Discurso de Jaime Labastida por el Premio Carlos Fuentes 2018 a Luis Goytisolo

    Martes, 06 de noviembre de 2018. - Noticias sobre: Carlos Fuentes, Jaime Labastida

    Jaime Labastida
    (El Colegio de Sinaloa
    Academia Mexicana de la Lengua
    Seminario de problemas Científicos y Filosóficos
    Asociación Filosófica de México
    Siglo XXI Editores)


    Premio Carlos Fuentes


    Residencia Oficial de Los Pinos,
    Ciudad de México,
    1 de noviembre de 2018
    Sr. Presidente de los Estados Unidos Mexicanos
    Sra. Secretaria de Cultura
    Sr Rector de la Universidad Nacional Autónoma de México
    Sra. Silvia Lemus
    Sr. Luis Goytisolo
    Señoras y señores


    Por cuarta ocasión, México hace entrega del Premio Carlos Fuentes a la Creación Literaria en el Idioma Español. En tanto que somos el país con mayor número de hablantes de español en el mundo; en la medida que la lengua española tiene carácter universal y que, como dijo Nicolás de Cusa sobre el universo, su centro está en todas partes y su circunferencia en ninguno (el 92% de los hablantes de español se encuentra en el continente americano), era necesario que nuestro país creara este premio de rango internacional. Lo han obtenido, en sus tres primeras ediciones, un narrador peruano, Mario Vargas Llosa; un narrador nicaragüense, Sergio Ramírez, y un poeta mexicano, Eduardo Lizalde. Ahora, lo recibe un narrador español, Luis Goytisolo.

    De pronto, me asalta una duda. He dicho que Luis Goytisolo es un narrador y me pregunto qué es una narración, qué un narrador. Para nadie es un secreto que la palabra narrador cobra su origen en la palabra helena gnosis, “conocer”, “dar a conocer”. Por lo tanto, un narrador es aquel que da a conocer a otros aquello que sabe. La estructura tradicional de la novela, así, se apoyó en una determinada concepción del tiempo, digamos, a la occidental, a la manera griega de entender el flujo del tiempo, como una sucesión continua, acaso como una flecha que va, como la escritura en el territorio lingüístico que nos es propio, el de las lenguas indoeuropeas, de la mano izquierda hacia la mano derecha. Esto fue lo que nos legó la teoría aristotélica de la tragedia y esto fue lo que rigió en la estructura temporal de la narrativa occidental hasta, quizás, el último tercio del siglo XIX, donde grandes novelistas, Dickens, Balzac, Flaubert, Dostoievski, Tolstoi, construían su narración como un flujo continuo y ordenaban sus materiales con un sentido orgánico. Sin embargo, lo mismo en prosa que en poesía, los últimos años del siglo XIX y los primeros del siglo XX se caracterizaron por una ruptura profunda con la tradición. El sentido del tiempo en la novela cobró otras dimensiones y la narración ya no siguió el flujo lineal que le había sido característico. Proust tiene un sentido del tiempo, moroso, lento, hecho de recuerdos que se dilatan. Cortázar, en Rayuela, parece hacer uso de un tiempo aleatorio, como el de la mecánica cuántica, de allí que su novela se base, tengo la sospecha, en el principio de incertidumbre (por las fechas en que Cortázar la escribía, en París, su mujer, Ugné Karvelis, traducía del alemán al francés el libro de Werner Heisenberg, La naturaleza en la física contemporánea).

