Carlos Fuentes-Octavio Paz: Vislumbres de una amistad, por Roberto Pliego

    Martes, 05 de junio de 2012. - Noticias sobre: Carlos Fuentes

    Carlos Fuentes-Octavio Paz: Vislumbres de una amistad, por Roberto Pliego
    Foto: Milenio

     

    Por: Roberto Pliego


    Desde que se conocieron en abril de 1950, y hasta la ruptura insalvable en 1988, las dos más grandes figuras literarias del siglo XX mexicano intercambiaron más de mil cartas que hoy permanecen bajo llave. Tenemos conocimiento, sin embargo, de unas muestras ejemplares. Ahí están la admiración intelectual, el fulgor de la inteligencia creadora, el llamado de la política y aun la confesión y la rabia.



    Durante tres décadas, Carlos Fuentes y Octavio Paz sostuvieron una intensa y copiosa relación epistolar. Las cartas iban y venían de un lado a otro del planeta, de la Ciudad de México a la India, de París a Mallorca, de Madrid a Washington o a Buenos Aires. Eran un paliativo contra la distancia geográfica y, sobre todo, la constancia escrita de una amistad unánime. Uno dice amistad como quien diría admiración, respeto, intercambio y complicidad. Tuvo, es cierto, un fuerte componente intelectual pero nunca desdeñó la confidencia más sanguínea o biliar.

    Tal vez ningún escritor mexicano se ocupó tanto de la obra de Octavio Paz como Carlos Fuentes. Paz correspondió con la misma pasión discursiva. De entre las cumbres de aquella amistad, y sus retoños, Fuentes recuperó alguna vez el recuerdo de la tarde aquella en que él mismo, junto a Mario Vargas Llosa, José Donoso, Juan Goytisolo y Gabriel García Márquez acudieron a recibirlo a un muelle de Barcelona luego de su renuncia a la embajada de México en la India. Corría el año de 1968. Veinte años más tarde, en junio de 1988, la revista Vuelta, que dirigía Octavio Paz, publicó un largo ensayo de Enrique Krauze que pintaba a Carlos Fuentes como un “guerrillero dandy”, incapaz de escuchar la realidad mexicana sin dejar de atenerse a un libreto. “La comedia mexicana de Carlos Fuentes” sonó, a la manera stendhaliana, como un disparo en medio de un concierto. No sólo significó el desencuentro definitivo de Enrique Krauze con la obra de Fuentes; impactó en otra esfera de la vida: la amistad, la amistad larga entre Carlos Fuentes y Octavio Paz, no exenta de encontronazos, desavenencias, franquezas e improperios, se quebró como una taza que se arroja por la ventana.

