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Viernes, 13 de Marzo de 1970

Ceremonia de ingreso de don Ernesto de la Torre Villar

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Discurso de ingreso:
La biografía en las letras históricas mexicanas

  • Señor Doctor Francisco Monterde, Director

    de la Academia Mexicana Correspondiente de la Española;

    señores académicos, señoras y señores.

     

    Vuestra cordialidad y generoso afecto explican mi ingreso a esta docta Corporación, no mis obras débiles e imperfectas, a las cuales salva tan sólo el amor y la constancia que las han producido. Ha de ser al amparo de vuestras luces y confiado en la magistral dirección que hace largos años gozo de muchos de ustedes, como he de merecer auténticamente el alto honor que hoy se me confiere.

    Cuando fui informado de la presentación de mi candidatura a la Academia, confieso, sin hipérbole ni fingida humildad, me estremecí, no de sana y merecida satisfacción, sino por la conciencia que tengo de la parvedad de mi labor en el campo de las letras. Al aceptar, no lo hice con orgullo, sino como discípulo a quien buena nota estimula su dedicación. Varios de ustedes han sido mis maestros en la cátedra, y todos en la vida y en el ejemplo. La amorosa pasión puesta en su obra de creación la he seguido durante muchos años, y sus voces, las creaturas recreadas en sus libros y sus juicios, exactos, preñados de saber, me han conmovido y enseñado.

    Adentrado en las humanidades por vocación, el estudio del hombre, de su maravillosa actividad, que es la historia, ha sido mi paradero. Dentro de ella he trabajado como peón que rotura la tierra y con su profunda fuerza me ha prendido. A ella, múltiple en sus expresiones, he consagrado mis esfuerzos producto de una idea que cada día desde mis años jóvenes se ha afianzado más y más en mí: el sentir que toda vida, como la historia misma, tiene un destino que hay que cumplir con trabajo, dedicación diaria y permanente, y plena honestidad.

    Mi deuda con ustedes se acrecienta, al haber sido designado para ocupar el sitial, no para sustituirlo que jamás lo lograré, que antes fue de un hombre eminentísimo por su sabiduría y altas virtudes humanas, don Ángel María Garibay Kintana.

    Enorme responsabilidad. Él era un hombre de estatura extraordinaria, de dimensiones gigantescas, uno de esos seres que marcan un hito en toda cultura. Su ingenio y laboriosidad desbordan los confines patrios y marcan un inicio en la revaloración de la cultura nacional. Me siento abrumado al sucederle y sólo me alienta la paternal acogida que me brindó, su noble y leal amistad que me permitió considerarle un maestro más en mi vida, uno de esos seres que a lo largo de mi existencia me han tendido la mano, amparado con su bondad e inteligencia y estimulado con eficaz dirección. Jamás podré igualar su enorme y vasta labor, pero estoy seguro de que trabajaré con el mismo entusiasmo e iluminada y sonriente satisfacción con que él lo hacía.

     

    Ángel María Garibay Kintana

     

    Varón recto y sapientísimo, Ángel María Garibay Kintana representa uno de los más logrados frutos de la cultura nacional. En él, como en otros egregios, resplandece la conciencia que identifica nuestra auténtica manera de ser, de sentir, de pensar. Supo con extraordinaria visión precisar las vertientes de la civilización mexicana, valorar los aportes del pasado indígena, del caudal ibérico y sobre todo el aluvión universal que envuelve y fecunda con sus innumerables y variados elementos toda elaboración espiritual e intelectual.

    Su nombre hay que incorporarlo a los de fray Bernardino de Sahagún, Carlos de Sigüenza y Góngora, Francisco del Paso y Troncoso y Joaquín García Icazbalceta. Dentro de esta tradición y jerarquía hay que situar su obra, colosal por su número, extraordinaria por su calidad, y valiosa por el alto y noble sentido que le imprimió.

    De su anhelo por definir la esencia de la cultura patria, y no sólo por definirla, sino por ampliarla y enriquecerla, derivan sus intereses fundamentales: el estudio, fomento y difusión de la cultura de los pueblos precolombinos, así como el análisis, la recreación poética y religiosa y la enseñanza, de las culturas clásicas del Viejo Mundo. No puede escapársenos que a estos dos intereses que colmaban sus aspiraciones intelectuales, hay que añadir algo que no era para él un interés, sino una misión, que cumplió siempre con veracidad y convicción auténtica: su actividad religiosa, su labor espiritual y apostólica que llevó con inmensa dignidad y decoro, desde su floreciente juventud hasta su postrera vejez. Su labor dividida en estas tres dimensiones cumplióla enteramente, a satisfacción de su conciencia y en beneficio de sus semejantes y de México.

    Sacerdote hasta la eternidad, hizo entrega de sí mismo a cuantos acudieron a él en busca de consuelo y auxilio. Vivió al lado de los humildes, supo la vida callada de los pueblos, conoció sus hondas tragedias en años difíciles de nuestra historia, y aprendió en olvidados curatos a penetrar en el alma de los campesinos que al par que su miseria arrastran aún, imperceptibles e insensibles para el profano, numerosos elementos de sus viejos mundos. Su contacto con la realidad mexicana le hizo anhelar un cambio, aspirar a mejores condiciones de vida para el pueblo, y comprender los postulados de nuestros auténticos movimientos revolucionarios.

    Nunca se acomodó a las situaciones reinantes; despreció la demagogia y no transigió con novelerías figuraras que algunos adoptan para parecer al día. Consecuente con sus ideas, fue respetable y respetado.

    Su actividad eclesiástica, apoyada en su obra intelectual, deparóle la cátedra dentro del Seminario, una Canonjía en el Cabildo de la Basílica de Guadalupe y el cargo de exégeta de la Sagrada Escritura en ese templo. Fruto material de todo ello, que el espiritual no podemos apreciarlo, fue amplia seria de sermones o pláticas escriturales de no escaso mérito. Como fiel hijo de la Iglesia, consagróle numerosos trabajos en torno de la historia eclesiástica: acontecimientos, biografías y biobibliografías de prelados insignes, en los que enjuicia con amor, con espíritu de creyente verdadero, pero con recta razón, los hechos y los hombres de quienes se ocupa.

    Fruto de esta actividad son innúmeros sermones impresos, como el pronunciado en las bodas de plata del Exmo. Sr. Guillermo Trietschler en 1929; los Elogios fúnebres consagrados a don Leopoldo Ruiz y Flores en 1942, a Don José Mora y del Río, a fray Juan de Zumárraga y aJuan Diego en 1948, y el que dedicó a los Arzobispos de México en 1946. A ellos hay que añadir los que tocan los temas de La Maternidad espiritual de María en el Mensaje Guadalupano, de 1961 y otros más que le acreditan como excelente orador sagrado. Sus trabajos relativos al Arte de la Dirección, a José María VillasecaFederico Ozanan y al Guadalupanismo revelan tanto al ministro respetuoso y ejemplar, al pastor vigilante y prudente, cuanto al hombre que a su fe caudalosa encauza por los severos moldes de la razón.

    Desde los años en que ingresó al Seminario en 1906 mostró sus preferencias y su singular aptitud por las humanidades. El mundo clásico, vaso y contenido de la cultura occidental, despertó en él inquietudes jamás apagadas. Un desbordamiento espiritual, impregnado de belleza y de luz motivó su juvenil entusiasmo, y con los arranques, la ardorosa pasión que sólo los años mozos proporcionan y una sensibilidad pronta al deslumbramiento y a la creación, pues él mismo fue excelente poeta, se entregó a la interpretación y traducción de los clásicos. Más tarde perfeccionaría estos estudios, sin arrancarles los timbres y la emoción que únicamente la juventud otorga a la obra poética. En los últimos años entregó obras de mayor perfección formal; pero es en sus primeros trabajos donde un intenso hálito de vida marca su poesía.

    Dentro de este campo, su obra de auténtico humanista es altamente apreciada, como lo fue la de Gabriel y Alfonso Méndez Plancarte. Las versiones poéticas que realizó rayan a gran altura y traslucen con fidelidad el espíritu de sus autores.

    El porqué de este interés, lo señaló en diversas ocasiones. La mejor, más clara y sencilla es la que aparece en su primera versión de la Trilogía de Orestes, de Esquilo, editada “Bajo el signo de Ábside” en 1939, en la cual escribe: “Juzgo que jamás será demasiado el intento que se haga por asimilar lo mucho que nos dejaron los eternamente juveniles Griegos; porque no es inútil cualquier medio que ayude a levantar los estudios helenísticos en nuestro México; que si mis primarias aficiones me hacen ver como más importante lo que contribuye a conocer lo nuestro, no me impiden amar lo que es patrimonio universal de la cultura moderna”; y agrega: “Porque siendo, como soy, sacerdote católico, contribuyo en un ápice a que sin razón se diga que hemos olvidado los estudios que siempre fueron amor de nuestra clase, y, aunque hostilizados por amigos y enemigos, oprimidos de trabajo y amargura, seguimos siendo los mismos, que tanto amamos el pasado como el porvenir”.

    A estas razones añadió una muy personal: “He tenido en ciertos círculos eclesiásticos la nota de ‘modernista’: el trabajo que ofrezco demostrará que si soy el primero en acoger las ideas nuevas, soy igualmente el último en olvidar las antiguas”.

    Habiendo aparecido su primera versión de la Trilogía de Orestes en 1939, precedida de una maciza por sabia y profunda introducción y oportunas y esclarecedoras notas, y en la que se disculpa no penetrar más en el fondo tanto ideológico como poético y lingüístico de la obra por estar lejos de sus libros y notas de trabajo, persistió en la tarea amablemente impuesta durante varios años, sin olvidarla, sino revisándola y perfeccionándola, corrigiendo en ella lo que la madurez pensó que había de apresuramiento juvenil, y también haciéndola más asequible, más al gusto de la modernidad y alcance de los más, ello sin desmedro de su natural dignidad y perfección.

    Su primera versión de Esquilo fue “en versos rimados, perfecta o imperfectamente”; la posterior de 1961-62 la realizó “en prosa llana y cuanto puedo exacta en todo lo completo que de él nos quedó”. A la aparición de las Siete tragedias, de Esquilo, siguió la de las Siete de Sófocles en 1962 y un año después las Diecinueve de Eurípides. Con estas treinta y tres versiones del drama trágico de la Hélade, Garibay culminó cinco lustros más tarde de cuando lo empezó a publicar y por lo menos treinta y cinco a cuarenta años de su inicio, ese extraordinario esfuerzo que como él reconoció era “de gozo, por haber realizado una tarea que por primera vez es hecha en lengua de Cervantes y en nuestra amada nación mexicana, por una sola persona”.

    Feci quod potui: faciant maiora potentis”, exclamaría al final.

