Siete poemas para esta semana. Selección de Felipe Garrido

    Lunes, 07 de enero de 2019. - Noticias sobre: Noticias

    Un poema al día, para que quienes puedan se lo pongan encima y lo atesoren en la memoria.

    Lunes

    Nocturno del Albaicín

    El agua es la sangre de la tierra
    seguramente ya se ha dicho antes.
    El agua es la sangre de la tierra
    y viaja desde lejos,
    por debajo,
    para surgir del centro de la piedra:
    hidrante mineral de las edades,
    profundo corazón.
    Y viaja
    desde lejos o cerca
    para volcar su curso
    al pie de nuestra sed.
    Mira el dorso del río
    tatuado con las hojas del castaño;
    míralo y queda curado,
    recobra la vista una vez más.
    Oye la fuente allá, con su continuo
    monólogo de dios que se desangra
    pero que nunca llega a doblegarse,
    sino por el contrario,
    que adiestra nuestro oído
    para el cantar del pozo.
    Es medianoche y alguien sigue hablando
    entre las parras y la hiedra oscura.
    Suave dicción del agua que no cesa
    de transcurrir detrás de los postigos
    como una serenata primitiva.
    Danos, oh numen, el punto de apoyo
    para sobrellevar este prodigio
    aunque no comprendamos su lenguaje.

    Jorge Ortega (1972)
    Devoción por la piedra
    Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines 2010
    Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de
    Chiapas, Tuxtla Gutiérrez, 2011

    Martes

    Los perros románticos

    En aquel tiempo yo tenía veinte años
    y estaba loco.
    Había perdido un país,
    pero había ganado un sueño.
    Y si tenía ese sueño
    lo demás no importaba.
    Ni trabajar ni rezar
    ni estudiar en la madrugada
    junto a los perros románticos.
    Y el sueño vivía en el vacío de mi espíritu.
    Una habitación de madera,
    en penumbras,
    en uno de los pulmones del trópico.
    Y a veces me volvía dentro de mí
    y visitaba el sueño: estatua eternizada
    en pensamientos líquidos,
    un gusano blanco retorciéndose
    en el amor.
    Un amor desbocado.
    Un sueño dentro de otro sueño.
    Y la pesadilla me decía: crecerás.
    Dejarás atrás las imágenes del dolor y del laberinto
    y olvidarás.
    Pero en aquel tiempo crecer hubiera sido un crimen.
    Estoy aquí, dije, con los perros románticos
    y aquí me voy a quedar

    Roberto Bolaño (1953-2003)
    Los perros románticos
    Acantilado, 2006

    Miércoles

    Deslumbramiento y promesa

    La luz de otoño ha abierto su blanca vela
    Sé que sonríes puesto que bogamos
    Eres tan joven como tu promesa
    Recién nacida siempre en la espuma del día
    La luz de otoño con su hoz de destellos
    Te ha cortado la sombra
    Blancuras enfrentadas en una luz sin poso
    Alegría sin duelos y amor sin sombras
    Se ciegan mutuamente
    Sé tu promesa y tu promesa sea
    Sonrisa
    no palabra
    Fragilidad vehemente joven otoño
    Que desnudada aun de su propio peso
    Tu promesa renazca interminable
    Invisible su llama deslumbrada
    Que no su cumplimiento: su movimiento.

    Tomás Segovia (1927-2011)
    Antología de poesía amorosa
    UNAM, México, 2015

    Jueves

    Las muertes

    He aquí unos muertos cuyos huesos no blanqueará la lluvia,
    lápidas donde nunca ha resonado el golpe tormentoso de la
    [piel de lagarto,
    inscripciones que nadie recorrerá encendiendo la luz de alguna
    [lágrima:
    arena sin pisadas en todas las memorias.
    Son los muertos sin flores.
    No nos legaron cartas, ni alianzas, ni retratos.
    Ningún trofeo heroico atestigua la gloria o el oprobio,
    mas su destino fue tan fulmíneo como un tajo;
    porque no conocieron ni el sueño ni la paz en los infames lechos
    [vendidos por la dicha
    porque sólo acataron una ley más ardiente que la ávida gota
    [de salmuera.
    Esa y no cualquier otra.
    Esa y ninguna otra.
    Por eso es que sus muertes son los exasperados rostros de
    [nuestra vida.

    1952

    Olga Orozco (1920-1999)
    Las muertes
    Material de lectura. Poesía moderna. 199
    Selección y notas introductorias de
    Elva Macías y Myriam Moscona
    UNAM, México, 1998

    Viernes

    Carne de mi amante

    Mármol oscuro y caliente
    tallado en músculo y fibra.
    Carne de mi amante, carne
    viril y prieta de mi vida.
    Suave y blanda entre mis dedos;
    fuego bajo la caricia.
    Dulce y sabrosa a mis labios
    como una fruta mordida…
    Carne de mi amante, carne
    tan mía como la mía.

    Ángela Figuera Aymerich (1902-1984)
    Material de lectura. Poesía moderna. 59
    Selección y nota introductoria
    de Carmen Alardín
    UNAM, México.

