Siete poemas para esta semana. Selección de Felipe Garrido

    Lunes, 05 de octubre de 2020. - Noticias sobre: Felipe Garrido

    Un poema al día, para que quienes puedan se lo pongan encima y lo atesoren en la memoria

     

    Lunes

    De las propiedades que las dueñas chicas han

    Quiero abreviaros, señores, la mi predicación,
    pues siempre me pagué de pequeño sermón
    y de dueña pequeña y de breve razón:
    pues lo poco y bien dicho finca en el corazón.
    Del que mucho habla se ríen, quien mucho se ríe está loco,
    tiene la dueña chica amor grande y no poco:
    dueñas grandes di por chicas; por las grandes, las chicas no troco.
    Quien tiene chicas por grandes no se arrepiente del troco.
    De las chicas que bien hable; el amor me hizo ruego
    que hable de sus noblezas y las quiero decir luego:
    les diré de las dueñas chicas, y deben tenerlo en juego:
    son frías como la nieve y arden más que el fuego.
    Son frías por fuera; en el amor ardientes;
    en la cama, solaz, diversión, placenteras y rientes.
    En casa son cuerdas, donosas, sosegadas, bienfacientes;
    muchas más cosas hallarán, en las que pueden detenerse.
    Una joya pequeña tiene gran resplandor,
    en un poco de azúcar hay mucho dulzor;
    en la dueña pequeña yace muy grande amor;
    pocas palabras bastan al buen entendedor.
    Es pequeño el grano de la buena pimienta;
    pero más que la nuez conforta y más calienta.
    Así, la dueña pequeña todo el amor encierra,
    no hay placer del mundo que en ella no se sienta.
    Como en una rosa chica hay mucho color,
    y en oro muy poco gran precio y valor;
    como en poco de bálsamo yace gran buen olor;
    así en la dueña chica yace muy gran amor.
    Como un rubí pequeño tiene mucha riqueza,
    color, virtud y precio, nobleza y claridad:
    así dueña pequeña tiene mucha beldad,
    hermosura y donaire, amor y lealtad.
    Chica es la calandria y chico el ruiseñor;
    pero más dulce cantan que otra ave mayor:
    la mujer, por ser chica, no por eso es peor;
    cuando es cortejada es más dulce que azúcar o flor.
    Son aves pequeñuelas el papagayo y el oriol;
    pero cualquiera de ellas es dulce gritador,
    adornada, hermosa, preciada, cantadora:
    tal como es la dueña que tiene amor.
    Con la mujer pequeña no hay comparación:
    terrenal paraíso es, y consolación,
    solaz y alegría, placer y bendición,
    ¡mejor es ya en la prueba, que en la salutación!
    Siempre quise mujer chica, más que grande ni mayor:
    ¡no es desaguisado de un gran mal ser huidor!
    Del mal, tomar lo menos: lo dice el sabidor.
    ¡Por eso, de las mujeres la menor es la mejor!

    Juan Ruiz, Arcipreste de Hita (c. 1283-c. 1350)
    Libro de buen amor.
    Introducción y notas de
    Julio Cejador y Frauca.
    Espasa Calpe, Madrid, 1962

    Martes

    Un eco lejano

    Cuando se entera de que ha muerto su marido; su inmenso, solo amor, Susana San Juan estalla:

    ¿Florencio? ¿De cuál Florencio hablaba? ¿Del mío? ¡Oh!, por qué no lloré y me anegué entonces en lágrimas para enjuagar mi angustia. ¡Señor, tú no existes! Te pedí tu protección para él. Que me lo cuidaras. Eso te pedí. Pero tú te ocupas nada más de las almas. Y lo que yo quiero de él es su cuerpo. Desnudo y caliente de amor; hirviendo de deseos; estrujando el temblor de mis senos y de mis brazos. Mi cuerpo transparente suspendido del suyo. Mi cuerpo liviano sostenido y suelto a sus fuerzas. ¿Qué haré ahora con mis labios sin su boca para llenarlos? ¿Qué haré de mis adoloridos labios? [Juan Rulfo, Pedro Páramo.]