    ¿A qué viene todo esto, se preguntarán ustedes? A un hecho decisivo. Luis Goytisolo es un narrador insólito en el espacio de la narrativa contemporánea. Posee una teoría explícita, diferente, de lo que entiende por novela y por narración. El acto de escribir, para él, es un proceso de conocimiento. Sus novelas carecen de personajes. En alguna de ella son identificados por una letra mayúscula, la “A”, tan sólo; tampoco tienen la estructura lineal de las clásicas; pueden ser cuadros, descripciones, relatos que carecen de principio y de fin y que, por esa causa, semejan el mismo flujo incoherente de la vida cotidiana. También pueden ser reflexiones sobre la historia, la estructura de la novela actual, recuerdos de su infancia. Lo característico de su prosa es que se concibe como una forma de autoconocimiento, llena de pasión, ciertamente, pero presa de un rasgo: la imparcialidad. De allí que el historiador latino Tácito sea uno de sus modelos y en una de sus novelas aparezca como si fuera un narrador que se narra a sí mismo: los hechos de la vida romana en el siglo II de nuestra era se enlazan con los sucesos actuales.
    Luis Goytisolo pertenece a una familia de escritores. Sus dos hermanos mayores, José Agustín y Juan, como él, destacan en las letras de lengua española. Siendo joven, se adhirió al Partido Comunista Español no porque fuera marxista ni estuviera de acuerdo con sus teorías, sino porque era, así lo afirma, la única manera de oponerse al régimen dictatorial franquista. Fue encarcelado y liberado gracias a la solidaridad internacional. Él mismo dice que, si hubiera triunfado un régimen comunista en España, habría sido el primero en exiliarse, tomando el primer avión, en tanto que rechazaba de manera íntima lo mismo al franquismo que al marxismo o al anarquismo. Lo que buscaba Luis Goytisolo, puede advertirse, era la libertad. Cayó preso por una serie de hechos accidentales que, a la distancia de los años, cobran dimensiones similares a las que relata Chesterton en El hombre que fue Jueves: quien debió asistir al Congreso del PCE en Praga, el ideólogo Manuel Sacristán, se enfermó y Goytisolo ocupó su lugar. Pero no sabía qué haría en el congreso a que asistiría ni siquiera cuál era su destino. Viajó con pasaporte falso, siempre vigilado por la policía franquista. Al regresar a España, él y sus compañeros fueron inmediatamente aprehendidos. El relato de su prisión es sintomático: el juez pronto se da cuenta de que, si Goytisolo afirmaba que no era comunista, sino que había ido al congreso de Praga en calidad de invitado, decía la verdad. Las ideologías cerradas, dice, como las creencias religiosas, siempre le han sido ajenas. Veinte años más tarde, a invitación de un amigo, podrá tomar tranquilamente una copa con uno de sus antiguos carceleros.

    Los títulos de sus libros ponen en relieve lo que he dicho. Podríamos decir que no alertan sobre su contenido; son, en cierto sentido, si pudiera decirlo así, abstractos, ya que no hacen referencia a lo que en ellos habrá de hallar el lector. Por ejemplo: Cosas que pasan o Estatua con palomas o Estela del fuego que se aleja. A mi juicio, un libro ejemplar, en este sentido, es Diario de 360º. Sin que se indique año alguno, se inicia un miércoles, 17 de marzo, y culmina un domingo 19, también del mes de marzo: el ciclo entero de un año, anotado día a día por no se sabe quién y en el que se recogen acontecimientos diversos que no guardan relación entre sí, igual que el flujo mismo de la vida. Acaso haya una cierta conexión en los hechos que se agrupan, en diferentes fechas de este diario, bajo el título de “Cordillera imperceptible”: un relato situado en un pequeño pueblo español, a donde recalan hombres y mujeres que quieren ser olvidados. Pero no hay un desarrollo de hechos ni se concluye en ningún final. Tal vez lo que desea poner en relieve Luis Goytisolo es que la vida no transcurre de acuerdo con ningún orden, sino que es un conjunto de sucesos presididos por el azar. Lo que me interesa destacar es que la narrativa de Luis Goytisolo es todo un acontecimiento que muestra una manera inédita, totalmente novedosa, del oficio de la escritura: una indagación profunda en las tinieblas de nuestra conciencia.

    Fueron éstas las razones por las que el jurado, formado por Eduardo Lizalde, Aurora Egido, Nélida Piñón, Alberto Ruy Sánchez y yo mismo, le otorgó, por unanimidad, el IV Premio Internacional Carlos Fuentes a la Creación Literaria en el Idioma Español.

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