    Algunas traducciones más intentó, entre ellas la de las Once comedias de Aristófanes aparecida en 1967, así como una versión métrica de la Odisea y no sabemos cuántas más, que su natural modestia y deseo de perfección nos han privado de conocer Y todo ello en circunstancias difíciles y aciagas, en días de tragedia. El año que publicó la Trilogía de Orestes escribe en un párrafo ya utilizado por Alberto María Carreño al recibirlo en esta Academia, pero que por su belleza y sinceridad es inapreciable, lo siguiente:

     

    Perdido en un rincón del Monte de las Cruces, en circunstancias aciagas no sólo para la Iglesia, sino también para mí, personal e íntimamente, sin tener más compañeros que el silencio y bravía majestad de los riscos y la amable y acogedora calma inmutable de los bosques de veras seculares, exhumé, o dicho mejor, desperté, ya que nunca había muerto, antiguas aficiones que persistían en el fondo de mi alma, nacidas en mis viejos días de estudios y de enseñanza de Humanidades. Escogí a Esquilo por ser el más adaptable a mi particular gusto y pensamiento, así como el escenario en que lo leía y estudiaba y a las circunstancias social y aún personales que me rodeaban.
        Ni el lugar, ni el tiempo, ni el estado de ánimo, ni los instrumentos de trabajo cooperaron a que hiciera una obra digna. El verdadero auxiliar que tuve fue el silencio y soledad de mi yermo. Más tarde, trasladado a Huizquilucan y a Tenancingo, dejé dormir la terminada versión. Mi estancia en Tenancingo —un paréntesis en mi vida y en mi obra, que, por dicha, no llegó a dos años— me sirvió, sin embargo, para que, pasando el tiempo, adquiriera yo algunas ayudas científicas para revisar mi traducción y darle algún aliño, aquí y allá, que la hiciera menos despreciable. Entre otras, vino a mis manos la versión en versos libres, hecha por el P. Juan R. Salas y publicada por la Universidad de Chile, en 1904, así como la de Brieva Salvatierra, en prosa, que publicó Vasconcelos en su campaña en favor de los Clásicos. Ambos me sirvieron para esclarecer mis necesarias oscuridades, y la del erudito traductor chileno, para complacerme, no sin vanidad, de haber coincidido con él en la interpretación de algunos lugares discutidos y oscuros.

     

    Una vez concluida esta colosal empresa, emprendió en su anhelo de “contribuir a la mejor inteligencia de los hombres, unos con otros”, a base de la comprensión y del conocimiento, la tarea de preparar una serie de textos literarios referentes a las viejas culturas del cercano Oriente, la de Sumeria, la de Acadia, la de Ugarit, la Hitita, la de Aram y Arabia y la Egipcia, con sobrias y claras explicaciones. A esta obra que tituló Voces de Oriente, aparecida en 1964, siguió la Sabiduría de Israel en la que recoge y explica 3 obras cumbres de la cultura judía: El Eclesiastéslos capítulos de los Padres, textos de sentido filosófico y moral del Talmud y cien Parábolas y Apólogos de ese mismo libro. Dos años después, esto es en 1966, edita losProverbios de Salomón y la Sabiduría de Jesús Ben Sirak con lo que cumple su anhelo de proporcionar las fuentes auténticas de la cultura occidental y del cristianismo. Otras más tenía en proyecto, que la muerte no le permitió realizar.

    Si dentro de este campo su cosecha es abundante, y sus trigos llenos y vigorosos, con lo cual acredita su alta calidad de humanista, fueron sin embargo “sus primeras aficiones”, que como él confiesa le hacían “ver como más importante lo que contribuye a conocer lo nuestro” las que llevaron a Ángel María Garibay a convertirse en el indiscutible e insuperable conocedor de la cultura náhuatl.

    Desde sus primeros años, el contacto con núcleos indígenas importantes, otomíes y nahuas, de algunos de los cuales se sentía proceder por vía materna, unido a su interés por el pasado patrio y la necesidad como cura de aldea de penetrar en el alma de los indios, le llevó a preparar una gramática náhuatl, la más moderna de este siglo y con la cual continuó la tradición de los misioneros lingüistas de las centurias anteriores. La llave del náhuatl, publicada en Otumba en 1940, marca el ingreso firme y seguro de Garibay en el campo de la cultura náhuatl.Poesía indígena de la altiplanicie, impresa por la Universidad Nacional en ese mismo año, revela el conocimiento y dominio que de los textos nahuas poseía, lo cual confirmó su Épica náhuatl de 1945.

    Larga preparación, esfuerzo continuado hasta el fin de su vida, extrema sensibilidad poética y capacidad de filólogo de amplia visión, le permitieron adentrarse en el alma de centenarios textos sepultados en archivos y bibliotecas, algunos mal trabajados e interpretados, otros totalmente desconocidos, y captar en ellos su esencia, su honda y luminosa verdad y belleza. De esta suerte pudo Garibay redactar, después de los ensayos muy meritorios pero incompletos de Vigil y de Brinton, la primera Historia de la literatura náhuatl en amplios volúmenes aparecidos de 1953 a 1954. En ella se ofrece por vez primera una visión totalizadora y rigurosa de la Literatura náhuatl y constituye sin duda el estudio más perfecto y acabado de don Ángel María Garibay. Algunas adiciones haría más tarde a su primera concepción, incorporadas en los volúmenes en que recogió la Poesía náhuatl, en sus estudios acerca de las formas históricas y los Historiadores de México antiguo, y en otras más; pero lo esencial quedó ahí descrito y valorado con lucidez, extrema sensibilidad estética y rigor metódico.

    El análisis y presentación de textos indispensables para la comprensión del mundo náhuatl, originó que se ocupara incansablemente, aun cuando en ocasiones con extrema rapidez, en la edición de obras fundamentales como la Historia general de las cosas de la Nueva Españade Fray Bernardino de Sahagún, de la Relación de las cosas de Yucatán de Fray Diego de Landa, de la Historia de las cosas de la Nueva España de Fray Diego de Durán, de la Historia Antigua y de la Conquista de Orozco y Berra, del Pochtecayotl, de los Himnos sacros de los nahuas, del Códice Badiano y de muchas otras que sería largo enumerar, pero que muestran su entusiasmo, su prodigiosa actividad, su deseo de contribuir al descubrimiento y enjuiciamiento de un filón de nuestra cultura, olvidado desde hacía mucho tiempo.

    Su inteligente actividad, la seriedad de sus estudios, su amplia capacidad de magisterio le atrajeron auténticos discípulos a quienes transmitió el fuego de su saber y pasión, y que hoy ante la pérdida del maestro continúan su obra y perseveran por cimentar en bases racionales y científicas esa vertiente cultural nuestra. El Seminario de Cultura Náhuatl fue la expresión mejor y más amplia de ese ideal. Desde él, jóvenes y decididos investigadores prosiguen una obra benemérita. Bastaría mencionar que de esa dirección magistral brotó la Filosofía náhuatl, de quien hoy me recibe en esta Academia, y numerosas ediciones de textos y trabajos en torno del mundo indígena, todas de gran valor.

    No puedo dejar de señalar que a su impulso la poesía y en general las letra mexicanas se enriquecieron y lo que antes pasaba como una extravagancia, según se decía, hoy es una faceta rica, auténtica y legítima de nuestra literatura. A más de Miguel León-Portilla, dentro de esta Academia podríamos mencionar los nombres de Salvador Novo, de Rubén Bonifaz Nuño, de Andrés Henestrosa entre quienes esa influencia ha sido saludable.

    Nacido en Toluca el 18 de junio de 1892, falleció en la Villa de Guadalupe el 19 de octubre de 1967.

    Por sus méritos excepcionales recibió una Canonjía en la Guadalupana Basílica en 1941 y el grado de Doctor Honoris Causa en 1953, que la Universidad Nacional Autónoma le confirió. Ingresó con aplauso a eta Academia en 1953 y a la de Historia en 1963. En 1967 el gobierno le otorgó con plena justicia el Premio Nacional de Letras.

    Perteneció a muchas otras instituciones que se honraron honrándolo, pero de ello jamás se envaneció. Vivió con humilde decoro rodeado de sus libros y de quienes le amaron. Siempre tuvo palabras de aliento para los principiantes y cuantos trabajan de buena fe. La maledicencia ni le llegaba ni la empleó jamás para destruir reputación alguna. Hombre de principios, fue inflexible a su conducta, fiel a sus ideales y espejo de prudencia y sabiduría.

    De moderada estatura, más bien alto que bajo, erguíase y caminaba solemne y con natural elegancia, principalmente si vestía ropa talar. Su constitución, saludable por naturaleza, resintióse en los últimos años, mas su vigor traslucíase en sus prodigiosas actividades que le mitigaban algunas dolencias corporales. Manejaba con naturalidad sus manos francas, bastas y nervudas que le ayudaban a expresarse.

    Su cabeza mesiánica, escasa de rizado pelo, mostraba amplia y limpia frente. Barba abundosa partida hacia ambos lados, sin afeite y a veces descuidada, cubría el mentón y amplias orejas, y el apretado bigote apenas dejaba entrever boca bien dibujada en la que aparecían mal cuidados dientes. Espesas cejas enmarcaban ojillos penetrantes y vivos llenos de lucidez, ocultos tras los espejuelos.

    Era claro y enérgico al hablar y modulaba con vigor su voz. Construía sus frases de breves periodos, tal fue su estilo en los últimos años, en los que abandonó las oraciones más amplias, tornándose conciso y a veces cortante.

    Su obra recogida por Miguel León-Portilla y Luis Rublúo, es reveladora de su saber y constancia. Le acredita como un auténtico patriarca de nuestra cultura. Su conducta confirma cómo las virtudes humanas pueden cultivarse heroicamente y el por qué mereció el respeto de todos y el bien de la patria. Nosotros nos inclinamos reverentes y humildes ante su memoria.

     

    La biografía en las letras históricas mexicanas

     

    La historia —señala José Luis Romero en un precioso estudio— ha sido objeto de una tipificación, de un ordenamiento en esquemas regulares o conceptuaciones en los que se organizan y estructuran los elementos de la intelección histórica valorados conforme a ciertos principios, esto es, según los elementos históricos elegidos para formular la conceptuación.[1]Uno de ellos, que consiste en tomar como punto de partida la intuición de los agentes del devenir histórico, produce un grupo en el que se distinguen, con sus rasgos perfectamente acusados y bien definidas sus formas, tres tipos historiográficos.

    El primero está caracterizado por la intuición de una comunidad de nítido contorno —griegos, romanos, franceses, mexicanos, etc.— como unidad de la que se quiere averiguar y relatar su desenvolvimiento histórico. Sus cultores van desde Herodoto y Tito Livio, a Michelet. Entre nuestros historiadores podemos señalar a Clavijero y la mayor parte de los consagrados a relatar la historia mexicana como la de una comunidad perfectamente definida.

    El segundo tipo parte de la intuición de la humanidad como totalidad. Es el devenir de la humanidad el que interesa, aunque ese devenir esté restringido por los naturales límites que el alcance del conocimiento tiene. Este grupo ve con interés las manifestaciones de una comunidad o de un hombre, mas éstas las refiere a la totalidad, en ella las encierra y comprende. Es la humanidad íntegra la que importa y las actividades particulares por amplias que sean están incorporadas en aquélla. La representan Polibio con su Historia, Voltaire con su Ensayo sobre las costumbres, Justo Sierra con su Historia Universal.

    El tercero se sustenta en la intuición de un individuo como sujeto de un devenir histórico. Es un hombre aislado un prototipo en el que radica el interés y del que parte la realización histórica. Este tipo se manifiesta en la biografía.

