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Miércoles, 03 de mayo de 1995

Ceremonia de ingreso de don Salvador Díaz Cíntora

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Discurso de ingreso:
De tomates, cacahuates y otros disparates

Señor director de la Academia Mexicana,

señoras y señores académicos,

señoras y señores:

Acostumbramos todos, al referirnos a nuestra lengua, llamarla lengua materna y no paterna; no ha de obedecer ello a que en cada caso sea más bien hablada la madre que el padre; probablemente se deberá a que el niño habla más con aquélla que con éste; como quiera que sea, esta manera de expresarnos establece una relación indudable entre madre y lengua; la lengua se bebe, o se bebía al menos, por así decirlo, en la leche materna, y si en algo crecíamos enmadrados era en materia de lenguaje. Fecha entonces la más apropiada esta que mis sabios co­legas, que no yo, escogieron para mi ingreso a la Academia Mexicana. Fiesta de Santa Mónica, de su madre, pues, para un nativo de Yurirapúndaro, lugarejo agustiniano como ningún otro en estas sierras.

¿Qué decir de la silla que se me ha llamado a ocupar, la silla IX, digo en su origen del ilustre conde de Heras y en último término de don Ignacio Bernal, descendiente suyo a través del sapientísimo don Joaquín García Icazbalceta? No parece sino que, en el colmo de la gentileza, me hubiera la Academia invitado a escoger la silla que mas me gustara. No puedo, entonces, sin nota de ingratitud, dejar de hacerme lenguas en agradecimiento a los colegas, que obsequiaron así, con creces y unánimemente, la propuesta que de mi humilde persona quisieron hacer los doctores Manuel Alcalá, Rubén Bonifaz Nuño y Roberto Moreno y de los Arcos; reciban todos ellos la expresión, siquiera insuficiente, de mi más sincera gratitud.

Mucho tendría que extenderme si hablara de mi sabio predecesor como lo merece y según me dicta mi admiración por él; fuerza es ser breve. Dice un proverbio zapoteca: Hay muchos caminos; tú escoge el que lleva al corazón de Juchitán. Así fue como don Ignacio, nacido en Paris, vino a dar, una y otra vez, a Oaxaca;[1] viajero incansable, arqueólogo de enorme prestigio, director del INAH, maestro huésped en Cambridge, Oxford, Harvard, regresaba sin falta a sus largas temporadas en Monte Albán, Dainzú o Yagul. No era ya aquella la Oaxaca del siglo XVIII, cuya increíble, espesa frondosidad, a decir del padre Ajofrín, sólo con el paraíso puede compararse, aquella que contaba en sus hexámetros nuestro jesuita guatemalteco Landívar:


Undique florentem circumdant aequore campi 
inmenso pinguique satis ac divite gleba, 
frigus ubi ardenti commiscuit aura calori 
temperieque levat pecudesque hominesque benigna. 
Perpetuis lucent distincti fioribus agri, 
et vestita ferax foliis vernantibus arbos 
altera maturis curvatur prodiga pomis, 
altera dum teneros fructus tibi cauta reservat. 

[Floreciente, la cercan por todas partes los campos con su llanura inmensa de ricos y gruesos terrones, donde el frío al ardiente calor mezclaron las auras, y ganados y hombres el temple benigno recrea; lucen los prados adorno perpetuo de flores; ya de vernales hojas un árbol fértil vestido, pródigo al peso se inclina de manzanas maduras, ya el otro, cauto, sus frutos tiernos te guarda.] 

No, ya no era así, era la tierra erosionada que sabemos, pero de todos modos no menos querida; los nombres mismos de los sitios que exploraba parecen decírnoslo:[2] Yagul, árbol o palo viejo, Dainzú, cerro de órganos[3] que nos hace pensar en el Candelabro de Velasco. Ni dejó de contribuir al estudio de otras antiguas culturas de México; grandes avances le debe la investigación de los monumentos olmecas, y por lo que hace al centro del país, su magnífico libro Tenochtitlán en una isla conserva su valor a pesar de cuanto sobre tal materia se ha escrito después. Grande es el hueco que dejan hombres como Ignacio Bernal, y aun modera mi gusto de estar aquí el pensar en los ensanches que habrá menester mi flaco ingenio para que no me quede demasiado grande su silla. Tema familiar sin duda a don Ignacio, como familiar que fue del gran Icazbalceta, es el que me propongo tratar en este discurso; tema, por otra parte, de actualidad, ahora que la Academia trabaja en la preparación de un nuevo diccionario de mexicanismos. Punto de partida obligado es la obra de Francisco J. Santamaría, continuación del trabajo de don Joaquín, y voy a hablar precisamente de esa obra; querríamos ver más críticas y menos elogios, decía nuestro máximo historiador a otro propósito, y aquí, trayendo al mío estas sus palabras, paso a ocuparme de mi asunto.

