Ceremonia de ingreso de don Francisco Javier Beltrán Cabrera

    Miércoles, 16 de noviembre de 2016.

    Por la poesía también se llega al cielo

    Tengo muchas personas y dos instituciones a quienes agradecer por estar con ustedes compartiendo este momento: a aquellos que formularon generosamente la propuesta para integrarme a la Academia Mexicana de la Lengua (aml): don Vicente Quirarte, don Mauricio Beuchot y don Germán Viveros. También es parte de esta lista don Jaime Labastida, director de la aml, por las consideraciones con que me ha favorecido, principalmente al integrar a la corporación a un correspondiente en Toluca, llenando la ausencia del Estado de México, tan cercano al corazón de la Academia.

    Debo también agradecer, y agradezco en todo lo que vale, la disposición de mi universidad, en particular a su actual rector, por permitir que en este espacio se lleve a cabo la lectura de estas palabras. La Universidad Autónoma del Estado de México es altamente significativa para mí, entre otras muchas razones, porque en ella me formé desde que ingresé a la Escuela Preparatoria, en 1968; porque en ella laboro y desde ella accedo ahora a la Academia Mexicana de la Lengua; y porque me ha permitido consultar su historia para descubrir en ella la presencia de uno de nuestros más grandes poetas mexicanos.

    Agradezco a toda mi familia, desde luego; a los amigos y colegas, con quienes, compartiendo, he hecho la vida, gratamente, en la Facultad de Humanidades.

    En esta ocasión, la Academia Mexicana de la Lengua celebra su segunda sesión pública solemne en las instalaciones de nuestra universidad, y al parecer también en el Estado de México. La primera fue el viernes 17 de enero de 1975, en homenaje a cinco ilustres mexiquenses que han formado parte de la corporación: Joaquín Arcadio Pagaza (n,1839), Francisco de Paula Labastida (1857), Miguel Salinas Alanís (1858), Isidro Fabela (1882) y Ángel María Garibay Quintana (1892).

    En el siglo xx nacieron otros cuatro mexiquenses que fueron integrados a la corporación: don Octaviano Valdés (1901), don Salvador Calvillo Madrigal (1901), don Enrique Cárdenas de la Peña (1920), don Pablo González Casanova (1922), en calidad de honorario, y un servidor (1953).

    Es decir, a lo largo de 181 años, el Estado de México ha contribuido con un académico fundacional —don José María Heredia—, ocho académicos de número, un honorario y dos correspondientes en Toluca: doce en total. [1]

    Don Salvador Calvillo Madrigal[2] fue el primer correspondiente en Toluca; electo el 25 de noviembre de 1968, ingresó el 11 de abril de 1969. Su labor creativa se distingue principalmente en dos géneros: ensayo y narrativa.

    Tras estos antecedentes, me permito compartir con ustedes algunos resultados de mis investigaciones sobre la vida y obra de Gilberto Owen en Toluca, poeta hoy sumamente reconocido, otrora alumno de esta alma mater. Tomás Segovia, José Rojas Garcidueñas, Inés Arredondo, Effie Boldridge, Vicente Quirarte, Sergio Fernández y otros estudiosos del rosarino han señalado la importancia de su biografía para la lectura de su obra; labor nada sencilla, pues, en el caso de este poeta, la ficción y la vida se nutren mutuamente.

    Comparto con ustedes datos sobre su estancia en Toluca; lo poco que a cuentagotas he encontrado de sus andanzas entre 1919 y 1923; información imprescindible por lo significativas que fueron estas actividades en su vida y obra posterior.

    Siempre que leo a Gilberto Owen me entusiasma su percepción sobre la lengua y la poesía; la lengua como instrumento y la poesía como una vocación suprema. No dejo de admirar en él que desde muy joven (su primer poema conocido data de 1920, a los 16 años de edad) percibió que era necesario comprometerse con ella, si deseaba escribir poesía. Adquirió desde entonces la percepción de que la poesía era muy cercana a una especie de sacralidad cuya veneración debe ser permanente. Esta idea de poesía, definida y ejercida como sacralidad, se perfila desde sus primeros escritos. Los hechos que voy a relatar, algunos de ellos por primera vez en público, me llevan a fundamentar esta idea.