    Aun cuando pueda establecerse desde el punto de vista del método esta división, es indudable que entre los tres tipos señalados existen amplias y hondas conexiones; que no es posible separar del todo la actividad de un hombre de la comunidad a la que pertenece, ni a ésta del devenir humano. En todas ellas, el hombre, con sus prodigiosas y vastas manifestaciones, es lo que importa. En ocasiones la actividad personal es la más relevante, en otras la colectiva supera aquélla. De esta suerte en todo trabajo historiográfico están presentes unas y otras manifestaciones en grados diversos. El historiador selecciona de entre todos los elementos que se le ofrecen los que juzga más convenientes según el planteamiento histórico que adopte. Esto no obsta para que algunos historiadores sostengan las más extremas posiciones.[2]

    Carlyle, quien sustenta una de las opiniones más definidas acerca de la acción decisiva de fuertes personalidades en el desarrollo histórico, afirma que “la Historia Universal, la historia de lo que el hombre ha realizado en este mundo es en el fondo la historia de los grandes hombres”… Su historia, para hablar con verdad, sería el alma de la historia del mundo entero. Y concluye con énfasis: “la historia del mundo se reduce a la biografía de los grandes hombres”.[3]

    Este genial escritor que dejó sentada una de las posiciones más firmes en la interpretación histórica apoyada en soberbias biografías como la de Cromwell, tal vez su obra maestra en opinión de Taine, la de Sterling y la de Federico el Grande, en su libro El culto de los héroes y lo heroico en la historia, mejor conocida por Los Héroes, nos legó una de las caracterizaciones más perfectas de la acción de los grandes hombres en la historia. Si su encuadramiento puede ampliarse, y está sujeto a modificaciones que cada época requiere, la tipificación que él hace de los causantes de las grandes revoluciones culturales en la humanidad es perfecta. En los arquetipos que él ejemplifica materializándolos, se va a encontrar no a un hombre incompleto, parcial o limitado, sino al hombre entero, a aquel que revela una selección espiritual indispensable para el progreso.

    En la historia desde sus expresiones más antiguas, la leyenda y el mito en las que se recoge en forma muy primaria la intuición de la existencia individual como esquema y cuadro temporal del transcurrir histórico, muéstrase, sin embargo, una liga entre los intereses individuales y los colectivos. Al hombre o grupo de hombres que percibieron las características de su comunidad o de su grupo, fue más fácil personificar esos caracteres en un individuo que en una comunidad inasible. Caracterizar a una colectividad con una serie de valores, de actitudes, de acciones frente a otras comunidades, fue más difícil que señalar las características de un personaje. De esta suerte pasaron los atributos de la comunidad a un arquetipo, quedaron reducidas a un mero acontecer personal, a la vida de un hombre más precisa, más determinable en el tiempo a través de su nacimiento o aparición y muerte o desaparición. El acaecer colectivo, el desarrollo histórico del grupo quedó así adscrito a la existencia personal y al suceder esto surgió el héroe, que no es otra cosa que la corporalización de una serie de características colectivas. Como las circunstancias que rodean a esos hombres o sus formas de actuación son diversas, los hombres son también de diferente tipo, y así los relatos biográficos partiendo del mito y la leyenda se referirán a los hombres fundadores de una nación o colectividad, a los organizadores o legisladores y a los realizadores de hechos valerosos y caritativos.

    Estos arquetipos que tratan de resolver los problemas en torno del origen y creación del grupo, de su procedencia, de su preservación y defensa, de su organización, de su adelanto político y cultural, de sus costumbres y en suma de todos sus ideales, se jerarquizan y algunos desaparecen para dar lugar a otros. Cada época creará los suyos y así será el dios, el profeta, el guerrero, el sacerdote, y el santo, el estadista, el científico y el filósofo, el atleta, el artista, quienes representen como arquetipos los ideales de una comunidad.

    Durante mucho tiempo, tal vez hasta el siglo iv a.c., en el periodo helenístico, a este tipo biográfico añadióse aquel que coloca al hombre en su realidad carnal, en el primer plano de la reflexión, tanto de la filosófica como de la histórica. Fueron Plutarco y Suetonio quienes sin escapar todavía de los viejos moldes, se interesaron por las personalidades significativas y por explicar en ellas sus motivaciones, concepción del mundo y de la vida, virtudes y defectos. Tanto más el hombre se separe del grupo, se distinga de los demás, y aparezca como una personalidad singular, mayor interés despertará en los biógrafos, quienes explicarán su peculiar conducta sometiéndola a profundas reflexiones no puramente históricas, y aun llegando a recrear con él un personaje idealizado, producto más de las cualidades artísticas del biógrafo que de la realidad.

    Bajo estas dos concepciones la biografía se ha cultivado desde remotas épocas.

     

    La biografía como género

     

    La biografía como género dentro de las letras ha sido motivo de preocupación y discusiones. Algunos autores se preguntan si su naturaleza no ofrece tan sólo un problema puramente histórico, sino también ético y estético. Sin desconocer que es un género que pertenece a los dominios de Clío y que por tanto está sujeto a una serie de requerimientos históricos, se insiste en la necesidad que tienen sus expresiones de ser lo más perfectas posible. Justamente de aquí surge la dificultad de su cultivo y el que la afirmación de Carlyle de que “una vida bien escrita es tan rara como una vida bien empleada” sea cierta.

    Quienes han cultivado el género con éxito como André Maurois señalan una serie de presupuestos o postulados que la biografía debe tener.[4]

    En primer término consideran que esta disciplina tiene como finalidad esencial investigar vigorosa y ardientemente la verdad acerca de los personajes de quien se ocupa. Esta preocupación que constituye uno de los puntos más discutidos del trabajo histórico, no se realiza en su totalidad si consideramos que todo historiador nunca tiene del todo el espíritu libre, que vive dentro de una circunstancia que le lleva a interpretar siempre diferentemente los testimonios que se le ofrecen sobre su personaje. Éste, a la vez, puede serle simpático o antipático y estos sentimientos turban su espíritu y alteran su opinión. Las consideraciones amistosas y familiares impiden igualmente en ocasiones a los contemporáneos decir la verdad íntegra y les hacen colorear sólo con virtudes a sus héroes, de tal suerte que sus escritos que muestran una vida tan virtuosa hacen dudar si en realidad existieron estos seres. El valor de toda historia, escribió el Dr. Johnson, depende de su verdad: “Una historia es la pintura o bien de un individuo o de la naturaleza humana en general. Si es falsa no es la pintura de nadie”.[5]

    La tendencia a excusar las faltas humanas es un vicio tan generalizado y que daña tan profundamente el valor de las biografías, que Carlyle ha escrito al hablar de Mahoma un párrafo de gran valor, que se puede aplicar a todos los hombres: “Preguntamos: ¿Qué son faltas? ¿Qué son los detalles exteriores de una vida si pasamos por alto los secretos remordimientos que la corroen, las luchas sangrientas que tiene que librar consigo misma, luchas con frecuencia frustradas, siempre renovadas y jamás fenecidas? ¿No está en el hombre dirigir sus pasos? De todos los actos del hombre, ¿no es acaso el arrepentimiento el de los más divinos? El mayor pecado de los pecados sería no tener que acusarse de ninguno; eso es muerte; un corazón tan consciente, tan sumamente delicado, está divorciado de toda sinceridad, de toda humildad, de toda realidad: está muerto, está puro, es verdad, pero seco como las arenas del desierto”.[6]

    Whitman a su vez, temeroso de ese hecho que desfigura a los personajes, daba a su amigo Traubel la recomendación siguiente: “Un día escribirás sobre mí; cuida de escribir honestamente. Hagas lo que hagas no me embellezcas. Señala mis blasfemias, mis perjurios y vicios”, y agregaba: “He detestado tanto la biografía en literatura porque no es verídica. Ved nuestras figuras nacionales cómo son solapadas por mentirosos que colocan un pequeño toque suplementario aquí, otro allá, otro más aún y luego otro de nuevo, hasta que el hombre verdadero aparece irreconocible”.

    Por esta razón, André Maurois, en quien nos apoyamos en esta parte, afirma que “el biógrafo que cree embellecer el trabajo de la naturaleza, corrigiendo lo ridículo de los grandes hombres, omitiendo una carta de amor escrita en un momento de debilidad, negando un cambio de posición de ideas, mutila, ensucia y disminuye a su héroe y sólo es más peligroso aquel que olvida o descuida los elementos de belleza y de grandeza moral de su personaje”.[7]

    Se afirma también que el biógrafo debe tener un cuidado exagerado para descubrir la complejidad del hombre. La gran biografía penetró a través de las posibilidades que su tiempo le deparó en el microcosmos humano; trató de encontrar en él los móviles más íntimos de su conducta y aún, con Tácito, percibió la movilidad de la conducta humana, producida por una transformación espiritual y física y aun por las dualidades que ya Platón sugería conducían al hombre. Mas los modernos métodos de introspección, de penetración al subconsciente, y también la mayor libertad que existe para detallar una vida, permiten en nuestros días aproximaciones valiosas aun cuando no siempre justas, pues algunas de ellas desfiguran con sus métodos a los personajes como se observa en el libro de Binet Sanglé. Por su parte la novela, a partir de Proust, significa un modelo para penetrar en el ser eternamente cambiante de un hombre. Las acciones por pequeñas que parezcan y las manifestaciones de voluntad de un ser aun cuando débiles, permiten conocer mejor la multiplicidad viviente en el interior de un alma. La idea de una personalidad en bloque, inmóvil, choca contra la sucesión de estados de ánimo y de sentimientos que caracteriza a un auténtico ser. El hombre en su desarrollo llega en ocasiones a observar ese cambio y es él quien decide de todos sus estados y sentimientos, los que le parecen mejores y con los que puede vivir, contrariando a menudo con rigor y fortaleza los que no desea.

    Se aspira también a que la biografía mantenga un sano equilibrio entre la verdad que debe transmitir y la belleza que conforma esa verdad. La biografía como obra histórica goza sobre la obra de pura ficción de una gran ventaja. En aquélla se conoce a la perfección el desarrollo humano del personaje y sólo requiere de la emoción estética que lo configure y presente. La realidad de sus actos no impide se les exponga artísticamente, adecuando las múltiples formas de expresión con que el escritor cuenta en su labor con lo cual se hace posible la sentencia de Bacon: Ars est homo additus naturae.

    Para que esta dualidad pueda cumplirse, el biógrafo debe escoger de entre todos los personajes aquel que se preste mejor a sus facultades de recreación. No es necesario, como opinaba Sidney Lee, que el biografiado tenga una cierta grandeza, pues toda vida humana por obscura que sea es importante si se penetra en ella al fondo y se llega a esclarecer el porqué de esa obscuridad. Aun cuando señores de la biografía como Carlyle y Marcel Schwob consideran esta posición como correcta, el historiador biógrafo no puede siempre contar con los testimonios que le permitan hacer de un desconocido totalmente, una obra ni siquiera medianamente útil. Un novelista sí puede intentarlo. La acción que un hombre ejerce en su medio, su papel dentro de la sociedad, proporcionan no al desconocido sino a un personaje, mayores posibilidades de ser estudiado.

    Una vez elegido éste, algunos autores consideran conviene presentar el desarrollo de su vida en el orden normal en que ocurrió con el fin de poder mostrar la evolución espiritual del sujeto. La literatura moderna que nos ofrece tantas perspectivas tentadoras no choca con esta recomendación, si el biógrafo, inteligentemente, sitúa a su personaje y explica los cambios, las mutaciones vitales que en él se dieron. Por otra parte, los acontecimientos históricos deben ser sólo de fondo, estar subordinados al héroe central cuyo desarrollo sentimental y espiritual debe ocupar el primer plano. La selección de los acontecimientos, y de los testimonios realizados con perfección, estéticamente, de tal suerte que no aplasten al sujeto, sino que le permitan sobresalir de entre las cosas esenciales, es igualmente recomendable. Como obra de arte, la biografía debe contar, como la pintura, con un equilibrio de valores, con el fin de que resalten en ella los caracteres y rasgos distintivos, no importa que ellos puedan parecer triviales, si en la caracterización del individuo cuentan. El examen de pequeños testimonios puede en ocasiones dar la pista para entender la auténtica personalidad de un individuo, pero esa selección debe realizarse cuidadosa e inteligentemente. Si se recomienda el ordenamiento normal de los acontecimientos, esto no significa que las biografías tengan que adquirir el tono de los discursos oficiales en los que ofrece una serie cronológica de acciones que se inician con el nacimiento y terminan en medio de ditirambos con la muerte, sino que ellas nos permitan dentro de un aliento poético encontrar una exposición del desarrollo espiritual y emocional de un hombre, del ejercicio de sus virtudes y la comisión de sus vicios, para que de su conocimiento podamos obtener una idea clara de la elección moral hecha por el mismo, de su esfuerzo o de su incapacidad para dominar su compleja y movible naturaleza.

