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Viernes, 27 de Agosto de 1976

Ceremonia de ingreso de don Porfirio Martínez Peñaloza

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Discurso de ingreso:
Parnasos, liras y trovadores mexicanos. Siglo XIX

¡Nadie muere sin fin! ¡Nadie está solo!
Y, silenciosamente,
con la noche caída hago una estrella

Jaime Torres Bodet

1902-1974

in memoriam

 

Si el insigne honor de pertenecer a esta ilustre corporación hubiera de fincarse en mis méritos, jamás habría alcanzado semejante honra. Pero la Providencia, que suple abundantemente las carencias, me dispensó entre sus muchos dones gratuitos el de la benevolencia de los señores académicos mis mayores. Ante todo la de don Manuel Alcalá, don José Luis Martínez y don Ernesto de la Torre Villar, quienes presentaron mi candidatura. Después, la de quienes al otorgarme su beneplácito, me admitieron a su lado en calidad de discípulo, para alentar los modestos esfuerzos con los que he procurado llevar a las letras patrias alguna luz; si no la penetrante de la interpretación crítica y el juicio valoratorio “de última instancia”, según idea del maestro Reyes, al menos la minucia básica del dato biográfico o bibliográfico.

Privilegio mío es la amistad que me une con el señor académico don José Rojas Garcidueñas, iniciada en los dorados años universitarios, que ahora recupero, no como nostálgicos, que lo son, sino como lustrales. A los títulos de abogado, internacionalista y maestro a los que da lustre, yo prefiero el de bachiller, que ganó por su temprana investigación sobre el teatro del Virreinato[1] —ese sexto sol mexicano. A él, a quien llamé “Caballero con la Mano en el Pecho”, agradezco su contestación a estas palabras.

Y como la prodigalidad de aquellos dones que dije sea inagotable por su fuente, tengo que agregar —lo digo con sobresalto— que en esta Academia Mexicana ocuparé el sillón númeroxxv, ilustrado por el sabio maestro don Amancio Bolaño e Isla, a quien podré suceder, pero no sustituir.

Conocí a don Amancio demasiado tarde para ser su discípulo y disfrutar formalmente de su sapiencia. Lo encontré por primera vez en el Instituto Cultural Hispano-mexicano, cuando un grupo de españoles trasterrados dio su colaboración a los trabajos de esa institución. Junto con don Amancio, recuerdo al escritor Max Aub y al maestro don Luis Recaséns Siches.

Filólogo, investigador y crítico, don Amancio formó numerosas generaciones de universitarios, que son su mejor obra. Nuestro de corazón por su origen —apenas veo diferencia entre español y mexicano— y por su convivencia entre nosotros, aquí ejercitó, además de su magisterio por la palabra, el de la pluma a través, por ejemplo, de sus Estudios literarios y de los ensayos preliminares que puso a obras españolas imperecederas, como el Poema del Cid, las de Berceo, de don Juan Manuel y del Arcipreste de Hita. Testimonio de su doble razón vital es su discurso de ingreso en esta Academia, en el que al estudiar comparativamente el Estebanillo González y El Periquillo Sarniento aplicó su sapiencia a una cuestión de continuidad y al mismo tiempo de diferencias entre las letras hispánicas y las de México.[2]

Que me sea permitido añadir, con intención de pagar una deuda de gratitud y voluntad de trabajo, que a don Amancio le precedió en el mismo sitial aquel universal sabedor y comunicador manirroto de todo saber literario y humano que fue don José María González de Mendoza, de quien somos deudores —yo en alto grado— numerosísimos investigadores de las letras mexicanas.

Esta breve evocación de los maestros Bolaño e Isla y González de Mendoza me hace volver a mi antigua lamentación por la carencia de una gran historia de la literatura mexicana, cuya realización se ha intentado en diversas ocasiones. Me refiero —apenas si es necesario recalcarlo— a una obra no sintética ni con fines didácticos inmediatos, sino una completa, exhaustiva si posible.

Me tomo la libertad de aprovechar esta ocasión para expresar mi esperanza de que esta empresa urgente, que nos librará del subdesarrollo cultural en este campo, sea emprendida y llevada a feliz término por la Academia Mexicana, cuyo prestigio, ahora ya centenario, debe inducirla a llenar cuanto antes este vacío que con los días se vuelve más imperdonable.

No obstante que contamos con numerosos estudios monográficos sobre múltiples aspectos de las letras en México, y en número creciente, apuntados muchos de ellos por don José Luis Martínez desde 1955 en su libro La expresión nacional. Letras mexicanas del siglo xix, me parece que faltan, entre varias investigaciones, sendas sobre el desarrollo de la crítica, sobre el prólogo como género literario y sobre la antología poética en México. Escojo este último tema para esbozarlo en esta ocasión, para mí tan señalada.

Don Andrés Henestrosa, cultivador incansable de importantes minucias —que alacenódurante tanto tiempo—, ha manifestado su temor de que no sea posible precisar el número de estas antologías. Comparto la incertidumbre, y para aliviarla hasta donde me es dable, ensayo aquí enumerar, y en ocasiones comentar brevemente, las que conozco publicadas en el siglo pasado. Escojo esa centuria porque estoy persuadido de que de ella falta mucho por investigar, no obstante que aquí encuentro las raíces próximas del México contemporáneo.

Las fuentes para mi tema son, además de las “Alacenas de minucias” de Henestrosa pertinentes al asunto, el artículo de Luis González Obregón: “Antologías de poetas mexicanos”, publicado en El Renacimiento, 2a época, número correspondiente al 10 de junio de 1894, que es, hasta donde sé, el primer estudio consagrado a este tema, en que se mencionan diez títulos de antologías generales, cuatro de compilaciones regionales y siete de antologías extranjeras que incluyen a poetas mexicanos.

Tengo presente asimismo la enumeración más completa, que dio Luis G. Urbina, en la que se proyectó gran obra pero quedó inconclusa: la Antología del Centenario, hecha bajo los auspicios de Justo Sierra, elaborada, como se sabe, además de por Urbina, por Nicolás Rangel y Pedro Henríquez Ureña.

La “Bibliografía general” de esta obra empieza con la sección “Antologías mexicanas”, en la que se enlistan veintiún títulos, de los cuales trece corresponden a obras generales y ocho a regionales. En la segunda sección, “Antologías americanas”, se enumeran nueve títulos. Me ocupo, habré de recordar, solamente de las obras de este género editadas entre 1836 y 1899.

Para la presente nota formulo el siguiente esquema, que se compone de cinco secciones: 1. Antologías mexicanas, con quince títulos. Excluyo las antologías regionales y lamento la mutilación, sólo explicable y admisible por la cortedad de tiempo de que dispongo. 2. Antologías hispanoamericanas editadas en México, con ocho títulos. 3. Antologías extranjeras con sección de poesía mexicana, con ocho títulos. 4. Rarezas bibliográficas, con dos títulos. 5. Un caso especial. Todas estas secciones quedan abiertas a las adiciones posibles, pues en materias bibliográficas, inciertas de por sí, sólo se puede aspirar a la integridad siguiendo la divisa prudente y sabia del maestro Alfonso Reyes: “Todo lo sabemos entre todos”.

En fuerza de los motivos antes expresados, sólo me ocuparé aquí de las secciones 4. Pero no puedo excusarme de mencionar, en la sección 3, las Poesías de la América meridional, Leipzig, F. A. Brokhans, 1874, “Coleccionadas por Anita J. de Wittstein”, que incluyen 48 autores, ocho de ellos mexicanos, por la curiosa razón, puesta en claro por Orjuela en Las antologías poéticas de Colombia (1966), de que es un plagio de la América poética de Juan Ma. Gutiérrez, Valparaíso, 1846-1847; y los Poetas hispanoamericanos, Bogotá, Casa Editorial de J. J. Pérez, 1890, “Obras escogidas y publicadas por D. Lázaro Ma. Pérez y don José Rivas Groot”, que tienen un prólogo de gran interés, obra de la que sólo se editaron los tomos 1 y 2, ambos de poesía mexicana. El primero contiene 133 poemas de veinticinco autores, y el segundo, 74 poemas de ocho autores. Empresa parecida a la colombiana intentó aquí el diplomático peruano Manuel Nicolás Corpancho, autor de las Flores del Nuevo Mundo. Tesoro del Parnaso Americano, México, 1868, t. i, único publicado, cuyo “Discurso preliminar sobre la poesía lírica en la América Latina” es de mucho interés.

