Poema del día

Siete poemas para esta semana. Selección de Felipe Garrido

Lunes, 21 de Noviembre de 2022
Por: Felipe Garrido

Un poema al día, para que quienes puedan se lo pongan encima y lo atesoren en la memoria.

Lunes

Orígenes

Dice la gente que somos huicholes.

Wirraritari nombran los abuelos

sol arroyos

               cuevas montes

nos llaman wirraritari.

          Wirraritari nacemos.

          Van trotando en nuestra sangre

altos venados azules.

          Hikuri muerdo

hikuri es y lo nombran peyote

al masticarlo todo se ilumina.

En la conciencia

mundos levanta.

          Wirikuta nos llama

cruzaremos días interminables

para llegar a sus terrosas manos.

          Tatewari

abuelo fuego

llameante flor

asoma en nuestros ojos.

          El corazón wirrárika ostentamos

también la sangre negra.

Jicáras y esplendores

                           defendemos.

Niños pájaro

Ordena la costumbre

que al ritmo del tambor y la sonaja

todo niño se vuelva un colibrí

y vuele a conocer a sus abuelos.

¡Resuena ya el tambor

          se agitan las sonajas!

Tam tam tam

          zum zum zum.

Niños míos

          ne turi

no crean que es mentira

igual que un colibrí

su corazón wirrárika

          las alas sacudiendo

                    volará.

¡Resuena ya el tambor

          se agitan las sonajas!

Tam tam tam

          zum zum zum.

¡Ahora tienen magia y largo pico!

¡Brotan las verdes alas!

¡Plumas resplandecientes

          tornasoles preciosos

                     vuelen vuelen!

Tam tam tam.

Zum zum zum.

Colibríes juguetones

¡agiten la sonaja de la risa!

          Que el tambor de su corazón percuta

tiendan vuelo

conozcan nuestro mundo.

Tam tam tam.

Zum zum zum.

Pequeños chuparrosas

resuena ya el tambor

se agitan las sonajas

dejen que vuele y vuele

          su corazón wirrárika.

Corazón wirrárika

Nunutzi uká

mi niña

nunutzi ukí

mi niño

dice la gente que somos huicholes

wirrarritari

          aclaran los abuelos

wirrárika

          nos grita el corazón

¡wirrárika seremos!

          El corazón wirrárika

late y crece aprendiendo las costumbres

que sueña nuestro pueblo

bebiéndose la historia

de graves bisabuelos.

          Cuiden su sangre negra

la caminan violines

no la mezclen

con vena de mestizo.

          Turi 

niñitos míos

wirrárika han nacido

descubran su universo

¡maravíllense!

Queta Navagómez (1954)

Canto para desplegar las alas.

Primer lugar en el Concurso Nacional

Bienal de Poesía “Alí Chumacero”

2003-2004. En este certamen el libro

fue premiado con el título Canto para

desplegar las alas de los niños pájaro.

Tintanueva Ediciones, México, 2006.

Martes

Testamento de la abuela 

Arrímense, hijos,

junten también a los niños,

ay, este nublado de ojos,

quiero sentir cerca su resuello.

Pobres fueron mis abuelos

y más pobres mis padres

y ustedes más

y así hasta el fin de los siglos.

           Les dejo la selva que nos sustenta

y la caída de agua;

nunca se negó a llenar los cántaros.

A ti, como mayor, te entrego la familia

no desgrane la granada su roja pedrería

y a ti, Juan, te doy la ceiba;

cuelga ahí tu hamaca

cuando llegue el perro del mal

de la canícula.

          A las niñas les entrego las mariposas

para que jueguen a “hilitos, hilitos de oro”,

les dejo a mi paisano el río,

mi hermano el río,

me quería, me retrataba, ondulaba mi cabellera.

Las palomas son para Lupe,

lindas como trocitos de luna,

rondaban mi cama por las tardes

nunca supe si para arrullarme

o no querían que me durmiera.

          El azul no hace ruido cuando amanece,

ni ustedes ahora que me entierren,

no lleven guitarras ni desperdicien las lágrimas,

guárdenlas para cuando el amor se vaya.

Todos nos vamos, todos,

cuando los huesos se enfrían.

La muerte, el entierro,

son cosas de la vida.

28 diciembre 1998

Aunque es de noche 

No es mía la noche

de vasos rojos y de besos rojos.

          Ni siquiera la noche que amortaja

conciencia y ojos en el camposanto del sueño.

          Mía es la noche del suero

que eterniza la gota y el quejido

          La noche del asfalto del trailero

que soporta con café y con aspirinas.

          La noche de las redes que acechan

los jardines flotantes de los peces.

          La noche de los relámpagos

que aluzan entre abismos

el paso de la mula y del indio.

          La noche de vendimia de mujeres,

a elegir esclavas a precios razonables.

