Siete poemas para esta semana. Selección de Felipe Garrido

    Lunes, 13 de mayo de 2019. - Noticias sobre: Noticias

    Un poema al día, para que quienes puedan se lo pongan encima y lo atesoren en la memoria.

    Lunes

    De qué sirve un poema…

    A Jorge Ruiz Dueñas

    De qué sirve un poema
    si yo pienso en los barcos,
    astilleros repletos de burdeles
    donde el amor no tiene ya medida.
    Además, el poema se construye
    pensando en los lectores,
    tiene un preciso ritmo;
    lo habitan las palabras.
    Yo sólo quiero un barco
    que tenga mástil, velas;
    en fin, justo que sea
    a la medida de mis sueños.
    Y no tengo otro anhelo
    que me sorprenda el puerto
    embriagado en deseos
    en medio de la aurora.
    De qué sire un poema
    si una carta de rumbos
    me lleva hasta los brazos
    de las mujeres solas.

    Luis Enrique del Ángel (1973)
    En Árbol de variada luz.
    Antología de poesía mexicana actual
    1992-2002
    Universidad de Colima, Colima, 2003

    Martes

    Horas de mayo

    No habrá frutos ni vientres por la mañana
    no habrá veranos ni niños
    que van a la escuela
    mis ojos no conocerán la sequía
    nunca
    no pienses nunca aunque se encoja este corazón
    en las que habrá otras noches de murciélagos sordos
    que como pensamientos te rondarán
    los muslos
    habremos de enfriar la fuerza de los anhelos
    de los dolores desnudos de aquellos que se aman
    en las noches
    y sin embargo no habrá más días
    no habrá ni Madrid, ni Buenos Aires, ni las costas
    más tropicales del lazo de mis pies al fuego de tu techo
    habrá que esperar otro verano con la cabeza limpia
    y el corazón blindado.

    Ingrid Bringas (1985)
    La edad de los salvajes
    Editorial Montea, León, 2015

    Miércoles

    Rondós vagos

    Pasas por el abismo de mis tristezas…

    Pasas por el abismo de mis tristezas
    como un rayo de luna sobre los mares
    ungiendo lo infinito de mis pesares
    con el nardo y la mirra de las ternezas.
    Ya tramonta mi vida la tuya empiezas
    mas salvando del tiempo los valladares
    como un rayo de luna sobre los mares
    pasas por el abismo de mis tristezas.
    No más en la tersura de mis cantares
    dejará el desencanto sus asperezas
    pues Dios que dio a los cielos sus luminares
    quiso que atravesaras por mis tristezas
    como un rayo de luna sobre los mares.


    Como blanca theoría por el desierto…

    Como blanca theoría por el desierto
    desfilan silenciosas mis ilusiones
    sin árbol que les preste sus ramazones
    ni gruta que les brinde refugio cierto.
    La luna se levanta del campo yerto
    y al claror de sus rojas fulguraciones
    como blanca theoría mis ilusiones
    desfilan silenciosas por el desierto.
    En vano al cielo piden revelaciones
    –son esfinges los astros Edipo ha muerto–
    y a la faz de las viejas constelaciones
    desfilan silenciosas mis ilusiones
    como blanca theoría por el desierto.

    Amado Nervo (1870-1919)
    El Parnaso mexicano (los trovadores de México)
    Maucci Hermanos, México – Buenos Aires, 1905
    José López Rodríguez, Habana

    Jueves

    No he inventado nada

    No es que yo haya inventado este idioma
    de agua y tardes, ruidos
    y zumbidos primitivos
    No inventé todos estos recuerdos y piedras de colores
    ni el color rojo de una rosa fresca
    No he inventado los largos caminos
    los angostos y despoblados días
    No inventé nada
    cuando llegué el mundo ya era amargo
    había un reguero de sangre y
    polvo en los sueños.

    Carlos Higuera (1981)
    La última arquitectura del viento
    Editorial Círculo Rojo, Almería, 2015

    Viernes

    Nocturno a mi madre

    Hace un momento
    mi madre y yo dejamos de rezar.
    Entré en mi alcoba y abrí la ventana.
    La noche se movió profundamente llena de soledad.
    El cielo cae sobre el jardín oscuro.
    Y el viento busca entre los árboles
    la estrella escondida de la oscuridad.
    Huele la noche a ventanas abiertas,
    y todo cerca de mí tiene ganas de hablar.
    Nunca he estado más cerca de mí que esta noche:
    las islas de mis ausencias me han sacado del fondo del mar.