    En la memoria queda, sin embargo, la carta que Carlos Fuentes se guardó de enviarle a Octavio Paz, fechada el 4 de septiembre de 1968 en París, y que, junto a otras cinco —de las más de mil que se encuentran depositadas en la Universidad de Virginia y a las que sólo ha tenido acceso una sola persona en el mundo, el crítico y estudioso Julio Ortega—, publicó la Revista Iberoamericana en su edición de enero-marzo de 1971: “No sé ni dónde ni cuándo te escribo; hay demasiados desgarramientos; una noche de borrachera y el cielo lunar de París alfombrado para los borregos y horas enteras de conversación con Pepe Bergamín y luego con Alejo Carpentier y después con Buñuel y García Márquez y hasta hace un rato con Pedro Cuperman (lo cual explica la borrachera, pues discutimos de lo que desconozco: literatura sánscrita) y José Emilio Pacheco se fue a dormir y yo fastidiado porque la noche es de Restif de la Brettone y ya no hay con quién conversar pero siempre tengo el recurso de acudir a ti y escribirte una carta, aunque después no la mande (qué boludez, como dicen los ches). Todos estamos tan desolados, tan alegres, tan confundidos, como si de repente el parto y la muerte fuesen simultáneos (¿no lo han sido siempre?), y bueno, mañana Rita y Cecilia1 se van a un México que ni tú ni yo volveremos a reconocer y yo, puto que soy, me largo a Mallorca, lejos del terror supremo del país que escogí para mí (y pude escoger, qué sé yo, Argentina o Chile o los USA o Suiza o Francia ahora mismo, pourquoi pas, y escogí ese encabronado infierno escriturado por el niño dios y el diablo, los géminis sabrán por qué, no son sólo mis padres y mis abuelos, qué carajos, eran salmantinos y canarios y alemanes, chingar) y yo estoy atado a este país donde la luna brilla de día… Te digo lo que me sale, porque si no contigo, ¿con quién?, contigo siento la confianza de ser pendejo, borracho, comemierda y si se ofrece hasta medio cuerdo, porque creo en tu ejemplo y en tu amistad y en Marie José como la definió hoy en la tarde Bergamín, ‘belleza discutible y por ello obsesiva’, pregunta y fascinación, ¿no es lo mismo? Perdona esta carta y dime qué piensas tú desde la India, recibo todas estas cartas contradictorias desde México y yo, Octavio, privilegiado y miserable frente al Sena, sólo me digo: ser escritor es decir lo que se piensa, sí, pero también, antes, sobre todo, pensar lo que se escribe y mi esquizofrenia se vuelve absoluta. ¿Qué pasa en México? […]. ¿Qué hacer, Octavio: regreso a México en enero o me quedo aquí, donde me gano la vida y escribo en un ambiente de respeto y amistad… y allá sería lo que ya sabemos?”.

    La amistad nació en abril de 1950. Fuentes era un recién llegado a París, encendido por la lectura de El laberinto de la soledad y Libertad bajo palabra. Paz vivía en un departamento en la avenida Victor Hugo y “quería vivir poéticamente”. Al lado de Elena Garro, Adolfo Bioy Casares, Silvina Ocampo, José Bianco fatigaban los cabarets de St. Germain des Pres. Aquel París de la posguerra parecía desolado sin Albert Camus dando cátedras de boogie y sin Max Ernst ofreciendo su perfil de ave solar. Dieciséis años después, sobre París comenzaban a soplar, una vez más, vientos de rebeldía. El 11 de abril de 1966, Fuentes dirigió a Paz estas palabras: “Ayer fuimos a ver L’Age d’Or al Palais de Chaillot, después de leer tu estupendo artículo en la revista de la Universidad de México. Sí: ¿cómo decir No en nuestro tiempo? Todos los establishments han generado sus mecanismos de defensa, tan sutiles en los Estados Unidos y tan groseros en la URSS. A Robert Lowell no se le somete a proceso de desacato porque en realidad no se le teme; a Siniavsky y Daniel, por lo visto, sí. Decía Wright Mills que el escritor perseguido tiene, por lo menos, esa consolación: la de saber que alguien le teme. […]

    “La fuerza del poder actual es que actúa sin consultar; su debilidad, que un lenguaje mentiroso y solemne no puede contemplarse fuera de sí mismo. Por eso es tan actual Buñuel. Por eso la proyección de La edad de oro ayer se convirtió en una manifestación de los jóvenes espectadores franceses contra la censura francesa: porque en Buñuel, en el surrealismo, hay ese humor al que el poder nunca puede acceder, ese humor que permite ver las cosas fuera de uno, de verse a uno mismo como otro. Veo esta gran película y se me ocurre que su vigencia viene de una maravillosa síntesis del polo moral y del polo lúcido de la existencia que, por desgracia, casi siempre existen separados”.


    Unos meses después, el 1 de octubre de 1966, Fuentes le escribió a Paz agradeciéndole una nota y algunas traducciones de e.e. cummings. Entre alusiones a los tiempos de la Revista Mexicana de Literatura y a la influencia que Paz ejerció en los escritores de la llamada Generación de Medio Siglo, Fuentes pasa del reconocimiento franco a las ausencias en la arena política y a la mezquindad del mundillo cultural: “Los meses que llevo viviendo en Europa me hacen comprender más todo lo que en aquel momento significó tu presencia en México: la visión que nos diste para compartirla contigo. Nos demostraste, quizá, que un escritor no puede comprometer a la sociedad, la historia, el arte y la individualidad si primero no compromete a la realidad misma. Acaba de morir Breton y mezclo su lectura y tu recuerdo. Ustedes supieron, saben, sabrán que la conciencia no nace de la descomposición de la sociedad o de la historia, sino de la descomposición de la realidad misma”.

