Siete poemas para esta semana. Selección de Felipe Garrido

    Lunes, 19 de agosto de 2019. - Noticias sobre: Felipe Garrido

    Un poema al día, para que quienes puedan se lo pongan encima y lo atesoren en la memoria.

     

    Lunes

    Así de cerca de tan lejos
    a C. Z.

    Encontrarse un paso atrás de ella sin planearlo, y sin pensarlo también dejarle un roce de la voz en el nicho de la nuca, sólo porque sí y por gracia del cabello recogido en un solo mechón que quizás oscila exactamente igual a cuando era adolescente, ahí donde tiembla y suda su vida vigorosa aún y vulnerable, su tiempo ya cumplido y el que asoma de la nada todavía sin tocarla y la promete. Descubrir entonces un vello o dos o tres o más que destellan discretos su blancura, su inocencia milenaria fuera del alcance de tintes, diademas, mascadas o listones. Dejar que el silencio en ese instante llene el pensamiento y lo dilate, que baje a las manos y alcance las plantas de los pies, y que brille suavemente en la blancura de los propios huesos, para que no se vaya su edad a ninguna parte que la mienta o la trastoque con afeites, para quitarle polvo y vanidades y hacerle resonancia y continuar los días desde adentro en la memoria y frente a ella, a estas alturas de su vida hoy, que ya es el mañana que sería. Apenas a un palmo de distancia, seguir su paso al cruzar una calle, mantenerse inmóvil y alerta cuando duerme y algo sueña, y cauteloso cuando fluye distraída en su rutina o se ausenta concentrada en su trabajo; a un lado o detrás de su estatura, de su talle de mujer completa, dueña de sí misma incluso en la trenza del jadeo en que se pierde, o a la sombra de su modo de quedarse quieta o de llevarse en la cadencia peculiar de sus caderas, en la fecunda anchura de su pelvis, en los retos que le impone a sus rodillas y a la fina inteligencia que baja por sus hombros y la alumbra. Así tan cerca y sin embargo rigurosamente aparte, en esa lejanía solitaria en que nos vierte el nacimiento, respirar el rastro de su aroma y a la vez sentirlo en el filo de los labios y darle sin motivo, sólo por instinto y desde el pecho, una vocal, quizás la más antigua, para que afuera suene el viento primitivo de la especie. Su olor a ella, el suyo solamente, mucho antes y mucho más allá de su perfume, detrás de las orejas, en la cuenca madura de la espalda, en la tibia hondura que cultivan las axilas, y volver a saber a qué sabe su persona toda ella por el soplo humano que desprende. Con ese puente primigenio de por medio, acercarle la mirada y leer en las nuevas arrugas de los ojos y el dorso de las manos, el empuje de sus años, las rutas de sus tantos gestos y dolores y la fuerza y permanencia de su risa, el mismo alfabeto que en el cuello, las sienes y la frente a cada uno nos devuelven impasibles los espejos. Si entonces gira la cabeza o levanta los ojos y se da cuenta de que es seguida así de cerca de tan lejos, no desviar la mirada y no decir palabra. Nada más, en las últimas vértebras del tiempo que la hace y la deshace a plena luz y sus orillas, como si ella nunca hubiera sido y de pronto fuera en la punta de los dedos cada vez por vez primera por fortuna, rozar su rostro, atreverse a ella.

    Francisco Torres Córdova (1956)
    En “Monólogos compartidos”
    La Jornada Semanal
    México, 30 de julio de 2016

    Martes

    El mapa

    He mirado la patria largamente.
    Se le nota tristeza hasta en el mapa.
    Las personas mayores nos explican
    que es libre, sin acecho atentísimo de zarpas.
    Y a punto estuve de quedarme ciego
    porque a la patria la oscurecen llagas,
    la pisan botas, se le cierran puertas:
    necesaria prisión con calles vigiladas.
                   Con el sudor de todos levantamos la espera,
    pues no hay dolor que dure lo que dura una mancha.
    Que sabemos de noches, de sentencias, amigos,
    pero también sabemos que llega la mañana.
    Despertemos, seamos el metal derretido,
    lo que quiera la sed, la tierra trabajada,
    lo que quieran las piedras, la sencillez del huerto,
    lo que pidan las llamas,
    en fin –al fin– la piel abierta en surco.
             He visto largamente el mapa.
    Pensé en mis hijos. Duele. Y eran todos los niños.
    Fui deletreando el nombre de la patria
    mientras buscaba dónde, dónde poner los ojos.
    Y recordé de pronto algo que sangra:
    mexicano de tierra ensalinada,
    desollado haraposo,
    comedor de la noche y de las hojas,
    catástrofe de costa a costa,
    ando buscando a un pueblo,
    ando buscando a un pueblo.
    Habla.