    Por otra parte, el historiador encuentra a menudo que los testimonios no le permiten hacer una reconstrucción completa de sus personajes. Muchos de éstos yacen sepultados por visiones incompletas, deformadas y aun de mala fe. Algunos testimonios de los propios biografiados muestran lagunas, olvidos u ocultamientos voluntarios, duplicidades. La ausencia de diarios, cartas, memorias, no permiten acercarse suficientemente a ellos. En ocasiones algunos de estos elementos son totalmente engañosos. La memoria, la autobiografía, salvo por excepción, sólo dan cuenta de aquello que interesa demostrar, son más bien una defensa que una confesión. Si ejemplificamos podemos cerciorarnos de ello. Este género, entre nosotros, es escaso y de valor muy desigual. La experiencia realizada recientemente por una editorial revela cómo, hasta los veinte años, los jóvenes dicen todas las barbaridades hechas y aún se inventan algunas que están muy lejos de haber realizado; pero después de los cincuenta, los pecados tienden a ocultarse y a justificarse, y sólo muy pocos tienen el coraje suficiente para desnudarse en público. En fin, si glosamos, podemos decir que la biografía es en última esencia la vida de un alma y que la historia, su circunstancia, su ambiente, debe ser el fondo que explique y que sirva de fondo al modelo. La Historia tiene finalidades más amplias que la pura biografía, pues ésta sólo se ocupa de lo individual en tanto que aquélla de lo general, pero aun así los hechos que la explican deben ser presentados con arte, pues si no lo son, como afirma Strachey, “resultan puras compilaciones y éstas que sin duda alguna son útiles, por sí solas no son la historia”.[8]

    Finalmente, encontrados los medios, dispuesto el método y afinada la sensibilidad, el biógrafo, dice Maurois, puede exponiendo, no imponiendo, relatar un desarrollo espiritual y una conducta movida complejamente, intentar responder a una necesidad secreta de su propia naturaleza, encontrar en la biografía que escribe un medio personal de expresión de sí mismo, por semejanza o diferencia con el biografiado, pero sin incurrir en el error de convertir a la biografía que escribe en una autobiografía disfrazada. Se trata de confrontar unos sentimientos ajenos con los nuestros y de acercarse, para describirlo mejor, a un estado de espíritu análogo al nuestro. Si el biógrafo es incapaz de tener estados de ánimo, deseos y desfallecimientos semejantes a sus personajes no podrá en plenitud comprenderlos ni escribir una pasable semblanza. Así como el lector que encuentra en las obras que lee, ciertos caracteres y sentimientos que le identifican en ocasiones con el héroe, de la misma manera el biógrafo debe realizar este esfuerzo. Finalmente la biografía representa un género que más que ningún otro toca la moral. La realidad de los hechos, la certeza que producen las acciones realizadas por un hombre superior, ejerce una gran influencia en los lectores. Las acciones malas o buenas de los grandes hombres, a más de influir dividen a los lectores y en ciertos niveles pueden causar daño. El biógrafo, sin descuidar aportar la verdad entera, que conlleva señalar los actos positivos o reprobables de un individuo, debe explicar el porqué de los mismos y subrayar la grandeza de la lucha espiritual que en el alma de todos se efectúa. El biógrafo no debe realizar una obra moralizadora, sino auténtica, que nos acerque a la cabal comprensión. Si no es así caería en el campo de la ética pura y no en el de la estética ni en el de la historia.

  • El desarrollo biográfico

     

    Si en la epopeya de Gilgamesh ya se configura a un ser extraordinario y en los cantos homéricos vidas de hombres y dioses se entremezclan, Herodoto, a lo largo de su maravillosa narración incorpora breves pero perfectos retratos de algunos personajes reales: Ciro, Solón, Cambises. Tucídides irá más lejos, pues destaca el valor del hombre singular en el desarrollo de los acontecimientos y explica el valor de su grandeza, como lo hace con esos soberbios personajes: Pericles y Pausanias. Jenofonte, dotado de espléndidos recursos como escritor, a más de dejarnos impresionantes descripciones de la guerra, dentro de ella plasma con soberbios contornos la figura de Ciro. Hombres de colosal estatura, a quienes por sus atributos va a aplicarse la palabra héroe en su más amplio sentido: Alejandro y muchos otros generales merecerán abundantes biografías, como las de Istro y Calímaco y que con mejores recursos proseguirá Diógenes Laercio.[9]

    El mundo romano favoreció la biografía, y con sus terribles contrastes permitió no sólo describir a los seres positivos, sino también a aquellos que revelaban la decadencia y corrupción del poder. César en sus Comentarios pinta a sus contemporáneos, pero como observa su crítico Nisard, “no traza los caracteres de los personajes, deja que los actos los retraten”. Por otra parte, la historiografía latina al referirse a las costumbres de los extranjeros ya no las explicará como formas de vida primitivas, sino como hace Nepote, producto de otra escala de valores. Este escritor en su estilo conciso, de frases cortas, sí describe actitudes pequeñas y mezquinas y no sólo las dignas de loa, y proporciona una explicación muy justa sobre ello. Por su “concisión, veracidad, talento descriptivo, semblanzas morales y capacidad para diseñar al tipo físico”, Nepote representa un gran adelanto en este género. La consagrada a Ático es tal vez la mejor de sus pinturas del alma.

    Plutarco, maestro de la biografía, superó con creces a sus antecesores: “Exhibe la personalidad basándose en la visión sintética de una existencia”. Elogió con acierto a sus personajes, tomó de ellos lo más significativo y los situó en instantes oportunos, en los cuales le es posible desde una posición elevada y en forma emocional analizar su vida agitada por las “pasiones frente al destino, en parte inexorable, en parte fruto de quien cosechaba lo sembrado”. Si bien en sus Vidas alienta un sentido ético, la veracidad, la maestría con que perfila los rasgos humanos y las cualidades espirituales de sus sujetos, el dominio para revivir situaciones y ambientes hace de sus Vidas, que no de sus historias como él mismo afirmaba, auténticos retratos del alma. Los indicios del ánimo por los que tanto se preocupó, esa forma hábil y fina de penetración psicológica, la observación de las características físicas y de la manera de ser, el aliento de vida, y el ambiente dramático que imprimió a sus Vidas, otorgan a Plutarco de Queronea un rango de primerísimo orden en este género.

    Después de él, Salustio, en sus diseños rápidos, realistas, incisivos, pinta a los hombres inquietos, ambiciosos y traidores como expresiones perfectas y acabadas de su época decadente. Tácito, de capacidad y talento singulares, dotado de un poder de evocación sin igual, no narra como él dice en sus historias “otra cosa que mandatos crueles, acusaciones continuas, amistades falsas, ruina de inocentes y las causas de estos efectos, siempre conformes en sus medios y en sus fines como para fatigar a cualquiera”. Sus cuadros magistralmente evocados, son sombríos como lo fue su época. De la descripción de los mandatos de Tiberio, Nerón y Vespasiano extraemos retratos de una fuerza incomparable de hombres y mujeres de vida detestable. Observó también cómo el ser humano no siempre queda troquelado en un duro metal, sino que a menudo su naturaleza es cambiante y sus vicios son más potentes que su voluntad. El trozo en el que describe a Tiberio, es tal vez uno de los más logrados de su limpia pluma. Si en sus Historias nos reconstruye un periodo dramático, su Biografía de Julio Agrícola, “brillante excepción en los tiempos oscuros”, es un extraordinario panegírico de su suegro, “sin saber a discurso fúnebre”.[10]

    Con Suetonio culmina el género biográfico. Él, como afirma Ortega, no poseyó los prejuicios y la grave indignación de Tácito. Fue un agudo observador de su tiempo y un analista que en la descripción de los hombres no omitió nada que pudiera servir para comprenderlos mejor. Nada escapaba a su perspicacia y para asegurarse creó un esquema que ha perdurado por siglos, aun cuando sin producir los mismos resultados. Así registra, “nacimiento, familia, primeros actos de la adolescencia y juventud, vida pública: balance escrupulosos de cosas buenas y reprobables (sin abrir juicio), pero destacando estas últimas de intento; luego el retrato físico completo: aspecto, modo de vestir, defectos, detalles típicos en el hablar, en la mirada, en el trato con los otros, en el comer”, pero donde extrema su arte es en la descripción moral.[11]

    Con la caída del Imperio Romano y el surgir de la Edad Media otros valores se impusieron a los anteriores. La vida religiosa sobresale durante varias centurias. El Cristianismo difunde sus ideas, informa acerca de sus creadores y seguidores. Los Evangelios permitieron conocer al fundador, los Hechos de los Apóstoles a sus discípulos, pero era importante saber también de sus seguidores valientes y esforzados que habían sacrificado su vida por sostener su credo. Las Actas de los Mártires fueron en un principio nóminas que consignaban el recuerdo de los sacrificados, a las cuales más tarde se añadieron relatos a los que el deseo de proselitismo exageró.

    De estos incipientes testimonios arranca una literatura hagiográfica que perdurará muchos siglos hasta que aparecen Mabillón y Bolland que la depuran y producen ese extraordinario monumento de erudición de las Acta Sanctorum. De ahí a otras centurias más, como consecuencia del Concilio Vaticano Segundo, muchos personajes que a través de los siglos servían como modelo y origen de nuestros nombres, fueron eliminados radicalmente, por no poderse comprobar ni su existencia ni su santidad.

    Pero como en la Edad Media los hombres tenían las mismas pasiones y anhelos que antaño y que hoy, quienes arribaban a una situación de poder y riqueza mayores sentían el halago de la fama y el deseo de pasar a la posteridad. Por otra parte habíanse efectuado hazañas extraordinarias en las cuales destacaban uno o varios personajes por su valor, intrepidez y decisión. Los cantares de gesta y en general el género épico daba cuenta de Rolando, del Cid, del Rey Arturo, de Ricardo Corazón de León.

    También el Renacimiento con sus soberbias individualidades favoreció la biografía. Los señores tuvieron biógrafos a sueldo. Los Visconti, Sforza y Médici cubrían buenos salarios a sus mercenarios entre quienes llegó casi a ser un lema que “la gloria de una ciudad o de un príncipe dependen de su historiador”.

