El poeta y académico Eduardo Lizalde recibe el Premio Internacional Carlos Fuentes. Texto íntegro de recepción del premio leído durante la ceremonia

    Lunes, 29 de mayo de 2017. - Noticias sobre: Eduardo Lizalde

    Ceremonia de la entrega del premio
    Foto: Secretaría de Cultura

    El día de hoy se entregó al poeta y académico, Eduardo Lizalde, el Premio Internacional Carlos Fuentes a la Creación Literaria en español. La ceremonia tuvo lugar en Los Pinos y la presidió el presidente Enrique Peña Nieto; también estuvieron en el presídium Silvia Lemus; la secretaria de Cultura, Cristina Cepeda; el rector de la UNAM, Enrique Graue; el director de la Academia Mexicana de la Lengua, Jaime Labastida, y Vicente Quirarte, secretario de la misma, además del presidente de la Comisión de Cultura y Cinematografía en la Cámara de Diputados, Santiago Taboada y el de la Comisión de Cultura en el Senado de la República, Gerardo Sánchez García.

    El premio es convocado de manera bienal por la Universidad Nacional Autónoma de México y la Secretaría de Cultura federal y reconoce a escritores de larga trayectoria cuya obra haya sido publicada en su totalidad en español y contribuido a enriquecer el patrimonio literario de la humanidad en esta lengua. Según el fallo dado a conocer el 8 de noviembre de 2016 por la Coordinación de Difusión Cultural de la máxima casa de estudios, se concedió el premio a Lizalde por ser “el poeta vivo más importante de México y uno de los más notables de la lengua española”. De acuerdo con el acta, El tigre en la casa es uno de los libros más influyentes y vivos en sucesivas generaciones. En esta ocasión, el dictamen estuvo a cargo de un jurado integrado por el escritor nicaragüense Sergio Ramírez, ganador de la edición 2014 del reconocimiento, el poeta Jaime Labastida, como director de la Academia Mexicana de la Lengua, y Juan Luis Cebrián, por la Real Academia Española.
    La obra poética completa de Eduardo Lizalde está recogida bajo el título Nueva memoria del tigre, donde incluye su valiente y crítica Autobiografía de un fracaso que da cuenta de la aventura poética de su juventud.

    Lizalde nació en la Ciudad de México en 1939, estudió Filosofía en la UNAM y Música en la Escuela Superior de Música del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA). Ha sido colaborador de publicaciones como Letras Libres, México en la Cultura, Revista Mexicana de Literatura, Revista Universidad de México, entre muchas otras publicaciones. Ha sido merecedor de premios como el Xavier Villaurrutia 1970, el Nacional de Ciencias y Artes 1988, el Iberoamericano Ramón López Velarde 2002 y el García Lorca 2013. También se ha destacado como miembro de la Academia Mexicana de la Lengua desde 2006 y actualmente se desempeña como director de la Biblioteca de México, José Vasconcelos.

    A continuación, se reproducen las palabras que leyó Eduardo Lizalde al recibir el premio.

     PALABRAS DE EDUARDO LIZALDE

    EN LA CEREMONIA DE ENTREGA DEL

    PREMIO INTERNACIONAL CARLOS FUENTES

    Carlos Fuentes fue, desde su presencia juvenil en México, imprevisible y sorprendente. Su primer libro de cuentos, Los días enmascarados (que publicó en su colección el indiscutible grande maestro que fue Juan José Arreola) es una obra magnífica que se edita cuando Fuentes cumple apenas 24 años, y que no se parece a los de sus esplendorosos predecesores (Arreola mismo y Rulfo) sobre quienes Octavio Paz llegó a decir: son de los pocos autores de libros que se pueden considerar rigurosamente perfectos.