    Owen llega a Toluca acompañando a su madre, Margarita Estrada, y a su media hermana, Enriqueta Guerra. Effie Boldridge[3] indica que salió de su tierra natal en 1914 para vivir tres meses en el puerto de Mazatlán y luego dirigirse hacia Toluca. Madre e hijos llegan a vivir a aquí en la calle Isabel la Católica número 31 (entonces ubicada al lado poniente del actual Palacio de Gobierno), a casa del tío Bardomiano Estrada, quien funge como su tutor y apoyo económico de la familia, gracias a su trabajo en el Registro Civil de la ciudad.

    En el archivo histórico de la Universidad Autónoma del Estado de México (antes Instituto Científico y Literario), se encuentra el comprobante del registro de nacimiento con que Gilberto Estrada se inscribió al Instituto en 1919. En ese año también está en Toluca el poeta Langston Hughes, quien sí nació en febrero, dos años antes que el rosarino.[4]

    Históricamente, la del Estado de México es una capital conservadora; no obstante, ha tenido personalidades liberales, incluso dentro de la rigurosa estructura del Instituto. Por entonces el joven rosarino perteneció a la Cámara Estudiantil, en cuyos lineamientos se aprecian políticas que apuntan a mayor participación de los alumnos en las decisiones educativas, antecedente del “sarampión marxista” que, años después, en 1931, lo condujo a participar en la vida política de Perú, reuniéndose con integrantes del primer partido de centroizquierda en América Latina,[5] y más tarde, en 1932, su cercanía con el ideario y plan de acción del Partido Socialista Ecuatoriano, dirigido entonces por Benjamín Carrión.[6]

    El 5 de febrero de 1923, en la ceremonia del VI aniversario de la promulgación de la Constitución Política Mexicana, en Zitácuaro, Michoacán, Owen leyó “La legión del águila”, poema que escribió en honor a Juárez, con dedicatoria a los generales Álvaro Obregón, presidente de la República, y Plutarco Elías Calles, ante quienes lo leyó,[7] hecho que determinó un cambio radical en su vida: la salida de la provinciana ciudad hacia la gran capital.

    Owen comenzó su trayectoria periodística en Toluca en calidad de secretario de redacción de Manchas de Tinta (mayo de 1920); colabora en el periódico estudiantil Horizontes (1921); y es director de las revistas Raza Nueva (junio-julio de 1922) y Esfuerzo (septiembre-octubre de 1922).[8] De estos años son los Primeros versos (1920-1922), publicados póstumamente en 1957.

    Es ya sabido que en 1923 publica en La Falange “Canción del alfarero”; en Variedades de Guadalajara, “Canción efusiva del crepúsculo” y “Mediodía arbitrario”; ahora sabemos que también se difunde “El madrigal de sor Puericia”, en El Gladiador y “Fragmento del poema heroico ‘La lección del águila’”, en Juventud Liberal, estrofas que corresponden a la tercera parte del extenso poema “La legión del águila”, publicado aquí en Toluca por Heriberto Enríquez en 1952, tras enterarse del fallecimiento de su discípulo Gilberto Owen.

    El Instituto y la lengua

    En Owen se combinó lo formativo con lo propositivo. Mientras comprendía los temas de sus clases de literatura, pasaba al terreno práctico de la creación y luego al activismo cultural. En esa dinámica se escribieron los Primeros versos, a partir de 1920. Hacia 1923, Owen difunde algunos de sus poemas en publicaciones ajenas, mientras en sus revistas aparecían sus prosas imaginativas. La crónica que practicó no dista mucho del costumbrismo local, pero resalta hábilmente lo peculiar en cada uno de los hechos que dibuja. La labor de bibliotecario, que le facilitó el acceso a numerosos libros y revistas, fue de gran ayuda para su imaginación. Los aspectos anteriores fueron decisivos en esta etapa, lo mismo que en la escritura de sus primeros poemas, como también lo fue el contexto modernista que absorbió al leer a los seguidores de la estética dominante de fines del siglo xix, en su expresión regional. Todo ello marca el ánimo y la escritura que se manifiesta en los poemas y en la prosa de este adolescente, así como en su obra posterior: las imágenes plasmadas en sus versos a propósito del paisaje toluqueño, la Biblioteca Pública, el Instituto y sus profesores. La literatura comienza a ser pasión para Owen. Tenía entonces 16 años.