No diciendo algún disparate 
que otro ¿qué va usted a decir? 
ANTONIO DE VALBUENA

Característica muy llamativa en el Diccionario de mejicanismos de Santamaría es la virulenta polémica contra la Real Academia, que aflora a lo largo de todo su trabajo, que dirige su argumentación y al mismo tiempo la vicia; el nos habla de "mi credo y mi doctrina lexicográficos […] contrarios a la Academia y a todas sus hijastras".[4] Bien está que haya uno o varios "académicos más o menos embotellados en la ignorancia", según afirma en su Carta-prólogo a las Manganas y peales del marqués de Guadalupe (1939), pero es lamentable que generalice, ahí mismo, llamándola "sociedad mutualista de discursos cursilones", asegurando que "la pobre Academia es reacia a la enmienda", descendiendo a la grosería cuando ridiculiza el "regoldar insuficiencia en la mesa redonda de los academistas o de los academizantes", o concluyendo, con absoluta falta de lógica: "naturalmente, como don Carlos [Becerra] no es académico, ni puede serlo, ni se acordaran nunca de hacerlo, la obra es un verdadero tesoro lexicográfico". La razón, entonces, o condición de la buena lexicografía es, según él piensa, el no emanar ésta de la. Academia.

Tal posición antiacadémica es la normal en Santamaría; alguna vez, sin embargo, se aparta de ella, y entonces, a lo que parece, tampoco muy felizmente; es el caso, digamos, de la palabra tomate: Carlos González Peña defendió, en un artículo periodístico, que había que distinguir entre el tomate, verde y pequeño, y el jitomate, grande y rojo, y no llamar tomate a este último, como hace la Academia. No era nada nuevo el alegato de González Peña (1932); más de 40 años atrás, el anónimo Nuevo cocinero mexicano en forma de diccionario[5] protestaba ya contra esta confusión:

 

Que los otros europeos confunden el tomate con el xitomate, no tiene nada de extraño, si se atiende a la escasez de relaciones o noticias [...] y al desdén con que afectan ver nuestras cosas; pero que los españoles, que dominaron trescientos años en estas regiones, donde vivieron con sus familias y se acostumbraron a los usos de la sierra, alimentándose con sus frutos, los desconozcan y confundan, no tiene disculpa. Pues lo cierto es que así sucede, y a fe que no tienen razón, pues aunque el tomate y el xitomate sean pIantas del mismo género y muy parecidos, sus frutos se distinguen en su forma, tamaño, color y gusto, y no se emplean indiferentemente en los mismos guisados, sino que Ios unos se usan de un modo y los otros de otro, siendo más general en la cocina el uso del xitomate que el del tomate. Éste es más pequeño que el primero, de color verde, morado oscuro o amarillo, y más agrio; [6]
 
[…] el xitomate, después de madurarse, adquiere diversos colores, como el blanco o amarillo, mas por lo general se pone de un bello rojo. [7]

Contra esta posición del viejo Cocinero y de González Peña arremete Santamaría por considerar que "la Academia ha estado en lo cierto en esta vez"; por lo mismo, dice, "aquí vengo a defenderla del cargo injusto que le han hecho". ¡Hay que ver con qué argumentos la defiende!

Para empezar, y pues que tomate y jitomate son vocablos nahuas, nos dirá unas palabras sobre la terminología botánica en aquel idioma: "La denominación de cosas en las lenguas poco evolucionadas, como la mayoría de las lenguas indígenas de América, es casi siempre genérica" (¡buena rima, don Pancho!); los jitomates, pues, "son tomates, y esto no podrá negarse a la luz de las denominaciones mismas, que incluyen el nombre genérico", y "habría que corregir antes a todos los autores, para poder dar gusto a quienes a este tomate, tan tomate como otros tantos tomates, han querido aplicarle el específico de jitomate para diferenciarlo de los demás".

