conte
    Dirección de Cultura, Torreón, 2007

    Martes

    Contamos con los dedos
    la muerte por venir
    es largo el tiempo
    que lleva darle la vuelta al mundo
    observamos la nieve
    bajo los pasos de los que pasan
    un niño escarba un río
    en sus manos
    la tierra está aterida en el espacio
    escribimos una carta de amor
    entre dos el silencio es aún más hermoso.

    Rafael Segovia, traductor.


    Nous comptons sur nos doigts
    la mort à venir
    le temps est long
    à faire le tour du monde
    nous remarquons la neige
    sous les pas des passants
    un enfant creuse une rivière
    dans ses mains
    la terre frissonne dans l’espace
    nous ècrivons une lettre d’amour
    à deux le silence est encore plus beau,

    Michel Pleau (1964)
    El cuerpo cae más tarde.
    UNAM, México, 2001

    Miércoles

    Lavarse las manos

    Lavarse las manos… Lavarse las manos…
    Nueve de marzo 2020, desaparecimos por sororidad, para dar voz a las víctimas,
    para no ser violentadas, para no ser asesinadas, para exigir justicia.
    Mismo marzo todos enjaulados; con la vida en pausa, respirando miedo, exudando ansiedad
    Las jacarandas pintan de azul violáceo los autos en cuarentena;
    los colibríes liban las hortensias, las abejas se distraen con las rosas.
    Y los gatos ferales con sus nocturnos maullidos siguen preservando su especie;
    entre las ramas de los encinos, los pájaros enamorados construyen sus nidos.
    Las hormigas, las arañas, los alacranes continúan sus vidas.
    El Implacable asesino nos invade la boca, los ojos, la nariz, rutas ideales para aniquilarnos.
    Lavarse las manos… Lavarse las manos…
    Han regresado los peces a Venecia, un papa solitario en la Plaza de San Pedro.
    El viento con tapabocas barre las ciudades solitarias;
    la Tierra como experta bailarina sigue rotando en el universo.
    Una indiscreta ardilla asomada en la ventana me examina;
    ahora sé lo que sienten los animales confinados en los zoológicos.
    Pero… los hombres lobos, las sirenas, los elfos entes libres siguen buscando a la luna.
    Lavarse las manos… Lavarse las manos…
    Y… ¿los que no pueden esconderse del asesino?
    Los que recogen nuestra basura, los choferes, los albañiles, los ancianos solitarios, los policías, los vigilantes, los empleados de supermercados, los campesinos, los niños de la calle, las trabajadoras sexuales, los médicos, las enfermeras, los de intendencia.
    Lavarse las manos… Lavarse las manos… ¿Cómo lavo mi conciencia?

    Silvia Casas Galván (1953)
    Fémina Fanzine
    México, junio 2020, núm. 2

    Jueves

    Resurrección de Rimbaud en el patio de mi casa

    Primero sonaron unas flautas tibias y torpes
    y los perros aullaron hasta morir.
    ¿Qué hace Rimbaud en el patio de mi casa,
    cien años más joven
    y con un amuleto de luz en la garganta?
    ¿De dónde proviene ese musgo,
    ese humus que asoma entre sus manos florecidas?
    ¿Dónde alojaremos este visitante
    lleno de fiebre y terrible misterio?
    La casa está como antes: agrietada y falsa
    y las manos del agua
    se cuelan hasta tocarnos.
    En las paredes,
    las salamandras saltan y devoran sus huevos redondos y efímeros,
    las telarañas cuelgan como ramajes de plata
    el rojo esperma del día
    me entorpece la vista
    pero es él: Rimbaud de siete cabezas,
    fiero y delirante
    lleno de savia ytiernísimo musgo,
    preguntándose si la lluvia no es un mar de otro tiempo,
    huyendo para siempre del canto de los perros,
    de la soga alucinada, de los patíbulos en flor.

