Siete poemas para esta semana. Selección de Felipe Garrido

    Martes, 16 de marzo de 2021. - Noticias sobre: Felipe Garrido

    Un poema al día, para que quienes puedan se lo pongan encima y lo atesoren en la memoria

     

    Lunes

    Orden

    No sé qué escribiré, nunca he sabido.
    Escribo por encargo y he ignorado
    quién ordena lo escrito, quién leerá estas palabras.
    Una mano me dicta, ciega,
    cuanto he de borrar. Por detrás
    de mí mismo, un ojo manco, o mudo,
    o sin respuesta, le da forma
    a mi angustia. Lo que importa
    es un ritmo. Te fijarás tan solo
    en el acento exacto, en la sílaba
    sexta, la adónica, silbante, o la sáfica,
    la heroica, en las desnudas letras
    palatales. ¿Y el mundo, entonces?
    Una gardenia subterránea se derrama
    en la página y su perfume dibuja
    en el poema un extraño marfil,
    con sangre y uñas. El concepto
    se funde ahora en una sola y larga,
    lenta frase que destruye
    al ojo seco que me mira.
    Escribo porque sí, porque me da la gana.
    Pero me gana el mundo y muchos
    muertos se adensan en mi mano.
    ¡Para ellos escribo, aunque nunca
    lo sepan! ¿Para ellos me dicto
    cuanto he de escribir? Un mundo
    silencioso corrige o enmienda
    mis palabras. Me dice: bien,
    no borres, añade aquí no sólo
    un adjetivo, sino los huesos,
    la garganta desnuda, el continente
    amargo en el que habita, este
    áspero tiempo en el que vives.
    Y en ciertas ocasiones obedezco.

    Jaime Labastida (1939)
    Plenitud del tiempo.
    Siglo XXI / SEP
    México, 1986.

    Martes

    Nosotras

    Éramos cinco mujeres contra la marea.
    Delfina nació en Tierra Fría una tarde de julio,
    y su madre murió de risa en su presencia.
    Ella al crecer tuvo una hija y prefirió no reír.
    Zany se quedó sin padre a los seis meses
    pero lo entendió hasta los sesenta años.
    Era una muchacha de luz
    que no quiso casarse.
    Tuvo tres hijas
    con el hombre que no tenía.
    Gis era un fuego alado,
    una luciérnaga venida desde Grecia.
    Tita, un remanso de pan y lamparita
    debajo de la tormenta.
    Y yo,
    pájaro atado al miedo.
    Todas teníamos un espejo
    una doncella de la primavera
    que cantaba en medio de las bestias;
    se llamaba Romelia
    y había nacido en las montañas.
    Nunca dejó de sonreír
    ni de amar.
    Era tan bella como Remedios,
    y fue capaz de alojar en su casa
    a los asesinos de su único hijo.
    Éramos cinco mujeres y Romelia.
    En Santa Rita,
    a la orilla de La Quebrada,
    frente al puente de piedra.
    Linda fuma y maldice.
    Siempre ha estado ahí, siempre estará
    guardando el arroyo.
    Manuela y Delfina
    eran hermanas
    y también eran madre e hija.
    Tres niñas tuvo Manuela:
    Romelia, Linda y Angelina.
    Angelina nos regaló la risa de Tita
    para la profundidad de las tinieblas.
    Delfina salió en su infancia de Tierra Fría;
    también Zany dejó su natal Santa Rita siendo niña,
    madre e hija se fueron a buscar un lugar
    donde dos mujeres cupieran.
    Llegaron a una ciudad
    en la que se construía un sueño;
    se habían abierto comedores para todos los niños
    y los bananos ya no eran sólo de la United Fruit Company.
    Pero los sueños se vuelven pesadillas
    tan fácilmente…
    Demasiado pronto la guerra se instaló
    sobre sus cabezas,
    bajo sus almohadas
    y en cada comida.
    Muchas bombas cayeron
    sobre la ciudad que soñaba,
    le arrancaron los párpados
    y la dejaron insomne.
    A Zany la pusieron presa
    como quien encierra un pájaro.
    Gis escapó apenas a tiempo.
    Yo decidí huir a los ocho años.
    Volvimos a Santa Rita
    pero tampoco ahí pudimos quedarnos.
    Y otra vez nos marchamos,
    hacia donde nos dejaran vivir.
    Un día Delfina se despidió de nosotras:
    Andrea había vuelto por su niña nonagenaria;
    suavemente la levantó de la cama,
    esbozó una sonrisa y salió con su niña dormida.
    Gis trajo a Carolina,
    amazona de ojos claros.
    Y Tita a Estefaní,
    la de la sangre dulce.
    Otra vez somos cinco mujeres y una niña
    la estirpe femenina.
    Mujeres verdes, violetas, amarillas y rojas.
    La guerra se tragó a nuestros hombres
    nos dejó viudas y huérfanas,
    pero nos salvamos nosotras
    y cosechamos nuevos hombres en tierras lejanas.
    Aún hay una niña más que sueño cada noche:
    una hija mía que no ha nacido
    y está contando las olas
    en la oscuridad de mis ovarios.