"Corregir a todos los autores", dice Santamaría, pero no cita, como procuraba hacerlo siempre don Joaquín, un solo novelista mexicano, un poema popular, un historiador, un cocinero siquiera. ¿Qué autores hay, pues, qué corregir? A no ser que llamemos así a los de etiquetas de jugos enlatados, que nos anuncian jugo de tomate y no de jitomate, y que no lo hacen así ciertamente por apegarse al uso académico, sino al yanqui, puesto que tomato se deriva de aquél; trátase, pues, en el caso, de gringada, no de academicismo.

Baste lo dicho por lo que hace a la corrección de "autores"; en cuanto a que jitomate especifique, por medio de su primera silaba, correspondiente al elemento xic-, de xictli, ombligo, un tipo determinado de tomate, es eso precisamente lo que hace la nomenclatura científica. Don Francisco del Paso y Troncoso, miembro ilustre de esta Academia y autoridad, como quien más pueda serlo en lo que va del siglo que termina, no solo en la lengua de los nahuas, sino en su botánica, nos dice al respecto: "La nomenclatura de los nahuas podía refutarse mucho más perfecta que la que aquel tiempo usaban otros pueblos [...]; los indios tenían un tino extraordinario en sus denominaciones";[8] es "una nomenclatura sistemática que tiene grandes analogías con la que la ciencia moderna usa desde la época de Linneo"; [9] "mientras que la civilización ultramarina nada había podido fundar en punto a clasificación, la civilización americana había bosquejado aquel ramo de la ciencia y echado los cimientos de su nomenclatura". [10]

¿Consideraba, entonces, Santamaría, un defecto en el habla común el que se acercara esta a la exactitud de la expresión científica? ¿Era deseable más bien que se mantuviera en la ambigüedad? Sería absurdo, desde luego, pretender tal cosa. Son otros las razones que lo llevan a la posición que asume; no parece haber conocido el trabajo de Paso y Troncoso, a quien no menciona en su bibliografía. Reconoce que se dice jitomate "en el centro y norte del país", pero el que González Peña llamaba "tomate académico" resulta que "es el tomate típico del sureste, principalmente de Tabasco". [11] “Santamaría es tabasqueño, se niega a seguir el uso del centro y alega que "la ciudad capital del país o la región que fue asiento principal del imperio azteca, no forman todo México ni son todo el país".[12] Muy cierto es esto, pero también es mucho pedir que, en materia de nahuatlismos, los mexicanos hayan de seguir el uso del sureste, de los xicalancas y cimatecas. La razón, pues, por la que Santamaría defiende aquí a la Academia, no parece ser otra que el hecho de que, por esta vez, aquella coincide con el uso de Tabasco.

No creo, por mi parte, que tenga mucho sentido romper lanzas contra los que llaman tomate al que yo le digo jitomate. Tienen a su favor, repito, gran parte de la publicidad, y estamos en tiempos de libre comercio y de lenguaje más libre aún, si se puede; solo quiero aclarar el punto referente a la "poco evolucionada" lengua náhuatl.

Muy ilustrativo resulta, con respecto a géneros y especies, ver lo que pasa con el latín, no el de los botánicos, lengua hechiza y de gabinete, sino la hermosa lengua viva de antaño, el decantado áureo latín que tan a menudo oímos encomiar. En él, pues, el género, pongamos por caso, sería malum, la manzana, y luego vendrían, como especies, el malum cydonium (manzana de Creta, el membrillo), cosa que parece muy razonable, dada su evidente semejanza, pero después tendríamos el malum persicum (manzana de Persia, el durazno, o para ser exactos, el albérchigo), que ya, con su único hueso rugoso en vez de varias semillas, no parecería en absoluto aceptable como especie de la manzana, y seguirían en la lista el malum punicum(manzana de Cartago, la granada) y hasta el malum medicum (manzana de Media, el limón). Es cosa de risa, desde luego, llamar a los tres último frutos especies de manzanas, y queda claro que el latín clásico es, entonces, mucho mas genérico que el náhuatl, es decir, mucho menos evolucionado que la lengua de nuestros viejos según la doctrina de Santamaría; pero según su lógica, el limón a la granada seguirían siendo manzanas "a la luz de las denominaciones mismas, que incluyen el nombre genérico". Creo que huelgan más comentarios, y que resulta evidente que la defensa, no de la Academia, sino del habla de su tierra, ha llevado aquí al absurdo a nuestro lexicógrafo.

