Poema del día

Siete poemas para esta semana. Selección de Felipe Garrido

Lunes, 11 de Abril de 2022
Por: Felipe Garrido

Un poema al día, para que quienes puedan se lo pongan encima y lo atesoren en la memoria.

 

Lunes 

Fragmentos de un decurso amoroso

Desde un Volkswagen
pequeña isla rodeada de sábado
contemplo la distancia:
              mi alma es una línea;
el horizonte trazado por la mano
que te sintió madura,
fresca por dentro como una manzana.
              Y deseas que te muerda.

1
no seré Dios pero
          he creado el amor
a tu imagen y semejanza.

2
quédate
a contemplar el circo de la arena y el viento
que la erosión sabrá de nuestra historia

3
he partido mi pan
en dos mitades
           pero te doy las dos

4
para llegar al día
yo escalo por tu cuerpo
el abismo

5
como el río
nos deslizamos
uno en el otro
       por fin hemos llegado

6
no cohabitamos
      cohabitan solas
nuestras soledades

También dan fruto
los árboles del parque
–pero sólo de noche
                         y por parejas.

Sergio Cordero (1961)

El otro poeta

Todas las cosas a las que me entrego
se hacen ricas y a míme dejan pobre.
Rainer Maria Rilke

Esa esclava que obsedió al orfebre
adorna la muñeca del guarura.
            La última acuarela del suicida
se multiplica en el papel tapiz.
            La sinfonía del niño prodigio
fue adaptada para un comercial.
            Ese verso en el que concentré
años de experienciay reflexión
           es el slogan de un vino corriente
o remata el discurso de un político.
           Todo aquello a lo que me entregaba
ha quedado tan pobre como yo.

Sergio Cordero (1961)

Los padres

Era mi padre un hombre como todos,
pero quiso sermás ganando más,
ser el mejor teniendo lo mejor;
ser alguien pues, decían, era nadie.
El sueño de mi madre era ser otra.
Pensaba que vivir como una reina
es en verdad vivir y, al ver cómo era
su vuda, prefirió seguir soñando.
Ella quería negar; él, afirmarse:
no se entendieron nunca. Por tal causa
tuvieron hijos que sentían extraños.
Son lo que fueron, no lo que quisieron:
mi padre –muerto– al fin logró ser alguien,
mi madre –viuda– al fin logró ser otra.

Sergio Cordero (1961)
En Vientos del siglo.
Poetas mexicanos 1950-1982.

Coordinación y prólogo
de Margarito Cuéllar.
Selección y notas de
Margarito Cuéllar, Mario Meléndez.
Luis Jorge Boone y Mijail Lamas.
Unam, Uanl, México, 2012.

Martes

Como la primavera

Como una ala negra tendí mis cabellos
sobre tus rodillas.
Cerrando los ojos su olor aspiraste,
diciéndome luego:
–¿Duermes sobre piedras cubiertas de musgos?
¿con ramas de sauces te atas las trenzas?
¿tu almohada es de trébol? ¿las tienes tan negras
porque acaso en ella exprimiste un zumo
retinto y espeso de moras silvestres?
¡qué fresca y extraña fragancia te envuelve!
hueles a arroyuelos, a tierra y a selvas.
¿Que perfume usas? y riendo te dije:
–¡Ninguno, ninguno!
te amo y soy joven, huelo a primavera.
Este olor que sientes es de carne firme,
de mejillas claras y de sangre nueva.
¡Te quiero y soy joven, por eso es que tengo
las mismas fragancias de la primavera!

Juana de Ibarbourou (1892-1979)
Obras completas.
Aguilar, Madrid, 1960,

Miércoles

Enigma de la rosa

Aria celeste, fábula de espuma,
espejo de la nube o llama quieta,
golpes de vida oscura levantaron
tu infalible palacio de silencio,
tu orden luminoso, tu diadema
de hielo y hermosura.
En soledad te inventas y te eriges
–estatua centelleante de ti misma–
mientras el grillo, en las dormidas hierbas,
toca su verde flauta de rocío.
Y eres –bajel anclado entre tus hojas,
dinástica belleza moribunda–
ese sueño que en largas noches ciegas
tus raíces soñaron,
el angélico paso que corona
una escalera de tinieblas.
De una mina de sombras ascendiste
por la lenta clausura de tu tallo,
bebiendo en negra copa misteriosos licores.
Y en tu rostro de luces congeladas
un gran secreto se desnuda y mira
y la oculta raíz conoce al astro.
¿Qué lúcida potencia te conduce
a los reinos del sol y quién te guía
por mudos laberintos tenebrosos
hasta tu cima de mortal estrella?
¿Quién eleva
tu ordenada presencia prodigiosa?
¿En qué nocturna veta cristalizas
tu radiante sistema?
¿Dónde aprendes
tu oficio de existir, si naces vuelo?
¿Qué manos alquimistas te decretan?
¿Qué ángel enigmático te toma entre los dedos,
te sube de las sombras terrenales
y te deja flotando, perla mágica,
entre tu patria original y el cielo?
Golfo donde la inmóvil marea de la tierra
empieza a ser oceánicas espumas,
mar contenido en el sonoro hueco
de las manos del aire.
Irisado reinar, rostro del fuego,
por tu alcázar flamígero
o tu tiara de hielo cincelado,
sabe el hombre que bajan sobre el mundo
las selladas sonrisas del misterio.

Margarita Michelena (1917-1998)
Reunión de imágenes.
FCE, México, 1990 (2ª ed.)