Finalmente mencionaré la más antigua antología bilingüe inglés-español que conozco: losMexican and South-american poems, Spanish and English, San Diego, California, 1892, “traducciones al inglés e introducción de Ernest S. Green y Miss H. von Lowens”, en que se recogerán 26 poemas de seis autores mexicanos, además de uno de Gaspar Núñez de Arce, “La selva obscura”, por razón, aducen los autores, de su popularidad en México.

En la sección 5, por ser notable esfuerzo y por los muchos datos aprovechables para la historia de la retórica y la poética en México, cito el Acopio de sonetos castellanos, México, Imprenta de Ignacio Escalante, 1887, “con notas de Un aficionado, que publica D. José María Roa Bárcena”, edición de 60 ejemplares. González Obregón también considera este libro como “caso especial”. Contiene poemas de 54 autores, catorce de ellos mexicanos, quince, si se admite entre los nuestros a don José M. Heredia.

A propósito de este autor cubano-mexicano, debo dejar constancia que formó, según noticia que recoge Garófalo Meza (Vida de José María Heredia en México, México, Ediciones Botas, 1945), una Lira mexicana, que sería la primera de este título, de la que sólo se conoce el “prólogo” transcrito por Garófalo Meza. Perdida —acaso no definitivamente—, Heredia dice en las páginas conservadas, entre otras cosas de mucho interés: “También esta obrilla debe llamar la atención de los jóvenes mexicanos, e inspirarles un sentimiento de orgullo nacional, mostrándoles que su país tiene hombres muy superiores en mérito poético al insulso y frívolo Arriaza, que no sé por qué motivo, ha sido hasta aquí el ídolo de nuestros colegios”. El propio Heredia aclara que su Lira recoge poemas de diez autores, empezando con fray Manuel Martínez de Navarrete y concluyendo con Andrés Quintana Roo. “No sabemos”, dice Garófalo en una nota, “si esta colección llegó a publicarse, pero sí nos consta que entre los manuscritos conservados por Heredia existen poesías de la mayor parte de los poetas citados por él”.

A continuación me ocuparé, con brevedad, de las obras que conozco y que se distribuyen en las secciones 1 y 4 de mi esquema.

La primera antología mexicana de las publicadas durante el pasado siglo es la Colección de poesías mejicanas, París, Librería de la Rosa, 1836; creo además que es la primera nuestra en términos absolutos, pues durante el Virreinato sólo se editaron memorias de certámenes que, con diversos títulos, recogieron poemas hechos en ocasiones y con temas específicos. No fueron, pues, antologías en el sentido de recopilaciones generales de composiciones nacionales o regionales de uno o varios países, o sobre un género o tema poético específicos.[3]

Sin embargo mencionaré como precedente las Flores de baria poesía, compiladas por autor anónimo hasta hoy en México-Tenochtitlan en 1577, cuyo manuscrito —número 2 973— se custodia en la Biblioteca Nacional de Madrid y ha sido modernamente estudiado por Renato Rosaldo y Margarita Peña.[4] Esta es, si no me equivoco, la primera antología poética hecha en América.

González Obregón y Urbina abren sus trabajos con esta Colección que presenta diversos problemas. El libro apareció sin autor y de las 109 poesías que contiene, 8 aparecen firmadas y una más lleva las iniciales L. A., correspondientes, según Henestrosa, a Luis de Antepara.

González Obregón es el primero en atribuir la paternidad de la Colección al doctor José María Luis Mora, y las investigaciones de Arturo Arnáiz y Freg, Andrés Henestrosa y Luis Leal[5]disipan toda duda. Estos dos últimos investigadores, además, han abordado el problema de identificar a los autores, y como resultado parece posible hacerlo en 82 poemas; sumados éstos a los nueve firmados, queda por aclarar la paternidad de los 18 restantes, que esperan las luces de los eruditos.

El tomito se forma de una “advertencia preliminar” y el material poético se distribuye en cinco libros: Poesías del género erótico o del género amatorio; Poesías descriptivas o del género ameno; Poesías jocosas o del género satírico; Poesías del género elegiaco y heroico, y Poesías filosóficas y sagradas. Se cierra con el índice y se adorna con láminas grabadas en acero, una de ellas especialmente interesante: un indígena que corona a un busto de Iturbide. Se reproduce en la portada.

En la “Advertencia”, Mora explica que su objetivo es dar a conocer la literatura mexicana, “de cuyos adelantos se tienen tan pocas ideas en Europa”, y para ello escoge no las piezas mejores, sino las que ha tenido a mano. Manifiesta que los poemas reunidos son de personas que en su mayoría “se han formado en el presente siglo [el xix], los más después de la Independencia, y todos son muy superiores a los de los fines del siglo pasado, en que se puede decir que tuvo principio la poesía mexicana”.

Son dignas de notarse esta última idea y la consiguiente exclusión de la poesía virreinal. México parecería —nada extraño para aquellos tiempos— salido de la nada, aunque de acuerdo con la identificación que hizo don Andrés Henestrosa con base en las anotaciones manuscritas del ejemplar de don José Luis Martínez, está representado Alarcón pero no nuestro mayor poeta: Sor Juana Inés de la Cruz.

No creo que el laudable propósito, heroico, además, habida cuenta de las condiciones en que vivía —en que moría— Mora, haya rendido los frutos esperados, pues la mayor parte de los poemas son malos. Balbuceantes los he llamado en otro lugar. “No escasean”, dice González Obregón, “las [poesías] malas y aun las pésimas”, y habría que agregar la infidelidad de las transcripciones y la inclusión de autores españoles.

Pero la Colección de poesías mejicanas tiene otros valores: la información que nos da sobre la retórica de la época; las influencias literarias operantes, que se manifiestan a través de los epígrafes; la condición del escritor que ya desde entonces parece connatural al mexicano: funcionario y literato; la conservación misma de los poemas, aunque en su mayor parte gocen merecidamente del olvido y, finalmente, el sentido valoratorio, pues una antología, como quiera que sea, traduce una apreciación crítica.

Todavía vale la pena añadir que la identificación de Henestrosa nos da a conocer un aspecto ignorado, pongo por caso, de doña Josefa Ortiz de Domínguez, que no aparece incluida en ninguna de las antologías poéticas que conozco.

En orden cronológico, ocupa el segundo lugar en mi lista la Guirnalda poética, Méjico, Imprenta de Juan R. Navarro, 1853, “Selecta colección de poesías mejicanas” editadas por este publicista como “Obsequio a los señores suscritores de la Biblioteca Nacional y Extranjera”.

De acuerdo con su “Lista Alfabética” de autores, debió haber contenido trabajos de 57 poetas, pero faltan los de Manuel Eduardo de Gorostiza, Gabino Ortiz, Josefa de la Sierra y Mucio Valdovinos.

“Dar una idea completa”, dice el editor, “del progreso de nuestra poesía lírica, hacer palpar a un solo golpe de vista y presentar en un solo libro todas las bellezas en que abundan nuestros poetas es una empresa superior, no a nuestros deseos, sino a la pequeñez del presente tomo, en el que… hemos procurado… hacer una recopilación de aquellas composiciones que a nuestro juicio merecen la más señalada preferencia… Pero sin embargo la colección… debe inconcusamente ser apreciada por todos los literatos, por los buenos mejicanos…; porque esta reunión de poesías nacionales probará en todo tiempo que en la desgraciada México… hay seres privilegiados cuyos cantos dulcísimos formarían una página brillante en la historia de cualesquiera de las naciones más civilizadas del universo”. En donde podemos captar, con el orgullo patrio y el sentimiento nacionalista, una dolorosa resonancia del 47.