    Maya López Ramírez (1963)
    Conjuro para romper un espejo.
    Universidad Autónoma de
    la Ciudad de México, México, 2021.

    Miércoles

    Nocturno

    1.
    Fluía la noche
    en el río
    hacia donde nadie
    la puede alcanzar.
    El arrullo del agua
    era incapaz
    de conducirme al sueño.
    Ella sólo sabía
    del abandono,
    y abandonar.
    Abre la noche negra flor
    inmóvil.
    Corre el agua que huye.
    Yo le entrego mi sueño, mi ensueño,
    mi despertar.

    2.
    ¿Y si este corazón
    tan sólo fuera
    piedra de río porosa,
    persistente
    y aguerrida?

    3.
    No todo lo que cae
    se desmorona.
    Ante un ciempiés de agujas
    el frío de la tarde
    irrumpe, se encabrita
    entre riscos, montañas,
    soledad y dolencias.
    Entumecido resplandor
    desde amoroso rescoldo
    aquieta el salto
    del frío encabritado,
    y el ensueño de un verano
    brilla tan cálido
    como para ahuyentar
    diciembres más helados.

    4.
    No ignora su nacimiento
    la sombra.
    Sabe que su existencia depende
    de la vibración,
    de la luz.
    Sombra de la nube,
    sombra del árbol,
    del alero,
    y el ala en el nido.
    Sombra de esta mano que escribe
    y de su punto final.

    Dolores Castro (1923)
    Sombra domesticada.
    Parentalia, México, 2013.

    Jueves

    Umbilical

    I.
    Este poema es una tijera,
    un corte de los días
    y gritos que aprietan mi garganta.

    II.
    Nací delante del ojo que lo traspasa todo,
    escucha el balbucir del pensamiento y lo taladra.
    Sentí gotear en las alcantarillas
    los pasos cortados de los muchachos, la respiración del Monstruo
    atravesando muchachas, y las espinas que crecen
    en el vacío de los desaparecidos.

    III.
    Ya sé que estoy desnuda,
    que mi lengua
    es una reliquia
    atada a un cofre;
    un músculo
    de fuego seco.
    Vengo a cortarlo de tajo,
    a soltar el mar de pájaros callados
    que grita cuando sueño,
    me suplica cada mañana
    y en cada bocado.

    IV.
    He venido a cortar con la escritura
    lo que no puedo hacer con la garganta.
    Oigo mis
    V.
    Madre Miedo
    era una hermosa muchacha:
    temblaba
    con el parpadeo del viento.
    Padre Quemadura
    gritaba por los dedos
    y todo el rojo vivo era su imperio.
    Flotando en la violeta
    angustia de mi madre
    me pidieron
    silencio.
    Fue la primera noticia que tuve:
    ¡podía oler el miedo de los fetos!
    Mejor que no palpitara fuerte el corazón,
    disminuir los signos de existencia,
    que ni siquiera los pájaros…
    De todas formas, mataron a Gilberto.
    Juro no haber hecho ruido
    en el vientre de mi madre.
    Lo sacaron de su casa desnudo
    a media noche
    y a la mañana un tiro
    le perforaba los treinta y tres años de su frente.
    Yo me quedé quieta,
    quieta, abrazando la piedra de lágrimas
    que Madre se tragó
    y fue mi herencia.