    En el recorrido por las páginas que nos legó, se encuentran párrafos o versos que se refieren a este periodo, de los cuales entresaco dos, con la intención de confirmar que en Owen la ingratitud no fue norma y, a la vez, mostrar cuán coherente es con su percepción de la vida en la poesía —poesía plena—, al escribir, lejos ya de “la montaña tutelar”, palabras como las siguientes:

    O volveré a leer teología en los pájaros / a la luz del Nevado de Toluca. / El frío irá delante, como un hermano más esbelto y grave / y un deshielo de dudas bajará por mi frente, / y no lo sé, pero es posible que me mire a mí mismo / al recorrer en sueños algún nombre: / “La calle del Muerto que Canta”.[9]

    Supongo que debo mi fe al triste hecho de haber estudiado en el Instituto “Ignacio Ramírez”, de Toluca. La escuela de los escépticos nos venía tan guanga como una escuela dominical. Los 18 de julio enronquecíamos tanto de vivar a don Benito y de fumarnos a todos los curas, que parecíamos mayores de edad. Además, conocíamos de cerca a artistas tan ilustres como Alfonso Camín[10] (bajo la arboleda de Chapultepec) y Fany Anitúa[11] [...] El escepticismo oficial era tan imperativo, que una tarde nuestro profesor de matemáticas se adelantó a Einstein y a Cantinflas y expuso esta hermosa teoría: “Es ciertamente posible, aunque muy poco probable, que quizá, tal vez, quién sabe, aunque es evidentemente dudosa, problemática e hipotética en tal forma que por lo que toca a lo que pertenece la verdad siendo así vale más mejor que entonces”. No invento, pregúntale a Enrique Carniado si no era así de valiente don Chema Camacho.[12]

    Amado Nervo

    En la obra de adolescencia de Owen destacan dos condiciones: el localismo y su acercamiento a otros jóvenes escritores mexicanos. En el primer caso, me refiero a lo que una pequeña capital estatal es capaz de darle para su formación literaria, aspecto que es muy visible en su actividad periodística, en las reseñas que hace de la vida provinciana, los proyectos comunes con jóvenes como él, escritores locales con los cuales comparte aprendizaje y experiencias, influencia muy determinante en su primera obra.[13] En el segundo caso, Owen publicó “Zozobra”, de Xavier Villaurrutia, poemas del intelectual nicaragüense Heliodoro Valle, y pensamientos de Daniel Cosío Villegas, entre otros. Pero también hay una presencia constante y más fuerte que cualquier otra; las alusiones a Amado Nervo no sólo son frecuentes, sino que indican un peso determinante en la novatez de Owen. Por tal motivo lo distinguo entre los predecesores de la lírica mexicana que lo influyeron.

    La importancia de Nervo en Toluca llegó al extremo de que en las noticias locales se informara de “acontecimientos” como sus visitas a Luz Lara Chabert, la novia que tenía en esta ciudad, así como la lectura que hizo de un poema suyo en ceremonia a propósito del aniversario luctuoso de Benito Juárez, a finales del siglo xix.[14]

    Cuando Owen comenzó a escribir en 1920, era reciente la muerte de Amado Nervo, ocurrida el 24 de mayo de 1919. El Instituto Científico y Literario se declaró en día de duelo por tal motivo, y hubo ceremonia luctuosa en la ciudad de Toluca. Los múltiples lectores, sobre todo lectoras, resintieron tal hecho por ser Nervo el poeta más leído de su tiempo. El autor de PlenitudPerlas negrasMísticasLos jardines interiores, La amada inmóvil  y El estanque de los lotos dejó en el ambiente una idea de la poesía muy cercana a los sentidos y sentimientos místicos de quienes pudieron leerlo en esos años a través de las variadas publicaciones que lo incluyeron entre sus páginas. Owen no fue la excepción. La conservadora ciudad de Toluca rendía culto al nayarita disfrutando y sufriendo los musicales versos de dolor, tristeza, asombro, sensualidad y religiosidad.