Vedado como me está un estudio amplio de las antologías, debo limitarme a pocas observaciones.

La Guirnalda recoge poemas del infortunado y desconocido Marcos Arróniz, entre ellos “El ensueño de una virgen”, construido en cuartetos dodecasílabos, consonantados los versos segundo y cuarto, blancos el primero y el tercero; pero además, el segundo hemistiquio del primer verso rima con el primero del segundo, y el segundo del tercer verso con el primero del cuarto, lejano precedente del bisoneto que cultivó Argüelles Bringas.

Incluye la Guirnalda a José María Heredia y autores del todo olvidados como Manuel Díaz Mirón, padre de Salvador, y Agustín A. Franco. De este autor se incluye “El Waltz”, así, con doble u, te y zeta, cuya cuarteta inicial vale la pena citar:

 

Oíd, oíd atentos al vate furibundo
que ensalza entusiasmado el resonante waltz;
oídle, oídle atentos, que con clamor profundo
en tres por cuatro quiere cantaros su compás…

Un punto más de interés lo expresa este cuarteto:

 

Busquemos otro metro, ya que éste me ha cansado,
sus sílabas catorce, su golpeo infernal,
y tengo para mí, aunque es juicio avanzado
que en Endor la sibila en él debió cantar.

Sólo me es dable agregar que con esta antología ocurre el caso más insólito de plagio completo que recuerdo. Es el número tres de mi lista, la Selecta colección de poesías mexicanas, México, Tip. y Lit. de la Biblioteca de Jurisprudencia, 1887, publicada por J. Guerra y Ferrino, “para obsequiar a los señores suscritores de la Obra ‘La Madre de los Desamparados’”. El tomito de 334 páginas es reproducción exacta de la Guirnalda, hasta la página 305. En las restantes se agregan nueve poesías de José Joaquín Terrazas y dos de Antonio Plaza.

Corresponde al número cuatro de mi lista una pieza de excepcional interés. Se trata de El parnaso mexicano, México, Imprenta de Vicente Segura Argüelles, 1885, “Colección de poesías escogidas desde los antiguos aztecas hasta principios del presente siglo”.

Lo empezó a formar, dice Urbina, don José Joaquín Pesado, y el precioso ejemplar que se custodia en la Biblioteca Nacional tiene una parte impresa hasta la página 128 y está adicionada hasta la página 407, con hojas, muchas de ellas en blanco, en las que José María Lafragua continuó manuscrita la recopilación. Sobre esta última participación no hay duda alguna. González Obregón y Urbina lo aseguran y lo confirma Ignacio Osorio Romero, entre los modernos.

La primera observación que se impone es el concepto que Pesado —y Lafragua, por supuesto— tiene de la poesía mexicana, a la que concibe como un todo, desde los antiguos mexicanos, representados aquí por Las aztecas,[6] del propio Pesado. De las varias observaciones que tengo hechas sobre este ejemplar excepcional, inéditas en parte, sólo puedo recoger dos.

La parte de la poesía virreinal se abre con el fragmento que Pesado y otros contemporáneos, como García Icazbalceta, consideran el primer testimonio poético novohispanos. Se trata del famoso cantarcillo que cerró la representación, en náhuatl, del auto La caída de nuestros Primeros Padres, que tuvo lugar en Tlaxcala el día de corpus en 1528; es el que empieza: “¿Para qué comió / la primera casada, / para qué comió / la fruta vedada?”. Hoy sabemos por los trabajos del llorado padre don Alfonso Méndez Plancarte[7] que este primer testimonio corresponde a Cortés y es el “bravoso blasón” que el Conquistador hizo poner en la culebrina “labrada de oro bajo y plata de Mechoacán” que envió al emperador Carlos V, y reza: “Aquesta ave nació sin par; / yo en serviros sin segundo, / vos, sin igual en el mundo”.

La observación es que se incluye como anónimo mexicano el soneto que empieza: “Cuando en mis manos, Rey Eterno os miro, / y la cándida víctima levanto…”, que es de Lope, como se sabe, aunque lo he visto reproducido también como anónimo en algún muro conventual.

A la recopilación que hace Pesado, rica en ejemplos virreinales, le sigue la parte manuscrita de Lafragua de muy subido interés que se apreciará, entre otras razones, por la inclusión de El negrito poeta, precoz testimonio del interés folclórico.

La doble autoría de este primer Parnaso mexicano es rica fuente de comentarios que no puedo hacer aquí y espero publicar en el futuro.

El quinto lugar de mi lista corresponde a una pieza hoy muy rara: los Sonetos varios de la Musa Mexicana, México, Imprenta de Vicente Segura Argüelles, 1855, “colección dedicada al insigne poeta español D. José Zorrilla”. El recopilador de este florilegio, don José Sebastián Segura, preceda a otros antologistas de sonetos mexicanos: don Francisco González Guerrero y don Salvador Novo.[8]

Contiene una “Dedicatoria” por don José Sebastián Segura, cuya coda corona a Zorrilla —antes que España— con flores mexicanas: “Tu sien con ellas mi agreste musa corona”, en prenda de amistad íntima y pura.

Los Sonetos varios contienen 156 poemas de 23 autores; empiezan con Sor Juana y concluye con José Sebastián Segura.

Los estudios y, sobre todo, la presencia de don Andrés Henestrosa, quien sabe todo lo que hay que saber sobre Zorrilla en México, me excusan de mayores comentarios. Sólo quiero añadir que el poeta español en su libro La flor de mis recuerdos (1855) apenas alude a este homenaje, aunque sí hace allí una reseña, con apreciaciones críticas, de las letras mexicanas que él conoció. Saca a colación, entre otras cuestiones, la de la pronunciación mexicana, poco aceptable para oídos españoles. Opina, pues, que la pronunciación hispanoamericana es viciosa y hace a nuestros versos “incapaces para un oído poético”. En otro sitio[9] he comentado este cargo, al que han contestado, entre nosotros, José María Roa Bárcena y el ilustrísimo señor don Ignacio Montes de Oca y Obregón. Joaquín Balaguer también lo ha hecho en sus Apuntes para una historia prosódica de la métrica castellana (1954). En resumen, estos autores dicen que la nuestra es simplemente otra pronunciación.

José Rosas Moreno es un poeta hoy completamente olvidado. Me complace, por tanto, citar —número seis de mi lista— su Pensil de la niñez, México, Tipografía de Alfaro, número 5, 1872, “Colección escojida [sic] de las más hermosas flores desde Sor Juana Inés de la Cruz hasta nuestros días, hecha por José Rosas [Moreno]”.

Se compone de 49 poemas de 20 autores. Una sola mujer: Sor Juana. Seis de los poemas escogidos son de José María Castillo y Lanzas y trece de José Sebastián Segura, lo que denota preferencias.

En su dedicatoria “A la infancia”, Rosas Moreno declara su intención didáctica y de glorificar a la literatura nacional, y se propone difundirla ya que es “desconocida desgraciadamente de propios y extraños, y por todos injustamente desdeñada”. ¡Dichosa edad en que los libros escolares familiarizaban a los niños con la obra de nuestros escritores, y para tal fin se escogían, como lo hace Rosas Moreno en su Pensil, las flores “más bellas, las más inocentes, las más puras”!