    Y desde esos años, 1953, 1954, se sabía que Carlos planeaba una novela, de la que publicó algunos textos que la anticipaban sobre la Ciudad de México y su gente, y todos sus amigos sabíamos ya (éramos Fuentes y yo de la misma edad) que planeaba darle un título inspirado en un epígrafe que Alfonso Reyes había inscrito en un viejo libro sobre América y el mundo mexicano: “Viajero has llegado a la región más transparente del aire”. Y caminando por el pasillo del edificio de Justo Sierra 16, hacia el despacho del poeta Jaime García Terrés, que editaba la revista de la UNAM, en la que todos publicábamos alguna cosa, Carlos me decía: “¿Cómo crees que la novela debe titularse, La región más transparente del aire o sólo La región más transparente?”, y todos le decíamos: “Ése es el título, no tiene por qué ser más largo”, y así lo tituló, porque el famoso epígrafe de Reyes tenía una intención celebratoria y poética, inspirada en las innúmeras crónicas de la ciudad y del Valle de México, que todos los viajeros y residentes de los últimos siglos elogiaban por su clima primaveral y su belleza, amparada por un aire que no era nada ya tan transparente en esos años en que estaba por inaugurarse la nueva ciudad universitaria en el sur de la urbe. Y el título, que no tenía intención poética alguna, sino intención evidentemente irónica, era el correcto.

    La novela fue redactada por Fuentes desde entonces y terminó por publicarla (a los 28 años de edad) en 1958 y había sido esperada con expectación por muchos lectores.

    Vale la pena recordar algunas cosas que sobre ella se escribieron al salir de las prensas:

    Octavio Paz, que todo lo leía con sus ojos de águila, publicó en 1967 un comentario sobre esa edición y los siguientes notables libros del autor ( Las buenas conciencias, (1959), La muerte de Artemio Cruz (1962) celebrada como obra maestra; Zona sagrada y Cambio de piel (1967), censurada en España y antes otro libro de cuentos de primer orden, Cantar de ciegos (1964)).

    “Carlos Fuentes (decía Paz en Corriente alterna, Siglo XXI, de ese 1967) el siguiente comentario: después de este libro extraño (Los días enmascarados) Fuentes ha publicado cinco novelas, una nouvelle macabra y perfecta a un tiempo –como lo exige el género-: la geometría es la antesala del horror, y otra colección de cuentos. Su primera novela, La región más transparente, parece una respuesta a los cuentos juveniles; la transparencia se opone a la máscara. Primera visión moderna de la Ciudad de México, este libro fue una revelación para los mexicanos: les mostró el rostro de una ciudad que, aunque suya, no la conocían, y les descubrió a un joven escritor que desde entonces, no cesaría de asombrarlos, desconcertarlos e irritarlos…”

    El texto de Paz es magnífico y penetrante, y hay que volver a leerlo, como el de 1972, en que afirmaba años más tarde: “No es raro que Fuentes –por la brillantez de sus dones, la resonancia de su obra y la índole de la pregunta que se hace y nos hace- haya provocado la irritación, la cólera y la maledicencia. Escritor apasionado y exagerado, ser extremoso y extremista, habitado por muchas contradicciones, exaltado en el país del medio tono… irreverente en una nación que ha convertido su historia trágica y maravillosa en un sermón laico y ha hecho de sus héroes vivos una pesada estatua de yeso y cemento…”.

    El ensayo es largo y visionario, no es raro en Paz, cuya enorme estatura y obra alcanzan con justicia la importancia universal que hoy tiene. Después de él, sólo Fuentes como prosista y narrador es el único entre los de nuestro siglo XX que alcanzó un reconocimiento de semejantes proporciones.

