Siete poemas para esta semana. Selección de Felipe Garrido

    Domingo, 08 de julio de 2018. - Noticias sobre: Felipe Garrido

    Un poema al día, para que quienes puedan se lo pongan encima y lo atesoren en la memoria.

    Lunes

    El lazo y la trampa

    País de cruces, lampo de nubes
    como cabezas, roja vendimia.
    País de cruces como manos
    separadas, abiertas en el viento
    en el desierto que avanza.
    País dormido entre volcanes,
    que es lugar este glorioso
    y terrible de barrancos, de rocas
    empinadas, de peñascos azotados
    por el viento, que ya se yerguen
    cubiertos de fuego y de ceniza.
    Flor de la Pasión, apacígualo.
    País en un soplo de voz,
    en un múltiple solo de voces,
    de abiertas bocas y metales
    que avanzan.
    País levantándose cada amanecer
    en la punta de su lengua,
    levantándose en lenguas de agave,
    en rabiosa floración,
    como mariposa al fuego. País
    de la ruta narcótica, del telemaneje
    hipnótico, de la amapola enamorada.
    Flor de la Pasión, ilumínalo.
    País erizado, sitiado, encapuchado:
    lleno de alacranes, lleno de ortigas,
    te escondes en el rincón y en la oscuridad.
    Noche y viento, avanzamos. En ruta,
    en larga marcha al interior
    de la piedra, a la entraña del árbol
    –nosotros, los visibles, poco vemos.
    De tierra se irá llenando, se convertirá
    en basurero aquel lugar
    en el que sólo se esperaba la palabra.
    Has descendido, te has lanzado
    al arroyo, a la cueva, al pedregal;
    te has metido en el lazo y la trampa.
    Andamos a tientas, escuchando
    un viento de tizones, advirtiendo
    una serpiente en la cola del turbión.
    Nos quedan palabras, muy pocas,
    Unas cuantas palabras.
    País pico de golondrina, nido
    de nubes como cabezas, roja
    vendimia. No haya más de esto.
    Ya le acercaste la ortiga, el diente
    curvo, han llovido, han vibrado,
    se han derramado sobre la caña fresca.
    No haya más de esto.
    País de espejos habitados,
    cerros distantes, lagos aún,
    como el hueco del corazón.
    Al bailar, al abrazarnos,
    giran con nosotros los restos
    de un orden celeste, corren
    ríos de pólvora en la eterna fiesta
    de vivos y muertos entrelazados,
    relumbran las espuelas entre lápidas.
    Flor de la Pasión, presérvalo.
    Que por ti levante aún la cabeza,
    que por breve tiempo logre paz,
    que por ti se calienten, se entibien
    los huesos y la carne, que por ti
    sueñe y se levante, que le hagas sentir
    tu verdor, tu frescura, tu fragancia.

    Jorge Esquinca (1957)
    En La patria en verso. Un paseo por la poesía
    cívica en México. Felipe Garrido, selección y
    comentarios.
    Conaculta, INBA, UANL, Jus, México, 2011

    Martes

    La suave patria

    Proemio
    Yo que sólo canté de la exquisita
    partitura del íntimo decoro,
    alzo hoy la voz a la mitad del foro,
    a la manera del tenor que imita
    la gutural modulación del bajo
    para cortar a la epopeya un gajo.
    Navegaré por las olas civiles
    con remos que no pesan, porque van
    como los brazos del correo chuan
    que remaba la Mancha con fusiles.
    Diré con una épica sordina;
    la patria es impecable y diamantina.
    Suave patria: permite que te envuelva
    en la más honda música de selva
    con que me modelaste por entero
    al golpe cadencioso de las hachas,
    entre risas y gritos de muchachas
    y pájaros de oficio carpintero.