La poesía prehispánica no está representada, pero sí hay un poema de tema indígena, el “Canto de Nezahualcóyotl”, calzado con las iniciales “E.M.O.” que corresponden, en mi opinión, a Eulalio María Ortega. Lleva este poema, además, un epígrafe de Martínez de la Rosa, curioso encuentro del México antiguo y España. Otra cosa digna de notarse es que el poema “La vida”, que se atribuye a Juan Wenceslao Barquera, es nada menos que la segunda estrofa de la “Invocación” que abre las inmortales “Coplas” de Jorge Manrique a la muerte de su padre, error que parece inadmisible e inexplicable en un literato y pedagogo como lo fue Rosas Moreno.

El número siete de mi lista corresponde a la Lira de la juventud, México, Imprenta de la Bohemia Literaria, 1872, Poesías Mexicanas coleccionadas por Juan E. Barbero, Biblioteca de El Eco de Ambos Mundos, t. i, único publicado.

Barbero, compilador además de las Flores del siglo (1873), “Álbum de las más distinguidas escritoras mexicanas y españolas”, primera obra de su género editada en México, dice en el Prólogo a esta Lira: “Los autores de las poesías de esta colección comienzan a atravesar el camino de la vida; están en esa edad en que del sentimiento brotan esas flores purísimas para adornar el horizonte interminable del porvenir; su época es de promesas…”. Advierte después la diversidad de las tendencias literarias que priva en la selección y dice que si no todos los poemas son buenos, “sí creemos útil el publicarlos; tal vez de este modo ayudemos al que se proponga hacer un estudio de nuestra literatura”. Así es, pues recoge las primicias de poetas como Justo Sierra, Cuenca, Acuña y otros.

Peza hace la historia del libro en sus Memorias, reliquias y retratos (1900) con la melancolía del que al evocar el pasado promisorio se encuentra con que de los 39 autores que contribuyeron a la Lira —115 poemas en total—, para la fecha en que escribe habían muerto diecinueve, “… algunos de ellos llenos de inspiración, de méritos, de vida”.

Cabe señalar la clara conciencia de Barbero en cuanto a su persuasión de contribuir a los estudios literarios del futuro, cosa muy cierta, pues, por ejemplo, en esta Lira hay poemas del grupo que he llamado “Los germanizantes”, de quienes tanto se ocupó Gutiérrez Nájera. Entre otros están Franz Cosmes, Manuel de Olaguíbel, Ramón Rodríguez Rivera…, los que en mi opinión son los verdaderos poetas de transición, precursores del modernismo.

Con diferencia de un año se publicaron en España las antologías que en mi lista llevan los números ocho y nueve. Son, respectivamente, las Poesías líricas mejicanas, Madrid, 1878, tomoxiv de la “Biblioteca Universal”, coleccionadas y anotadas por Enrique de Olavarría y Ferrari; manejo la segunda edición, de 1882. En segundo lugar, la Lira mexicana, Madrid, R. Velasco Impresor, 1879, “formada por Juan de Dios Peza, Segundo Secretario de la Legación de México en España”, con Prólogo de don Antonio Balbín de Unquera y Apreciaciones de los señores Castelar, Campoamor, Grilo, Hidalgo de Mobellán, Martínez Pedroza, Núñez de Arce y Selgas. Ambas antologías obedecen al mismo propósito de dar a conocer las letras mexicanas en España.

Aunque nacido en España, Olavarría y Ferrari nos pertenecen por completo no sólo por su arraigo definitivo en México, sino por su incansable labor de difundir las letras patrias, de que son cumplido testimonio las dos ediciones de las Poesías líricas mejicanas y las dos de su Arte literario en Méjico, Málaga, 1877, y Madrid, 1878. Este último libro ha sido estudiado por don José Luis Martínez, cuyos esfuerzos por reeditarlo no han cristalizado.

Al proclamar el éxito de su antología, Olavarría dice lo siguiente: “Es evidente que… se debe a que mis presentados son todos ellos de sobresalientes condiciones: bastará a mis nuevos lectores para convencerse de ello abrir por cualquier página este tomo…”. Afirma después que el origen de la poesía mexicana es “posterior a 1821, en que Méjico se constituyó en nación independiente. En los anteriores siglos sólo tres autores mejicanos pudieron hacerse conocer en España: el gran Alarcón, Sor Juana Inés de la Cruz y don Eduardo Gorostiza”. Una opinión casi coincidente con la de Mora y que explica el olvido de las letras prehispánicas, pues los poetas cuyas composiciones se recogen y se mencionan en la portada son Isabel Prieto, Rosas, Sierra, Altamirano, Flores, Riva Palacio, Prieto “y otros autores”.

El libro de Olavarría fue comentado en España por Manuel de la Revilla y Moreno, en su artículo “Los poetas líricos mejicanos de nuestros días” (en El Liceo, enero de 1879). Apenas puedo agregar que De la Revilla, después de notar que la colección del señor Olavarría es reducida y uno o dos poemas no bastan para conocer, y menos juzgar a un poeta, hace este juicio global: “No hay entre estos poetas ninguno que pueda considerarse como genio extraordinario y de primera fuerza”.

Los trabajos de Olavarría y la nota de De la Revilla piden un estudio detenido, no una mera mención, como es ésta. Pero ambos autores deberían figurar, con sobrado derecho, en el libro de Donald. G. Fogelquist: Españoles de América y América y americanos de España, Madrid, 1968, en donde brillan por su ausencia.[10]

De mayor importancia es la Lira de Peza, que contiene 115 poemas de 59 autores, notable por su contenido y por sus anexos críticos: el Prólogo y las apreciaciones de los escritores españoles que se agrupan al final de la obra.

“He coleccionado poetas contemporáneos”, dice Peza, “jóvenes en su mayor parte para que se pueda juzgar el porvenir literario de mi patria, puesto que lo que pertenece al pasado queda palpitante en la historia”. Y luego precisa: “A ninguno omití voluntariamente y de los que doy a conocer no estuvo en mi mano escoger lo más hermoso de sus producciones”. El ilustrísimo señor Montes de Oca y Obregón protestó inmediatamente por la omisión —injustificable— de Pesado; pero, en cambio, figura, acaso por primera vez en una antología, Gutiérrez Nájera.

Las opiniones que contienen los anexos mencionados son los de las pocas españolas sobre la poesía de México anteriores a Menéndez Pelayo: “…coro inmortal de poetas mexicanos…” califica Castelar; Campoamor encuentra que se trata de “…una pléyade de escritores mexicanos en extremo cultos y temperantes, tanto, que parece imposible que sean contemporáneos…” Fernández Grilo dice que los nuestros son poetas “…cuyos humanísimos versos yo presentía en los jazmines [de] mis patios andaluces”. “…grandeza, pompa y majestad de la musa lírica mexicana en los tiempos modernos”. Selgas, en fin, halla en la misma obra “…rica imaginación y el sentimiento que distinguen a los poetas españoles”.

Esta actividad diplomática recomendabilísima que inició Peza tuvo una sola continuación tardía, pues en 1919, nuestra Legación en Madrid, en ocasión del Día de la Raza, editó con esplendidez tipográfica una Lírica mexicana con ilustraciones de Roberto Montenegro; la compilaron Luis G. Urbina o Artemio de Valle-Arizpe, o ambos. Todavía no he estudiado esta cuestión.

El número diez de mi lista es El parnaso mexicano, México, Librería La Ilustración, 1885-1889…, Poesías escogidas de varios autores coleccionadas bajo la dirección del señor General D. Vicente Riva Palacio, “contando con la bondadosa colaboración de los señores Ignacio M. Altamirano, Manuel Peredo, José M. Vigil, Juan de D. Peza, Francisco Sosa y otros de nuestros más eminentes literatos de esta Capital y de los Estados”.

Este Parnaso habría de publicarse en cuadernillos quincenales de los que se anunciaron tres series de doce números, enriquecidas cada una con una “prima”; de éstas sólo he visto lasPáginas en verso de Riva Palacio. Mi ejemplar, y alguno más que he estudiado, sólo consta de 30 fascículos, el primero correspondiente al 15 de mayo de 1885; el penúltimo al 15 de julio de 1886, y el último, sin otra indicación, fechado en 1889. He visto un número suelto de 1893 y hay otras variantes que no puedo comentar.