    En el año de su publicación y muchos años después continuaron publicándose textos y opiniones críticas, de México, Latinoamérica y el mundo sobre esa primera novela de Fuentes, y hay que decir que las páginas escritas sobre su obra entera, y en varias lenguas, ocuparían un espacio impreso y un número de páginas mucho mayores que los varios miles de cuartillas de su obra, y que hacer aquí (en este breve homenaje) un comentario de todo lo publicado por nuestro autor sería tarea imposible. No sería necesario hacerlo porque las más ilustres plumas del mundo han consumado con creces esa labor. Por lo demás, es recomendable para los interesados en el caso hacerse de la bella edición de La región más transparente que la Academia Española de la Lengua y la Asociación de Academias de la Lengua Española lanzaron a las prensas para conmemorar el 50 aniversario de la obra, porque en la inicial nota de este libro se advierte que para consumar la ardua labor de preparación y fijación del texto original se contó con la colaboración de un calificado equipo del Instituto de Lexicografía de la Real Academia Española, y que lo publicado en este ejemplar es, en otras palabras “un texto nuevo completamente, revisado por el autor, en el que se recuperan algunas lecturas anteriores a 1958, se recogen casi todas las nuevas redacciones que se hicieron para 1972 y se corrigen las erratas”. También se aclara en la nota que se tomaron en cuenta para este libro conmemorativo las diferentes ediciones modernas de la novela y, en especial, la preparada para el Fondo de Cultura en el 2007 por María Pizarro Prada y Julio Ortega (por cierto, uno de los más destacados e inteligentes estudiosos y críticos de la obra entera del escritor).

    En la edición de las Academias, aparte de los ensayos de los mexicanos Gonzalo Celorio, José Emilio Pacheco y Vicente Quirarte, se incluyen textos de Carmen Iglesias, de Sergio Ramírez, de la ilustre brasileña Nélida Piñón y de Juan Luis Cebrián.

    A mí me ha interesado redescubrir notables escritos de otros autores, precisamente en el año de la primera edición de la novela, y entre ellos lo publicado por el sabio y viejo escritor, crítico y amigo guatemalteco Luis Cardoza y Aragón (1904-1992) en mayo de 1958. Cito unos párrafos de este artículo:

    “Es una novela negra de la revolución, pero habría que preguntarnos si lo negro es o no como vive en la novela… sin embargo, no es contra la Revolución que escribe, sino contra sus deficiencias y falsificaciones”. Tiene razón Luis Cardoza con el que tantas veces hablamos de las mayores obras de nuestros novelistas de la Revolución Mexicana (Vasconcelos y Martín Luis Guzmán), testigos y actores de larga y trágica jornada del principio del siglo XX. ¿No son esas obras –se han preguntado muchos historiadores- no un elogio sino una crítica descarnada aparte de una apasionada crónica de los aspectos más oscuros de ese movimiento costoso y estremecedor?

    Y algo más decía Luis Cardoza en esa primera lectura de la novela recién editada:

    “¿Quién ha tenido valor para escribir páginas tan dolorosas, tan enfebrecidas y tremendas? Aquí esta, en primer término, una creación literaria, con fervor por lo suyo, sin señoritismo, sin hipocresía, con furia parcial como toda furia que, en el fondo, es lo contrario de lo abúlico y lo escéptico…”

    Pero, con todo y los cientos de reseñas que en México y en otros países se publicaron sobre La región más transparente, Fuentes, que estaba consciente de que su audaz primera novela abría en su país las compuertas de un aire nuevo y una sensibilidad estética que se adelantaba a la era de una brillante secuela de obras también innovadoras y magníficas, como la Rayuela¸ del ya fogueado Julio Cortázar, Cien años de soledad , de García Márquez, o la del muy joven y brillante Mario Vargas Llosa con su refulgente La ciudad y los perros, que circularían en el ambiente de la gran literatura latinoamericana junto a trabajos magistrales como Paradiso del cubano Lezama Lima, Tres tristes tigresdel también cubano (pronto censurado y exiliado) o El siglo de las luces , del espléndido Alejo Carpentier.