    VI.
    Shshsh
    no hay que llorar fuerte:
    los ojos al suelo,
    el pensamiento bajo llave.
    Escondan sus palabras:
    que nadie las sospeche.
    Vos sonreí como idiota
    y decíles que sí…
    Que nadie te perciba: hacéte humo,
    salí de este país,
    lleváte fuera
    el terco puño que te golpea el pecho.
    Caminá por el mundo
    con tu manojo de palabras.
    ¡Largo de aquí!
    Que nadie te note la muerte
    atravesándote los ojos.

    VII
    También se llevaron a mi padre.
    Así mordió la infancia mi corazón
    una tarde
    y tampoco grité.
    No había que hacer preguntas
    ni mirar a los ojos
    sino aprender a fingir
    y registrar toda la evidencia posible:
    la mueca de terror
    en el resto de los hombres.

    VIII.
    Todos los días se inundaban de muertos las aceras;
    de helicópteros,
    de pies huyendo;
    quizá no se salvó nadie,
    quizá sólo un niño pequeño
    tenga este recuerdo
    de mujeres y hombres devorados.
    A toda prisa me daban sus palabras,
    me miraban a los ojos.
    No se te olvide nunca decían
    ¡Fuera de aquí!
    ¡Que se vaya!
    ¡Saque a esa niña
    que se quiebra!
    Salí del infierno a los nueve años,
    hambreada
    exiliada
    viva
    tierra
    tierra
    tierra de por medio.
    Lejos.
    No volveré jamás
    al cuerpo de mi madre.

    IX.
    He perdido el nombre de mi país;
    sé que era rojo y las nubes lo galopaban;
    olía a humo,
    a verde,
    a grillos codificando aprisa las señas de los perdidos.
    Aún tengo siete años y oigo las estrellas en el patio;
    aún García Lorca
    y Marx
    y meterse debajo de la cama;
    aún vienen en la esquina y entran a la casa de Aurorita rápido:
    quemar los libros
    las mantas las palabras
    ¡Y que no haya humo! El fuego en una lata de leche
    y Fahrenheit 1978.

    X.
    No recuerdo cómo se llamaba mi país pero había montañas
    pepitas oscuras en los ojos
    y una fuerza en la sangre.
    He quemado su nombre
    para que el ansia de útero
    no me traicione nunca

    XI.
    Fuera
    partícula suspendida raíz en mano
    choqué con el rostro del hielo
    y perdí el equilibrio...
    besé la boca de la muerte
    pero me até a la vida con estirpe.

    XII,
    He vuelto.
    He remontado los abismos;
    quebré la costra del silencio.
    Ahora tengo los pies plantados en la arcilla e inhalo el mismo aire que ustedes
    —aunque llevo doscientas mil gentes en los alvéolos
    cada vez que respiro—
    Ahora puedo honrarlos,
    hacer un funeral con mis palabras y soltarlos.
    Haré
    lo que ellos no pudieron:
    palpitar en el mundo,
    reír a carcajadas,
    brindar por la belleza,
    amar,
    multiplicarse...
    ¿Dónde puedo sembrar
    este grano de sangre?

    Maya López Ramírez (1970)
    Hace dos días, por error, señalé
    su fecha de nacimiento como 1963.
    Conjuro para romper un espejo.
    Universidad Autónoma de
    la Ciudad de México, México, 2021.