Al frente del Parnaso está esta breve “Advertencia de los Editores”:

 

Al emprender esta publicación ni hemos creído levantar un libro monumento a la gloria de las letras mexicanas, ni formar una compilación que pueda servir para el estudio de la patria literatura; nuestro modesto empeño se reduce a dar a conocer las composiciones de los poetas de México en una colección que por lo apropiado de su forma, por la comodidad de su costo y por la agradable variedad de las poesías que cada tomo contenga, sirva de grato solaz a los lectores. Por eso ni hemos seguido el orden cronológico regular, ni hemos coleccionado en cada uno de los pequeños volúmenes las obras de un solo autor.
Cada tomo está dedicado a uno de nuestros poetas cuyos retratos y noticias biográficas forman el principio del volumen.

Estos propósitos de los editores se cumplieron en general. La antología reúne un total de 722 poemas de 186 autores, 31 de ellos poetisas; pero si se tiene en cuenta la boga coetánea de las “rimas” a la manera de Heine-Bécquer, el número de poesías puede aumentar en alrededor de 150.

Los poetas a quienes se dedicaron los tomitos son: Manuel Acuña, Manuel M. Flores, Antonio Plaza, Ignacio M. Altamirano, Esther Tapia de Castellanos, Ignacio Rodríguez Galván, Juan de Dios Peza, Sor Juana Inés de la Cruz, Guillermo Prieto, Manuel Carpio, José Rosas Moreno, José Joaquín Fernández de Lizardi, José Peón y Contreras, Ignacio Ramírez, Luis G. Ortiz, Isabel Prieto de Landázuri, Agustín F. Cuenca, Francisco Sosa, Juan Valle, Dolores Guerrero, Fernando Calderón, Ignacio Montes de Oca y Obregón, Salvador Díaz Mirón, Juan Díaz Covarrubias, José Joaquín Pesado, Joaquín Villalobos, Pantaleón Tovar, Refugio Barragán de Toscano, Fray Manuel Martínez de Navarrete y José María Roa Bárcena. Quedaron sin publicar, según mis noticias, los cuadernos correspondientes a Francisco Granados Maldonado, Juan A. Mateos, Laureana Wright de Kleinhans, José Tomás de Cuéllar, José Sebastián Segura y José María Esteva. No figura la poesía indígena, y de la virreinal sólo figura Sor Juana y, si cabe, Martínez de Navarrete. En cuanto a la del México independiente, no falta ningún poeta importante.

Debe añadirse que de entre los poetas mencionados alguno, como Díaz Mirón, dio en esteParnaso su primera colección poética. En otros casos, como el de Pantaleón Tovar, aquí quedó su única colección; alguna más, como la de Sosa, fue la única que se difundió con amplitud. A propósito de Tovar hay que decir que no en la selección, pero sí en otra página del Parnaso, se recogió el hermoso soneto “A una niña llorando por las flores”, asediado por Henestrosa y que Urbina estimó, con toda razón, típico del romanticismo. Dice así:

 

¿Apenas niña, y el intenso duelo
te llena el corazón de sinsabores;
y mil gotas de llanto, los fulgores
de tus ojos enturbian con un velo?

¡Quien te hace padecer insulta al cielo!
¿Por qué lloras? ¿Qué anhelas? ¿Quieres flores
Pues yo te las daré, pero ¡no llores!
No llores, alma mía; y si en el suelo

no hallas quien bese la nevada seda
de esa tu frente que al amor convida;
si no hay en él quien abrazarte pueda,

ven a mi seno; y beberé, mi vida,
esa lágrima tierna que se queda
de tus húmedos párpados prendida.[11]

La siguiente pieza —número once— es de gran esplendidez tipográfica y tiene otros valores. Se trata de las Poetisas mexicanas, siglos xvi, xvii, xviii y xix, México, Oficina Tipográfica de la Secretaría de Fomento, 1893, Antología formada por encargo de la Junta de Señoras Correspondiente de la Exposición de Chicago. Hizo la recopilación y escribió el ensayo preliminar don José María Vigil,[12] con tal acopio de datos históricos y bibliográficos y apreciaciones críticas, que lo considero una de las piezas más notables en su género en la pasada centuria. Contiene poemas de 95 autores, divididos en dos secciones: periodo virreinal y México independiente, y se exorna con trece retratos litográficos de S(antiago) H(ernández).

Por primera vez se recoge para la historia de la poesía en México el Arte poética españoldel jesuita español Diego García Rengifo, que corrió con el nombre de su pariente Juan Díaz Rengifo, aumentada en 1703 “con las insensatas, aunque divertidas y curiosas adiciones que le hizo el barcelonés Joseph Vicens, hombre de gusto depravadísimo, pantacróstico y macarrónico…” en opinión de Menéndez y Pelayo.[13] Con todo y el enjuiciamiento, desfavorable como era natural, de “nuestro churrigueresco y secular alcázar poético” hecho aquí por Vigil, dice que Sor Juana “…sintetiza…la índoles suave, el corazón sensible, la inteligencia cara, la gracia, la agudeza, la frescura que forman la idiosincrasia femenina de nuestro país…”, conceptos no poco notables para la época.

Las poetisas tienen asociado para mí un recuerdo imborrable. En 1972 se publicó laEstación sin nombre de Griselda Álvarez, con prólogo de don Salvador Novo. Dice ahí mi inolvidable amigo que las Poetisas las formó Vigil en ocasión de conmemorarse el cuarto centenario del descubrimiento de América.[14] La confusión es explicable, pues también Vigil hizo el estudio preliminar para otra antología que menciono adelante. En carta personal comuniqué a Salvador las aclaraciones pertinentes y, en respuesta, él me envió los siguientes versos:

 

¡Gracias por vuestra carta, don Porfirio!
Puntilloso hasta el delirio,
Se me enredaron, sí señor, las Pitas.
(lo digo por la Amor); y así, las citas
de florilegios, versos y pensiles
publicados, no en tiempo de Mariles:
sino de Chemas, digo, de Vigiles.
(Aunque más vigil-ante ¡vaya cosa!
es Porfirio Martínez Peñaloza).

Esta obra de Vigil merece un estudio amplio, pero sólo puedo agregar que la Junta de Señoras trató de establecer corresponsalías en los estados y, hasta donde sé, sólo contribuyeron Puebla con la Lira poblana, México, Imprenta de Francisco Díaz de León, 1893, y Zacatecas, con la Colección de varias composiciones poéticas de señoras zacatecanas…, Zacatecas, Imprenta de la Escuela de Artes y Oficios, 1893.

Con el número doce figura en mi lista la Antología mexicana. Libro nacional de lectura, México, Oficina Tipográfica de la Secretaría de Fomento, 1893, “arreglado por los señores licenciados Adalberto A. Esteva y Adolfo Dublán”. De este libro sólo tengo la segunda edición, de 1897, y la cuarta, de 1903, que son de Bouret.

El Libro nacional de lectura tiene dos partes, una de prosa y otra de poesía. La primera lleva el título de “Historia Patria” y está subdividida en las secciones intituladas Época colonia, Independencia y Época moderna. La Segunda Parte se intitula “Poesía nacional” y tiene dos subdivisiones: Poetas muertos, con 27 autores, y Poetas vivos, con 44. La Antología nacionaltuvo, como es usual en los libros de texto, muchas ediciones cuyo número no he podido precisar; la última que he visto es de 1912.

Con el número trece registro la Antología de poetas mexicanos, México, Tipografía de la Secretaría de Fomento, 1894, formada por la Academia Mexicana Correspondiente de la Real Española.

