"Clementina Díaz y de Ovando. Los caminos del saber", por Fernando Serrano Migallón

    Martes, 27 de diciembre de 2016. - Noticias sobre: Fernando Serrano Migallón

    Clementina Díaz y de Ovando Foto: Sin Embargo
    Nacida en Laredo, Texas, en noviembre de 1916, Clementina Díaz y de Ovando es el ejemplo de una dedicación apasionada a los caminos del conocimiento de la historia y la cultura de México, como lo demuestran sus investigaciones en torno a la literatura del siglo XIX y su larga trayectoria en las aulas de nuestra Universidad. Así la recuerda Fernando Serrano, autor de La inteligencia peregrina.

    Hace cien años nació Clementina Díaz y de Ovando, intelectual destacada, universitaria ejemplar y amiga incondicional.

    Muchos son los factores que concurren en la personalidad y el perfil de Clementina Díaz y de Ovando. Muchos, variados y diferentes que definen su pensamiento y su acción; el conjunto de ellos hacen de ella una mujer singular.

    Clementina Díaz y de Ovando nació en 1916, por accidente fuera del territorio nacional, lo que quizás hizo que fuera particularmente orgullosa de su estirpe y de sus sentimientos mexicanos.

    Los primeros años de su vida se desarrollan en un ambiente de agitación política y al mismo tiempo de una estimulante efervescencia cultural e intelectual. Época decisiva para nuestro país; parteaguas de nuestro destino y de nuestras vidas. Había terminado la lucha armada y el proyecto de nación era discutido por los diferentes grupos que habían combatido unos años antes. Hacia dónde debía ir el país, cómo hacerlo y qué camino elegir eran cuestiones del debate permanente. Este dilema, que oscilaba entre una discusión teórica y una participación activa, producía constantes crisis y violentos enfrentamientos sociales.

    Era el momento en que todos los mexicanos, y Clementina, una de las primeras, pensaban, creían y sobre todo esperaban que una vez terminada la lucha, por primera vez desde siempre, México podría lograr lo que hacía muchos años los mexicanos habían buscado sin conseguirlo: un país más libre, más justo y más generoso.

    Ella eligió las trincheras desde las cuales hacer valer su pensamiento y sus ideas; dispuesta a participar eligió el campo desde el cual luchar así en la construcción de un nuevo país.

    Una vez tomado el rumbo participó activamente: la academia y la universidad serían sus campos de batalla. Decididamente luchó por todos los medios y con todas las armas que estaban a su alcance para lograr ese deseado desarrollo social.

    Conoció un México entrañable, indigente, pobre, desamparado pero maravillosamente magnífico y luminoso que seguía pidiendo a gritos justicia y libertad. Ese ambiente la encaminó a profundizar en la cultura, en el conocimiento y en las investigaciones que gracias a ella se abrían por primera vez; se refugió en la que sería siempre su casa: la Universidad Nacional Autónoma de México. Desde su primera juventud unió su amor a México y a su historia con otro que sería indisoluble para ella, el de la Universidad, esa casa de la libertad y conciencia crítica de la nación.

    Sabía que la lucha intelectual sólo podría tener éxito si se participaba con decisión, trabajo permanente y sin desmayo.

    Lo hace sin dudar. Se esfuerza en su trabajo, quiere hacerlo de manera eficiente, aunque muchas veces tendría la duda inherente al trabajo intelectual. Conoce los problemas, pero esto ni la acobarda ni la limita; reconoce estas dificultades y su actitud frente a ellas las plasmó en su discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua, cuando afirmó que había seguido, “no sé si con éxito o no, pero sí con singular devoción los pasos de Vicente Riva Palacio”.

    Ahora le podemos decir, casi medio siglo después de ser pronunciadas aquellas palabras, que lo hizo con éxito, con un gran éxito. Por eso debemos recordar a doña Clemen, sus éxitos y su vida.

    Es costumbre conmemorar las efemérides de los ilustres intelectuales que ya no están entre nosotros. Estos homenajes nos dan la oportunidad de recordar lo hecho por ellos; muchas veces no los tenemos presentes y yacen adormilados en nuestro subconsciente. Es nuestra obligación recordar, no con una finalidad de erudición sino para constatar quizá lo más importante: el valor de su ejemplo y la comunidad de sus intereses.