    Viernes

    Guadalupe la Chinaca

    Con su escolta de rancheros,
    diez fornidos guerrilleros, y en su cuaco retozón
    que la rienda mal aplaca,
    Guadalupe la chinaca va buscando a Pantaleón.
    Pantaleón es su marido,
    el gañán más atrevido con las bestias y en la lid:
    faz trigueña, ojos de moro,
    y unos músculos de toro y unos ímpetus de Cid.
    Cuando mozo fue vaquero,
    y en el monte y el potrero la fatiga lo templó
    para todos los reveses,
    y es terror de los franceses, y cien veces lo probó.
    Con su silla plateada,
    su chaqueta alhamarada, su vistoso cachirul
    y la lanza de cañutos,
    cabalgando pencos brutos, ¡qué gentil se ve el gandul!
    Guadalupe está orgullosa
    de su prieto; ser su esposa le parece una ilusión,
    y al mirar que en la pelea
    Pantaleón no se pandea, grita: ¡viva Pantaleón!
    Ella cura a los heridos
    con remedios aprendidos en el rancho en que nació,
    y los venda en los combates
    con los rojos paliacates que la pólvora impregnó.
    En aquella madrugada, todo halaga su mirada,
    finge pórfido el nopal,
    y los órganos parecen candelabros que se mecen
    con la brisa matinal.
    En los planes y en las peñas, el ganado entre las breñas
    rumia, trisca mugidor
    azotándose los flancos, y en los húmedos barrancos
    busca tunas el pastor.
    A lo lejos, en lo alto, bajo un cielo de cobalto
    se desgarra su capuz,
    van tiñéndose las brumas como un piélago de plumas
    irisadas por la luz.
    Y en las fértiles llanadas, entre milpas retostadas
    de calor, pringan el plan
    amapolas, maravillas, zempoalxóchitls amarillas
    y azucenas de San Juan.
    Guadalupe va de prisa, de retorno de la misa:
    que, en las fiestas de guardar,
    nunca faltan las rancheras
    con sus flores y sus ceras a la iglesia del lugar;
    con su gorra galoneada, su camisa pespunteada,
    su gran paño para el sol,
    su rebozo de bolita
    y una saya nuevecita y unos bajos de charol;
    con su faz encantadora más hermosa que la aurora
    que colora la extensión;
    con sus labios de carmines,
    que parecen colorines, y su cutis de piñón;
    se dirige al campamento donde reina el movimiento
    y hay mitote y hay licor;
    porque ayer fue bueno el día,
    pues cayó en la serranía un convoy del invasor.
    Qué mañana tan hermosa: ¡cuánto verde, cuánto rosa!
    Y qué linda, en la extensión
    rosa y verde, se destaca
    con su escolta la chinaca que va a ver a Pantaleón.

    Amado Nervo (1870-1919)
    Poemas patrióticos. Antología
    Colectivo Cívico Literario
    Dígalo por Escrito
    Presentación de Bernardo Bátiz Vázquez
    México, 2021.

    Sábado

    I.
    Amigo lector
    amiga:
    En este libro
    (como en todos)
    encontrarás
    versos buenos, regulares y malos.
    Los buenos
    se deben a los dioses
    que a veces los otorgan
    para que seamos mejores;
    los regulares
    son como nosotros
    –hijos del siglo que murió–
    mediocres, grises, urbanos;
    los malos
    son culpa del poeta
    y de nadie más.
    Si el libro te gusta
    recomiéndaselo a otra persona
    quien te lo agradecerá;
    si no te gusta,
    no lo destruyas
    ni lo arrojes al basurero,
    dáselo también
    (como una excelente venganza)
    a tu peor enemigo
    (o enemiga),
    y así será muy siglo xxi:
    ecológico
    demótico
    tolerante
    político
    y todos saldremos ganando:
    los bosques
    los tiraderos de basura
    el escritor.

    Arturo Dávila (1958)
    Sátiras.
    Hiperión, Madrid, 2017.

    Domingo

    Tu realidad

    I
    Si alguna sombra oscila
    Con su pena,
    Tu realidad tranquila
    Me serena.
    Mármol, no. Sí del arte
    Más dichoso,
    Figura que reparte
    Su reposo.
    La tarde sobre arena
    Se nos dora.
    El alma al cuerpo llena
    Bien ahora.
    Justa para mi anhelo
    Te diviso,
    Horizonte en el cielo
    Más preciso.
    Con fragancia tranquila
    Me serena.
    Signo de paz se afila
    Por tus venas.

    II
    Te me revelas tanto
    Que me guía
    La verdad al encanto,
    Y eres mía.
    Te quiero como el alba
    Quiere al ave,
    Como abeja a la malva
    Más suave.
    Amor no es intermedio.
    Todavía
    Se arrastra como asedio
    Largo el día.
    Puente será en la fiesta
    De tu río,
    Fronda seré en la siesta
    De tu estío.
    De nadie es nada como
    Tú eres mía.
    A más verdad me asomo:
    Poesía.

    Jorge Guillén (1893-1984)
    Cántico
    Seix Barral, Barcelona, 1974

     

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