    Cada vez que vuelvo a estas palabras, “¿Qué haré ahora con mis labios sin su boca para llenarlos? ¿Qué haré de mis adoloridos labios?”, vuelvo a sentir el aliento de otra boca enamorada, mil años distante, que me susurra al oído, en un suspiro: “¿Qué haré, qué será de mí?” Y en seguida, con idéntica vehemencia: “Dime, ¿qué haré yo?,/ ¿cómo viviré yo?/ Amado,/ no te apartes de mí”.
    En la voz exaltada de Susana San Juan, en las palabras que seguramente muchas veces anotó y tachó y repitió en voz alta y volvió a escribir Juan Rulfo, me gusta –me asombra– percibir ecos de las jarchas.
    (Las jarchas, las muestras más remotas de la lírica romance, los primeros vagidos de esta lengua en que estoy escribiendo, son pequeños remates tomados o imitados de la tradición popular, que sirven de salida a una composición mayor, la moaxaja, escrita –¡extremos del artificio!– con el fin de llegar precisamente a esos versos, de cerrar con ellos. Las moaxajas son poemas cultos, en árabe o en hebreo; las jarchas están en mozárabe, el dialecto que al despuntar el siglo x se hablaba en Al Ándalus, donde surgió esta forma poética, y que acabaría por fundirse con el castellano.)
    *
    Me gusta –me asombra– establecer, en el reino de lo probable, cómo pudieron llegar, casi un milenio después, las palabras del evidentemente culto poeta medieval, que toma –o recrea– una expresión popular, al narrador, igualmente letrado que, del otro lado del tiempo y del mar, las recoge para expresar de nuevo el mismo desconsuelo.
    Si lo que sigue puede parecer una fantasía, la forma en que conspiran las fechas me permite cultivarla: lector voraz y curioso, atento a las novedades, en 1949 Rulfo leyó, en el número 33 de la Revista de Filología Española, publicada en Madrid, el ensayo “Cancioncillas de amigo mozárabes. (Primavera temprana de la lírica europea)”, en el que Dámaso Alonso dio a conocer el extraordinario hallazgo de Samuel Miklos Stern: veinte textos poéticos románicos, algunos anteriores a Guillermo IX, duque de Aquitania (1071-1126), el primero, el más antiguo de los trovadores.
    Otra versión, cercana a la anterior, quizá más probable, por causas de proximidad y de amistad entre los protagonistas: en 1952, cuando ya trabajaba en Pedro Páramo, que aparecería tres años después, Rulfo leyó, en el tomo 6 de la Nueva Revista de Filología Hispánica, publicada en México, el artículo “Jarchas mozárabes y refrains franceses”, donde esta pregunta aparece tres veces: “¿Qué faré, mamma?”, “Gar, ¿qué fareyu?”, “¿Qué fareyu, ou, qué será de mibi,/ habibi?”.
    Una tercera posibilidad –pero ninguna excluye a las demás–: el artículo –antes fue una conferencia dictada en el Ateneo Español– “El nacimiento de la lírica española a la luz de los nuevos descubrimientos” que en enero de 1953 Cuadernos Americanos publicó, también en México.
    ¿Habrá leído Rulfo alguno de estos artículos? Y, ¿por qué no? Y, ¿por qué no los dos? Conocía bien a su autora, y al marido de su autora, que tal vez participó en la edición de Pedro Páramo, y a la madre de su autora, que fue la primera traductora de Pedro Páramo –al alemán–. Me gusta –me asombra– suponerlo porque me permite convocar aquí a las sombras de tres de mis más queridos y admirados maestros, colegas, amigos: Juan Rulfo, Margit Frenk y Antonio Alatorre.

    Felipe Garrido (1942).

    Miércoles

    Urente

    Por el claro de la rústica avenida
    resonante de pedrisco y de serojo,
    va undulando, como llama ennegrecida,
    el airón de tu cabello lacio y flojo.
    En tus ojos arden ráfagas de vida
    o de muerte que me infiernan con su arrojo,
    y es tu boca floreciente y encendida
    cual un coágulo de sangre rojo, rojo.
    Todo el polen de una flora te circunda
    y crujiente de furor, la sementera,
    al sentirte, vibra cálida y fecunda.
    Humareda es tu cabello flojo y lacio,
    y eres brasa, no mujer, bajo la hoguera
    y los oros infinitos del espacio.

    Manuel José Othón,
    Poesías y cuentos.
    Selección, estudio y notas
    de Antonio Castro Leal.
    Porrúa, México, 1963.

