El misterio de la cosa en la casa: La poesía de Eduardo Lizalde

Viernes, 27 de mayo de 2022

Eduardo Lizalde irrumpió en la escena intelectual mexicana con gran fuerza hace cincuenta años con un extraordinario libro de poemas, Cada cosa es Babel. Cuatro años después, en 1970, publicó otro poema largo, El tigre en la casa, que es un impresionante estallido de conceptos amplificados por una poderosa y a veces aterradora emotividad. Aunque estos grandes poemas fueron bien recibidos, me parece que no se reconoció en aquella época que había surgido en México un escritor que destilaba la mejor poesía, más creativa que la de sus contemporáneos y comparable por su fuerza a la de José Gorostiza. No se aceptaba bien que Cada cosa es Babel fuese una increíble y novedosa inmersión en el remolino de los nombres y las cosas, un remolino que giraba implacable en torno de la áspera roca de la dura realidad. Más implacable aún, El tigre en la casa invocó a los monstruos que nos amenazan: los perros inmundos, el ángel ciego leproso y, sobre todo, el tigre destructor atrapado… en nuestra casa. Y no obstante, se trata de un inmenso poema de amor, cruel evocación violenta de un placer acosado por el odio, terrible invocación de la mujer amada como si fuera un conjuro para escapar del peligroso felino que crece dentro del poeta. Desde entonces Lizalde nos enfrentó al misterio de la cosa en la casa. ¿Qué es esa cosa bestial que se multiplica dentro de la casa de las palabras? ¿Qué es ese desconcierto nuevo que se instala en el antiguo orden del hogar?

   El punto de partida intelectual de Eduardo Lizalde fue el poeticismo, un movimiento que impulsó junto con otros escritores para enfrentarse a lo que denunciaba como vaguedades conceptuales de la poesía de su época. El poeticismo se erigía contra las vanguardias, contra los vuelos oníricos del surrealismo y luchaba por un nuevo realismo. El joven poeticista se deslizó hacia un marxismo unívoco que buscaba “apretar el mundo con la mano” en busca de la claridad de un nuevo orden. Pronto desdeñó esa militancia comunista pero no abandonó la energía creativa que lo había impulsado a inventar el poeticismo; el impulso lo llevó a descubrir nuevas esferas poéticas. Lizalde, como ha dicho Christopher Domínguez, representa “la imposibilidad de seguir siendo comunista aunada a la imposibilidad de dejar de serlo”.

   El vuelo poético de Lizalde no se detuvo ante la babel de las palabras o el tigre sanguinario. Siguió en 1974 con un lúcido y corrosivo libro titulado La zorra enferma, donde se burla de sus críticos, de los revolucionarios, del amor, del sexo e incluso de Dios (por haber “cometido la vileza de no existir”). En esta recopilación agregó toda clase de atractivas malignidades irónicas y eróticas. Continuó buscando resolver el misterio del desbarajuste atrapado en la vieja telaraña.

   Aparecen después Caza mayor (1974), Al margen de un tratado (1981-83), Tabernarios y eróticos (1989) y Bitácora de un sedentario (1993), libros en los que primero aparece de nuevo el tigre, después nos deslumbra con una poesía filosófica dedicada a Wittgenstein, a continuación agita la imaginación erótica de la bohemia cantinera y por fin nos sorprende con destellos de un lirismo irónico pero añorante. Todos ellos son libros magníficos e impactantes. Pero al mismo tiempo Lizalde estaba incubando un gran poema sobre la ciudad de México, una extensa meditación amarga y dolorosa en la que recupera el tono furioso de El tigre en la casapara dirigirlo hacia su ciudad, su inmenso y abigarrado hogar urbano. Este largo poema, Tercera Tenochtitlan, consta de dos partes, la primera de 1982 y la segunda publicada más de tres lustros después. Es una erupción de rencor creativo y estimulante sobre la última encarnación de Tenochtitlan, en la que se vuelca la lava ardiente de los versos sobre las ruinas de la inmensa madre devastadora que es la ciudad en la que ha nacido y vive el poeta. Pero conforme avanza el poema, especialmente en su segunda parte, descubrimos una ternura extraña por el vientre de la “indómita monstrua” que es la ciudad de México, lugar donde se entretejen de manera insólita la vulgaridad y la pureza. Es posiblemente el mejor poema que se haya escrito sobre esta tumultuosa y caótica aglomeración del orbe urbano. 

   Estas líneas queren ser una invitación a leer –devorar– los poemas de Eduardo Lizalde. Son una incitación a sumergirse con él en el misterio poético que lo obsesiona. He hablado solamente de una porción de su vasto trabajo, con la esperanza de incitar a los lectores a empaparse en la obra del que es hoy el poeta vivo más importante de México, como dijimos en el jurado que le otorgó el premio Carlos Fuentes. Yo tengo además la íntima convicción de que ya era el mejor a finales del siglo XX, sin que este mérito le fuera reconocido en aquel momento.


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