    José González (1953).
    El ladrido de los pájaros.
    Selección de Francisco José Cruz.
    Col. Palimpsesto, Carmona-Sevilla, 2020

    Viernes

    Como y vivo

    Puedo vivir con espárragos y natilla:
    lo acuático del espárrago
    y la dulzura aérea de la natilla
    con sus pecas de canela.
    O si no me sostendré hasta el fin
    con huevos rellenos de bonito
    y croissant con cangrejo.
    Ahí hay algo de mar
    confabulándose con esa crujiente suavidad
    que se desmigaja en delicia.
    Podría optar, en todo caso,
    por el rojo steak con salsa bearnesa
    o la remota oscuridad
    que impregnó aquel pescado ahumado
    dándole una blanca aura de ceniza.
    Pero quién me restituirá los arenques
    con un pepino adentro:
    dos claridades intensificando sus enigmas.
    O el bifé de chorizo
    guarnecido en su grasa
    con la suculencia de una sangre
    que enardece las pupilas.
    O el podrido perfume único
    de un camembert
    combatiendo, en París,
    con el rubí aterciopelado del vino.
    O mojarra frita y arroz con coco en Barranquilla.
    O croquetas de pollo, en La Habana, cuando niño.
    O quizá un bacalao al pil-pil
    en el bilbaíno restaurante Bermeo.
    Lo que comí me nutre desde el olvido.
    Aún vivo.

    Juan Gustavo Cobo Borda (1948)
    Nueva poesía latinoamericana.
    Prólogo y selección de Miguel Ángel Zapata
    UNAM / UV, México, 1999.

    Sábado

    Nox

    I
    Un soñar con el cálido ramaje
    y las llanuras donde cuaje el trigo,
    un aspirar a soledad contigo
    por los húmedos valles y el boscaje;
    un buscar la región honda y salvaje,
    un desear poseerte sin testigo,
    un abrazado afán de estar contigo
    viendo tu faz en mi interior paisaje:
    tal fue mi juventud más verdadera.
    En el clima ideal de tu dulzura
    maduró mi divina primavera,
    y tuve mi esperanza tan segura
    como que en la hermosura pasajera
    se me entregaba, intacta, tu hermosura.

    II
    ¿Cómo perdí, en estériles ocasos,
    aquella imagen cálida y madura
    que me dio de sí misma la natura
    implicada en tu voz y tus abrazos?
    Ni siquiera el susurro de tus pasos,
    ya nada dentro del corazón perdura;
    te has tornado un “tal vez” en mi negrura
    y vaciado del ser entre mis brazos.
    Universo sin puntos cardinales
    negro viento del Génesis suplanta
    aquel rubio ondear de los trigales,
    y un vértigo de sombras se levanta
    ahí donde tus ángeles raudales
    tal vez posaron la serena planta.

    Concha Urquiza (1910-1945)
    En Aurora Marya Saavedra,
    Las divinas mutantes. Carta de relación del
    itinerario de la poesía femenina en México
    UNAM, Praxis, IMC, Sogem, IPN, México, 1996

    Domingo

    Alma ausente

    No te conoce el toro ni la higuera,
    ni caballos ni hormigas de tu casa.
    No te conoce el niño ni la tarde
    porque te has muerto para siempre.
    No te conoce el lomo de la piedra,
    ni el raso negro donde te destrozas.
    No te conoce tu recuerdo mudo
    porque te has muerto para siempre.
    el otoño vendrá con caracolas,
    uva de niebla y montes agrupados,
    pero nadie querrá mirar tus ojos
    porque te has muerto para siempre.
    Porque te has muerto para siempre,
    como todos los muertos de la Tierra,
    como todos los muertos que se olvidan
    en un montón de perros apagados.
    No te conoce nadie. No. Pero yo te canto.
    Yo canto para luego tu perfil y tu gracia.
    La madurez insigne de tu conocimiento.
    Tu apetencia de muerte y el gusto de su boca.
    La tristeza que tuvo tu valiente alegría.
    Tardará mucho en nacer, si es que nace,
    un andaluz tan claro, tan rico de aventura.
    Yo canto su elegancia con palabras que gimen
    y recuerdo una brisa triste por los olivos.

    Federico García Lorca (1898-1936)
    Llanto por Ignacio Sánchez Mejías (1934)
    Obras completas.
    Aguilar, Madrid, 1960.

     

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