Un caso semejante en todo produce, sin embargo, resultados diametralmente opuestos; me refiero al problema de la palabra cacahuate; como es sabido, la Real Academia recogió, desde hace más de un sigla, la forma cacahuete; don Joaquín anota con su acostumbrada sobriedad: esta última forma es aquí desconocida" y, en mi opinión, no habría más que decir. Pero Santamaría nos dice que tal cosa es un disparate, un desproposito;[13] en el articulo cacahual, "terreno poblado de cacaos'', anota: "no puede entenderse por que el Diccionario de la Academia sigue consignando este disparate, como el de cacahueteque nadie dice, por cacahuate; el sitio poblado de cacaos (árboles) no puede ser sino cacaotal" Y si el colombiano Revollo dice que en cacaotal “está de más la t", replicará Santamaría que el dicho de Revollo es un baturrillo. ¿Por qué había de ser un baturrillo? La terminación española para los abundanciales es -al y no -tal; decimos breñaljaralparral, y no breñataljaratalparratal. Aceptada en español la palabra cacao, su derivado es, lógicamente, cacahual. ¿Dónde está el disparate y el baturrillo? Desde luego, en Santamaría; en la palabra que él defiende, - tal no es terminación española de abundancial, sino el elemento náhuatl tlalli, tierra, y era demasiado pedir que supiera náhuatl Revollo cuando Santamaría, mas obligado a ello en todo caso, por ser mexicano, lo desconoce. La palabra original es cacahuatlalli, tierra de cacao, ycacáhuatl, su primer elemento, de donde nuestro cacahuate, es el cacao.

Estamos aqui, pues, una vez más, ante un genérico que muchos, y con ellos Santamaría, se rehúsan a especificar. El específico era tlalcacáhuatl, en español de México talcacahuate, palabra que seguramente pocos habrán oído y, según anota Santamaría, "por síncopa de la cual resultó cacahuate", donde una vez mas esta disparatando, pues cacahuate no es tal síncopa, sino aféresis de talcacahuate. Mas pasemos ya a considerar la forma cacahuete, objeto principal del ataque de nuestro lexicógrafo.

Toda la diferencia entre la forma recogida por la Academia y la usual en México está en que, en la penúltima sílaba, tenemos en aquélla una e, en ésta una a; de ahí la indignación incontenible de Santamaría, que sin embargo no objeta en absoluto, por ejemplo, la forma ayecote frente a ayacote, ni aun una tercera vocalización, ayocote, esta última sin base en el náhuatl; tenemos escamole, derivado de azcamolli; hallamos en el náhuatl mismo las variaciones chían/chíen (la chía), miac/miec (mucho), ayamo/ayemo (aún no), el verbo mama/mere (cargar) nos da pilmama (niñera) y, por otra parte, tanteme (cargador); está tenate, "usual principalmente en Tabasco", según reconoce Santamaría, frente a tanate. Sería necesario estar seguros de que no se daba una variación semejante en la palabra cacáhuatl para afirmar con toda seguridad que la forma académica es un disparate.

En los siete casos hasta aquí vistos, el cambio en la vocalización no afecta al significado. Consideremos ahora una segunda posibilidad, en que sí lo afectaría. Pensemos en cacáhuetl como un compuesto en que la parte final se entendiera como etl, frijol, y cuyo significado sería, entonces, frijol del cacao; de tal palabra derivaría perfectamente el cacahuete académico. Y es de notar aquí que en inglés a la semilla del cacao se le dice, precisamente, cocoa bean, frijol del cacao.

Los informantes de Sahagún, en el caso del cacao, atendieron más bien que a la forma de la semilla, al hecho de darse ésta en mazorca, para hablar de maíz del cacao, cacahuacintli, que no es realmente en náhuatl, por tanto, un tipo de maíz, sino la semilla del cacao. [14] Es obvio, sin embargo, que la semejanza de tal semilla es mayor con respecto al frijol que al maíz, ya por el hecho mismo de ser las dos primeras dicotiledóneas, mientras que la del maíz es monocotiledónea. Pudieron, debieron darse, creo, de parte de otros indios observaciones más sagaces que las que en este punto nos dejaron los informantes de Sahagún. Paso y Troncoso nos dice: "La ciencia nada habría perdido, ni los conquistadores tampoco, si se hubieran asimilado la facultad de observación propia de los indios y su genio clasificador". [15] Pero también él nos dice que "los que comunicaron a Hernández las noticias que este compiló en su obra, no siempre habrán tenido la curiosidad de informarle con precisión sobre un asunto al que no darían quizá grande importancia". [16] El mismo Hernández se queja amargamente de esto en su preciosa epístola en hexámetros latinos a don Benito Arias Montano:[17]