    Primer acto
    Patria: tu superficie es el maíz,
    tus minas el palacio del Rey de Oros,
    y tu cielo, las garzas en desliz
    y el relámpago verde de los loros.
    EI Niño Dios te escrituró un establo
    y los veneros del petróleo el diablo.
    Sobre tu capital, cada hora vuela
    ojerosa y pintada, en carretela;
    y en tu provincia, del reloj en vela
    que rondan los palomos colipavos,
    las campanadas caen como centavos.
    Patria: tu mutilado territorio
    se viste de percal y de abalorio.
    Suave patria: tu casa todavía
    es tan grande, que el tren va por la vía
    como aguinaldo de juguetería.
    Y en el barullo de las estaciones,
    con tu mirada de mestiza, pones
    la inmensidad sobre los corazones.
    ¿Quién, en la noche que asusta a la rana,
    no mira, antes de saber del vicio,
    del brazo de su novia, la galana
    pólvora de los fuegos de artificio?
    Suave patria: en tu tórrido festín
    luces policromías de delfín,
    y con tu pelo rubio se desposa
    el alma, equilibrista chuparrosa,
    y a tus dos trenzas de tabaco sabe
    ofrendar aguamiel toda mi briosa
    raza de bailadores de jarabe.
    Tu barro suena a plata, y en tu puño
    su sonora miseria es alcancía;
    y por las madrugadas del terruño,
    en calles como espejos, se vacía
    el santo olor de la panadería.
    Cuando nacemos, nos regalas notas,
    después, un paraíso de compotas,
    y luego te regalas toda entera,
    suave patria, alacena y pajarera.
    Al triste y al feliz dices que sí,
    que en tu lengua de amor prueben de ti
    la picadura del ajonjolí.
    ¡Y tu cielo nupcial, que cuando truena
    de deleites frenéticos nos llena!
    Trueno de nuestras nubes, que nos baña
    de locura, enloquece a la montaña,
    requiebra a la mujer, sana al lunático,
    incorpora a los muertos, pide el viático,
    y al fin derrumba las madererías
    de Dios sobre las tierras labrantías-
    Trueno del tmporal: oigo en tus quejas
    crujir los esqueletos en parejas,
    oigo lo que se fue, lo que aún no toco
    y la hora actual con su vientre de coco,
    y oigo en el brinco de tu ida y venida,
    oh trueno, la ruleta de mi vida.

    Intermedio
    Cuauhtémoc
    Joven abuelo, escúchame loarte.
    único abuelo a la altura del arte.
    Anacrónicamente, absurdamente,
    a tu nopal inclínase el rosal;
    al idioma del blanco, tú lo imantas
    y es surtidor de católica fuente
    que de responsos llena el victorial
    zócalo de cenizas de tus plantas.
    No como a César el rubor patricio
    te cubre el rostro en medio del suplicio:
    tu cabeza desnuda se nos queda,
    hemisféricamente de moneda.
    Moneda espiritual en que se fragua
    todo lo que sufriste: la piragua
    prisionera, el azoro de tus crías,
    el sollozar de tus mitologías,
    la Malinche, los ídolos a nado,
    y por encima, haberte desatado
    del pecho curvo de la emperatriz
    como el pecho de una codorniz.

    Segundo acto
    Suave patria: tú vales por el río
    de las virtudes de tu mujerío;
    tus hijas atraviesan como hadas,
    o destilando un invisible alcohol,
    vestidas con las redes de tu sol,
    cruzan como botellas alambradas.
    Suave patria: te amo no cual mito,
    sino por tu verdad de pan bendito,
    como a niña que asoma por la reja
    con la blusa corrida hasta la oreja
    y la falda bajada hasta el huesito.
    Inaccesible al deshonor, floreces;
    creeré en ti, mientras una mexicana
    en su tápalo lleve los dobleces
    de la tienda, a las seis de la mañana,
    y al estrenar su lujo, quede lleno
    el país del aroma del estreno.
    Como la sota moza, patria mía,
    en piso de metal vives al día,
    de milagro como la lotería.
    Tu imagen, el Palacio Nacional,
    con tu misma grandeza y con tu igual
    estatura de niño y de dedal.
    Te dará, frente al hambre y al obús,
    un higo San Felipe de Jesús.
    Suave patria, vendedora de chía:
    quiero raptarte en la cuaresma opaca,
    sobre un garañón, y con matraca,
    y entre los tiros de la policía.
    Tus entrañas no niegan un asilo
    para el ave que el párvulo sepulta
    en una caja de carretes de hilo,
    y nuestra juventud, llorando, oculta
    dentro de ti el cadáver hecho poma
    de aves que hablan nuestro mismo idioma.
    Si me ahogo en tus julios, a mí baja
    desde el vergel de tu peinado denso
    frescura de rebozo y de tinaja,
    y si tirito, dejas que me arrope
    en tu respiración azul de incienso
    y en tus carnosos labios de rompope.
    Por tu balcón de palmas bendecidas
    el Domingo de Ramos, yo desfilo
    lleno de sombra, porque tú trepidas.
    Quieren morir tu ánima y tu estilo,
    cual muriéndose van las cantadoras
    que en las ferias, con el bravío pecho
    empitonando la camisa, han hecho
    la lujuria y el ritmo de las horas.
    Patria, te doy de tu dicha la clave:
    sé siempre igual, fiel a tu espejo diario;
    cincuenta veces es igual el Ave
    taladrada en el hilo del rosario,
    y es más feliz que tú, patria suave.
    Sé igual y fiel; pupilas de abandono;
    sedienta voz; la trigarante faja
    en tus pechugas al vapor, y un trono
    a la intemperie, cual una sonaja:
    la carreta alegórica de paja

    Ramón López Velarde (1888-1921)
    En La patria en verso. Un paseo por la poesía
    cívica en México. Felipe Garrido, selección y
    comentarios.
    Conaculta, INBA, UANL, Jus, México, 2011