    Hacia esta época, esto es a inicios del siglo xv, Suetonio vuelve a influir en la biografía. Pocos aciertan a igualar sus virtudes, muchos caen en sus errores exagerándolos. Esta influencia se hará sentir en España en donde encontramos en vísperas de los grandes descubrimientos a Fernán Pérez de Guzmán con sus Generaciones, Semblanzas y Obras y a Hernando del Pulgar con el Libro de los claros varones de Castilla. En ambos autores advertimos un tratamiento biográfico relevante. Con ellos, aun cuando existen antecedentes muy valiosos como Alfonso de Toledo, Rodríguez de Almella y Juan Gil de Zamora, se inicia en España al decir de Amador de los Ríos, la biografía empleada de un modo original. Pérez de Guzmán con la austeridad que le caracterizó, con su concepción de un mundo caballeresco y sacerdotal esforzado en alcanzar honra, gloria y fama, propone como modelos a sus contemporáneos, personajes de un mundo que fenecía. Hernando del Pulgar por su lado incorpora elementos renacentistas en sus Claros varones de Castilla en los cuales sobresalen algunos individuos que se salvaban del envilecimiento y de la corrupción de su época, pero entre los cuales es fácil percibir las debilidades de la humana naturaleza. En esa obra han quedado plasmadas en auténticas aguas fuertes, algunas de las figuras más preeminentes de las Cortes de Juan ii y Enrique iv. “Con un sentido absolutamente moderno, fija su atención tan sólo en los rasgos personales, aquellos que dando fondo al biografiado, nos revelan mejor sus matices espirituales, sus pasiones, virtudes, debilidades y vicios”. Por otra parte, como comenta con acierto uno de sus críticos, “su estilo es vivo, conciso e ingenioso sin agudezas. En él reluce una grandeza sin pompa y una cultura sin afectación: desaparece el arte a la vista de su noble sencillez. No hay voces superfluas ni reflexiones inútiles: la locución es rápida y donosa, mas siempre valiente, así para decir lo bueno como lo malo. Pinta de un rasgo, pues nunca retoca lo que de una vez sale de su pluma. Podemos decir que es el escritor castellano de su tiempo que dijo las cosas más serias con mayor delicadeza y las más importantes con mayor elegancia”.[12]

    Es en este momento, en el que se vive bajo la influencia de estos escritores por un lado y de los libros de caballería por el otro, cuando el descubrimiento del Nuevo Mundo se realiza y tiene lugar esa extraordinaria epopeya que es la conquista de América, la cual nos lega una serie de obras perdurables por su autenticidad como expresiones vitales y como manifestación de la fuerza que las letras castellanas habían alcanzado.

    La literatura que se crea de este lado del Atlántico, la historia y la biografía, seguirán durante mucho tiempo el curso de las de España, pero aquí adquirirán un sentido, un interés y unas formas de expresión muy significativas que las harán distinguirse de las españolas con el transcurso del tiempo.

     

    La biografía en México

     

    La biografía en México ha sido cultivada con más abundancia que esmero. Ese hombre paciente y benemérito que es Juan B. Iguíniz ha recogido tan sólo de producciones de carácter biográfico colectivo “como biografías propiamente dichas, panegíricos, coronas fúnebres, semblanzas, relaciones de méritos, hojas de servicios, cartas de edificación, memorias y todo aquello que tiene alguna relación con la vida pública o privada de alguna persona”, sin importar su carácter, condición o categoría, mil trescientas catorce obras relativas a varios millares de personas, y tiene hasta el día registradas más de dos mil quinientas biografías individuales. Estas amplias cifras muestran el interés que este género tiene entre nosotros y cómo la patria cuenta por lo menos, para los más relevantes de sus hijos, con un biógrafo. Algunos tienen más de uno.[13]

    Estas obras cubren principalmente las cuatro últimas centurias, esto es, son una producción realizada a partir del siglo xvi. Para otras más antiguas sería necesario rastrear en amplios repositorios para precisar cuántos prohombres indígenas fueron biografiados. Por lo que algunas fuentes muestran, podemos señalar que el mundo precolombino tuvo interés en perpetuar la memoria de sus próceres. Figuras reales como otras míticas y legendarias han quedado perfiladas en códices y viejos anales. De ellas han derivado trabajos posteriores como el de Alfonso Caso quien con añosos códices, pinturas y grabados en hueso reconstruyó las acciones de 13 Venado, y el de Miguel León-Portilla quien entronca a Quetzalcóatl con un pasado admirablemente remoto.

    Por algunas crónicas y obras históricas sabemos de los señores chichimecas y de México, de sus sucesiones y sistemas y aun de vicios que perduran en nuestra incipiente democracia, como la designación desde arriba. En la crónica de fray Diego Durán, rica en detalles, encontramos esbozada magistralmente la biografía del todopoderoso, del hombre tras el trono, del supremo elector. La preciosa semblanza de Tlacaélel que en sus páginas aparece, es reveladora tanto de una actitud política que emparienta con otras universales, cuanto de condiciones humanas que nos hermanan desde hace muchos siglos con sistemas en tiempo y época muy lejanos de nosotros.

    Fueron los soldados cronistas los primeros que dejaron en sus escritos, no sólo los rasgos y perfiles de sus compañeros, sino también los de los naturales aliados y enemigos. Bernal Díaz al iniciar su deleitosa y Verdadera Historia, declara que en la pintura y descripción de sus amigos, seguirá el recto consejo de “los sabios varones que dicen que la buena retórica y pulidez en lo que escribieren es decir verdad, y no sublimar y decir lisonjas a unos capitanes y abajar a otros”.[14] Con estos lineamientos de objetividad realiza su obra en la que primero se retrata, haciendo mención de: ser él el único conquistador participante en los tres viajes de descubrimiento a México, proceder de limpia familia que prestara servicios destacados a los Reyes Católicos y “como mis antepasados, y mi padre y un hermano, quise parecer en algo a ellos”.[15]

    En sus páginas encontramos la más auténtica y fundamental biografía de “una muy excelente india que se dijo Doña Marina”, así como de Jerónimo de Aguilar a quien describe en el momento de su encuentro como inidentificable “porque le tenían por propio indio, porque de suyo era moreno y trasquilado a manera de indio esclavo, y traía un remo al hombro, una cotara vieja calzada y la otra atada en la cintura y una manta vieja muy ruin y un braguero peor, con que cubría sus vergüenzas, y traía atada en la manta un bulto que eran Horas muy viejas”.[16]

    Mas no es sólo la descripción física la que realza el valor biográfico en Bernal, sino sus descripciones morales, su acierto para configurar estados de ánimo. Así al referirse a Doña Marina dirá: “con ser mujer de la tierra, qué esfuerzo tan varonil tenía, que con oír cada día que nos habíamos de matar y comer nuestras carnes con ají y habernos visto cercados en las batallas pasadas, y que ahora todos estábamos heridos y dolientes, jamás vimos flaqueza en ella, sino muy mayor esfuerzo que de mujer”.[17] Un camafeo más debido a este soldado de espada y pluma, es el que nos brinda de Xicoténcatl: “Era este Xicotenga, alto de cuerpo y de grande espalda y bien hecho, y la cara tenía larga y como hoyosa y robusta; y era hasta treinta y cinco años, y en el parecer mostraba en su persona gravedad”.[18] Si en esta miniatura se advierte la difícil facilidad de escribir parva, limpia y preciosamente, condiciones físicas y cualidades espirituales a la vez, en el retrato de Moctezuma llega a la perfección.

    En esos trozos de Bernal, como en otros no menos finos, precisos y llenos de sutileza del propio Cortés, más inclinado, quién sabe si por prudencia o sensibilidad a describir el paisaje y no a los hombres, podemos percibir los aires renacentistas que sus letras tenían, la influencia que los grandes retratistas de almas europeos, principalmente los greco-latinos y los españoles de su tiempo ejercieron en ellos. Manuel Alcalá con notable atingencia ha señalado los paralelos existentes, principalmente literarios, entre el autor de los Comentarios a la guerra de las Galias y el conquistador de México.[19]

    Dentro del ciclo de la conquista muchos otros ejemplos pueden espigarse que muestran la calidad literaria, de origen popular, pero con bases en una tradición secular, de sus cultores. En ellos los retratos de los capitanes surgen en primerísimo plano, con un trasfondo en el que lo secundario se matiza para no restar valor a aquéllos. La influencia del Renacimiento era patente en sus escritos y motivaciones, como también lo eran las concepciones medievales que sustentaban los conquistadores. Es indudable que como testimonio la obra de Bernal Díaz ocupa primerísimo lugar, y que pesa a su deseo de hacer sobresalir a sus compañeros sobre la figura del jefe de la hueste, la estatura de Cortés se agiganta en sus páginas y es la mejor y más sincera biografía que jamás se haya escrito de él.

    Al lado de los soldados llegaron los misioneros. Su acción y testimonios tuvieron una doble finalidad: penetrar el insondable mundo del indígena, conceptos del mundo y de la vida, ganarlos a la fe cristiana, incorporarlos a la iglesia universal y salvar su alma. La primera finalidad condujo debido al interés etnográfico o más aún antropológico cultural puesto en ella, tanto a la elaboración del mejor método de investigación etnográfica y a la introducción dentro de la historiografía humanista europea de esas descripciones antropológicas, que antes de 1492 no se poseía, aun cuando, como explica Fueter, “Algunos historiadores de la antigüedad, extraños al canon humanista lo hayan hecho, y sus descripciones hayan sido tomadas por algunos historiadores medievales”,[20] cuanto a la cristalización de una obra en la que si bien el interés por las cosas universales y generales es el que priva, dentro de ellas la explicación de conductas particulares, campo de la biografía, es bastante frecuente. es indudable que de estos testimonios derivan los retratos que poseemos acerca de los antiguos señores.

    La segunda finalidad lleva a la defensa del indio, que empleará todos los recursos para lograrla.

    Esta doble acción realizada por religiosos de diversas órdenes y congregaciones se hace patente, y de acuerdo con vieja tradición de registrar la labor apostólica de sus miembros, cada orden producirá su propia crónica en la que pondrá de relieve las virtudes y obra de sus más preclaros hijos, como testimonio individual y colectivo. Por otra parte, en su afán proselitista tendrán que presentar ante la nueva iglesia las imágenes de sus fundadores y miembros representativos. Vidas de santos, traducidas a las lenguas indígenas y también al poco tiempo, las biografías de los naturales que convertidos al cristianismo ofrendaron su vida y alcanzaron la palma del martirio y la santidad, en defensa de su nuevo credo. ¿Qué otra cosa representan esas primeras vidas de los niños tlaxcaltecas, sino ejemplos muy cercanos al pueblo que se deseaba atraer al cristianismo? En esta literatura síguense los patrones clásicos de la hagiografía y actúan los incentivos que los apostólicos aganes de los religiosos perseguían. En ella dánse ejemplos muy estimables. El siglo xvi nos otorgará preciosísimos retratos debidos a Motolinia y a fray Rodrigo de Bienvenida y a otros frailes, los cuales son aprovechados por historiadores posteriores. Un hermano de religión, Mendieta, los utilizó y posteriormente Torquemada.

    Un estado de lucha espiritual a que estuvo sometido fray Martín de Valencia, que Mendieta recoge de fray Rodrigo de Bienvenida es el siguiente:

    “Comenzó a tener gran sequedad y tibieza en la oración, y aborreció el yermo. Antes le daba contento el campo y la arboleda, y después los árboles le parecían demonios. No podía ver los frailes con amor y caridad como solía. No tomaba sabor en cosa alguna espiritual, ni arrostraba a ella sino con gran sequedad y desabrimiento. Vivía con esto muy atormentado. Vínole sobre esto una terrible tentación contra la fe, sin poder desecharla de sí. Parecíale que cuando celebraba y decía misa no consagraba, y como quien se hace grandísima fuerza y con gran dificultad consumía el Santísimo Sacramento. Tanto le fatigaba aquella imaginación que no quería celebrar, ni casi podía comer, y estaba ya tan flaco de la mucha abstinencia y penitencia y de la aflicción de su espíritu, que no tenía sino sólo los huesos pegados a la piel, y consumidas las carnes como otro Job…”.[21]

    Pasados los años de la exaltación apostólica, el de la descripción pura de las culturas aborígenes y defensa de éstos, los cronistas religiosos continuarán la labor dual señalada, pero ya no independiente como acción universal, sino unida a la obra de su orden. Reseñarán la labor civilizadora de la iglesia en la que cada una de las órdenes toma parte y en la que desean sobresalir. Así aparecen las diferentes crónicas de cada una de ellas, con biografías de contenido hagiográfico muy marcado. En algunas, esbózanse semblanzas espléndidas de inocencia y ternura angélica, vidas de santos varones pasadas en perpetua lucha contra el demonio que les tentaba en mil formas y al que vencían. Arrobos, éxtasis, contemplaciones, levitaciones, milagros, ubicuidades, abundan en esos libros al par que las continencias perpetuas, largos ayunos, mortificaciones, don de lágrimas y todas aquellas amplias y viejas virtudes que por viejas ya no nos ha tocado ni conocer, ni menos practicar.