    La presencia de Nervo en la obra de Owen es tan antigua como los primeros textos del rosarino, además de que estuvo presente durante todo el trayecto de su escritura; es más, Owen le debe frases, versos, y hasta el tono confesional como parte sustancial de la poesía. En las páginas de Manchas de Tinta, revista donde fue Secretario de Redacción, publica calificativos como “el divino Nervo” y “el poeta monje”, los cuales parecen indicar el gusto y conocimiento por lo que Nervo escribió, pero sobre todo su afiliación. Ahí mismo Owen publica su declaración de fe al poeta de la “sublime inquietud”:

    Al Divino Nervo[15]

    Nuestro homenaje

    Engalanamos estas páginas de nuestra revista, con algunas composiciones del altísimo cantor de “Elevación” y de “El estanque de los lotos”, porque pensamos en la ofrenda mejor que en éste el aniversario de su muerte sentidísima,[16] podemos llevar hasta la gloria en que mora. Son versos que nos dicen de la sublime inquietud, del misticismo artístico, de la suave melancolía del Poeta Monje, que vivió ávidamente, los labios abrasados de sed de misterio, y supo llegar hasta la cima de “augusta montaña de serenidad”.

    Nosotros hemos sentido con el ritmo de sus musicales ritornelos, y hemos meditado con sus pensamientos hondos y consoladores, que traen el aroma de su sencillez y de su plenitud; y también, hemos musitado con toda el alma una oración, escuchando a la Hermana de la fuente que llora una elegía pálida y tenue, con sus piadosas voces de cristal… y esta oración es:

    ¡Padre Nervo que estás en los cielos…![17]

    Durante esos años, Owen se muestra ávido lector de esta poesía mística, coincidente en el anhelo del encuentro con Dios; no sólo incluye poemas de Amado Nervo en las revistas donde trabaja (publica, por ejemplo, “Cobardía”: Pasó con su madre. ¡Qué rara belleza! / ¡Qué rubios cabellos de trigo garzul! / ¡Qué ritmo en el paso! ¡Qué innata realeza / de porte! Qué formas bajo el fino tul…, “Tel qu’en songe”: Ayer vino Blanca, / me miró en silencio / y era más misteriosa que otras veces: / como se ven las cosas en los sueños…), también cita versos o palabras del poeta nayarita: “Como en el poema de Nervo, ‘murieron los quién sabe, callaron los quizá’; como en la máquina de escribir de Carniado, las interrogaciones se han quebrado”.[18] En Raza Nueva (1922), mientras diserta sobre el feminismo en sus “Efemérides triviales”, Owen vuelve a citar al poeta nayarita en su anécdota “El muerto que se casó”:

    Y a Calimaya fui; la vi, y volvime una hora después, trayéndome muy adentro, en el romántico y esperanzado corazón, algo de esa impresión de desamparo y de frío, de paz, y de ventura, del que acaba de visitar un cementerio, lo que quiere decir que desmentía el último verso del cantar, ya que, aunque sólo por literatura, lo confieso, Nervo y yo amamos “la calva deslumbrante de los difuntos viejos”.[19]

    En Nervo, los versos son: “¡Oh muerte! ¡Oh paz! ¡Yo adoro la calva deslumbrante / de los bruñidos cráneos de los difuntos viejos” y el poema se llama “Los difuntos viejos”, de Los jardines interiores, publicado en 1905.

    La prosa de Owen, de profundo carácter lúdico, es también confesional en lo que a Nervo se refiere, pues revela conocerlo cada vez mejor. En las páginas de Esfuerzo, dos años después de su primera confesión, no deja de proyectar con humor su juicio o apreciación del nombre y la poesía de Nervo:

    … EL CLUB DE FOOTBALL “AMADO NERVO”[20]

    ¿No es ya tan popular casi, casi como el anuncio del Berreteaga, el nombre —nada más que el nombre— del ascético poeta que nunca pretendió, antes, al contrario, se horrorizó de verse vulgar? ¿Qué tiene, pues, de extraño, que un club de football, formado por intelectuales del balón, lo tome por título?… Yo, ahora, soy el admirado de la admiración momentánea que me produjo esa simulada paradoja al verla escrita en letras de molde en un antiestético cartelón… Hombre, los tiempos avanzan, la raza se regenera, el progreso nos sonríe; los inventos se multiplican, los bohemios se acaban, las corbatas flotantes y el ancho chambergo (pese a la obstinación del esquelético Sánchez) se desprestigian y pierden sus características… Es lógico, digamos más bien natural, que los poetas, o, cuando menos, su nombre, jueguen football, ¿acaso ustedes creen que Amado no gustaba de los deportes?… ¡fatal equivocación! si no se dedicaba a ellos, no fue por falta de ganas, seguramente, sino por sobra de precaución. Además, un poeta que ha perdido en este siglo su aire de exquisita espiritualidad (ahora la cocinera de mi casa hace “versos”) para ser un completo hombre a la moda, necesita forzosamente saber equitación, perder a la hora propicia un juego de naipes con su suegra, hablar como hombre autorizado de las maquinaciones de Lloyd George,[21] burlarse discretamente de los suspiros románticos de la señorita neurótica, vestir irreprochablemente a la moda, rasurarse siquiera cada dos días, ponerse los guantes con cierto ademán chic, hablar de foot y baseball, saber perfectamente el árbol genealógico del caballo que ganó la última carrera, discutir sobre el tratado Lamont-de la Huerta,[22] jugar tennis… en fin, ¡tantas cosas!