          Mía la noche con olor laboral de obrero;

si la fábrica para, para el universo,

¿y el obrero, qué?

          La noche rodante del metro

donde los sin-techo cabecean,

el mismo tabaco, la misma ruta.

          Mía la noche de los barrotes,

prohibida la entrada a la luna y la justicia.

          Tantos son los expertos de la noche, 

tan pocos los centinelas del alba.

17 noviembre 1998

Muerte no es morir 

Si ya vas a venir, hazlo más tarde;

aunque mi luz apenas parpadea

no es que a vivir me aferre, no es que crea

que convertirme en polvo me acobarde.

          En mi invierno el jardín florece y arde

y, a pesar de mi noche, el sol flamea;

deja que se retarde tu tarea,

deja mi río y que tu mar aguarde.

          Pero si no seré jamás lo que persigo,

si del árbol de ayer quedó una astilla,

a qué esperar la muerte tan sencilla.

          Mi llaga en paz y mi cizaña en trigo.

Dios besó al pecador en la mejilla…

Y muerte no es morir si estoy contigo.

Joaquín Antonio Peñalosa (1922-1999)

Río paisano.

Edición de Fernando Arredondo.Ramón

Fundación Altair, Sevilla, 2011.

Miércoles

Imperios de salitre

LXXVIII

Mi madre odia el polvo que se cuela en la casa, las arenas finísimas que se meten por umbrales y hendiduras, por puertas y ventanas. Mi madre, en cambio, ama las plantas floridas en sus macetas de barro, esas plantas que el sol quema hasta volverlas arena, esas flores que la luz pulveriza hasta hacerlas polvo.

El desierto, para mi madre, es el tizne que no se marcha, el viento que está siempre golpeando la casa.

Una calamidad colectiva.

Una afrenta personal.

XCII

Pinturas rupestres, puntas de obsidiana, arcabuces, alforjas de gambusino, estandartes, carpas de circo, esqueletos anónimos. Sin compromisos permanentes, sin anclajes perdurables, el desierto te enseña sus tesoros, te mece en su cuna de nostalgias perentorias.

Por más que lo neguemos, esta es la casa que elegimos.

Esta es nuestra vida de cara a la intemperie.

Todos los tiempos son nuestro tiempo.

Todas las historias, la sangre que nos une.

Cierta hermosura

A veces,

casi por accidente,

las palabras albergan cierta hermosura.

          Un atisbo de belleza

entre la podedumbre.

          Una luz ostensible

que nadie puede arrebatarles.

          A veces,

casi por azar,

las palabras nos limpian, nos sanan, nos curan.

          Purgan el veneno

que llevamos dentro.

          Dan fe

del dolor

que causamos a otros.

La amiga fiel

Me conoces mejor que nadie,

Poesía, a ti

no puedo mentirte.

          Dondequiera que ande

siempre atiendo tu llamado,

siempre escucho lo que vas a decirme.

          En tus palabras vivo.

En tu solaz renazco.

          Si tengo una amiga fiel,

esa eres tú,

Poesía.

          A ti no puedo mentirte.

Gabriel Trujillo Muñoz (1958)

Sin orden ni concierto. Poesía vivida (2008-2016)

Universidad Autónoma de Baja California,

Mexicali, 2018.

Jueves

20 palindromas


La Roma amoral.

O rey o joyero.

Amor asoma… ramos… aroma.


Ella te da detalle.

¡Anima creer, creer, creer… camina!Ema, si vas avísame.

Oirás la fe, falsario.


Yo sonreí, tierno soy.

A Caín amó la Gema megalomaníaca.


A sirena sane risa.


Elba gima amigable.

A cínico cínica.


A la garbosa sobra gala.


A Ser Eterno honre Teresa.Sorberé cerebros.A la gorda drógala


A Luci le pasé esa película.


Y el azar traza ley.

Adán: yo solo, solo, solo, soy… ¡nada!Efímero lloré mi fe.

Gilberto Prado Galán (1960-2022)

Efímero lloré mi fe 

Una compilación de 26,162 palíndromas 

Arteletra / Instituto Coahuilense de Cultura / 

Ediciones Sin Nombre, Torreón, 2010.

Viernes

Cedro y caoba

A Ramón Galguera Noverola

Cedro y caoba,
la tarde baja
de garza en garza
y ahonda al río,
ligeramente,
lo que se canta.
          Cedro y caoba
viven pareja del paraíso
cuya manzana mi sangre moja.
          Al pie del cedro,
húmedo aroma.
Por su paloma
torcaz y cielo, subió una rama
sonoramente dodecaedro.
          Franjas tardías
queman el cielo de una caoba.
Aire jilguero, y entre sus brazos,
la tarde toma.
          ¡Ay tarde sola
que te desgajas
cedro y caoba!
          Sin que se quiera,
vuela una garza,
con tal belleza,
que tal semeja que así volara
por vez primera.

