"El maestro Bernini", por Hugo Hiriart

    Lunes, 19 de enero de 2015. - Noticias sobre: Hugo Hiriart

    Hugo Hiriart
    Foto: Museo de Arte de Querétaro

    Lo que más asombra del maestro es la destreza. Nadie, ni siquiera el supremo artífice de la talla en piedra, Buonarroti, alcanzó esta habilidad. Asombra tanto que oscurece todo lo demás. Una rama con hojas, un velo que cubre el rostro de una dama, un alambre, una mosca, el mármol bajo su cincel puede representarlo todo: río, fuego, encaje, las telas más diversas, rostros. Pero la destreza sola es superficial y nunca es meta en la escultura, es solo un medio para alcanzar la expresividad, la hermosura, la verdad. Exhibición de destreza pura se aprecia, por ejemplo, en el cirquero, no en el artista.

    Un ejemplo de la profundidad de Bernini se revela en el que es, de seguro, su trabajo más célebre: la Transverberación de Santa Teresa, representación material del amor místico, la unión que alcanza la santa cuando desaparece en Dios. La experiencia no puede siquiera describirse: “estando así el alma buscando a Dios –dice Teresa–, siente con un deleite grandísimo y suave casi desfallecer toda con una manera de desmayo que le va faltando el huelgo [respiración] y todas las fuerzas corporales, de manera que, si no es mucha pena, no puede aún menear las manos...”. El fenómeno es incomprensible porque, dice la santa: “la voluntad debe estar bien ocupada en amar, mas no entiende cómo ama. El entendimiento, si entiende, no entiende cómo entiende; al menos no puede comprender nada de lo que entiende. A mí no me parece que entiende, porque –como digo– no se entiende. Yo no acabo de entender esto”. (Qué escritora es Teresa, ¿verdad?)

    El éxtasis, momento supremo de la devoción mística, tiene su impresionante versión anatómica en la imagen de mármol (véase ilustración) de la Capilla Cornaro del templo de Santa María de la Victoria, en Roma. La capilla lleva el nombre del patriarca de Venecia, cardenal Federico Cornaro, y se sitúa en una pequeña iglesia carmelita que diseñó por entero y decoró con esculturas Bernini.

    ¿Y quién fue Bernini? Vamos a asomarnos a su larga y victoriosa existencia, aunque sea desde lejos.

    A los ojos de la gente, el niño precoz es enigmático. “Tomasito sabe de memoria todos los versos del Romance de don Gaiferos, no entiende nada, repite como perico, pero sin brincarse nada.” El precoz es una especie de monstruo, monstruo pero de capacidad, de habilidad, monstruo envidiable. El niño precoz tiene peculiar genialidad. Filippo Baldinucci, primer biógrafo de Bernini, habla de una pequeña cabeza de mármol tallada por el niño a los ocho años.

    Esta habilidad no sale de la nada. El maestro fue su padre, Pietro, también escultor. La configuración de la estructura “padre y maestro de niño prodigio” pide que el padre sea tan mediocre y poca cosa como el hijo brillante y único, relación que remite al caso de Mozart, figura epónima del niño prodigio. Saul Bellow aventura que una explicación de la precocidad asombrosa de Wolfgang es que su padre, Leopold, haya sido un inspirado y habilísimo maestro (si la Sinfonía de los juguetes es composición de Leopold, como se ha sostenido, Leopold está muy lejos de ser una nulidad).

    Prosigamos. A los once años el niño Bernini talla La cabra Amaltea con Júpiter niño y un fauno (“Cabra de sol y Amaltea de plata”, se lee en “Ifigenia Cruel”, si no recuerdo mal), con tal habilidad que podría haberse hecho pasar la pieza por un original griego desenterrado, que por entonces se buscaban con afán y se cotizaban muy alto. Tal habilidad a los once se entiende porque, aclara Wittkower, “en el siglo XV y aun mucho más tarde, los niños comenzaban su aprendizaje a edad muy temprana”.

    Vasari asegura que Rafael antes de los ocho años no solo había ayudado mucho a su padre (también pintor), sino habría superado en toda la línea el arte paterno. Afirmación legendaria, de seguro, pero que por algo corría.

    Digamos de paso que tanto Mozart como Rafael murieron jóvenes, el primero de 35 años, el segundo de 37. En cambio Bernini falleció nueve días antes de cumplir 82. Poco antes del deceso su brazo derecho quedó paralizado. El papa Inocencio XI comentó que era justo que el brazo descansara ya que tanto había trabajado en tan larga vida.~
    Para leer la nota original, visite: http://www.letraslibres.com/revista/columnas/el-maestro-bernini

    Perfil de: Hugo Hiriart

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