    Aún en la centuria siguiente, en Burgoa, encontramos una crudelísima descripción de las penitencias exageradas a que algunos religiosos se sometían: fray Lope de Cuéllar, quien con mortificaciones anteriores se había estropeado un brazo y las piernas, una vez repuesto, a uno y otras “empleó en nuevos verdugos de sus mortificaciones, arrojándose al suelo, y con una cadena que había adquirido muy en secreto, empezaba en el silencio de la noche a andar sus estaciones despedazándose las espaldas en cada una, en que pasaba lo más de ella haciendo armonía o consonancia con los suspiros, lágrimas y estruendo de azotes; ayudaban a estas maceraciones los animalillos inmundos que criaban en abundancia los cilicios de cerdas, que tenía ya metidos en la piel; y la comezón y fatiga como era natural acudir con las uñas a aliviarse, dio lugar a que se hiciese reparo su confesor, y mandándole por obediencia le dijese lo que le afligía, se lo dijo, y descubriéndole el cilicio, que le quitó con grandísimo trabajo, halló tanta multitud de aquellas molestas sabandijas que hervían unas sobre otras, y era especial favor de Nuestro Señor, que no le penetrasen las entrañas”. Lo que continúan de esta narración tiene tal crudeza que debió alejar a los fieles de esas prácticas, más que a imitarlas.[22]

    Si el siglo xvii muestra una historiografía en la que no sobresalen sino algunas obras de Sigüenza y Góngora, Betancourt, Florencia y naturalmente la de Balbuena y Enrico Martínez, siendo todas las más muy circunstanciales y de carácter absolutamente clerical, es explicable que la biografía en esa época esté sujeta a las limitaciones por entonces reinantes.

    Una ojeada rápida a la producción de esa centuria y buena parte de la decimoctava revela que los intereses biográficos, salvo los panegíricos pronunciados en loor de los monarcas al advenir al trono o fallecer, de los virreyes al arribar a México y de alguna otra autoridad civil o religiosa relevante en ese momento, estuvieron encaminados a enaltecer las sobresalientes virtudes del Sancto Confesor fray Sebastián de Aparicio, del Siervo de Dios Gregorio López, de los Mártires del Japón y Felipe de Jesús, del Venerable Bernardino Álvarez, de la religiosa María de Jesús y de muchos otros admirables por su santidad. De algunas de esas obras se hicieron numerosas ediciones y las más ostentan títulos que reflejan el barroquismo de la época: Los Hércules Seráficos (los excelentísimos Condes de Chinchón); el León Místico (el Obispo León Garavito); Niño de cien años bien vividos (San Bernardo); El Próximo Evangélico (Bernardino Álvarez).

    En esta época continúa la tendencia, por parte de los miembros de la Compañía de Jesús principalmente, a difundir las vidas ejemplares de cristianos de todos los rincones del orbe, de universalizar la iglesia. A ello se debe que encontremos biografías de Santa Rosa de Lima, de la Hermana María Raggiens y de una india canadiense, la famosa María Jacoquivita. Con ellas se dejaba constancia del ecumenismo cristiano y de las posibilidades que los hombres de todas las condiciones y procedencias tenían, para pertenecer a la militante iglesia y entrar después al Reino de los Cielos.

    También hay que poner de relieve que es en el siglo xvii en el que se dejan a un lado los arquetipos europeos y se utilizan los americanos, los propios. Se abandonó, no la caracterización de las virtudes que continuó siendo hecha a través de los valores europeos, grecolatinos y cristianos, pues no todos los prehispánicos fueron reconocidos, sino los modelos humanos. No fue una mera sustitución de nombres, sino algo más hondo, un intento, no sólo de explicación y comparación de valores, sino la incorporación de esos valores a la cultura. Carlos de Sigüenza y Góngora, el más mexicano y original de los sabios del signo xvii, puso de relieve en su Teatro de virtudes políticas en los que exalta a los monarcas indígenas del México antiguo, cómo dentro de una cultura diferente, en un medio diverso al europeo, era posible la existencia de valores, virtudes y acciones positivas.

    Las manifestaciones éticas y de belleza, de valor y abnegación, de prudencia y saber, eran dables en toda la humanidad y no había por qué buscarlas solamente dentro de la civilización del Viejo Mundo. El pasado indígena penetrado por el sabio barroco poseía méritos como el europeo y de sus hombres podían forjarse, como él lo realizó, arquetipos a imitar, más cercanos a nuestra sensibilidad y realidad, más próximos en tiempo y espacio.

    Este intento permitió la incorporación de la cultura indígena dentro del marco incomparable de las grandes civilizaciones. De este paso de Sigüenza al dado por el P. Márquez y Eguiara al siguiente siglo, mediante el cual la estética prehispánica, y en general su cultura penetraba dentro de la universalidad al lado de otras grandes manifestaciones, no habría mucha distancia.

    Importante también en esta época es la incorporación dentro de la literatura histórico-política novohispana, de una forma biográfica arquetípica puesta en boga por Baltasar Gracián, quien a su vez se apoyaba tanto en la obra de Rufo, como principalmente en Giovanni Botero. Esa literatura apotegmática de sustancia política que configuran tanto El héroe como El político yEl criticón, esos manuales de conducta para el individuo, esas razones de estado individual en relación directa con la sociedad, tratados tipológicos transformados en políticos, dirigidos a los hombres de Estado, fueron imitados en la Nueva España, en donde se escribirán tanto por el P. Alonso de Medina, quien en 1642 publica un Espejo de príncipes católicos y gobernadores políticos, dedicado al Conde de Salvatierra, como por Juan Blázquez Mayoralgo quien en 1645 escribe una biografía de virtudes políticas de Fernando el Católico, o bien como dijimos de Sigüenza, quien en 1680 dedica su Theatro al Conde de Paredes en el cual hallamos ese sentido cultural.

    Asimismo percibimos en estos años un hecho que aun cuando superficialmente parece insignificante no lo es y el cual se amplifica a medida que pasa el tiempo. En varias de las crónicas tropezamos con la palabra criollo, que continúa el nombre del personaje a que se alude. Ya se inicia con ello una distinción relativa al lugar de procedencia, pero con implicaciones sociales y políticas.

    A mediados del siglo xviii encontramos dentro del campo de la biografía un cambio relevante. Se hace el primer diccionario biográfico de la cultura mexicana. Eguiara y Eguren, quien aprovechó intentos anteriores, en su Biblioteca Mexicana, con la que responde a la pertinaz calumnia europea y precisa la doble vertiente indígena e hispánica de nuestra cultura, inicia otra forma biográfica. Abandona la hagiografía y lo que pone de manifiesto en su catálogo son las cualidades intelectuales de sus biografiados, su producción literaria y científica. De ella arrancarán esos innúmeros diccionarios que cada entidad elabora de sus hijos más notables, los cuales deben también su origen a Herennio Filón, quien en las postrimerías del Imperio Romano escribió una ampulosa obra titulada: Sobre las ciudades y los hombres notables que cada una ha producido.

    Los jesuitas Fabri y Maneiro, bajo las nuevas tendencias redactan sus sobresalientes biografías. En ellas importa el tono humano y el valor que se da al esfuerzo cultural de los biografiados. No son vidas de santos, sino de hombres. Maneiro en el sobrio e inteligente prefacio a su De Vitis, vuelto a las posiciones clásicas define perfectamente el deber del biógrafo: “De los varones que ya por su piedad, ya por su doctrina o por ambos méritos, sobresalieron en otro tiempo en México y que murieron a partir del año sesenta y siete del siglo dieciocho, hemos tratado de pintar en retrato y figura; ciertamente con una fidelidad tal, que en las fechas de cada uno aparezcan no tanto el elogio del hombre cuanto su imagen expresada a lo vivo. Pues el que representa la efigie de otro, no intenta precisamente que el cuadro sea hermosísimo, sino muy semejante al modelo. Por lo cual, si alguna vez cae la pluma sobre los defectos de la naturaleza que puedan hacer más verdadera la imagen del modelo, no hemos dudado absolutamente en manifestarlos; como tampoco no convertimos nada de vicio en virtud; ni nos avergonzó sacar a la vista ciertas pequeñas manchas que aun a la virtud más acendrada poco afean…”.[23]

    Publicadas estas vidas a partir de 1791, ellas cierran todo un ciclo de la biografía mexicana y además toda una época.

    Los historiadores de la guerra de Independencia e inicios de la época nacional: Mier, Mora, Alamán, Zavala, Bustamante, al referirse a las figuras señeras de esos años, dejan sobrias y bellas semblanzas. Mora al describir a Hidalgo, Allende y Calleja nos regala retratos vivientes hechos con los colores y trazos de Tintoretto, los cuales como pinturas físicas y espirituales revelan el grado asombroso de penetración psicológica del doctor en teología.

    Bustamante, más prolijo, teatral y grandilocuente dio a los próceres, Hidalgo y principalmente a Morelos lo cual hizo también Quintana Roo, tonalidades románticas de las que jamás se han desprendido. Alamán es conceptuoso, refinado, elegante. Tanto en su Historia de México como en las Disertaciones encontramos numerosas semblanzas escritas en su estilo sentencioso y rotundo, en las que enjuicia con acritud y en ocasiones con malicia a sus biografiados. En relación con sus personajes hace agudas reflexiones en torno de los acontecimientos que describe. Su experiencia política y el conocimiento personal de sus contemporáneos, le posibilitó para retratarlos muy a lo vivo, recargando en algunos de ellos producto de sus simpatías, ciertos colores que aumentan natural imperfección. Zavala es acerado, cáustico, vivo. Punza y atina en los defectos que pone al descubierto. En Tornel y Mendívil, más tardíamente, encontramos asimismo buen desarrollo biográfico.

    Las posiciones ideológicas y políticas que surgieron como consecuencia de la autonomía del país y el inicio de unas formas institucionales ajenas a las anteriores, motivó que los dirigentes de las facciones rivales ante la responsabilidad histórica que sentían, justificasen su conducta y explicasen la de sus contrincantes. De ahí derivan numerosas semblanzas que unos y otros escritores dejaron de sus contemporáneos. Bajo este signo no es posible pensar que en ellas rigiera la objetividad histórica ni la fría imparcialidad. Cada uno advertía más los errores del rival que sus virtudes y de ellas trataba de explicar el porqué de su actitud en el manejo de los negocios públicos. Es en este momento en el que surgen excelentes estudios biográficos que penetran al fondo moral de los personajes, a sus circunstancias más íntimas, a su mundo interno.

    De ese cambio derivan también análisis de personajes del pasado colonial a quienes ya no simplemente se elogia sino a los que se censura. Es indudable que era una censura a distancia, cuando el tiempo y el cambio de condiciones no significaban ya un peligro para el crítico. De toda suerte el análisis biográfico que hacen, entre otros Alamán, de los administradores de la Colonia es digno de consideración, tanto por lo que nos revela de esos hombres dentro de un mundo ya desaparecido, cuanto porque se trataba de revaluar a ese mundo en lo que pudo tener de positivo.

    Es en esta generación y en su producción en la que se opera un cambio fundamental. Si como hemos señalado las centurias anteriores nos dejaron obras hagiográficas y panegíricas entusiastas, a partir de la Guerra de Independencia ya no sólo se elogiará, sino que se combatirá, se hará la disección y aun la diatriba de los rivales políticos e ideológicos.