Como se recuerda, la Academia Española acordó editar, en ocasión del IV Centenario del Descubrimiento de América, una antología poética de Hispanoamérica, cuya realización encomendó a don Marcelino Menéndez y Pelayo. Se solicitó el auxilio de las Academias Hispanoamericanas, pero de hecho este autor se apoyó más en sus propios libros y noticias. La Academia Mexicana encargó formar nuestra aportación a tres de sus miembros: don José María Roa Bárcena y don Casimiro del Collado hicieron la selección, y don José María Vigil redactó la “Reseña histórica de la poesía mexicana”. De esta obra se hizo una edición limitadísima, posiblemente de no más de tres o cuatro ejemplares.

La obra de Menéndez y Pelayo apareció en cuatro tomos y se concluyó en 1895.[15] Don Marcelino aprovechó una parte pequeña de la obra de nuestros académicos y, como era natural, se guió por su propio criterio, todo lo cual desencantó a los mexicanos, especialmente porque de acuerdo con una de las normas dictadas para el caso por la Real Academia, la Antologíaespañola se limitó a los poetas muertos en la fecha de su aparición.

Roa Bárcena hizo públicas sus observaciones en su artículo “Antología de poetas mexicanos”, en El Renacimiento, 2a época, del 4 de febrero de 1894, recogido en las Memoriasde nuestra corporación, 1895, t. iv, núm. 1.

Por todos esos motivos, según es lo probable, nuestra Academia estimó conveniente editar el trabajo mexicano en una que, en rigor, fue primera edición, pues la anterior, por su corta tirada, era casi desconocida. Me limito a decir que este libro se divide en dos secciones: Poetas muertos, con 30 autores, y Poetas vivos, con 46; y que la “Reseña” de Vigil es otra pieza notable de este autor, tan digno de recordación y estudio.

La brevedad de mi alusión obedece a la buena razón de que todas las cuestiones relativas a la Antología de la Real Academia y a la labor de Menéndez y Pelayo han sido tratadas, con su proverbial maestría, por el Decano de nuestra Academia, doctor Francisco Monterde, en su libroLa literatura mexicana en la obra de Menéndez y Pelayo, México, unam, 1958. A mayor abundamiento, la reproducción facsimilar de esta obra es uno de los títulos de la serie de Ediciones del Centenario de nuestra Academia.

El número catorce de mi lista está representado por Los trovadores de México, México-Barcelona-Buenos Aires, Casa Editora Maucci, 1898. Contiene 198 poemas de 65 autores, éstos aumentados en número en ediciones posteriores, y lleva esta Dedicatoria algo altisonante:

 

A los trovadores Americanos: a esa pléyade de soñadores vírgenes, que así agilan la espada en la lira para defender su independencia, como lloran, ríen o cantan con el alma, reproduciendo en sus versos cuanto de sublime encierra el Nuevo Mundo, dedican la edición de este libro, Los Editores.

 

Los Trovadores no llevan el nombre de su compilador, sólo un epígrafe de MagrañosCervantes —que yo leo Magariños Cervantes. Pero Urbina dice que los formó Juan de Dios Peza, cosa nada remota. Sin embargo, tengo mis reservas, no sólo por el descuido que hay en la obra misma, sino porque se cometió el error, y se repitió en varias ediciones posteriores, de atribuir a Rafael de Zayas Enríquez cinco de los poemas que se recogen de este cantor, cuando pertenecen a Luis G. Urbina. Es curioso señalar que en estos Trovadores y en los Parnasos, también de Maucci, se recoge un poema de don José María Pino Suárez, cuya obra poética es prácticamente desconocida.[16]

También dice Urbina que la segunda edición de esta antología fue de 1906, pero yo tengo un ejemplar de 1900, en que se especifica que es segunda edición. La casa Maucci, a pesar del descuido de sus Trovadores Parnasos, merece reconocimiento, pues hizo, acaso, la primera difusión masiva de la poesía de México y de la hispanoamericana.

Cierro aquí mi registro de antologías. Pero por razones que tienen relación importante con lo que se ha llamado sociología de la literatura, añado los datos escuetos de dos piezas que tengo y que clasifico en la sección cuatro: Rarezas bibliográficas. La primera es el Calendario y catálogo de la antigua Casa de Murguía para 1887, cuyas páginas finales forman una Musa mexicana, “composiciones escogidas y entre ellas algunas inéditas de poetas mexicanos”, que recoge 45 poemas de 29 autores. La segunda son las Poesías escogidas, obsequio de la Droguería Belga, S. A., México, 1889, con 45 poemas de 26 autores, once de ellos mexicanos.

Esta última me recuerda la condición de farmacéutico y mago que apuntó Chesterton en el boticario de su Napoleón de Notting Hill; como éste, mi padre, en su trabajo cotidiano de preparar las prescripciones de la farmacopea antigua —que hoy nos parecen cosa de encantamiento—, halló tiempo para versificar alguna vez.

Éstos son, señor Director, señores académicos, señoras y señores, algunos de los apuntamientos que tengo hechos sobre el tema enunciado y que me propongo, en ocasión futura, tratar con la amplitud y detenimiento apropiados. Algunos, pues además de la posibilidad de enriquecer mis registros, no aludí, por ejemplo, a las Veladas literarias, celebradas en 1867 y 1868, bajo el espíritu de conciliación que postuló y practicó Ignacio M. Altamirano. Las editadas han sido estudiadas por Alicia Perales Ojeda en sus Asociaciones literarias mexicanas. Siglo xix, 1957, y reproducidas y comentadas por José Luis Martínez en diversos lugares. Tampoco he mencionado el número quince de mi lista que es un curioso Museo poético que no he podido identificar porque a mi ejemplar le falta la portada.

Por otra parte, si se admite que 1900 pertenece al siglo pasado —aclárenlo los entendidos—, debería comentarse el México poético de Adalberto A. Esteva, editado ese año. Y aún más, me pregunto si por razones diferentes de las estrictamente cronológicas, el lapso de que me ocupo debería cerrarse con la Antología del Centenario. Sin embargo, confío en que lo dicho basta para afirmar que las antologías poéticas mexicanas del xix cubren casi todos los aspectos de interés que pueden distinguirse en la poesía.

Y concluyo. Don Carlos de Sigüenza y Góngora, en la página inicial del Triunfo parténico, escribió:

 

Por lisonja tuve la obediencia que se me impuso para formar este libro, reconociendo el que con esta ocasión se me podría saciar en algo el vehemente deseo que de elogiar a los míos me pulsa siempre.

 

Lisonja me ha sido obedecer, con esta nota, el mandamiento estatutario que esta ilustre corporación impone a quienes ingresan en ella. Como a los del sabio y poeta novohispano, a mis trabajos de investigación los ha presidido un deseo: decir bien de los míos; no con la sabiduría y elegancia barrocas del “dulce, canoro cisne mexicano”, pero sí con su misma vehemencia. Que la sapiencia de quienes me admitieron a su lado mantenga siempre en mí el pulso que animó a don Carlos de Sigüenza y Góngora.

 

 

[1] El teatro de Nueva España en el siglo xvi, México, Imprenta Regis, 1935. La segunda edición, México, sep, 1973, Colección SepSetentas, 101, es en realidad una obra nueva por la revisión que se hizo de la primera y por el enriquecimiento de los datos y de la bibliografía.

[2] Recopilado en las Memorias de la Academia Mexicana, México, 1975, t. xxi.

[3] Esta y otras piezas de las que aquí me ocupo las comenté en forma inicial en diversas notas que se publicaron en el suplemento cultural de El Nacional, dirigido, en los años de 1963-1968, por el distinguido investigador michoacano Joaquín Fernández de Córdoba.

[4] Flores de baria poesía. Un cancionero inédito mexicano de 1577, México, bajo el signo de Ábside, 1952, estudio y selección antológica de Renato Rosado. El estudio de Margarita Peña, del Centro de Estudios Literarios, unam, está inédito.