    Miércoles

    Disertación sobre el origen de la vista

    La primera vez que me miraste de ese modo,
    tratando de descifrar el acertijo de mi cuerpo,
    mi sangre se espesó de pronto, fui piel
    plenamente, a mediodía. Años más tarde
    supe que nuestros ancestros submarinos
    desarrollaron en la piel un par de leves hendiduras
    más sensibles. Eran los ojos: dos agujeros negros
    en los que caía el mundo. Lo que fue temperatura
    se hizo luz, por primera vez vista, traducida del tacto.
    Pero yo ya lo sabía de algún modo.
    Sin decírmelo me mostraste
    que mirar es tocar, una variante
    que no precisa
    cercanía. Tenías razón
    en mis manos, mis labios,
    mis alargadas clavículas, lo visible
    y manso de mi cuerpo. Me conocías
    a flor de vista, a golpe de ojo y sin saberlo,
    es cierto, me tocabas. Que eso te consuele.

    Elisa Díaz Castelo (1986)
    Principia
    Premio Nacional Alonso Vidal 2016
    Instituto Municipal de Cultura y Arte, Hermosillo, Son.
    Programa Editorial Tierra Adentro, México, 2018

    Jueves

    Rain on the bay

    It is raining en esta tarde altiva.
    It is
    raining.
    La tarde se derrama
    en ráfagas gloriosas de lluvia cantarina
    y el sábado de Gloria
    reclina su pereza en la bahía.
    (Sibilino silbido del tren que se aproxima
    bullanga del carrito que la mucama incita
    con su blanco universo de sábanas y toallas
    limpiecitas).
    Nubes de la estación que se deslizan
    por la mañana gris de la mar intranquila.
    It is raining again
    it is
    raining
    sobre la bahía.

    Alfonso García Cortez (1963)
    Llanterío
    Malabares, Tijuana, 2001

    Viernes

    De “Dejo al tiempo cumplir…”

    III

    A los indiferentes

    Desde aquí los miro, me molesta esta altura necesaria.
    Soy una hormiga tributaria que ama la tierra
    un escarabajo constructor
    una larva que a voluntad custodia su crisálida
    De pronto me brotan alas colores y sonidos
    Soy rica de lenguajes
    me envanezco frente a los mudos de espíritu y grito
    frente a los rengos de alma corro
    Soy cruel como una flor sobre una lápida
    Con esto quisiera convertirlos
    siquiera en un momento de ira.

    Norma Bazúa (1928-2011)
    Momentos
    Los libros del fakir, 90, México, 1986

    Sábado

    Aquí

    Aquí, tendida bajo el universo,
    miro la sombra de mi cuerpo: forma
    de un eclipse de sol.
    Miro mi pecho:
    bajo esa doble cúpula está el cauce
    del río que busca su vertiente, y vuelve
    sobre sí mismo sus caminos:
    domeñado torrente, borbollón
    apretado en su caldero.
    Ese contorno es toda mi prisión.
    Es el recinto inexplorado, inmenso.
    Devastado por tropas enemigas
    sin estandarte ni oriflama. Dioses
    en las encrucijadas de mis nervios.
    En ese mundo sumergido, vivo
    –náufrago en la corriente de su sueño.

    Susana Francis (1922)
    Diálogos con el espejo, Antología personal (1941-2015)
    Gobierno del Estado de México, México, 2016

    Domingo

    Sala de espera

    Uno, sí, la estoy viendo
    de cuando en cuando, y después vuelvo a verla,
    la espío y oteo
    y quedo en vilo
    y más tarde la miro todavía, y sí, es verdad,
    finjo cierta demencia tras los lentes
    aun cuando la mire fijamente
    y hasta usted se dé cuenta.
    Y sin embargo, dos, no se ve nada,
    cosa que usted que debe haberse visto
    cientos de veces
    bien que debe saber, nada de nada,
    ni un amago siquiera de tirante,
    por más que esté al cuidado que nada se le asome,
    y una y otra vez, y luego una vez más
    se componga el escote.
    Pero la culpa, tres,
    es sólo suya,
    de usted sentada frente a mí en esta sala de espera
    que al tiempo que conversa por teléfono,
    con tres dedos precisos y nerviosa insistencia,
    se retoca insegura usted consigo
    sopesando sus dos pechos opimos
    pudorosa y quizás algo coqueta.
    Es por esa razón que, cuatro, espío y asomo
    y oteo e insisto
    y quedo en vilo
    aunque finja demencia tras los lentes,
    fascinado de ver cómo remueve, y hace pender,
    y agita, racimo tal de frutos semejantes,
    manifiestos al aire aunque escondidos,
    apegados a usted pero volantes.

    Fernando Fernández (1964)
    Palinodia del rojo
    Aldvs, México, 2010

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