Jueves

Nocturno rosa

A José Gorostiza

Yo también hablo de la rosa.
Pero mi rosa no es la rosa fría
ni la de piel de niño,
ni la rosa que gira
tan lentamente que su movimiento
es una misteriosa forma de la quietud.
No es la rosa sedienta,
ni la sangrante llaga,
ni la rosa coronada de espinas,
ni la rosa de la resurrección.
No es la rosa de pétalos desnudos,
ni la rosa encerada,
ni la llama de seda,
ni tampoco la rosa llamarada.
No es la rosa veleta,
ni la úlcera secreta,
ni la rosa puntual que da la hora,
ni la brújula rosa marinera.
No, no es la rosa rosa
sino la rosa increada,
la sumergida rosa,
la nocturna,
la rosa inmaterial,
la rosa hueca.
Es la rosa del tacto en las tinieblas,
es la rosa que avanza enardecida,
la rosa de rosadas uñas,
la rosa yema de los dedos ávidos,
la rosa digital,
la rosa ciega.
Es la rosa moldura del oído,
la rosa oreja,
la espiral del ruido,
la rosa concha siempre abandonada
en la más alta espuma de la almohada.
Es la rosa encarnada de la boca,
la rosa que habla despierta
como si estuviera dormida.
Es la rosa entreabierta
de la que mana sombra,
la rosa entraña
que se pliega y expande
evocada, invocada, abocada,
es la rosa labial,
la rosa herida.
Es la rosa que abre los párpados,
la rosa vigilante, desvelada,
la rosa del insomnio desojada.
Es la rosa del humo,
la rosa de ceniza,
la negra rosa de carbón diamante
que silenciosa horada las tinieblas
y no ocupa lugar en el espacio.

Xavier Villaurrutia (1903-1950)
Poesía y teatro completos
FCE, México, 1953.

Viernes

Tierra cansada

La tierra se va cansando,
la rosa no huele a rosa.
La tierra se va cansando
de entibiar semillas rotas,
y el cansando de la tierra
sube en la flor que deshoja
el viento... Y allí, en el viento
se queda...
La mariposa
volará toda una tarde
para reunir una gota
de miel...
Ya no son las frutas
tan dulces como eran otras...
Las canas enjutas hacen
azúcar flojo... Y la poca
uva, vino que no alegra...
La rosa no huele a rosa.
La tierra se va cansando
de la raíz a las hojas,
la tierra se va cansando.
(Rosa, rosita de aromas...,
la de la Virgen de mayo,
la de mi blanca corona...
¿Que viento la deshojo?)
¡me duele el alma de sola!...
(La Virgen se quedó arriba
toda cubierta de rosas...)
¡No me esperes si me esperas,
rosa mas linda que todas!...
La tierra se va cansando...
El corazón quiere sombra...

Dulce María Loynaz (1902-1997)
Poesía completa
Letras Cubanas, La Habana, 1993.

Sábado

El beso de Safo

Más pulidos que el mármol transparente,
más blancos que los blancos vellocinos,
se anudan los dos cuerpos femeninos
en un grupo escultórico y ardiente.
Ancas de cebra, escorzos de serpiente,
combas rotundas, senos colombinos,
una lumbre los labios purpurinos,
y las dos cabelleras un torrente.
En el vivo combate, los pezones
que se embisten, parecen dos pitones
trabados en eróticas pendencias,
y en medio de los muslos enlazados,
dos rosas de capullos inviolados
destilan y confunden sus esencias.

Efrén Rebolledo (1877-1929)

Salomé

Son cual dos mariposas sus ligeros
pies, y arrojando el velo que la escuda,
aparece magnífica y desnuda
al fulgor de los rojos reverberos.
Sobre su obscura tez lucen regueros
de extrañas gemas, se abre su menuda
boca, y prodigan su fragancia cruda
frescas flores y raros pebeteros.
Todavía anhelante y sudorosa
de la danza sensual, la abierta rosa
de su virginidad brinda al tetrarca,
Y contemplando el lívido trofeo
de Yokanán, el núbil cuerpo enarca
sacudida de horror y de deseo.

Efrén Rebolledo (1877-1929)
Material de lectura. Poesía moderna. 46
Selección y nota introductoria de
Guillermo Sheridan
UNAM, México, 1988.

Domingo

Soneto a la rosa

En las manos del alba vi la rosa.
Huía de sí misma perseguida
por su propia hermosura repetida
en pétalos y en rosa jubilosa.
Con un alto vaivén de mariposa
la rosa, ya en el aire, detenida
quedaba entre la luz, estremecida
de aromas y de fuga luminosa.
Inmóvil sobre el viento desvelado
en rosa de vitral se convertía
la rosa del temblor atormentado.
El día la tocaba. Y era el día
en torno de la rosa, desalado
arroyo de insistente melodía.

Meira Delmar (1922-2009)

La hoguera

Esta es, amor, la rosa que me diste
el día en que los dioses nos hablaron.
Las palabras ardieron y callaron.
La rosa a la ceniza se resiste.
Todavía las horas me reviste
de su fiel esplendor. Que no tocaron
su cuerpo las tormentas que asolaron
mi mundo y todo cuanto en él existe.
Si cruzas otra vez junto a mi vida
hallará tu mirada sorprendida
una hoguera de extraño poderío.
Será la rosa que morir no sabe,
y que al paso del tiempo ya no cabe
con su fulgor dentro del pecho mío.

Meira Delmar (1922-2009)
Poeía y prosa.
Universidad del Norte, Barranquilla, 2003.


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