Siete poemas para esta semana. Selección de Felipe Garrido

    Lunes, 24 de diciembre de 2018. - Noticias sobre: Felipe Garrido

    Un poema al día, para que quienes puedan se lo pongan encima y lo atesoren en la memoria.

    Lunes

    Corrido de Valente Quintero

    Aquí me siento a cantar
    con cariño verdadero
    versos que le compusieron
    a don Valente Quintero.
    Valente se fue a Santiago
    a ver sus nuevos amores.
    Se fue con su carrillera,
    con sus cuatro cargadores.
    La querida le decía,
    Valente, ¿qué vas a hacer?
    El mayor anda tomado
    y algo te ha de suceder.
    Valente le contestó
    De eso no tengas pendiente
    al cabo si él es mayor
    yo también soy su teniente.
    Valente llegó al fandango,
    les mandó tocar “El toro”;
    Si el mayor paga con plata,
    yo se los pago con oro.
    Los músicos le contestaron:
    No lo sabemos tocar,
    Valente, tú andas borracho
    y lo que quieres es pelear.
    El mayor le contestó
    Yo soy hombre de cuidado;
    Valente, tú no eres hombre,
    eres un ocasionado.
    Valente le contestó:
    No soy hombre ocasionado.
    Con esta cuarenta y cinco,
    no respeto ningún grado.
    El mayor le contestó:
    Sea por el amor de Dios,
    la tuya es cuarenta y cinco;
    la mía quema treinta y dos.
    Se agarraron de la mano,
    se apartaron de la bola
    y a los poquitos momentos
    se oyeron tiros de pistola.
    Valente está agonizando
    dándole cuenta al Creador
    alza los brazos al cielo
    y dio un balazo al mayor.
    Vuela, vuela, palomita
    y si no vuelas detente,
    éstas son las mañanitas
    del mayor y de Valente.

    Pascual Barraza
    Sinfonola de cantares
    Selección de textos,
    José Luis Almeida
    SEP, México, 1991

    Martes

    Te amo

    ―¿En verdad me amas? ―repuso la mujer linda, entornando sus ojos grises.
    El adolescente la miró con profundidad, enternecido y nervioso; con un ligero temblor de labios buscó las palabras exactas en la humedad de su boca.
    ―Es la primera vez que digo que amo.
    La mujer sonrió, ladeó la cabeza e hizo volar apenas su precioso cabello corto. Vio al joven que encaraba su sentimiento más íntimo, recargado con naturalidad en un árbol del parque del atardecer. Ella se desabotonó la blusa larga y el brasier de mallita, brotaron los senos firmes y tersos; el hombre los miraba tierna, cálida, temerosamente. Entregada al instante que vivía, la muchacha realizó una extraña maniobra con la muñeca, se formó un pliegue en la piel e introdujo la mano dentro de su pecho, hurgó tras las líneas horizontales del tórax, extrajo su corazón y se lo tendió al muchacho.
    ―¿En verdad me lo das? ―dijo él.
    ―Yo también te amo ―respondió ella, sin bajar el brazo.
    El joven lo tomó, lo observó; de su bolsa de cuero sacó un pañuelo blanco para cubrirlo y lo guardó. Mientras tanto, ella volvía a vestirse; y sus ojos grises eran la neblina tierna de los amaneceres húmedos, eran la escritura amorosa del humo de cigarrillos sensuales, el misterioso pelo de un gato gris que mira desde el entresueño, eran el claroscuro del espíritu apasionado.
    Envuelto por esa amplia mirada femenina, él abrazó a la muchacha, la besó, le revolvió el cabello que volvió a acomodarse con facilidad. La tomó de la cintura y caminaron por las calles y avenidas de la noche reconciliados con ventanas encendidas y apagadas, con los postes y el rumor de la ciudad que se iba apagando
    En el zaguán de la casa de ella se daban el último beso; alumbrados de pronto por la luz eventual de un automóvil, él notó cierta palidez en el rostro de su novia. Intentando abrir su bolsa, expresó:
    ―Te lo devuelvo; póntelo...
    ―No es nada, no te preocupes, está mejor contigo ―explicó ella―. Después de que te vayas, me acostaré y voy a soñar tranquila; voy a soñar en los atardeceres que nos faltan por amarnos, en tus ojos cafés, en las barcas grises con que navegaremos la dicha, las nubes, el júbilo; ¿ves? Anda, ve a descansar. Tú me amas y yo te amo. Así están bien las cosas.
    Ágil, la mujer linda se perdió tras una puerta roja de madera y el muchacho se quedó con esa imagen reverberándole en el cuerpo como si una bella y justa fotografía se grabara en su piel. Marchó hacia su casa creando un camino nuevo para andar por una ciudad nocturna recién inventada.
    En la soledad de su cuarto, puesta su piyama vieja de caballos azules, abrió la bolsa de cuero, sacó el corazón, lo desenvolvió. Lo tuvo entre las manos, mirándolo sin saber qué pensar; sus manos recibían la vívida voz de las corazonadas y se entabló un diálogo de ternura y pieles conmovidas, de sensaciones nunca antes experimentadas. Una emoción, entre dolorosa y cálida, brotaba de su cuerpo en todas direcciones: supo entonces que el amor era más grande que su cuerpo y que podía ser una fuente inagotable. En ese momento el joven se amó a sí mismo, quiso a sus zapatos medio chuecos que lo observaban al pie de las barbas de la colcha que lamían el piso; amó sus libros y cuadernos, adoró las paredes de su cuarto, los banderines y la fotografía de su equipo. Quiso a su piyama. El muchacho lloró serenamente y besó el corazón una y otra vez.
    Limpió sus lágrimas y se sacudió la nariz; puso bajo la almohada aquel trozo fundamental, apagó la luz, se recostó, se durmió. Y soñó que andaba bajo un crepúsculo gris en el que, al atravesar una delgada pared de niebla veía venir a una mujer que lo llamaba. Allí, entre las sábanas del alto sueño, se tomaron los cuerpos, los acariciaron, desvistieron, movieron, friccionaron, penetraron, revolcaron, contorsionaron, sudaron, desvanecieron, reposaron y durmieron, soñando que se encontraban en la bruma y se amaban y dormían y soñaban que se amaban que dormían que soñaban que se amaban que dormían, ssshhh, ssshhh, ssshhh.