    “A veces pienso que nuestro país está enamorado de su propia sujeción, de su falta de auténtica libertad. Aunque desconozco la manera de obtenerlo (¿en qué blanca noche, en qué oscura mañana?, como diría Cortázar), sigo creyendo que la libertad, dentro de las condiciones actuales de México, sólo puede significar pluralidad, posibilidad de puntos de vista disidentes, posibilidad de diversificación, de autonomía social e individual: la creación de muchos escalones, entre el poder total de unos cuantos y la impotencia total de la mayoría. Es lo más necesario y lo más difícil. Tiene que nacer de posiciones que sean, en primer término, personales, de convicción real. Ante todo, necesitamos gente dispuesta a parase sobre sus propios pies. Dudo mucho de la eficacia del pensamiento apocalíptico abstracto. El verdadero problema es que cada cual, desde su particular nivel, sepa mantener una aspiración desautorizada, divergente.

    “He hablado mucho con Tomás Segovia de todo esto, de la revista necesaria para mirar en vez de ser mirados. Los talentos literarios en México serán de corta vida, de necesaria frustración, sin las correspondencias con el mundo y sin una auténtica crítica de México y en México. No es posible seguir con esta sucesión de consagraciones y entierros en el aire, sin razones, sin cultura. ¿Cómo puede mengano despacharse en dos líneas a Arthur Miller, diciendo que en nuestros días la tragedia es ridícula: por qué no se toma el trabajo de leer, por lo menos a Steiner y Domenach? ¿Cómo puede fulano cantar con esa tranquilidad el réquiem de Genet? ¿O perengano dictamina: que Montes de Oca y Aridjis son ‘inmundos’, y basta? ¿Qué es esto? ¿Qué confusión de pigmeos, de vaciladores, de léperos? Hay que hacer una revista que de un golpe esté por encima de esta frivolidad grotesca, que imponga el criterio de las correspondencias: el aislamiento es el virus maligno de la crítica en México. Hay que hacer una revista que de inmediato supere ese vacío, establezca la comunicación normal con las otras literaturas, comunique normalmente el criterio extranjero sin pedir permiso a los chovinistas declarados o emboscados (toda satisfacción provinciana es chovinista, invoque a Marx, Freud o el Cura Hidalgo) pero también sin solicitar la mirada extraña”.

    En 1966, Octavio Paz contrajo matrimonio con Marie-José Ratinin. Ocupaba el puesto de embajador en la India y desde ahí, no sin escepticismo, veía cómo la Revolución cubana contenía en sí misma el germen de una revolución socialista en América Latina. Desde Roma, el 28 de enero de 1966, Fuentes le envió una carta en la que expresaba su preocupación y sus dudas acerca de los nuevos equilibrios y desequilibrios internacionales: “Tu paso por esta provincia cesárea (polvo al polvo; Roma a los tarquinos democristianos) nos dejó exaltados, aturdidos and panting for more. Siento, ahora, que se nos quedaron un millón de cosas en el tintero, o en la lengua que también me sabe a tinta. No terminaste de explicarme tu proyecto de libro sobre el tercer mundo y la revolución. Y tu nueva perspectiva de las futuras relaciones entre los EE.UU. y América Latina me inquieta terriblemente, me obliga a revisar muchos conceptos. […] A partir de nuestras conversaciones en Roma, quisiera hacerte estas preguntas:

    “¿Realmente contendrá el ‘mundo de las ciudades’ su prosperidad dentro de las fronteras del círculo de desarrollo, el hemisferio norte? ¿Qué nuevas formas adoptará la expansión de las sociedades tecnocráticas en el mundo pobre? ¿Prolongará el estilo actual de la explotación, ahondando nuestro gap económico y cultural, o sufriremos una nueva super imposición en nuestro palimpsesto de fórmulas ideales? ¿Puede preverse, y cómo, dependiendo de qué, un auténtico sistema de cooperación internacional? ¿Qué van a hacer con sus excedentes de capital las sociedades que dentro de veinte años estarán determinadas por factores como la automatización, la electrónica y el ocio? ¿Qué vamos a hacer nosotros con unas estructuras anacrónicas, que en principio sólo pueden ser destruidas revolucionariamente, en un mundo de statu quo que en cuarenta y ocho horas sofocaría una revolución local? ¿O tiene razón Guevara y nuestra salida es empantanar a los americanos con múltiples Vietnams latinoamericanos? ¿O existen ciertas posibilidades aisladas de revolucionar mediante la acción ciudadana, política, social y cultural, llenando el vacío de poder, creando paso a paso sociedades pluralistas, agrupaciones autónomas, etc.?”

    La matanza del 2 de octubre de 1968 tomó a Octavio Paz en la India y a Carlos Fuentes en París. Mientras Fuentes juzgaba que los intelectuales y los universitarios debían impulsar la apertura política, Paz valoraba la naturaleza y los límites de los movimientos estudiantiles. Esos jóvenes, no hay que olvidarlo, habrían de convertirse, años después, en sus más fieles y combativos interlocutores. Ya de regreso a México, el 20 de mayo de 1969, cuando estaba por aparecer La nueva novela hispanoamericana, su ensayo bautismal, Fuentes dirigió estas líneas a Octavio Paz: “Pues sí, ya voy para cuatro meses en México. ¿Por dónde comenzar? El país, vuelto a ver, es tan salvajemente bello. Catemaco, Acayucan, El Papaloapan, los Tuxtlas: nombres de la vainilla y el tabaco; las barcazas anaranjadas y los laureles de Indias; los cuervos y los zopilotes; las hierbas medicinales y las farmacias de cada esquina; la papaya, el zapote, el robalo y el huachinango; volver a ver, a tocar, a oler México. […]

    “Pero México es una Gorgona con dos cabezas: la maravilla y el asco paralizan por igual. Regresa a la ciudad. Habla con las familias de muchachos asesinados en Tlatelolco, familias humildes de burócratas, obreros y comerciantes que no se atreven a protestar porque al día siguiente (el 3 de octubre) la policía llegó a decirles: ‘Si quieren que no haya más que un muertito en la familia, se callan la boca’. Habla con los muchachos a los que se les formó cuadro de ejecución cinco veces en una noche para obligarlos a confesar ‘conspiraciones’ inexistentes. Habla con los muchachos a los que desnudaron en los separos de la judicial y les pasaron bisturís por los penes, amenazándolos con castrarlos. Octavio: aquel margen de tolerancia o de diálogo que había en tiempos de Ruiz Cortines o de López Mateos ha muerto. Díaz Ordaz es un sicópata vindicativo. Heberto Castillo, que estaba protegido por Cárdenas, fue obligado a entregarse hace unos días; su oposición es tildada de sedición, robo, violencia. Cárdenas mismo no pudo protegerlo. La madre de Marcelino Perelló, una maestra española que llegó a México en 1939 y que durante treinta años se dedicó a la docencia, habiéndose naturalizado mexicana, se vio anular sus papeles de ciudadanía por el delito de ser la madre de Perelló; trató de ampararse; se dio cuenta de que la justicia ya no tiene sentido en este país, desistió y se fue a vivir… a la España de Franco, donde por lo menos cada uno sabe a qué atenerse, donde las leyes son las que son y no esta charada ‘revolucionaria e institucional’ mexicana. Ha habido un crimen nacional, como los de Porfirio Díaz en Cananea y Río Blanco, y la herida está abierta. […]