    Y no se contuvo Fuentes, gracias a la conmoción que su primera novela había producido en México y en muchos otros países, para proceder a la extensa serie de libros a los que Octavio Paz se refiere en esa nota de 1967 y entre los que se encontraban varias obras animadas por el mismo temple y la prosa perfecta que sería característica de todos los siguientes ensayos y novelas del autor, que con su talento impresionante, su imaginación desbordada llevó a las prensas, todas ellas de complejidad pasmosa, factura impecable y variedad temática indiscutiblemente novedosa y seductora.

    Y como lo dije en una intervención improvisada, durante la presentación de un libro (El instinto de Inés) al que Carlos me pidió que lo acompañara en el año 2001, aunque todos sus conciudadanos sabíamos que su obra {que ya había alcanzado la inmensa celebridad conocida) continuaría produciéndose hasta el final de su vida, no como la tarea de un autor prolijo, sino como las aguas incesantes de las cataratas del Niágara o del Iguazú.

    En esa época decidió el escritor donarnos para la Biblioteca de México una colección de toda su obra publicada en lengua española, y más de un centenar de sus libros impresos y traducidos en más de una docena de lenguas y en numerosos países.

    Pero no quisiera terminar este recuento y modesto homenaje a Fuentes (ya que no tengo la posibilidad de ocuparme del abrumador resto de sus escritos) sin mencionar un comentario de algún libro monumental, que representó para el autor un ejercicio hercúleo y agotador (aunque no fue el único) que lo llevó a la redacción verdaderamente sinfónica y apasionada de ese monumento que constituye el millar de páginas de su libro Terra nostrapublicado en México en 1975 por Joaquín Mortiz.

    No podían faltar en esa bella edición, con la portada del pintor Alberto Gironella, las palabras de un colega cercano y magnífico escritor como Juan Goytisolo, que en la presentación de ese volumen decía:

    “Paradigma de creación totalizante, de desgarramiento fecundo de la escritura, del “saqueo cultural” de todo el ámbito de la lengua española, Terra nostra no es sólo la obra mayor de Carlos Fuentes: constituye también, sin lugar a dudas, uno de los grandes monumentos de la novelística escrita en nuestro idioma”.

    Pero hay que agregar que en ese año (1975) quedaban al autor más de cuarenta años de vida, en los que prosiguió la redacción imponente de los libros que se hallaba aun redactando en el momento de su inesperada y violenta desaparición hace cuatro años (2012), en que lo sorprendía la muerte con la pluma en la mano, y en condiciones de absoluta lucidez y energía.

    No quisiera sin embargo dejar el tema de Terra nostra, sin afirmar que para mí ese libro fascinante no es ni una novela ni un ensayo imponente sino auténticamente un inmenso poema en prosa, de poderío verbal y belleza sin precedente en nuestra literatura.

    No quedó a salvo Tierra nostra, que muchos cándidos tacharon de alarde excesivo e ilegible de padecer múltiples injusticias. Su amigo Carlos Monsiváis, que con su hirienteingenio declaró: necesario serían para mí cuando menos dos becas Guggenheim para leer a fondo Terra nostra [aunque por cierto Monsiváis, lector implacable, sí leyó el libro].

    Y acaso tenga tiempo aquí para transcribir unas palabras del año 2005, y que son parte de un ensayo de uno de nuestros más jóvenes pero nada complaciente crítico: Christopher Domínguez Michael que en su Diccionario crítico de la literatura mexicanadeclaraba:

    Terra nostra ha tenido una influencia enorme (y escasamente reconocida) en los narradores hispanoamericano empeñados en continuar con la crónica de Indias.”

    Y agregaba Christopher en otro párrafo:

    “Las dificultades de lectura de Terra nostra, que desalentarían a los blandengues (y aterrorizarían al lector que Fuentes también corteja), se ven compensadas por la sonora belleza de su prosa…”

    Y mucho más podría hoy decir yo sobre este escritor que otros de sus calificados admiradores actuales consideran “que ya no es nada más el gran novelista de su país, sino de todo el mundo hispánico” (José Emilio Pacheco, en el 2008).

    Perfil de: Eduardo Lizalde

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