    Guillermo Samperio (1948-2016)
    Maravillas malabares
    Cátedra, Madrid, 2015

    Miércoles

    Mientras tú

    Mientras tú te repartes
    yo me doy a ti, entera.
    Por las tierras distintas
    abandonas recuerdos
    sin retorno.
    Yo de ti salgo
    y hasta ti regreso.
    Cuando cierras los ojos
    tu noche
    se puebla de imágenes,
    como en una ciudad
    se encierran solitarias
    o transitan inquietas por tus calles.
    Cuando cierro los ojos
    mi noche
    se llena con tu imagen.
    Mientras tú te repartes.

    Carmen Toscano (1910-1988)
    En Aurora Marya Saavedra,
    Las divinas mutantes. Carta de relación del
    itinerario de la poesía femenina en México
    UNAM, Praxis, IMC, Sogem, IPN, México, 1996

    Jueves

    Tres poemas sin título

    I
    Teníamos rituales sencillos:
    una taza de café,
    un abrazo al despedirnos;
    buscábamos también prodigios
    en el ligero desdoble de los días.
    Caminábamos a diario;
    el amor a ratos,
    casi siempre la esperanza.
    Hicimos bien poco, la verdad,
    apenas alcanzamos a soñar
    el día venidero;
    apenas un ladrillo acomodamos.

    II
    Hubo una puerta,
    lo sé, como se sabe de un hueso roto,
    como se sabe el sabor de la saliva,
    como se sabe el hervor del agua,
    como sabía en la infancia cambiar de nombre,
    como supe un día cómo cruzarla.

    III
    Días hay
    en que vago la ciudad
    con temblores en la boca
    y quisiera decirle
    al que espera junto a mí
    el vagón próximo
    decirle: No te conozco
    pero te quiero vivo.
    Hay días en que pienso
    que se iría el temblor
    de mi boca y de mis labios
    si abrazara al que viene al lado
    si le dijera, así como si nada
    la guerra no podrá llevarnos…
    Pero la mayor parte de los días
    sólo el temblor del alma.

    Diana del Ángel (1982)
    Barranca
    Tierra Adentro, México, 2018

    Viernes

    Luz gastada

    Otra vez amanece.

    La tinta solar empieza a darle sus formas a la Tierra.

    Figuras sorprendentemente parecidas a las de ayer
    a las de hace una semana.

    Sin embargo no hay que acercarse demasiado a sus tejidos.

    Podemos darnos cuenta que solamente son recuerdos del sol
    que a veces tiene un tropezón en la memoria.

    ¿No has visto por ejemplo cómo cambia
    tu rostro en el espejo de un día para otro?

    Uno sigue siendo el mismo.

    Sólo es la memoria de la luz la que envejece
    en el reflejo.

    José Manuel Pintado
    Nostalgia de Marte
    Conaculta, México, 2003

    Sábado

    Éstas son las estaciones…

    Éstas son las estaciones en Brooklyn:
    1. el cristo postgolgotizado,
    2. el echado como mal moneda,
    3. el pasto de los niños locos,
    4. el abono de los negocios sucios,
    5. la pluma del artista vuelta billetera,
    6. la billetera,
    7. el billete con el nombre de dios,
    8. el nombre de dios en vano (en el billete y fuera del billete),
    9. el papel que fue el árbol vivo,
    10. el ya nadie habla claro,
    11. hablar por las ramas,
    12. ya nada ama nada.
    13. Las horas de los árboles crujen como monedas.

    Carmen Boullosa (1954)
    Corro a mirarme en ti
    Conaculta, México, 2012

    Domingo

    Villancicos

    ¡Que vengo cansado
    de buscar al Niño
    y no lo he encontrado!...
    ¡Que un ángel me guíe
    donde Él está.
    Mis ojos lo vean,
    que es la Navidad!

    Mañanita de invierno,
    día de nieve,
    sin pajaritos nuevos,
    sin hojas verdes.
    Un niño está sin ropas
    en un pesebre…

    Que se enciendan de naranjas
    los naranjales en flor.
    ¡Que al mundo vino un amor!
    En la ramita más alta,
    cante el pájaro cantor:
    ¡que al mundo vino un amor!
    Y los prados, que se vistan
    con su manto de verdor,
    ¡que al mundo vino un amor!

    Pajarita de las nieves,
    deja la ramita helada
    y vete a ver a ese Niño
    que nació en la madrugada.

    Palomita mensajera,
    tan blanca como la nieve,
    lleva al Niño este anillito
    y dile que me recuerde,
    que yo soy aquella niña
    que le llevó lirios verdes.

    Concha Méndez (1898-1986)
    Sirena de Navidad
    Ilustraciones de Catherine Siewert
    Ediciones del Ermitaño / SEP
    México, 1984

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