Non refero Indorum consortia perdita, fraudes 
nec canimus tantas, lira aut mendacia, queis me 
non semel incautum lusere, ac verba dederunt 
insigni cura vitiata, industria et arte, 
et quoties vires plantarum et nomina falsa 
quarumdam accepi fallaci interpretis usu.
 
[No refiero aquí de los indios los malos acuerdos 
ni tantos fraudes menciono o terribles embustes 
con que no solo una vez me burlaron incauto; 
diciéndome cosas con gran cuidado fingidas, 
con industria y con arte, ni cuantas veces me dieron 
de tal o cual planta falsas virtudes y nombres.] 

Cuidado, pues, con los informantes; que otros indios hayan hecho, en casos así, observaciones más certeras es, de todos modos, algo de lo cual podemos estar ciertos. Piénsese, por ejemplo, que a la semilla de calabaza, dicotiledónea como el cacao, se Ie llamaba ayoetli, es decir, frijol de calabaza; no lo busque el lector en un diccionario náhuatl ni en uno de mexicanismos, porque no está; se encuentra en la Crónica de la. Nueva España , de Francisco Cervantes de Salazar;[18] un cacahuetli, entonces, no se excluye de ningún modo como etimología del cacahuete de la Academia.

Cabe todavía una tercera posibilidad. Recibida la palabra cacao, había que crear un nombre específico para el cacao rastrero, es decir, para el que ahora llamamos en México cacahuate, en náhuatl, como hemos dicho, tlalcacáhuatl; el significado del prefijo tlal-, nos dice Paso y Troncoso, es rastrero, humilde;[19] en consecuencia, en sus propias palabras, "señalaba también la poca elevación del eje aéreo", la pequeñez del árbol; tenemos por ello, en la obra de fray Juan Navarro,[20] palabras como tlalayotli, calabaza chica, tlallanxóchitl, poleo chico, tlalcapolin cerezo chico.[21]

En la nomenclatura griega se da un fenómeno análogo; chamai- quiere decir, como prefijo, exactamente lo que tlal-: rastrero, y hallamos así, de drys, encina, chamaédrys, encina chica, que no es tal encina, desde luego, sino una yerbezuela medicinal, usada entre otras cosas para la vista o como abortivo;[22] el prefijo, nos dice Carnoy[23] se usa constantemente para decir pequeño; en algún caso hay total coincidencia con el náhuatl, como en Tlalcapolin, que acabamos de ver, y que corresponde exactamente a chamaecérasos.

Tratándose, pues, de diferenciar del cacao real la especie rastrera, aunque tan cacao deba ser una como otra, según el pensamiento de Santamaría, se habrá optado en algún momento por un sufijo diminutivo, pues se trataba de la especie chica, y se habrá escogido -ete, para añadirlo a la palabra cacao, con lo que tenernos perfectamente formado, según las reglas clásicas de la nomenclatura de aquí y de allá, el cacahuete académico; un caso del todo semejante lo hallamos en el tlalcopolin, (Rhamnus humboldtianus), que lo mismo puede decirse talcapulín que capulincillo, es decir que es intercambiable el prefijo náhuatl tlal- con el sufijo diminutivo español. No se puede, entonces, de ningún modo, hablar en el caso, con la suficiencia que se arroga Santamaría, de disparate de la Academia.