[5] Vid. Luis Lea, “La Colección de poesías mejicanas atribuida a José Ma. Luis Mora”, Boletín Bibliográfico de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, México, 1 de junio de 1970, núm. 440.

[6] Publicadas en 1854 y recogidas en José Joaquín Pesado, Poesías originales y traducidas, México, Imprenta de Ignacio Escalante, 1886, Noticias biográficas por José María Roa Bárcena y una nota: “Poesías de Pesado”, por el ilustrísimo señor don Ignacio Montes de Oca y Obregón, Prólogo del autor.

[7] Vid. Poetas novohispanos (1521-1621), México, unam, 1924.

[8] Sonetos mexicanos, México, Ediciones Chapultepec, 1945, selección y prólogo de Francisco González Guerrero. Mil y un sonetos mexicanos, México, Editorial Porrúa, 1963, selección y nota preliminar de Salvador Novo.

[9] “La figura romántica de Pantaleón Tovar”, suplemento cultural de El Nacional, 9 de junio de 1963.

[10] Esto mismo debe decirse de A. Fernández Merino y de su libro Poetas americanos. México, Flores, Híjar, Prieto, Riva Palacio, Peraza, Carpio, Altamirano, Barcelona, Tip. La Academia, 1886.

[11] El tema de las flores, en todos sus aspectos y derivaciones, es presencia ininterrumpida en la poesía de México. Los antiguos mexicanos simbolizaron lo inmutable en la expresión in xóchitl, in cuicatl; flor y canto. Mencioné y expliqué su significación respecto de las Flores de baria poesía. José Pascual Buxó (Muerte y desengaño en la poesía novohispana, México, unam, 1975) señala que los “Desengaños…” de Sandoval y Zapata —y, por supuesto, las múltiples rosas sorjuaninas— “constituyen otras tantas variaciones de uno de los tópicos cruciales de la poesía barroca”, y recuerda el escueto y compendioso soneto de Calderón “A las flores”. Y en la época a que se contrae esta nota, ocurre un diluvio floral que, depurado, culmina en este soneto.

[12] Este ensayo y la “Reseña” que va al frente de la Antología de la Academia, que cito adelante, están recogidos en José María Vigil, Estudios sobre literatura mexicana, Guadalajara, Ediciones Et Caetera, 1972, recopilación, introducción y notas de Adalberto Navarro Sánchez.

[13] Algunos comentarios sobre esta cuestión los hice en mis notas publicadas en el suplemento cultural deEl Nacional: “Las Poetisas de Vigil”, 6 de octubre de 1968, y “Guillaume Apollinaire: antigüedad de lo nuevo”, ibid., 24 de septiembre de 1967.

[14] No estaba equivocado del todo Salvador, pues la Exposición de Chicago también se llevó a cabo en ocasión del cuarto centenario del descubrimiento de América.

[15] Como se recuerda, esta Antología se transformó en la Historia de la poesía hispanoamericana. Manejo la edición de 1948, preparada por Enrique Reyes Sánchez y publicada por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas de Madrid.

[16] La piedad filial de Alfredo Pino Cámara rescató del olvido, aunque no del todo, la obra poética de su padre: Melancolías y procelarias. México, Editorial Cvltvra, 1930.


Respuesta al discurso de ingreso de don Porfirio Martínez Peñaloza por José Rojas Garcidueñas

Cuando se tiene muy largo conocimiento de una persona, una amistad de muchos años, es difícil, al menos para mí, resumir la personalidad de ese amigo en el breve término que esta circunstancia aquí supone.

La amistad permanente y el trato sólo interrumpido en breves lapsos, por contingencias y diversidad de quehaceres, remontan originalmente a muchos años atrás, en los cuales fui testigo del comienzo, primero impreciso y titubeante, pero al fin decidido, de la vocación de Martínez Peñaloza por las letras, su cultivo y estudio, que es por lo que me complace que esté ahora con nosotros, en esta casa que a tales menesteres está consagrada.

El origen de esa vocación o al menos las primeras manifestaciones de ella probablemente se encuentran, como casi siempre, en una revista estudiantil. Hace unos cuarenta y cinco años, Antonio Gómez Robledo fundó Proa en Guadalajara; luego la revista continuó en México algunos años más y por ella pasamos, como directores y jefes de redacción, Luis Islas, Rafael Aguayo, Diego Tinoco, Porfirio Martínez Peñaloza y hasta yo mismo fugazmente.

Mas, por este camino, fácilmente me deslizaría a una prolija cronología de recuerdos, que debo evitar. Por ello, voy solamente a referirme a algunos de los trabajos, ya formales y cuajados, de Porfirio.

Pasadas sus primicias juveniles: breves cuentos y relatos, producción lírica, la madurez de su trabajo se orienta en una voluntad de exploración, como única base de ir alcanzando el conocimiento seguro de los hechos y valores literarios, animado por un sentimiento nacionalista. Así lo dice en unas páginas fechadas en 1971: “Estoy persuadido de que un estudio minucioso y amplio de la historia de nuestras letras está por hacerse… Los investigadores pondrán en claro el proceso —y los incidentes del proceso— de creación de la literatura nacional…”. Y aludiendo, concretamente, al periodo de la primera mitad del siglo xix, añade: “A mí lo que más me interesa en él es rastrear el sentimiento de lo mexicano que es un factor constante que pugna por expresarse con claridad y nobleza y que constituirá, mucho más tarde, lo que con plena justicia puede llamarse poesía nacional”.[1] Esas líneas son de un breve ensayo sobre su paisano Sánchez de Tagle; después, en más de una década, Porfirio consagrará la mayor parte de sus investigaciones al modernismo y sus aledaños, logrando óptimos frutos.

Es el primero un estudio de treinta bien nutridas páginas, con no menos de 73 notas, como “Introducción” al primer tomo de las Obras. Crítica literaria, de Gutiérrez Nájera.[2] Allí encuentro una muy completa e interesante enumeración de los tratados de estética, y sobre todo de retórica y poética, conocidos y usados en México de 1825 a 1880 o 1895. Aunque el propósito de ese estudio es el de situar y explicar los orígenes y la posición de Gutiérrez Nájera como crítico, Martínez Peñaloza no puede dejar de expresar su propia opinión sobre el autor, lo que es lógico y loable, ¡lástima que aquí no sea posible exponer y comentar tales juicios y observaciones! Baste decir que, por ejemplo, para una historia de la crítica —cuya necesidad allí señala—, él mismo, Porfirio, en esa ocasión comenzó a hacer la bibliografía en tales páginas y en las muchísimas notas que encierran.

Hace diez años publicó Algunos epígonos del modernismo y otras notas.[3] Es un volumen producto de investigaciones largas, pacientes, muy cuidadosa y afortunadamente fructificadas: un volumen que contiene muchos hallazgos de piezas literarias, muchas rectificaciones y aclaraciones de cuestiones que habían venido quedando dudosas; en fin, un libro sumamente interesante y valioso para el estudio de las letras mexicanas. Además de los diez o doce “epígonos del modernismo” que estudia (casi todos ya con fases, otros movimientos o escuelas), en las “otras notas” que el título indica hay aportaciones muy variadas e importantes.

En el capítulo sobre Urbina rescata cuatro poemas, de fechas muy distantes entre sí, que habían quedado olvidados e ignorados por los recopiladores de las Poesías completas de tal autor.

Por lo que se refiere a las personas mismas de algunos escritores, hay datos tan interesantes como éstos, proporcionados por don Manuel Gómez Morín, corrigiendo aquella afirmación, calumniosa, de que López Velarde “nunca pudo apreciar los méritos de una obra que no estuviera en español”, sobre lo cual don Manuel, en carta dirigida a Porfirio, textualmente declara:

 

Ciertamente Ramón leía francés. Era de los asiduos asistentes al magnífico curso sobre Literatura Francesa que estuvo a cargo del doctor González Martínez en la vieja escuela de Altos Estudios…

La admiración por Baudelaire, por Jules Laforgue, por Verlaine, no puede dudarse, pero tampoco estaba limitada a ellos y no sería difícil hallar influencias de otros muchos poetas franceses, desde Villon. Y también, por supuesto, de Herrera Reissig, de Valencia de Lugones.