    Yo felicito sinceramente a los chicos footballistas por habérseles ocurrido ampararse bajo la adusta figura de Nervo, y, estoy casi seguro de que éste —desde su sepulcro florido— les dice sonriendo franciscanamente:

    ¡Gracias, hermanos…!

    En la poesía, la cercanía entre los dos poetas funciona mejor, de modo más identificado con la temática, a través de ciertos motivos. Owen retoma figuras de personajes, y ambientes; los trastoca para llevarlos a una poesía menos modernista. Obviamente Nervo lleva la delantera, y espero no cometer una injusticia con Owen al acercarlos. Ejemplo:

    Gilberto Owen, “Confiadamente, corazón…” Primeros versos, 1920

    Amado Nervo, Perlas negras, 1898

    Similitud extraña hay entre el cielo,
    encapotado en funerario manto,
    y mi alma enlutada... (como un velo
    doliente y frío, la envuelve el desencanto...)
    ... falta el sol de un amor que rompa el hielo
    de su inmensa frialdad de camposanto...!

    XXXIII

    Amiga, mi larario está vacío:
    Desde que el fuego del hogar no arde,
    Nuestros dioses huyeron ante el frío;
    Hoy preside en sus tronos el hastío
    Las nupcias del silencio y de la tarde.

    La cercanía, con variantes temáticas, entre el “larario vacío” de Nervo y la “frialdad de camposanto” o “alma enlutada”, de Owen, se da por el tema de la ausencia y la sensación de “frío” que produce. La actitud doliente los identifica en lo sentimental y su fervor por las ausencias. Sólo que Owen centra la atención en el símil entre cielo y alma enlutada, la ausencia de la amada es más íntima para Nervo, pues la sitúa en “el fuego del hogar”; para Nervo se trata del “hastío” y, para Owen, del “desencanto”. El “fuego del hogar (que) no arde” es equivalente a “falta el sol de un amor”. Sin embargo, la metáfora “nupcias del silencio y de la tarde” hace más brillante al Nervo modernista, y, en cambio, romántico y tétrico al primerizo Owen.

    No voy a citar todos los casos, pero son frecuentes las alusiones a elementos literarios ya empleados por Nervo y luego por Owen en sus primeros poemas; tal es el tema del alfarero: en el poema “mi verso”, de Los jardines interiores, la mano genial del alfarero transforma el barro en gema: Nervo así quiere sus versos; Owen ve en los productos del barro la “luz de la armonía” que se crea en los objetos moldeados por las manos del alfarero:

    Gilberto Owen, “Canción del alfarero”, Primeros versos, 1923

    Amado Nervo, “Mi verso”, Los jardines interiores, 1905

    Mis dedos saben un conjuro
    que alumbra la arcilla sombría
    y hace brotar al barro obscuro
    la flor de la luz de la armonía.

    Querría que mi verso, de guijarro,

    en gema se trocase y en joyero;

    que fuera entre mis manos como el barro
    en la mano genial del alfarero.

    El tono confesional, la incorporación de frases religiosas en los versos, hasta la idea de la poesía como una forma de relacionarse con Dios, se verán materializados en la poesía de Owen. Sólo que éste difiere del creyente asceta que es el nayarita. Para Nervo la poesía fue el medio de acercarse a Dios, muy probablemente también para el Owen adolescente. Owen evolucionó, Nervo dio giros. El Nervo que Owen asimila está en los poemarios Místicas y Jardines interiores.