    Jueves

    29

    Después de Babel, quedó el hombre sepultado en su lenguaje. Dividido bajo la sombra de los signos, escribía libros intentando restañarse. Llegar a la cúspide del sentido pleno. Página tras página, lúcido y vencido, en su dolor seguía escribiendo; quizá sería uno nuevamente bajo el siguiente título, en la traducción de su deseo. Sin embargo, la lengua había caído para siempre. Sólo el silencio podía emular el rostro universal del pensamiento. Construir en silencio una torre. Construir, con los ladrillos de la mente, el silencio de la torre.

    36

    Culpa de la palabra. Culpa de los nombres en los que hemos sido sepultados.


    37

    Dar al mundo lo único que tiene: sus palabras. Donarse entre las hojas, en los círculos precisos de su conciencia derramada.
    Leerse despacio, sin perder ninguna letra del entramado de su rostro. Ser más la verdad, el ímpetu de la desnudez. Del alma volcarse hacia el desierto blanco. Alguien recogería su sed. En la cúspide del monte, la habían elegido para trducir el fuego. En su lengua ardía la llama. El temblor indeciso de la luz la consumía. Despacio, palabra por palabra, mientras escribía que no quería escribir. Pasión inútil desbordar la llama.

    Jenny Asse (1963)
    Fragmentos para una No/Vela
    Papeles Privados, México, 2015

    Viernes

    Lloviendo

    No hace falta que llueva como llueve este día,
    y, sin embargo, llueve desde el amanecer.
    Si hay rosas y retoños, ¿para qué llovería?
    Si ya todo florece, ¿qué más va a florecer?
    Llueve obstinadamente y en la calle vacía
    las gotas de la lluvia son pasos de mujer.
    Pero cierro los ojos y llueve todavía,
    y al abrirlos de nuevo no deja de llover.
    Yo sé que no hace falta que llueva, pero llueve.
    Y recuerdo una tarde maravillosa y breve,
    que fue maravillosa porque llovía así...
    Y es tan triste, tan triste, la lluvia en mi ventana,
    que casi me pregunto, dulce amiga lejana,
    si no estará lloviendo para que piense en ti.

    José Ángel Buesa (1910-1982)
    Antología de la poesía cubana.
    Verbum, Madrid, 2002.

    Sábado

    Orfelia se pone la piyama

    Olvido para qué me sirve el cuerpo.
    Se ha cerrado sobre sí mismo y hace mucho
    que no soy, casi, nadie. En otras palabras,
    duermo hasta volver
    a mi virginidad. Duermo tanto. Todas
    mis cicatrices duermen también.
    Dejo entrar todo lo que se aleja y no sé
    mirar hacia delante. Mírame. Esto
    es lo que el tacto puede hacer.
    Aprendo cosas nuevas: a caminar lento,
    a respirar adrede, a masticar veinte veces.
    Cubro cada árbol con el recuerdo de las hojas.
    Hago listas de reproducción
    para que los muertos se desvelen con mi sombra.
    Me hago vieja. Lo tengo aquí conmigo. A mi cuerpo.
    Es extraño llevarlo a todas partes: un niño
    pequeño en brazos. Un muerto. Pensar que no
    se quedó contigo esa última noche.
    Levantaste un poco mi blusa y preguntaste:
    ¿puedo quitarte esto? Como si hubiéramos vuelto
    a recién conocernos, desandados nuestros cuerpos
    por la despedida hasta el anonimato. Tal vez
    de tanto y tanto tocarnos nos borramos. Nos borramos.

    Elisa Díaz Castelo (1986).
    El reino de lo no lineal.
    Premio Bellas Artes de Poesía
    Aguascalientes, 2020.
    Instituto de Cultura de
    Aguascalientes, FCE, INBA, 2020.

    Domingo

    In memoriam

    A Delfina Tejada de Guerra.

    La tiniebla no pudo
    traspasar los umbrales de su casa.
    Se consumió entera
    de calor y de luz como una lámpara.
    Nadie le dio las manos
    vacías o cerradas.
    Entregó su tesoro
    de actos vivificantes, consolaciones, gracia.
    Igual que en un crisol se hacían en su boca
    verdaderas y puras las palabras.
    No dijo más que amor
    y amó hasta el fin “como quien se desangra”.
    Cuando vino la muerte
    buscó su corazón para alancearla
    y nos ha herido a ti, a mí, a todos,
    donde su corazón se derramaba.

    Rosario Castellanos (1925-1974)
    Esta triste claridad a ciegas. Mirada
    hacia la muerte en la poesía hispánica.
    Prólogo, edición y selección
    de Juan Carlos Rodríguez.
    Compilación de Dionisio Morales.
    UNAM, México, 2003.

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