    Con sabroso esfuerzo y talento, ella se dedica a dos vertientes en un mismo camino, las letras y la historia. De manera vehemente y comprometida pone especial énfasis en la vida política y cultural del primer siglo del México independiente. Estaba consciente de que allí se habían fraguado los caracteres que le dieran vida a nuestro país. Con un profundo espíritu nacionalista, estuvo dispuesta a defender a México y a los mexicanos; su obra escrita es amplia y rica, en ella analiza, descubre y muchas veces idealiza al país. Son múltiples sus libros, sobre todos los aspectos de esa época, pero citarlos y reseñarlos simplemente sería injusto pues la gama de su actividad va desde la especulación hasta la acción.

    Con la educación y el magisterio estableció lazos indestructibles; profesora innata, será siempre recordada por sus alumnos como una maestra de excelencia cuya labor no fue sólo transmitir conocimientos, o descubrir nuevas verdades, sino a través de ello crear consciencia y fomentar inquietudes entre quienes la leían y la oían.

    Fue escritora, historiadora, investigadora, académica y sobre todo una innovadora en su búsqueda intelectual y social. Su prosa fue amplia y magnífico su buen gusto en el buen decir; la calidad de sus escritos hacen de ella una referencia insoslayable en los temas en los que incursionó.

    Fue esencialmente universitaria con una devoción sin límite a esa institución medieval que sigue dando frutos y que en su caso fue la Universidad Nacional Autónoma de México.

    Por su inteligencia y perspicacia se convirtió en un testigo privilegiado del siglo XX mexicano y un ejemplo para todos de realización personal y búsqueda por un mejor desarrollo social.

    La historia, las humanidades y todo lo que trataba lo hacía ella accesible y ameno; todo en sus manos se volvía profundo, grato y entrañable. Hasta lo que podían parecer aspectos frívolos o lúdicos tomaban en su vida una imagen distinta: siempre transmitía una alegría de vivir y su gusto por las satisfacciones que la vida puede dar.

    Amable en el trato, florida en la conversación, le gustaba hablar de sus estudios, sus obras, sus descubrimientos pero también de los viajes y de la buena mesa a la que dedicó inolvidables páginas: la comida fue para ella, además de un placer, materia de estudio intelectual.

    Ella abrió caminos nuevos en las instituciones en las que estuvo y en las ciencias a las que se dedicó; a pesar de no ser una feminista militante fue sin embargo una promotora de la participación cada vez más activa de las mujeres. Fue la primera mujer miembro de la Junta de Gobierno de la UNAM, la primera en ingresar en la Academia de la Historia y una de las primeras en hacerlo a nuestra Institución.

    Recibió innumerables premios y honores, tanto nacionales como internacionales, como el Premio Universidad Nacional y la designación de Investigadora Emérita. Su presencia destacaba en lo académico e institucional y se enriquecía al pasar al ámbito social, donde siempre se manifestaba como una presencia inteligente, lúcida, chispeante pero sobre todo, y de manera especial, cálida.

    Fue al mismo tiempo apasionada de la cultura en todas sus manifestaciones y de la amistad leal y sincera; como amiga siempre fue generosa y cercana y las relaciones con ella eran fructíferas y ricas. Su generosidad no conocía límites: en el aula, en el cubículo y en la vida diaria, nadie que se acercara a ella en busca de orientación, apoyo o auxilio salía con las manos vacías. Una frase, un camino a seguir o una página sensata y lúcida eran siempre la respuesta que recibíamos.

    La vida nos ofrece las mayores enseñanzas, en particular los contratiempos; por las vicisitudes que tuvo a lo largo de su vida, ella fue una mujer dinámica y decidida y nunca se dejó vencer por un obstáculo, al contrario, lo tomaba como un estímulo para consolidar su carácter académico y sobre todo su capacidad afectiva, su sentimiento de justicia y su alegría de vivir.

    Por todo ello nos queda, desde luego a mí, pero a muchos de los que la conocieron, agradecer a la querida Clemen su labor, su esfuerzo, su trabajo, pero sobre todo la cálida amistad que pudimos entablar con ella.

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