Además de seguir las extraordinarias enseñanzas de Enrique González Martínez, Ramón seguía otros cursos en Altos Estudios. Lo recuerdo en las clases de Estética del maestro Caso y en aquellas prodigiosas conferencias sobre los Héroes del Cristianismo que dieron origen al libro La existencia como economía y como caridad. Lo recuerdo en algunos cursos de don Balbino Dávalos y casi estoy seguro de que era uno de los pocos inscritos en los cursos del maestro [Jesús] Díaz de León.

Además, Ramón fue un lector extraordinario. Leía y releía con peculiar disfrute. Y comentaba luego, sabrosamente, con entusiasmo que no borró jamás su agudo sentimiento crítico…[4]

 

Hasta allí el testimonio de Gómez Morín.

Luego de los estudios mencionados, Martínez Peñaloza siguió trabajando en el campo del movimiento modernista, y sus resultados los dio a conocer en la conferencia sobre la Revista Moderna, que dictó en 1962 en el inba[5] y en el volumen Las “máscaras” de la Revista Moderna,[6] que lleva como prólogo un estudio de cincuenta páginas publicado en 1968; allí, primero examina un aspecto de la crítica al modernismo, revisando diversas antologías de poesía lírica, como la de Genaro Estrada, de 1916, la de Contemporáneos, la de Maples Arce, etcétera; después pasa al estudio, casi análisis, de las “máscaras”, haciendo con frecuencia interesantes consideraciones críticas, ya sobre el sujeto de tal o cual de esas semblanzas, ya sobre el autor de unas u otras de ellas, con lo cual esas páginas se avaloran con abundantes noticias y juicios literarios.

Pero, aunque sin duda Martínez Peñaloza sabe bien que ha alcanzado logros muy apreciables en su labor, de ninguna manera se siente satisfecho y, en dicho estudio, promete que ha de seguir su tarea. Dice: “En suma: a pesar de la numerosa bibliografía sobre el modernismo en general y en particular de los modernistas nacionales, queda todavía mucho por decir. Hemos de adoptar en semejante estudio nuevos recursos, hemos de hacer nuevas investigaciones”.[7]¡Cuánto alienta ese entusiasmo y cuánto deseamos que persista en su propósito y siga trabajando en ello, con tan buen fruto como el ya logrado!

En 1967 publicó un bien impreso folleto con el título: Una carátula y una amiga;[8] es un estudio de dos pequeños enigmas literarios; uno es el de la ignorada poetisa, citada por don Enrique González Martínez en 1917, de quien nada pudo averiguar Porfirio, y hasta llega a dudar si sería pura ficción, y si los consiguientes versos serán de la pluma de don Enrique.

En cuanto a la Carátula, se refiere a una de las que, con tal título, publicó en 1935 don Genaro Fernández MacGregor, en un volumen que contiene más que semblanzas, ensayos acerca de una docena de escritores, cuyos nombres van en sendos capítulos, excepto uno solo, encabezado únicamente por las iniciales “R.C.”, que pueden corresponder a uno de dos nombres de literatos: el de Rafael Cabrera o el de Rafael Cuevas; problema en el que yo me decidí por el segundo, por motivos que expuse aquí, en este mismo lugar, hace quince años, al comentar la obra de mi predecesor en este sitio, el propio don Genaro Fernández MacGregor. En esa segunda parte de la citada plaquette, Porfirio Martínez Peñaloza se adhiere y confirma mi hipótesis, con mayores datos, en un estudio breve y bueno sobre el casi olvidado poeta Rafael Cuevas. Me complace, públicamente, agradecer las frases afectuosas con que allí me alude Porfirio, ahora que tengo el contento de recibirlo en esta Academia.

También ha sido campo de exploración preferido de Martínez Peñaloza el de las antologías poéticas. Ya lo había iniciado en uno de sus trabajos sobre la crítica al modernismo, como antes lo mencioné, pero después ha resuelto adentrarse plenamente por esos rumbos, como lo prueba el erudito estudio que acabamos de escuchar, al cual su autor califica, apenas, de “apuntamientos”, porque el trabajo completo habría rebasado la posibilidad de ser expuesto en esta sesión.

Además, sabemos y nos consta que Porfirio es de los que tienen, y saben atender, varios quehaceres a la vez. Porque otro terreno que también ha venido cultivando, hace años, es el del estudio del arte popular y las artesanías en México, cuyos frutos constan en una considerable lista de artículos, conferencias, colaboraciones en congresos y seminarios, culminando en su libro Arte popular y artesanías artísticas en México,[9] rico en notas y bibliografía, que muestra el saber que, en este campo, ha acumulado Martínez Peñaloza, cuyo ensayo más reciente es, que yo sepa: “Arte popular”, en el espléndido libro que la Editorial Herrero hizo imprimir en Italia y que hace poco ha empezado a circular.[10]

Querría yo haber dado aquí noticia, o al menos referencia, de los estudios, ejercicio de docencia, becas, etcétera, que anteceden y explican la obra de Martínez Peñaloza, pero dos motivos me impiden y también disculpan el no hacerlo: uno, que su curriculum vitae completo lo conocen ya mis ilustres colegas de esta Academia, puesto que hubieron de examinarlo antes de elegir al que hoy recibimos, y también lo conocen, casi de seguro, todos o los más de nuestros distinguidos visitantes que nos favorecen con su concurrencia esta noche; el segundo motivo —y ya sólo él es determinante y definitivo— consiste en la obvia necesidad de no ser yo prolijo, ni gastar tiempo, ni fatigar más la atención de los presentes.

Y puesto que, en conclusión, es manifiesto y evidente, no por lo que yo he dicho, sino por el conocimiento que todos tenemos de él y de su obra, que don Porfirio Martínez Peñaloza tiene cumplidos altos méritos, que une a felices promesas, es decir, una seria labor realizada y el anuncio de proseguirla en pro de las letras mexicanas, todo ello hace que la Academia Mexicana se honre esta noche al recibirlo entre sus miembros de número, por lo cual todos nos felicitamos, y yo muy particularmente, al darle, como lo hago, la más cordial bienvenida a esta casa.

 

[1] Francisco Manuel Sánchez de Tagle, selección y prólogo de Porfirio Martínez Peñaloza, Cuadernos de Literatura Michoacana, núm. 6, Morelia, abril de 1951.

[2] Manuel Gutiérrez Nájera, Obras. Crítica literaria, i, introducción de Porfirio Martínez Peñaloza, Nueva Biblioteca Mexicana, unam, México, 1959.

[3] Porfirio Martínez Peñaloza, Algunos epígonos del modernismo y otras notas, Edición Camelina, México, 1966, con una carta de Jaime Torres Bodet.

[4] Ibid., p. 110.

[5] Porfirio Martínez Peñaloza, “La Revista Moderna”, en Las revistas literarias de México, Instituto Nacional de Bellas Artes, México, 1963, t. i, pp. 81-110.

[6] Ibid., p. 23.

[7] Ibid., p. 23.

[8] Porfirio Martínez Peñaloza, Una carátula y una amiga, Biblioteca Mexicana de Literatura, Ediciones Castalia, México, 1967.

[9] Porfirio Martínez Peñaloza, Arte popular y artesanías artísticas en México. Un acercamiento, Ediciones del Boletín Bibliográfico de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, México, 1972.

[10] Arte popular mexicano, Editorial Herrero, impreso en Italia por Antonio Mondadori Editore, Verona, 1975.

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