    Aun cuando la biografía de Carlos María de Bustamante que escribió Lucas Alamán, huele todavía a panegírico, en ella encontramos disentimiento e inconformidad de pareceres que se muestra en la crítica prudente y razonable que le hace. De ahí en adelante, divididos los mexicanos en partidos irreconciliables y en camarillas opuestas, el ataque y la crítica a los contrarios aumenta y a medida que los problemas se agigantan y las pasiones se encienden, los retratos que se logran de los enemigos tenderán no sólo a caricaturarlos, sino aniquilarlos. A los rivales se les harán patentes sus personales defectos e imputarán las desgracias del país.

    Si con ello se gana una doble visión, una posibilidad mejor de comprender a los personajes más salientes, al extremar la nota en momentos críticos llegamos a una iconoclasia total. La familia enferma de Aguilar y Marocho y los ataques contra el clero y conservadores del otro extremo, representan entre muchas obras la exaltación reinante y los excesos en los que cayó la biografía.

    Los historiadores del siglo xix cultivaron la biografía con vigoroso ímpetu justificado por la necesidad de proponer modelos de civismo, heroicidad y altura moral al país, de crear un panteón cívico, un martirologio nacional a la nueva nación. Un “flos patriciorum” para uso de la juventud y de todos los mexicanos necesitados de guías espirituales y cívicas fue necesario preparar. En dos momentos este impulso se presenta: uno al consumarse la Independencia, el otro al vencer la República al Imperio.

    En este segundo instante, surgen numerosas “galerías de hombres ilustres”, “liberales distinguidos”, “hombres ilustres mexicanos”, que contienen las semblanzas de los partidarios del grupo liberal, de los generales y licenciados que hicieron posible la victoria republicana. El partido en el poder premió con la inmortalidad a sus miembros. Los vencidos quedaron en la sombra, aun cuando su conducta haya sido limpia y desinteresada. Se les regateó aun el derecho de participar en la historia común en que ellos mismos habían intervenido, con lo cual ésta quedó mutilada.

    Mas si las semblanzas de los patricios trataron de ser bienintencionadas, no fueron del todo afortunadas. La integridad republicana, la firmeza, el rigor, se confundieron con virtudes burguesas, de las que surgieron héroes reblandecidos y amorfos, dotados de una sustancia moral, muy al estilo victoriano, y dentro de las cuales no es posible precisar el verdadero carácter de los próceres. Consagrados en el altar cívico que innúmeros autores en nombre de la patria les levantaron, quedaron inmóviles, petrificados, sin admitir rectificación alguna. El extremo político a que se llegó impidió estudiar, que no enjuiciar —pues esto resulta intolerable—, bajo nuevas perspectivas a esas figuras que han pasado como las de verdaderos santones y no como hombres de carne y hueso.

    La biografía de Juárez, cuyas bases primeras dieron Anastasio Zerecero y el propio señor Juárez con sus Apuntes para mis hijos, fueron copiadas hasta el cansancio sin aportar absolutamente nada durante muchos años. Fue preciso que apareciera Justo Sierra para que surgiera la más gloriosa biografía cívica de México que es Juárez y su tiempo.

    Entre las biografías de esos años, muchas se consagran a los hombres de Estado, los cuales han sido considerados benefactores, por su gusto al trabajo útil, sus cortas aunque sensatas visiones, su espíritu de moderación y justa mesura en la que descansa su gloria, pese a su carencia de elegancia de espíritu y medianas virtudes.

    Otros historiadores, al notar que no era posible romper el vínculo con tres siglos de historia, mantener una solución de continuidad que impedía la clara exposición de nuestro desenvolvimiento histórico, y que era urgente emprender una revaluación de lo positivo que tuvo la etapa virreinal, diéronse a la tarea de biografiar con modelos nuevos a los amables misioneros protectores del indio y a personajes de recia acción. Dotado como ninguno de los instrumentos materiales e intelectuales, García Icazbalceta dejó en sus biografías, pero principalmente en la de fray Juan de Zumárraga, el modelo más acabado en ese aspecto. En ese libro fúndese el alma del prelado dentro de su ambiente, y personaje y colectividad muéstranse íntima y bellamente unidos.

    Posteriormente ante la presencia de hombres de estatura colosal: Juárez y Díaz, inteligentes y atrevidos escritores harán, más dentro del estilo del panfleto que de la historia, peligrosas imágenes verbales, a veces constructivas, otras no. Los trabajos de Bulnes marcan esta tendencia.

    Los hombres de la Revolución no han encontrado aún biógrafos adecuados. En multitud de historias y novelas desfilan, a la manera como en los frescos renacentistas lo hacen las señeras figuras de aquellos tiempos. Trazos espléndidamente burilados de varios revolucionarios, pero llenos de pasión desbordada, nos dejó Vasconcelos en su autobiografía, la más relevante por muchos aspectos escrita en México, y también Martín Luis Guzmán en sus incomparables obras, en las que retrata con mano maestra a salientes personajes de esa dramática época de nuestra historia a través de una honda y angustiada reflexión en la que es dable percibir los acentos de Tácito.

    Los hombres dotados de aptitudes políticas y religiosas han sido en nuestras biografías los mejor tratados. De uno y otro campo, sus figuras llenan las páginas históricas con sus amenazantes grandezas e inocentes deseos, mas los que de ellos se han ocupado no han podido, en sus infinitas planas, justificar lo caro que cuestan a todos los pueblos esos grandes personajes políticos. Bien dice un gran escritor que los pueblos felices no tienen historia porque no tienen grandes hombres.

    Es de esperar que nuestros historiadores, que saben desprender la verdad de la ficción que la altera, en sus trabajos futuros restituyan a los hombres que merecen una biografía su integridad y sinceridad de tal suerte que puedan encontrar un acomodo más perfecto y bello en sus trabajos.

     

    [1] José Luis Romero, Sobre la biografía y la historia. Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1945, 198-/2/p. (Colección Ensayos Breves), principalmente el estudio La biografía como tipo historiográfico.

    [2] La biografía, pese a su abundante cultivo, posee como género historiográfico y literario escasa bibliografía. Algunos títulos específicos que pueden consultarse con provecho son los siguientes: Félix Lizaso, La biografía, La Habana; L. Cross, From Plutarch to Strachey, New York; André Maurois, Aspects de la biographie, París, Bernard Grasset, 1930, 260-/2/p.; B. Sanín Cano, Nuevos rumbos de la biografía, Bogotá, 1932; S. Rivero, Biografías en Revista de Occidente, Madrid, 1928; Ezequiel César Ortega, Historia de la biografía, Buenos Aires, Librería y Editorial El Ateneo, 1945, 430 p., ils.

    [3] Tomás Carlyle, Los héroes. El culto de los héroes y lo heroico en la Historia. Traducción directa del inglés por D. Julián G. Orbón, con un prólogo de Emilio Castelar y una introducción de Leopoldo Alas (Clarín). 2 v., Madrid, Manuel Fernández y La Anta, 1893, passim. Su pensamiento coincide así con el de Goethe quien escribió: “Lo que llamáis espíritu de los tiempos no es en el fondo otra cosa que el espíritu particular de esos señores en quienes los tiempos se reflejan”. Opiniones de teóricos marxistas coinciden en esas apreciaciones. Así Serge Tchakhotine, Le viol des foules par la propagande politique, París, 1938, p. 48, escribirá: “…la foule n’agit que lorsqu’elle est menée, quand il y a des protagonistes qui manoeuvrent ses réactions, des ingénieurs d’âmes”; y Max Adler en Lehrbuch der materialistischen Geschichtsauffassung, p. 177, afirma: “… cada gran hombre es la expresión de su época y lo que hace la grandeza de esa época es precisamente lo que él aporta y de lo cual ella tiene necesidad para progresar. Si ese personaje falta, la época, privada de su gran hombre, está condenada a permanecer obscura”. Excelente trabajo acerca del tema del “gran hombre” es el de Maryse Choisy, “Le héros, surmoi français. Enquête: Descartes, Pasteur, Jeanne d’Arc, etc.” en Psyché. Revue Internationale des Sciences de l’Homme et de Psychanalyse, París, 5eAnnée, février, 1950, n. 40, pp. 98-134.

    [4] A. Maurois, op. cit.

    [5] Ibidem.

    [6] T. Carlyle, op. cit., 1, 84-85.

    [7] A. Maurois, op. cit., pp. 41-42.

    [8] Ibidem, pp. 147-148.

    [9] La obra de E. C. Ortega ya citada es magnífica guía para el desarrollo histórico de la biografía.

    [10] Ibidem, pp. 93-94.

    [11] Ibidem, p. 99.

    [12] Fernando del Pulgar, Claros varones de Castilla, Edición y notas de J. Domínguez Bordona, Madrid, Espasa-Calpe S. A., 1954, xxxii, 164 pp. (Clásicos castellanos, 49), p. xxiv, la observación es de don Antonio Capmany en Teatro crítico de la elocuencia española, Madrid, 1786, p. 113.

    [13] Juan B. Iguíniz, Bibliografía biográfica mexicana, México, Instituto de Investigaciones Históricas, unam, 1969, 431/2/ p. (Serie bibliográfica, 5).

    [14] Bernal Díaz del Castillo, Historia verdadera de la Conquista de la Nueva España. Cuarta edición conforme a la de 1944, con la introducción y notas de Joaquín Ramírez Cabañas, 2 vs. México, Editorial Porrúa S. A., 1955 (Biblioteca Porrúa, 6 y 7), 1, 40-41.

    [15] Ibidem, 1, 41-42.

    [16] Ibidem, 1, 102-103.

    [17] Ibidem, 1, 199.

    [18] Ibidem, 1, 214.

    [19] Manuel Alcalá, César y Cortés. México, Editorial Jus, 1950, 252 pp. (Publicaciones de la Sociedad de Estudios Cortesianos, n. 4)

    [20] Ed. Fueter, Historia de la Historiografía Moderna. Traducción de Ana María Ripullone, 2 vs. Buenos Aires, Editorial Nova, 1953 (Biblioteca Histórica, dirigida por Luis Asnar), 1, 320 y ss.

    [21] Fray Gerónimo de Mendieta, Historia Eclesiástica Indiana, con algunas advertencias del P. Fray Joan de Domayquia, 4 vs. México, Editorial Salvador Chávez Hayhoe, 1945, iv.

    [22] Fray Francisco Burgoa, Palestra historial. México, Talleres Gráficos de la Nación, 1934, xvi, 609 pp. (Publicaciones del Archivo General de la Nación, xxiv).

    [23] Juan Luis Maneiro, Manuel Fabri, Vidas de mexicanos ilustres del siglo xviii. Prólogo, selección, traducción y notas de Bernabé Navarro B., México, Ediciones de la Universidad Nacional Autónoma, 1956, xxx, 247-/2/ p., ils. (Biblioteca del Estudiante Universitario, 74), p. xxvii.


Respuesta al discurso de don Ernesto de la Torre Villar por Miguel León-Portilla

Con alegría recibí del director de nuestra Academia el encargo de responder y dar la bienvenida a Ernesto de la Torre Villar. Muchos motivos tengo para afirmar que en esto hallo satisfacción muy grande. Cuenta primeramente la antigua y verdadera amistad que me une con quien hoy es recibido en esta casa. También he de mencionar nuestra afinidad de intereses en el campo de la investigación sobre la historia y la cultura patrias. Y como si fuera poco, está también el hecho de que Ernesto viene a ocupar la silla que perteneció a mi inolvidable maestro el padre Ángel María Garibay.