    En “Delicta carnis”, poema del libro Místicas, publicado en 1898, Nervo escribió: “Carne, carne maldita que me apartas del cielo”. Este verso y la idea que contiene persiguieron a Owen durante muchos años; fue repasándolo, analizándolo, aquilatando su sentido, que recalca el alejamiento de la gloria y de la divinidad a causa de los pecados de la carne; fue repitiéndolo —seguramente también atormentado por su significado— hasta 1946, cuando se publica en México Libro de Ruth, donde Owen recapacita y da respuesta a su inquietud, al afirmar, en diametral oposición al tradicional ascetismo del nayarita: “Por la carne también se llega al cielo”, endecasílabo que concentra su epifanía, su mayor toma de conciencia y síntesis de su teología: de carne está hecho el hombre, es su condición de mortal y por ello es posible su redención. No hay distancia entre el hombre y la divinidad si se reconoce la carne con esa idea; ni se precisa muestra de arrepentimiento, tal parece la respuesta a Nervo. Al margen de este diálogo a la distancia entre poetas, se observa que la influencia de Nervo va más allá de lo inmediato. Cuarenta y ocho años hay de diferencia entre estos dos versos controversiales. Owen nunca olvidó al determinante Nervo, quien reaparece en su poesía madura.

    Reitero: el rosarino tomó del nayarita, entre otros recursos literarios, una idea fundamental de la poesía, su tono confesional y místico, su búsqueda y encuentro con la divinidad, que para Owen se convirtió en la poesía. Mientras que en Nervo la poesía fue expresión escrita del acercamiento a su Dios cristiano, Owen empleó las fórmulas míticas, expresivas, simbólicas y significativas de personajes bíblicos muy señalados por el cristianismo para concluir que la mayor divinidad, su mayor divinidad, es la poesía, y ese encuentro es también una forma de acceder al cielo y, para Owen, al parnaso de los grandes poetas y a la eternidad.

    Tal es el sentido del poema Día veintidós, tu nombre, poesía del “Sindbad el varado”, de su poemario mayor, Perseo vencido, donde el éxtasis por el encuentro con la divinidad da significado a su vocación:

    TU NOMBRE, POESÍA

    Y saber luego que eres tú
    barca de brisa contra mis peñascos;
    y saber luego que eres tú
    viento de hielo sobre mis trigales humillados e írritos: 
    frágil contra la altura de mi frente,
    mortal para mis ojos,
    inflexible a mi oído y esclava de mi lengua.

    Nadie me dijo el nombre de la rosa, lo supe con olerte,
    enamorada virgen que hoy me dueles a flor en amor dada.

    Trepar, trepar sin pausa de una espina a la otra
    y ser ésta la espina cuadragésima,
    y estar siempre tan cerca tu enigma de mi mano,
    pero siempre una brasa más arriba,
    siempre esa larga espera entre mirar la hora
    y volver a mirarla un instante después.

    Y hallar al fin, exangüe y desolado,
    descubrir que es en mí donde tú estabas,
    porque tú estás en todas partes
    y no sólo en el cielo donde yo te he buscado,
    que eres tú, que no yo, tuya y no mía,
    la voz que se desangra por mis llagas.

    Desde luego, Owen agrega mayor hermetismo, lo más sobresaliente de un lenguaje sintético y simbólico de la poesía moderna. Cada verso contiene un sinnúmero de posibilidades de interpretación coherentes, inteligentes y racionales; pero sobre todo imprime ese aire de misterio, de duda o adivinanza, reconstruido, disminuido o revalorado por los significados que cada símbolo empleado puede tener en la vida cultural o en el entendido de cada lector. Es el juego del autor que responde a un sistema de creación literaria, a la idea de que la poesía es un mecanismo indirecto para decir más de lo que comúnmente decimos. Es también un modo de ocultar, elegantemente —como los gentiles caballeros— lo que dicho de otro modo es vulgar y reducido. La elegancia también pertenece a la tradición, a lo propio, a los cánones y reglas construidos y aceptados, como el lenguaje de la poesía y lo que de universal tiene este lenguaje. Éste es el mayor compromiso del poeta, y Owen lo cumplió con acierto. La ascética de Nervo se convierte así en la mística de Owen. Para éste, que también buscó y encontró su divinidad, fue muy claro que por la poesía también se llega al cielo, y por ende, a la redención.

    Muchas gracias.

    ARCHIVOS

    AHBPCEM, Archivo Histórico de la Biblioteca Pública Central del Estado de México.

    AHEM, Archivo Histórico del Estado de México.