    Juan Bañuelos (1932-2017)
    En La patria en verso. Un paseo
    por la poesía cívica en México.
    Felipe Garrido
    Conaculta, INBA, UANL, Jus
    México, 2012

    Miércoles

    He sido desterrada…

    Être invisible est différent d’être inexistant:

    He sido desterrada de tantos lados…
    Cuando yo iba a nacer,
    mi mamá solía comer muchas ciruelas.
    Las ciruelas se dan sólo en primavera
    y para ser específica, en el mes de abril.
    Ahora,
    veinte años con algunos meses más tarde,
    mi madre me dice lo feliz que la hacen las ciruelas,
    porque su diminuta redondez es una alegoría
    del inmenso (inagotable)
    cariño que siente por mí.
    Uno comienza a reparar en ciruelas y otras cosas diminutas cuando lo grande,
    lo evidente,
    carece de sentido.
    ¿Será que como alguna vez dije: lo verdaderamente
    importante es aparentemente anodino?
    Hasta hace poco yo veía en las ciruelas un rico fruto breve,
    con más semilla que pulpa
    … tantos años culpando a la fruta por ser tacaña
    sin entender que ni su sabor,
    su tamaño o su semilla,
    eran elementos relevantes de su existencia en mi vida,
    olvidé a la mujer que gozosa buscaba excusas
    como frutos de temporada
    para celebrar el nacimiento de su hija.
    He sido desterrada de tantos lados…
    La ciruela,
    fruto inteligente,
    se da en un árbol frondoso que cuida su madurez
    hasta que el momento preciso,
    el peso de la fruta la hace caer en medio del camino,
    visible,
    hermosa,
    jugosa.
    La ciruela
    nunca se ve en la penosa necesidad de pedir ser desenterrada
    para poder desenvolver su vida.
             He sido desterrada de tantos lados…
    y yo sólo quería que alguien me desenterrase.

    Anna Castel (1992)
    En El viento y las palabras. Renovación
    poética en Jalisco (autores de 1980-2000)
    Compiladores: Ramírez / Guerrero / Tello
    La Zonámbula, Guadalajara, 2014

    Jueves

    Las cosas simples

    Las cosas simples:
    el llanto de los niños,
    el beso de una madre,
    el juicio de un anciano,
    la plenitud del bosque,
    el amor, la cobardía;
    las cosas silenciosas,
    las que pasan
    o se quedan un momento,
    humedeciendo la mirada,
    vibrantes,
    expectantes;
    luego,
    como una inspiración
    que habrá de irse,
    como un perfume oxidado
    que no gravita,
    se van.
             Yo me pienso igual
    entre el murmullo de la vida.

    José I. Delgado Bahena (1957)
    Soy una casa
    Premio María Luisa Ocampo, 2007
    En XV premios de poesía María Luisa Ocampo
    Compilación de Luis Armenta Malpica
    Mantis Editores, Gobierno del estado de Guerrero,
    Conaculta, Guadalajara, 2015

    Viernes

    El vals

    Eres hermosa como la piedra,
    oh difunta;
    oh viva, oh viva, eres dichosa como la nave.
    Esta orquesta que agita
    mis cuidados como una negligencia,
    como un elegante biendecir de buen tono,
    ignora el vello de los pubis,
    ignora la risa que sale del esternón como una gran batuta.
             Unas olas de afrecho,
    un poco de serrín en los ojos,
    o si acaso en las sienes,
    o acaso adornando las cabelleras;
    unas faldas largas hechas de colas de cocodrilos;
    unas lenguas o unas sonrisas hechas con caparazones de cangrejos.
    Todo lo que está suficientemente visto
    no puede sorprender a nadie.
             Las damas aguardan su momento sentadas sobre una lágrima,
    disimulando la humedad a fuerza de abanico insistente.
    Y los caballeros abandonados de sus traseros
    quieren atraer todas las miradas a la fuerza hacia sus bigotes.
             Pero el vals ha llegado.
    Es una playa sin ondas,
    es un entrechocar de conchas, de tacones, de espumas o de dentaduras postizas.
    Es todo lo revuelto que arriba.

    Vicente Aleixandre (1898-1984)
    Antología poética de la generación del 27
    Selección, estudio y notas
    por Manuel Cifo González
    Santillana, Madrid, 2002

    Sábado

    Preguntas lejanas

    A mis padres

    Padre, Madre
    ¿Dónde quedaron las fotos de todos
    o ya ni las fotos?
    ¿Dónde están sus hijos
    o ya ni los hijos
    (mis hermanos)?
    ¿Dónde estamos los hermanos
    o ya ni los hermanos?
    ¿Dónde estamos los que éramos?
    Padre, Madre
    ¿Quiénes somos ahora, seremos otros?
    ¿Qué haremos para vernos mañana
    o ya, ni nos veremos?
             Padre, Madre
    Esas son respuestas
    convertidas en adivinatorias.

    Manuel Luna (1955)
    Poemas testigos (1978-2016)
    Nódulo, Tijuana, 2018

    Domingo

    Nocturno

    Me volví a ver quién era
    No era más que la noche
    Desde cuándo habrá estado allí
    Con rumores despliegues movimientos
    Con sus soplos con su aroma de estrellas
    Su humedad de remoto
    Su ternura y sus juegos
    Echada sin cuidado entre profundidades
    Dejando ver un poco de su seno
    De süntuosa sombra sin espinas
    Carnal como una lágrima
    Con sales y meandros
    Su promesa de no retorno
    En un arrancamiento al fin sin fin
    Para uno que quisiera alzar con ella el vuelo
    A quien ella no llama.

    Tomás Segovia (1927-2011)
    Antología de poesía amorosa
    UNAM, México, 2015

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