    Sábado

    Hipótesis del vuelo

    A Emma Godoy

    El aire está en reposo. Todo calla.
    Mas de pronto sobreviene un rumor,
    un ruido repentino de seda que se rasga.
    Y nada más. Un pájaro que vuela.
    Y un gran misterio a nuestro lado pasa.
    El pájaro se suelta de la rama
    como una manzana
    contraria a la costumbre de todas las manzanas,
    fruto cuya materia sumisa se libera
    del destino terrestre y a sí mismo se alza.
    No es ya el peso luciente ni el color desplomado,
    sino el puro, inasible resplandor del sonido.
    Y allá va, frágil pluma, velocidad alegre,
    ya dividiendo el aire con su quilla de trinos
    o ya sonora isla temblando en el espacio.
    ¿Qué es esta criatura simple y sabia?
    ¿Cómo cumple su afortunado signo peligroso?
    ¿Sobre la palma de qué mano se confía
    el gozo de esta ideal y misteriosa máquina?
    Y no. No son las alas las sustentadoras
    de este embriagado y lúcido cometa,
    de este orbe levísimo de pluma,
    de esta resplandeciente y viva flecha.
    No. No hay razón mecánica que explique
    la ardiente, pura dicha de este vuelo,
    sino que hay algo más, algo que habita
    al ave más adentro que sus alas,
    algo que anima el túnel delicado,
    el tallo de cristal de su garganta.
    Allí está su secreto más secreto,
    allí está su habitante misterioso,
    la fuerza que lo eleva, la mano que lo alza,
    esa mano infinita
    que no estando jamás sino allí adentro,
    se abre en medio del aire como flor sin orillas
    y ampara y rige el vuelo.
    No combaten el pájaro y el viento.
    El pájaro es la música
    y el aire su hechizado instrumento.
    Para saber por qué vuelan los pájaros
    no hay que ver los sofismas de sus alas,
    sino escuchar el río iluminado
    que empieza en su garganta.
    Las razones del vuelo son razones de música
    y si el pájaro vuela, es sólo porque canta.

    Margarita Michelena (1917-1998)
    Material de lectura. Poesía moderna. 128
    Selección y nota de la autora
    UNAM, México, 1987

    Domingo

    El cuarto Rey Mago
    Para Emmanuel Carballo Villaseñor

    Me lo trajeron los Reyes Magos dijo Fermín, y metió la cuchara en la crema de pimientos tiernos que Toña acababa de servirle.
    ¿En mayo? se escandalizó la tía Celia.
    Algo iba a decir el Nene, pero las primas memoriosas lo miraron de mala manera.
    Fue hace dos años, o cuatro explicó Fermín, pero antes no me quedaba y alzó el brazo para que lo viéramos.
    ¿Vas a apagar tu cigarro? preguntó la Beba botando en el plato una flota de aros de cebolla.
    La tía Martucha estaba de dieta y no respondió. Aspiró el humo y lo dejó escapar hacia las cenefas de estuco.
    Voy a escribirles otra vez dijo Fermín muy serio, mientras cuchareaba la sopa.
    ¿En mayo? –insistió la tía Celia, que estaba esperando el agua de arrayán.
    Y ¿qué más si es mayo? exclamó Martucha, malhumorada porque no se había dejado seducir por las tostadas de cazón.
    ¿Estamos en mayo? –preguntó Fermín.
    En mayo, en agosto, cuando se te dé la gana siguió Martucha y enseguida, con la voz reblandecida, con aire de misterio. Esas cartas a destiempo van a dar a manos del cuarto Rey Mago.
    La Beba resopló molesta, ahuyentando el humo con las manos. El Nene abrió la boca para decir algo, pero optó por morder un pedazo de pan. Martucha esperó hasta que el silencio fue tan denso que pudimos escucharlo.
    El cuarto Rey Mago dijo la tía con su vocecita de clavo era un astrólogo poco competente. Se equivocó de estrella. Olvidadizo. Desorientado. Llegó al pesebre mucho tiempo después que los demás.
    Toña apareció en la puerta de la cocina con los canelones al ron, pero no se atrevió a entrar.
    No se dio por vencido siguió Martucha. Regresó a sus libros y a sus apuntes. Salió cada noche a escudriñar los cielos. Cruzó mares y desiertos. Siguió nuevas estrellas. Incansable y torpe, siempre llegó tarde. Años y años pasó en su empeño. Todo lo perdió. Familia, amigos, fortuna. Los días y las noches.
    Es una historia muy triste suspiró Celia.
    Hasta que lo alcanzó prosiguió Martucha con las manitas crispadas. Porque finalmente dio con Él. Claro que para entonces el cuarto Rey Mago era ya un anciano. Y aquel cielo no tenía estrellas. Y Jesús no era ya un niño. Estaba en la cruz.
    Celia iba a sollozar, pero prefirió servirse más agua.
    Y el cuarto Rey Mago tuvo miedo de haber llegado definitivamente tarde. Pero Jesús todavía estaba vivo, así que el astrólogo, con el corazón desbocado, comenzó a buscar entre su ropa el regalo que había cargado toda la vida para el Niño divino y, con horror, descubrió que no lo llevaba. Tal vez nunca lo tuvo encima; tal vez lo olvidó desde que comenzó su aventura, tanto tiempo atrás. Ya les dije que era distraído.
    Quiero más sopa pidió Fermín.
    Y entonces sí, el cuarto Rey Mago sintió que lo había echado todo a perder. Sintió un dolor tan intenso que de los ojos envejecidos dejó caer tres lágrimas. Y Jesús, conmovido por la constancia de aquel hombre, hizo aún un milagro y le convirtió las lágrimas en perlas, para que el astrólogo, a pesar de su impericia, tuviera qué regalarle.
    ¿Me sirves, tía? insistió Fermín.
    Así que ahora él tiene a su cargo las peticiones hechas fuera de tiempo. Seguro que él recibió tu carta terminó Martucha mientras aplastaba la colilla con un gesto de suprema elegancia.
    Yo les pedí otra cosa protestó Fermín con el plato extendido, mientras Toña partía en dos la tarde con el aroma de los canelones.
    –Ya te dijeron que es distraído, niño refunfuñó la Beba, que no encontraba el pañuelo y se quería sonar.

    Felipe Garrido (1942)
    Conjuros
    Jus, México, 2013

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