    Hace un momento,
    mi madre y yo dejamos de rezar.
    Rezar con mi madre ha sido siempre
    mi más perfecta felicidad.
    Cuando ella dice la oración Magnífica,
    verdaderamente glorifica mi alma al señor y mi espíritu se llena de gozo para siempre jamás.
    Mi madre se llama Deifilia,
    que quiere decir hija de Dios, flor de toda verdad.
    Estoy pensando en ella con tal fuerza
    que siento el oleaje de su sangre en mi sangre
    y en mis ojos su luminosidad.
    Mi madre es alegre y adora el campo y la lluvia,
    y el complicado orden de la ciudad.
    Tiene el cabello blanco, y la gracia con que camina
    dice de su salud y de su agilidad.
    Pero nada, nada es para mí tan hermoso
    como acompañarla a rezar.
    Todos los días, al responderle las letanías de la virgen
    –Torre de Marfil, Estrella Matinal–
    siento en mí que la suprema poesía
    es la voz de mi madre delante del altar.
    Hace un momento la oí que abrió su ropero,
    hace un momento la oí caminar.
    Cuando me enseñó a leer me enseñó también a decir versos,
    y por ese tiempo me llevó por primera vez al mar.
    Cuando la pobreza se ha quedado a vivir en nuestra casa,
    mi madre le ha hecho honores de princesa real.
    Doña Deifilia Cámara de Pellicer
    es tan ingeniosa y enérgica y alegre como la tierra tropical.
    Oigo que mi madre ha salido de su alcoba.
    El silencio es tan claro que parece retoñar.
    Es un gajo de sombra a cielo abierto,
    es una ventana nueva acabada de cerrar.
    Bajo la noche la vida crece invisiblemente.
    Crece mí corazón como un pez en el mar.
    Crece en la oscuridad y fosforece
    y sube en el día entre los arrecifes de coral.
    Corazón entre náufrago y pirata
    que se salva y devuelve lo robado a su lugar.
    La noche ahonda su ondulación serena
    como la mano que en el agua va la esperanza a colocar.
    Hermosa noche. Hermosa noche
    en que dichosamente he olvidado callar.
    Sobre la superficie de la noche
    rayé con el diamante de mi voz inicial.
    Mi voz se queda sola entre la noche
    ahora que mi madre ha apagado su alcoba.
    Yo vigilo su sueño y acomodo sus nubes
    y escondo entre mi angustia lo que en mi pecho llora.
    Mi voz se queda sola entre la noche
    para decirte, oh madre, sin decirlo,
    cómo mi corazón disminuirá su toque
    cuando tu sueño sea menos tuyo y más mío.
    Mi voz se queda sola entre la noche
    para escucharme lleno de alegría,
    callar para que ella no despierte,
    vivir sólo por ella y para ella,
    detenerme en la puerta de su alcoba
    sintiendo cómo salen de su sueño
    las tristezas ocultas,
    lo que imagino que por mí entristece
    su corazón y el sueño de su sueño.
    El ángel alto de la media noche,
    llega.
    Va repartiendo párpados caídos
    y cerrando ventanas
    y reuniendo las cosas más lejanas,
    y olvidando el olvido.
    Poniendo el pan y el agua en la invisible mesa
    del olvidado sueño.
    Disponiendo el encanto
    del tiempo enriquecido sin el tiempo;
    el tiempo sin el tiempo que es el sueño,
    la lenta espuma esfera
    del vasto color sueño;
    la cantidad del canto adormecido
    en un eco.
    El ángel de la noche también sueña.
    ¡Sólo yo, madre mía, no duermo sin tu sueño!

    Las Lomas, 8 de marzo de 1942

    Carlos Pellicer (1897-1977)
    Subordinaciones
    Jus, México, 1949

    Sábado

    La poesía cayó de un árbol

    I.
    Te fuiste en la semana
    que la poesía cayó de un árbol.
    ¿Qué haces con el sol
    en esa caja?
    ¿En dónde está tu sueño madurado?

    II.
    Desperté antes de que fueras
    entregado a la tierra,
    quise decirte que aún hay pájaros,
    que la ventana sigue abierta,
    que tu mirada ya no escapa.

    III.
    Siento calor.
    Ayer la noche cantaba tu silencio;
    recordé cuando llovieron estrellas sobre nosotros,
    la vez que te besé en el río.

    IV.
    No me gusta tu color de muerto
    ni el rito funerario.
    Hoy tomé el baño más largo;
    pienso que a pesar de tanto polvo,
    serás lluvia,
    el vapor de mi cuerpo
    y todos los alientos.
    Si visto de negro,
    será sólo para recordar la noche;
    si lloro, será para llevarte el mar.

    Kenia Cano (1972)
    Acantilado
    Amate, Instituto de Cultura de Morelos, Conaculta, 2000

    Domingo

    Sueño de enero

    Y soñé que el tejado se llenaba
    de ángeles músicos.
    Y soñé que subía por la Montaña
    de la Maravilla.
    Y soñé que llegaba a una ciudad dormida
    entre hermosas palabras de amor.
    Y soñé que dormía bajo un árbol
    coronado de trinos y rocío.
    Soñé que iba a caballo
    con la espada desnuda del espíritu
    y nacían en mi espalda dos alas llameantes.
    Soñé que una persona me miraba y era
    como tener el cielo estrellado en la palma de la mano.
    Soñé que alguien, como en la leyenda
    de San Julián Hospitalario, musitaba en mi oído:
    Hoy estarás conmigo en el Paraíso.
    Y soñé que volvía a ver con ojos puros
    de niño-niño los ríos que atraviesan mis sueños.
    Y soñé –cosa extraña– que era el Embajador
    no sé si ante la reina Nefertiti
    o ante la Primavera de Sandro Botticelli.
    Soñé que despertaba.
    Era primero de enero del año 1974.
    Y no veía ni oía el Paraíso.

    Eduardo Carranza (1913-1985)
    Eduardo Carranza. Veinte poemas
    Material de lectura. Poesía moderna. 71
    Selección y nota de presentación
    de J. G. Cobo Borda
    UNAM, México, s/f

    Escribió Carranza en un artículo de 1941: “En el lirismo lo esencial no es lo que se dice sino lo no se dice, la dorada niebla de sugestión que esfuma los contornos del poema”. En 1974 y 1975 publicó sus dos últimos libros, Hablar soñando y Epístola mortal; en ellos, dice Cobo Borda, se agrupan sus mejores poemas.

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