Cuando realmente fuera tal, mejor es decir, como nuestro máximo gramático, Rafael Ángel de la Peña en casos semejantes: "Bien puede acaecer que en tarea tan extremada, alguna vez flaqueen las fuerzas o lleguen a faltar por completo; de aquí los yerros y deficiencias inevitables que se advierten en este linaje de obras, pero que alcanzan fácilmente la indulgencia de los sabios".[24]

Santamaría dice[25] que "la Academia desbarra cada vez que se mete en cosas de América, y sobre todo en nuestras lenguas indígenas". ¿Hasta qué punto podía él juzgar de este último género de desbarros, vinieran o no de la Academia? Con respecto a la palabra michoacano, anota: "Gentilicio, por michoacano, única forma usual. Es disparate, lo mismo que mechiacano" El segundo, y único indudable disparate, mechiacano, me parece que no existe más que en la obra de Santamaría; en todo caso, jamás lo oí de nadie ni lo he hallado escrito en autor alguno; nuestro lexicógrafo habrá querido decir mechuacanomechuacano, que ya es otra coca. Los dos disparates serán entonces michuacano mechuacano; veámoslos cuidadosamente.

Empezaré con el último, por ser más alejado de la "única forma usual" que dice Santamaría; en efecto, tiene en la primera silaba una e en vez de unai; esto sucede porque tal variación se da en el náhuatl mismo, de donde viene la palabra examinada, por ejemplo, en elnamiqui por ilnamiqui, recordar;[26] de ahí que don Vasco de Quiroga, primer obispo de aquellas sierras, escribiera Mechuacán, aun en escritos tan formales como la bula de erección de su catedral o la famosa Información en derecho[27] Asimismo Cervantes de Salazar, nuestro primer cronista, ya mencionado, rector dos veces de la Universidad de México, escribe siempre Mechuacán, basándose en su maestro, fray Alonso de la Veracruz, provincial que fue de los agustinos en aquellas partes, y uno de los fundadores de dicha Universidad.[28] ¿Disparatarían de veras el obispo y el provincial, tan sabios como eran, con respecto al nombre mismo de su obispado y su provincia? Luego vienen los gramáticos franciscanos; fray Maturino Gilberti, en su Arte, de 1558, escribe Michuacán; en su Vocabulario del año siguiente, Mechuacán; quince años después, en el Arte de fray Juan Bautista de Lagunas, hallamos Michuacán, es decir, exclusivamente las dos formas que condena Santamaría. ¿Disparataron tambien entonces los ilustres lingüistas que siguen siendo nuestra máxima autoridad en el idioma de aquella región?

La respuesta ha de ser, a lo que creo, rotundamente negativa; el disparate es Michoacán, con oa en la segunda silaba, digámoslo así, sólo que es un disparate que lleva alas de 200 años de ser prácticamente oficial y que es, por ende, dificilísimo de combatir; seria luchar contra todos los mapas y todos los despachos de gobierno, y más vale dejarlo. Pero observemos de pasada, con respecto a esa segunda silaba, que oa no es diptongo en nuestra lengua, ni según la Academia,[29] ni según nuestro ilustre gramático Rafael Ángel de la Peña, arriba citado;[30] por tanto, las vocales oa constituyen dos silabas y, a pesar de ser la grafía oficial, en lo que llevo de vida no oí jamás a nadie tan pedante, y vaya que conozco a muchos, que pronunciara Michoacán con cuatro silabas y michoacano con cinco, sino siempre con tres y cuatro respectivamente, es decir, diptongando (hua) y no separando (oa). La "única forma usual" lo es, pues, solo en los papeles, y ello debido a su oficialidad, no a estar mejor fundada que aquellas que Santamaría, sin razón, juzga disparates, y que son absolutamente correctas.

Al comentar la voz tezqui, "la molendera y tortillera", cita Santamaría como autoridad a Molina, pero añade de su cosecha: "VAR.: texqui, tal vez más propio, puesto que todo procede de tiaxcal, tortilla". Es decir, le esta enmendando la plana sin ningún miramiento al mismísimo fray Alonso; y, desde luego, lo hace muy mal. ¿Quién le habrá dicho que, en el caso, "todo procede de tlaxcal, tortilla"? Tlaxcalli viene del verbo ixca, cocer, que lo mismo que a dicha tortilla puede aplicarse a un huevo, a un ladrillo o a una pieza de cerámica que, desde luego, no se muele; [31] tezqui, en cambio, se deriva de teci, moler; son dos cosas distintas, y Santamaría sencillamente está confundiendo un verbo con otro.

Pero con la misma facilidad con que confunde un verbo con otro en un mismo idioma, confunde (¡faltaba más!) un idioma con otro. Al mencionar en su Diccionario el riquísimo caldo michi, explica: "del tarasco michi, pescado." ¡No, por favor! Aunque Michoacán sea lugar de pescado, no es palabra tarasca; michi es pescado en náhuatl; en lengua michoacana se dice curucha. No era, pues, Santamaría, persona en modo alguno calificada para regañar a la Real Academia por meterse "en nuestras lenguas indígenas".