          Restira el cielo
mantas azules
para la garza que sigue el vuelo.
          Tanto su tiempo la tarde extiende,
que en dos azules
uno despide y el otro vuelve.
          Azul en sombra
lucero tiene.
          Azul en luces
sus luces vence.
          Hora del mundo
que el alma toma,
en soledades
cedro y caoba.
          Cedro y caoba,
¡pareja sola!
          En mi garganta,
collar recuerdos
junta sus perlas para cerrarla.
          (Si hay una queja
no hay una lágrima.)
          La tarde cae
ya entre un reguero
de estrella-tardes.

          De alguna herida
se oye la sangre.
          Tengo las manos sobre mi pecho.
Cruza una garza,
y el viento sale.
          ¿Salió de un cedro?
¿De una caoba?
           Viento que rozas:
¿Por qué rosales llenos de espinas
pasaste ahora?
No aspirarte sería
talar el bosque –cedro y caoba–.
          Tálamo sólo
–caoba y cedro–
Un rumor de silencio
brota del pecho.
          Y un olor de caobas
bajo los cedros
abre noches fluviales
habitadas de luces y de luceros.

Tabasco, 1943.

Noche en el agua

A Francisco Serrano Méndez

Noche en el agua.
Yo te lo dije,
noche en el agua.

          Cuatro luceros
clavan el aire,
cuatro luceros.
Por cuatro cielos
la noche vale.

          Tiempo y alhaja
se lleva el río,
noche en el agua.

          Noche que lleva su enorme cielo;
por lo que tiembla sobre sus senos
brilla en el río
con la caída de algún lucero.

          Cayó un lucero.
Toda la noche puse los codos
en barandales iluminados.

          Cundió la brisa sus nomeolvides
y el dulce vaho
cimbrea el aire que el viento roba
como sustrae
los colibríes sin una mano.

          Noche que sacas
las cuentas claras de tus estrellas
en los papeles que el río cala.
Por los sauzales
pasó la onda que sabe cifras
y se equivoca con las estrellas que surgen tarde.

          Con qué mirada
busco a la noche que se me pierde
tras la cosecha
de las estrellas
y a espaldas negras brilla ocultada.

          Noche en la orilla de mi presencia
que me diluyes en liquidámbar.

          Tiempo que suelta
y luego enlaza.

          El aire brilla tiempo y alhaja.

          A los rincones de las luciérnagas
la noche baja.

Y hay una mano de rayos X
que entra en mis ojos y se los lleva
para ocultarles otra mirada.
          Noche en el agua.

          Yo te lo dije:
Noche en el agua.

Carlos Pellicer (1897-1977)

Poesía completa. Tomo I

Edición de Luis Mario Schneider

y Carlos Pellicer López

UNAM, Conaculta, Ediciones

del Equilibrista, México, 1996.

Sábado

Yo no sé qué tiene el mar

Yo no sé qué tiene el mar, 

que se ha vuelto tan callado 

desde el último crepúsculo 

lunar. . . 

          Novilunio de marfil 

se ha escapado de las nubes 

por mirarse en el cantil. 

          Los romances de la noche 

abren ala en el palmar, 

y dice el viento nocturno:

“Yo no sé qué tiene el mar.” 

          A veces una guitarra 

que desgarra 

una canción española, 

lamenta el silencio humano 

y la quietud del océano 

que no emerge ni una ola. 

          Mi vecina está de luto. 

Y hasta esa nota discuto, 

pues la oigo suspirar. 

Yo creo que está de luto 

por la tristeza del mar. 

Por la tristeza del mar!... 

que se ha vuelto tan callado 

desde el último crepúsculo 

lunar…

Vacaciones

Días azules 

en mi pueblo de tejados 

como libros abandonados. 

Días azules 

con sus tardes moradas 

a través de palmeras danzarinas 

y nubes imperiales. 

Días azules 

con noches negras fascinadas 

por los ritmos pentagonales 

de las estrellas. 

Días azules 

arreglados por la mujer amada

que escogía mis joyas 

en sus miradas. 

Días pintados 

con los vestidos de ella. 

Días medidos 

con la cintura de la primavera. 

Y nada de nocturnos olvidados

en relojes de antigua belleza. 

Estos son los días sobrenaturales 

en los que el suceso de la aurora 

maravilla mis ojos medioevales. 

Éstas las dulces horas 

que Dios me regala como juguetes de navidad, 

a cambio de semanas impostoras. 

Días azules 

como horas 

submarinas 

plateadas y doradas de repente 

por acuáticas serpentinas. 

Horas salvadas 

como pedrerías en un naufragio. 

Ensartadas en el hilo de la eternidad. 

Mi corazón es tu alabanza, 

palmera de mis días azules, 

mujer fiel, como las playas 

y los brazos eternos de las cruces. 