    AHENEM, Archivo Histórico de la Escuela Normal del Estado de México.

    AHUAEM, Archivo Histórico de la Universidad Autónoma del Estado de México.

    HN, Hemeroteca Nacional.

    BIBLIOGRAFÍA

    Ayala López, María Lucina y María Antonieta Rosales Carmona (1997), Los estudios literarios en el Instituto Científico y Literario del Estado de México (1900-1920), tesis, Toluca, Universidad Autónoma del Estado de México.

    Beltrán Cabrera, Francisco Javier (1996a), “...a la luz del Nevado de Toluca. Los años de Gilberto Owen en el ICL”, La Colmena, núm. 10, pp. 6-10.

    ------------ (1996b), “Gilberto Owen, datos para una biografía”, Castálida, núm. 7, pp. 72-76.

    ------------ (1998), Poesía, tiempo y sacralidad: La poesía de Gilberto Owen, Culiacán, Dirección de Investigación y Fomento de Cultura Regional / Universidad Autónoma del Estado de México.

    Beltrán Cabrera, Francisco Javier y Cynthia Ramírez (coords.) (2005), Gilberto Owen Estrada: cien años de poesía, Toluca, Universidad Autónoma del Estado de México.

    ------------ (2006a), “Nota a ‘La lección del águila’”, La Jornada Semanal, México, 31 diciembre.

    Boldridge, Effie Jolene (1970), The poetry of Gilberto Owen, tesis (Doctor of Philosophy), Columbia, University of Missouri-Columbia.

    El Universal (1923), “Zitácuaro festeja al señor Presidente de la República”, El Universal (México, 6 de febrero), p. 1.

    Enríquez, Heriberto (1952), “Recuerdos de antaño: Gilberto Owen en mi memoria”, en Sección Dominical de El Sol de Toluca (Toluca, 3 de agosto), p. 3.

    Ferrat, Jorge (Director) (1921), Horizontes, Época I, número 2, (Toluca, 1 de septiembre). Gilberto Owen aparece entre los colaboradores.

    Muñoz, Lázaro Manuel y Heriberto Enríquez (1943), Reseña histórica del periodismo y de la imprenta en el Estado de México, sin editorial, Toluca. El Gobernador Constitucional Sustituto del Estado, Lic. Isidro Fabela, comisionó para la preparación y edición de este libro a: “Malaquías Huitrón, Oficial Mayor de la Secretaría General de Gobierno, profesores Lázaro Manuel Muñoz y Heriberto Enríquez y el señor José Alarcón. La señora Amelia Garcés M. de Enríquez, prestó su eficaz cooperación para el arreglo cronológico de los periódicos y revistas.

    Martínez Barragán (1920a), Manchas de Tinta, tomo I, número 1 (Toluca, 30 de mayo). Gilberto Owen es Secretario de Redacción.

    ------------ (1920b) Manchas de Tinta, tomo I, número 2 (Toluca, 13 de junio). Gilberto Owen es Secretario de Redacción.

    Nervo, Amado (2006), El libro que la vida no me dejó escribir, México, Fondo de Cultura Económica-f,l,m,-Universidad Nacional Autónoma de México.

    Owen, Gilberto (1922a), Esfuerzo, tomo I, número 1 (Toluca, 17 de septiembre).

    ------------ (1922b), Esfuerzo, tomo I, número 2 (Toluca, 8 de octubre).

    ------------ (1922c), Raza Nueva, tomo I, número 1 (Toluca, 3 de junio).

    ------------ (1922d), Raza Nueva, tomo I, número 3 (Toluca, 16 de julio).

    ------------ (1957), Primeros versos, Toluca, Cuadernos del Estado de México.

    Pérez, Ramón (RAPE), “Amado Nervo y su novia en Toluca”, Magazine Dominical de Diario de Toluca, Toluca, 11 de enero de 1948, p. 1.

    [1] En 1835, por disposición del entonces Presidente de la República Mexicana, Miguel Francisco Barragán Andrade, participó en la fundación de la Academia Mexicana Correspondiente de la Real Academia Española, don José María Heredia, quien era director del Instituto Científico y Literario del Estado de México. En 1867 ingresa don Luis Gonzaga Cuevas, destacado intelectual y político, nacido en Lerma, México, el 10 de julio de 1799, quien fue representante del Gobierno Mexicano en las negociaciones con Estados Unidos, durante la intervención norteamericana en 1847. Cuevas tuvo que elegir entre la pérdida de gran parte del territorio mexicano o cancelar el futuro del país como nación independiente. A ambos intelectuales los liga no sólo el siglo xix, sino también su fervor por la respectiva patria. Son los más lejanos integrantes de la AML.