Para expresar de algún modo lo que significa ver ahora al amigo y colega recibiendo lo que antes fue del maestro, me valdré de un símbolo, luminoso y profundo, tomado de la antigua tradición indígena. Pensaban los sabios prehispánicos que los dioses eran portadores del tiempo y de los destinos humanos. A lo largo de las edades, los soles y todos los ciclos, había momentos en que cada deidad tenía que hacer entrega de aquello que había llevado consigo. El tiempo precioso, los destinos, la sabiduría y las posibilidades de acción, se confiaban entonces a un rostro nuevo. Éste volvía a ser portador de una carga de tiempo abierta a toda suerte de logros, hasta que las cuentas de los días y de los años marcaran otra vez el punto inexorable del relevo.

Hagamos del símbolo indígena metáfora de lo que ocurre en el mundo de la cultura. Somos portadores del don que es el lapso concedido para crear algo en la vida. Si algo logramos, será riqueza que entregaremos a quienes después habrán de venir. Ahora y aquí, en la Academia, Ernesto de la Torre recibe la investidura de maestro de la palabra que antes fue de Garibay. Y me atreveré a decir que, si a éste le hubiera sido dado prever quién habría de sucederle, seguramente hubiera experimentado la misma satisfacción con que hoy recibimos a Ernesto. Hace algunos años, cuando nuestro nuevo académico publicó su valioso estudio sobreLa Constitución de Apatzingán y los creadores del Estado Mexicano, el padre Garibay le dedicó merecidos elogios en la columna que escribía todos los miércoles en un diario de esta ciudad. Y esto no fue por amistad, que también la hubo y grande entre Garibay y De la Torre, sino porque el ojo crítico del padre percibió en ese trabajo una aportación valiosa.

Cuantos de tiempo atrás conocemos a Ernesto de la Torre, probablemente coincidiríamos si nos pusiéramos a enumerar los rasgos más sobresalientes de su personalidad. Como sucede con aquellos que algo saben, es hombre sencillo, afable, siempre dispuesto a escuchar y también a prestar cualquier forma de ayuda. Muchos son los amigos que se ha ganado y muy pocos, si algunos hay, los sujetos que le son adversos. Sus numerosos discípulos, a muchos de los cuales con generosidad ha encaminado a la investigación, y todos los que de un modo o de otro han colaborado con él en diversos puestos, dan testimonio de su casi proverbial bonhomía.

Laborioso en extremo ha hecho de su vida entrega al estudio y a la enseñanza. Con constancia ejemplar, sin ostentación, ha publicado además una serie de obras, indispensables todas para el conocimiento de nuestra historia. Larga es para estas fechas su trayectoria en el campo de la cultura. Primero cursó Derecho en la Facultad de Jurisprudencia, más tarde Letras españolas en la de Filosofía y asimismo Historia en El Colegio de México. Feliz coronamiento fue su permanencia de tres años en la Escuela de Altos Estudios de la Universidad de París.

En Europa cristalizó al fin la vocación que había germinado en México. Ernesto de la Torre emuló allí empresas como la del benemérito Francisco del Paso y Troncoso, y se dedicó a hurgar en archivos y bibliotecas de Francia, Bélgica y España, en busca de documentos de especial importancia para conocer nuestro pasado. Primer fruto de esas pesquisas fue su libro acerca deLas fuentes europeas para la historia de México, publicado en 1952. En ese trabajo, y en obras que había sacado a luz desde 1944, podía percibirse ya, con la meticulosa erudición del joven historiador, un cuidado no común en la expresión, huella clara de sus estudios en torno a la lengua y literatura de España e Hispanoamérica.

Contrariamente a lo que tantas veces la vida obliga a hacer, Ernesto de la Torre, superando dificultades, ni por un momento ha abandonado sus labores de investigación. Puestos administrativos ha desempeñado varios para ganarse el pan, pero siempre relacionados en alguna forma con lo que ha sido su interés primordial. Así estuvo en el Archivo Histórico de Hacienda y en el General de la Nación. Tuvo también a su cargo preparar la Memoria de la Comisión de aguas y límites en la Secretaría de Relaciones. Fue luego, por largo tiempo, secretario de la Comisión de Historia del Instituto Panamericano. Mientras desempeñaba esos cargos, continuó en el ejercicio docente y en el estudio de la historia, de lo cual dan fe una docena de libros suyos aparecidos durante esos años.

Al ingresar ahora en la Academia, De la Torre distribuye su tiempo como miembro del Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad, maestro de la Facultad de Filosofía y Letras y digno director que es de la Biblioteca Nacional. Este último absorbente encargo, desempeñado desde 1965, tampoco le ha impedido seguir preparando y publicando obras como sus Lecturas históricas mexicanas, en cinco volúmenes, y la que se refiere al Constitucionalismo mexicano y su origen, además de numerosos artículos en revistas especializadas y de divulgación. Prueba manifiesta tenemos aquí, y que quizás asombre a los que mucho proclaman y nada hacen, de que siempre es posible encontrar tiempo para realizar lo que de verdad interesa, aun en medio de múltiples ocupaciones y engorros.

Volvamos ahora la atención al discurso que acabamos de escuchar sobre la biografía en las letras históricas mexicanas. Visión de conjunto es ésta, en la que, aunque mucho tuvo que omitirse, el criterio lúcido de su autor, con adecuada expresión, ha sabido destacar algunos de los momentos en que mejor ha florecido entre nosotros el difícil arte del biógrafo. Los soldados cronistas como Bernal Díaz y los frailes, hacedores también de historias y más crónicas, con razón son mencionados porque fueron ellos los primerísimos biógrafos que, en lengua de Castilla, conoció la Nueva España. También de los antecedentes indígenas deja constancia De la Torre y específicamente alude a la vida del famoso consejero de los soberanos aztecas, Tlacaélel, mencionando la versión que recogió fray Diego Durán con base en el testimonio de una desaparecida crónica en náhuatl. Reforzando su punto de vista, añadiré que también en obras como los Anales de Cuautitlán, en la Historia Tolteca-Chichimeca o en los escritos de Chimalpahin cabe hallar bien logradas imágenes de rostros y corazones que vivieron y actuaron en los tiempos prehispánicos.

Lo que acerca de la producción biográfica novohispana de los signos xvii y xviii consigna De la Torre, a pesar de su brevedad, muestra que también en este campo son grandes las posibilidades de investigación. Y esto es válido a partir del Teatro de las virtudes políticas de Sigüenza hasta las célebres biografías que, sobre varios jesuitas, nos dejaron Maneiro y Fabri.

Mucho más abundantes, aunque de muy desigual valor, han sido las obras de este género durante los periodos moderno y contemporáneo de la historia de México. De la Torre acertadamente nota cómo en muchas de las biografías de los principales héroes nacionales se traslucen, con detrimento a veces de la objetividad, las posturas ideológicas y políticas de sus autores. Si el arte de la biografía es siempre difícil, lo es más cuando la figura acerca de la cual se escribe sigue ejerciendo post mortem cualquier manera de influencia como símbolo, o lo que parece más grave aún, como antisímbolo. Válidas parecen en consecuencia las reflexiones que el nuevo académico expresa en torno a ciertas obras sobre personajes decisivos, desde los tiempos de Porfirio Díaz, hasta el final de la revolución. Y conste que bien se prestan muchas de esas grandes figuras a estudios biográficos en que se reconstruya, analice y valore lo que realmente significaron en el contexto de la explosión armada que al fin transformó la realidad integral de México.

Aunque en su discurso no lo ha dicho, el mismo Ernesto de la Torre ha cultivado también la biografía. A él se debe un temprano estudio sobre el cronista Baltasar Dorantes de Carranza. Más tarde escribió una semblanza de Francisco Javier Mina. También ha fijado su atención en las figuras de Morelos, Allende, Bustamante y otros más, a los que con acierto designó “creadores del Estado mexicano”. Y asomándose igualmente al conjunto de la historiografía nacional, ha preparado breves pero muy cuidadas noticias biográficas a modo de introducción de los diversos capítulos que integran los cinco volúmenes de sus Lecturas históricas mexicanas. Pienso por todo esto, y supongo que habrá de compartirse mi opinión, que quien, de diversas formas, nos ha acercado al tema de la biografía en las letras mexicanas, parece que ha hecho suya una nueva especie de responsabilidad. De la Torre, que ha hurgado en archivos y bibliotecas y asimismo ha penetrado en los recovecos de la historiografía, está capacitado para acometer la empresa, de la cual su discurso es primer boceto.

Y al fijarme en las facultades que para esto tiene y en los estudios biográficos que él mismo ha publicado, se me ocurre que, quizás no por mera casualidad la vida del propio Ernesto de la Torre guarda no pocas semejanzas con las de otros dos varones, distinguidos predecesores suyos en esta Academia y también en la dirección de la Biblioteca Nacional. Me refiero a don José María Vigil y a don Francisco Sosa. El primero, que no sólo fue académico sino también director de esta corporación, realizó asimismo labor fecunda cuando tuvo a su cargo la Biblioteca Nacional. Igualmente fue historiador y literato. A Vigil se deben, entre otras muchas cosas, el descubrimiento del Manuscrito de cantares mexicanos, la biografía y estudio de don Fernando Alvarado Tezozómoc y la Crónica mexicana, su amplia aportación en México a través de los siglos, en la que se ocupó de la Reforma, la Intervención y el Imperio, la primera edición mexicana de la Historia de las Indias de fray Bartolomé de las Casas y un sinnúmero de trabajos, varios de asunto biográfico. Por lo que toca a don Francisco Sosa, parecidísimos intereses lo trajeron a esta Academia y le hicieron encontrar tiempo, en medio de puestos como el de director de la Biblioteca, para dejar amplia producción escrita. Recordemos su Manual de biografía yucateca, sus célebres Biografías de mexicanos distinguidos, las referentes al Episcopado mexicano, además de sus Efemérides históricas y biográficas, y otros estudios con parecido enfoque.

 

José María Vigil y Francisco Sosa tiene hoy en Ernesto de la Torre digno sucesor no sólo en la Academia y en la Biblioteca Nacional sino también en lo que a la profesión concierne. Tan laborioso como ellos, igualmente sencillo y erudito, podría decirse que es este un caso de vidas paralelas, feliz ejemplo mexicano que no pudo entrever Plutarco. Y a la vez tenemos aquí un hecho que habla en favor de la historia de la cultura en nuestra patria. A pesar de los vaivenes de nuestra vida pública, más allá de banderías, encargos como el de la dirección del más importante y rico repositorio bibliográfico del país han sido confiados en fin de cuentas a hombres consagrados al estudio y de honradez a toda prueba.

Mucho más podría decir de la persona y de la obra de quien hoy viene a ocupar la silla vacante por la muerte del padre Garibay. Merecida y grande horna es para Ernesto de la Torre tener antecesor tan ilustre, cuya obra cuenta entre aquellas que habrán de perdurar. Me atrevo a pensar que, si estuviéramos privados de la copiosa aportación de Garibay, la cultura mexicana no sería aún lo que ha alcanzado a ser. Entre otras cosas, le debemos el redescubrimiento y la presentación humanística de los primeros clásicos de nuestra literatura en idioma náhuatl.

Hemos dicho que, al suceder De la Torre a Garibay, se hace presente el momento del relevo, la transmisión de la carga, como lo pensaban los sabios prehispánicos. La marcha continuará por campos distintos pero afines porque son igualmente los de la historia y la cultura. El rostro nuevo, como en los viejos libros de pinturas, marcará muchas veces más su huella con la paciente constancia del investigador y del maestro.

En nombre de quienes formamos parte de esta Academia que, en reconocimiento a preclaros méritos lo hemos llamado a esta casa, me es muy grato dar aquí cordial bienvenida a Ernesto de la Torre Villar.

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