1922

Oda al sol de París

Acércate, no te voy a hacer nada. 

Te atemoriza mi voz de agua nueva y el ruido 

de mis pies sobre las casas. 

Mira el retrato de tus hermanos de América, 

populares como los toreros y los pelotaris, 

ágiles y jóvenes. 

El “buen gusto” te arrumba neurálgico; 

quítate esas nubes o lávalas.

¿De qué estás nostálgico 

si nunca has visto nada? 

Sal desos barrios folletinescos y alójate 

en ese hotel para aviadores de la Torre Eiffel. 

Hazte poner los dientes y retrátate 

chez Henri Manuel.

Has dejado en ridículo a los vidrieros góticos; 

nace otra vez y ensaya a brillar. 

Por ti hay todavía negocios cloróticos 

y personas que no saben llorar. 

Dice la T.S.F.: 

México: “El Sol fue apedreado ayer por unos muchachos 

al salir de una escuela. –Bluefields, Nicaragua, 88 

marinos yanquis han muerto de insolación–. Buenos Aires. 

El Sol ha salido de las banderas argentinas 

rumbo al Polo Sur.” 

Sol parisiense, 

Sol bibliotecario y sacristán, 

ve a jugar a la América 

en los muros astronómicos de Uxmal. 

Frótate entre los heléchos de Palenque; 

ruédate desde la pirámide solar 

que los toltecas finos y civilizados 

levantaron en Chichén y Teotihuacán. 

(Artistas y ordenadores de Tiempo 

cincelan una piedra colosal. 

Los ceramistas silenciosos desnudan sobre los vasos 

la flor aérea recta de divinidad. 

Y el rey aseado y magnífico 

levanta auroras desde su jardín en espiral.) 

Sol parisiense, mi corazón es calle triste 

por el mundo rutinario; 

los fonógrafos repiten lo que oyeron 

y los héroes aún van a caballo. 

Eres el párvulo del limbo: 

tu hastío no pasa de tu globo y tu aro. 

Es preferible que nunca sepas

lo que desde el principio está pasando. 

La risa es buena como la fruta robada 

y estoy contento porque ya lo sé todo. 

Las respuestas van desnudas por las preguntas asesinadas, 

el aire tiene cifras y el mar no es ancho ni hondo. 

Sol parisiense, sol de chimenea, 

sigue en tus ceros a la izquierda del uno, 

juega en tus sombras húmedas mientras mis labios crean 

las palabras iguales para salir del mundo. 

París, julio 1926

Carlos Pellicer (1897-1977)

Poesía completa. Tomo I

Edición de Luis Mario Schneider

y Carlos Pellicer López

UNAM, Conaculta, Ediciones

del Equilibrista, México, 1996.

Domingo

Huecos

Primer tiempo

Cabalgaba la tristeza, trenza tensa la rienda. Al aire, sin aire; sin aire en el aire. ¿Dónde perdió los estribos? Cabalgaba la tristeza.

Camina lento, muy lento, para no alborotar la rabia que lleva por dentro. Habla mucho, mucho, para liberar dolores al viento. Duerme de lado, ladito, para abrazar al sueño.

La sábila exuda, al golpe del machete; el río ruge si el cántaro lo hiere. Al fondo de una copa de cristal, rojo y rostro se confunden. 

Segundo tiempo

¡Mira, mira lo que miro! Un hueco, un hueco en mi cuerpo. ¿Dónde, dónde? Muy dentro, muy adentro. Un pozo de agua, de agua que, a veces, escapa por estos mis ojos. Silencio, el ruido me mueve. No me toquen, tengo un hueco en mi cuerpo.

¡Oh!, ráfaga de viento fresco, llévate mi caballera negra. Sólo lluvia sobre mi cuerpo desnudo en la playa húmeda del tiempo.

Memoria, memoria mía, ¡dime!, ¿dónde dejé mis recuerdos si todos son olvidos? Recuerdos de la memoria, bruñidos por el tiempo, ¿dónde?, ¿dónde están?, y la fatiga acarició las penas.

Tercer tiempo

Aflora, en los labios, la prisa del clavel sediento. Nace húmedo el deseo. La flor que flora se desflora al ritmo alegre de la espada, y todo es torbellino de mar entre telas de seda blanca.

El tulipán se yergue, salta, crepita, grita, explota. ¡Oh tulipán que languidece! La cruz plegó sus alas. El tiempo le robó la furia. La fuente le robó el agua. Un mimo salvó la tarde.

Te digo, te digo…que ¿qué te digo? Te digo que quiero, que quiero sólo contigo, contigo solo. Pero, te has ido. Te digo… que ¿qué te digo? Eso te digo.

Margarita Palacios

pertenece al taller de escritura que imparto semanalmente en el CEPE de la UNAM.


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