    [2] Nació en Morelia, Michoacán, el 25 de noviembre de 1901 y murió en la Ciudad de México el 14 de marzo de 1992. Colaboró en Arte y PlataEl CentavoEl DíaEl Hijo PródigoLa Espiga y el LaurelLa RepúblicaLetras de MéxicoMéxico en la Cultura y Revista Mexicana de Cultura, de la cual fue Director durante el periodo 1957-1962. Premio Literatura Ciudad de México, 1946, entre otras distinciones.

    [3] “The poetry of Gilberto Owen”, Columbia, University of Missouri, 1970, p. 8, tesis doctoral que la estadounidense escribió tras su visita a Toluca, donde reunió información sobre la familia de Owen y su paso por esta ciudad. Desafortunadamente, en el tianguis de los viernes, una mano ajena se apropió de la documentación hasta entonces reunida.

    [4] Atención aparte merece la comparación entre las poéticas de ambos jóvenes poetas.

    [5] El apra, siglas de la Asociación Popular Revolucionaria Americana, fundada en la Ciudad de México en 1924 por Víctor Raúl Haya de la Torre, cuyo sucesor al frente del partido fue Luis Alberto Sánchez, gran amigo de Owen.

    [6] Owen, carta a Alfonso Reyes, Obras, México, Fondo de Cultura Económica, 1979, p. 277.

    [7] Owen, “La legión del águila”, publicado por Heriberto Enríquez en Sección Dominical de El Sol de Toluca, 3 de agosto de 1952, p. 3.

    [8] Así lo ha indicado Vicente Quirarte, Invitación a Gilberto Owen, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 2004, pp. 35-36.

    [9] Owen, Día diecisiete, “Nombres”, Obras, p. 805.

    [10] Alfonso Camín Meana (1890-1982), poeta asturiano.

    [11] Francisca Anitúa Yáñez (1887-1968), mezzosoprano mexicana. Durante la primera mitad del siglo xxdestacó en los principales teatros del mundo.

    [12] Owen, carta a Rafael Heliodoro Valle, escrita en Filadelfia, 9 de agosto de 1948, Obras, pp. 287s.

    [13] Para quienes vivimos en Toluca nos son familiares por su importancia en pro de la cultura local los nombres de Felipe Villarello, “El Vate” Garza, Enrique y Heriberto Enríquez, Lázaro Manuel Muñoz, Horacio Zúñiga, Enrique Carniado, Jorge Ferrat, Rafael Sánchez Fraustro, todos ellos cercanos a Owen.

    [14] Ramón Pérez (RAPÊ), “Amado Nervo y su novia en Toluca”, Magazine Dominical de Diario de Toluca, Toluca, 11 de enero de 1948, p. 1.

    [15] Owen, “Al divino Nervo. Nuestro homenaje”, Manchas de Tinta, número 1, Toluca, 30 de mayo de 1920, p. 12. Es la presentación que acompaña una prosa del nayarita llamada “La carta” y tres poemas: “En voz baja”, “Cobardía” y “Tel qu’en songe”.

    [16] Amado Nervo murió en Montevideo, el 24 de mayo de 1919, a los 48 años.

    [17] Owen, “Al divino Nervo”, Manchas de Tinta, núm. 1, Toluca, 30 de mayo 1920, p.12.

    [18] Owen, “Efemérides triviales”, Raza NuevaRevista Quincenal Ilustrada, núm. 1, Toluca, 3 de junio de 1922, p. 9.

    [19] Owen, “El muerto que se casó”, Esfuerzo, núm. 1, Toluca, septiembre 17 de 1922, p. 8.

    [20] Owen, “Glosario inofensivo, el club de football ‘Amado Nervo’”, Esfuerzo, núm. 2, Toluca, octubre 8 de 1922), p. 5.

    [21] David Lloyd George (1863-1945), primer ministro británico (1916-1922).

    [22] El 16 de junio de 1922 fue firmado en Nueva York el Convenio De la Huerta-Lamont. Este acuerdo estableció el plan de ajuste de toda la deuda exterior de México.

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