    “‘Entre la piedra y la flor’; recordé en Yucatán tu gran poema de juventud. Sí, la insoportable tensión binaria, de polaridades, que es México; pero quizá sea mejor que el aristocrático in metus stat virtus; aunque el Golden Mean es más humano y civilizado. Lo malo del equilibrio falso de México es que no es ni humano ni civilizado; es, estrictamente, la dorada mediocridad de unos cuantos: una mentira. En Acapulco, los banqueros cantan loas a la Revolución Mexicana (‘bendita revolución mexicana: nos has colmado de beneficios’: cita textual de Aníbal de Iturbide). Los campesinos de Yucatán ni siquiera saben que hubo revolución o que son mexicanos. La revolución y la arqueología: la táctica oficial consiste en arqueologizar a México y luego cobrar entrada. Tenemos, por lo menos, esa gran ventaja. Todo lo que está vivo les aterroriza, desconocen tanto la imaginación como la crítica, no saben por dónde torearlas. Hay que escribir, escribir, con audacia, vulgaridad, belleza, terror y sueño: todo lo que afirma niega a este miserable fascismo”.

    Dos meses más tarde, desde Cuernavaca, Fuentes dirigió una carta a Octavio Paz, que desde Francia denunciaba el anquilosamiento del sistema político y sorteaba las amenazas y los amagos de persecución emprendidos por el gobierno mexicano. La carta, fechada el 3 de agosto de 1969, es más que un tributo al escritor y al intelectual independiente; es, sobre todo, un gesto de admiración hacia el poeta como médium, al único capaz de revelar la voz arcaica y primordial del mundo: “No sé por dónde comenzar esta carta, de manera que lo haré por lo mejor: Ladera Este. Te puse un telegrama entusiasta al terminar su lectura; ahora sólo abundaré en lo que ahí decía: me llevas de sorpresa en sorpresa, pues cuando parece que has alcanzado la cima de tu arte, en realidad sólo te preparabas para un nuevo salto mortal, para descorrer un velo más. Ladera Este es un libro maravilloso y conmovedor; creo que no hago más que repetir las palabras de todos los jóvenes que te están leyendo y, contigo, están leyendo el mundo. (El libro es un gran éxito de librería, a pesar de los pesares o quizá gracias a ellos; más sobre todo después). Creo que esto es muy importante: tu libro es un libro con lectores: los muchachos que lo leen experimentan algo que sólo se puede llamar la libertad; a través de tu libro, hablando con muchos jóvenes, me he dado cuenta que la cultura en nuestro país ya no es un sistema de recados; realmente, dada la ausencia de información en México, es la literatura la que informa: un joven lee en Ladera Este todo lo que, de otra manera, no podría saber. Tu poesía cumple una doble función: es la experiencia intransferible y secreta de un artista y es una lectura del mundo. Esto es lo que más me ha conmovido al leerte: no sacrificas, no sacrificas nada: estás tú entero, tu sensualidad, tu inteligencia, tu arte, y al mismo tiempo te trasciendes, lees lo real, lo descubres por primera vez, para todos. Lectura de John Cage: y lectura de Octavio Paz: lectura del mundo. Crees en lo que dices: la forma, interna o visual, del poema, cada adjetivo, cada nombre, cada verbo, son reales; parecen nacidos del encuentro perfecto de la convicción y la sensación. Hablas de otras culturas sólo para demostrar que no hay más que una cultura, enriquecida por el esplendor y la agonía de las civilizaciones. Escribes poemas proverbiales y nos condenas a repetirlos incesantemente al tomar el café y al beber la copa: nuestros manteles huelen a pólvora, aunque nosotros tampoco tengamos de quién hablar. Hablas de la muerte de la limpidez, y con un poema límpido la restituyes. He reído con el humor de tus poemas, me he asombrado ante formas y colores que desconocía, he tocado un mundo de luz y piedra y plantas nuevas. La luz: atraviesa Ladera Este, se convierte en monumento, en astro, en trepadora, en coño, en sonido. Escribo contigo; leo tu libro y puedo seguir con el mío. Desciendo al aire; asciendo al pozo. Gracias”.

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    1 Carlos Fuentes se casó con la actriz Rita Macedo en 1958, en 1962 nació su hija Cecilia y en 1969, poco después de haberse radicado en París, se divorciaron.

     

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    Perfil de: Carlos Fuentes

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