Muy sabiamente escribió, respecto a todo este embrollado asunto, nuestro Icazbalceta: "Cambiamos, añadimos o suprimimos letras, mudamos los géneros, y aun decimos verdaderos disparates con maravillosa uniformidad";[32] en otro pasaje dice que "esa conformidad en disparatar es punto digno de estudio",[33] si bien no hemos de "calificar rotundamente de disparate cuanto se usa en América".[34] Ponderación y sobriedad de veras admirables; es el pasar de allí lo que nos lleva a los lastimosos excesos que hasta aquí hemos visto.

Háblanos también don Joaquín de "la errada creencia de que estos provincialismos son tornados, en su mayor parte, de las lenguas indígenas"; [35] muchísimos de ellos son puramente españoles, aunque ya del todo olvidados en su tierra de origen, son "voces antiguas sepultadas en escritos de épocas remotas".[36]Voy a dar un solo ejemplo de mexicanismo de este género: la expresión a huevo, "comunísima —como dice Santamaría— entre la gente mal hablada". Es el caso que, atendiendo a su origen, hasta el más bien hablado podría usar de ellas, según mostrare ahora.

Existe en latín la frase opus est, que quiere decir que algo es necesario; de ahí, en la época del Cantar de mío Cid la expresiónser huebos (una cosa), ser necesaria; mucho es huebos, es muy necesario;[37] aver huebos, tener uno necesidad de una cosa, como dice un judío en el CantarNos huebos avemos en todo de ganar algoHuebos es, entonces, el latín opus con diptongación de la o breve y sonorización de la p, fenómenos ambos perfectamente normales en el paso de aquella lengua al castellano.

Pero hay otros dos fenómenos que hemos de explicar para allanar el camino de la frase cidiana a la forma usual en México, vale decir, prótesis de la a con que empieza y apocope de la s que ha desaparecido.

En cuanto a lo primero, ya en la época del Cantar, algunos adverbios habían empezado a tomar dicha aprotética, como adelante en vez de delante, el desaparecido abés, del vix, apenas; otros como además, o como el extinto adamidos, de amidos, involuntariamente (Latín invitus), la tomaran después de la época del poema.

Por lo que hace a la perdida de la s final, tenernos un desorden absoluto en el primitivo castellano; sucede que, mientras adverbios que no la tenían, la toman, como ante, apena, estonce, mientra, otros, como fueras, la pierden por lo general, caso este que había de afectar particularmente al adverbio huebos, por ser en su origen opus, un sustantivo neutro singular, pues come dice Vicente García de Diego, [38] en tales voces "la s se ha eliminado por parecer signo de plural", aunque añade: "no tuvo tiempo de perderse (la) s en opus, ant. huebos". Desde luego que no está tomando en cuenta nuestro mexicanismo a huevo, que nos enseña que si tuvo tal tiempo en algún Lugar de España, que esperamos con el mismo tiempo llegue a averiguarse.

De hecho, en el adverbio fueras hallarnos precisamente los dos fenómenos, prótesis de y apócope de spara Ilegar a la forma común afuera, justo como en huebos para llegar a decirse a huevo, Lo correcto sería, entonces, escribir la locución en una sola palabra y con k en lugar de v para apegarnos más a su etimología. Pero ya, digamos que ahuebo, aun sin ser malhablados, hay que dar fin a este prolijo discurso. Ojalá no se muestre quien lo ha pronunciado indigno sucesor del buen conde de Heras y de aquel sabio descendiente suyo, don Ignacio Bernal, al sucederles en la silla que ocuparon en esta Academia.

 


[1] Arturo Oliveros en Arqueología mexicana, 3, 1993, p. 35.

[2] Marcus Winter, ibid., p.18

[3] Roberto García Moll (coordinador), El mundo mixteco y zapoteco, Inverlat, México, 1992, p. 147.

[4] S.v. tomate. p. 1068.

[5] Librería de Ch. Bouret, París, 1888.

[6] O.c ., p. 838.

[7] Ibid., p. 952.

[8] La botánica de los nahuas y otros estudios , ed. Pilar Máynez, SEP,1988, p. 33.

[9] Ibid ., p.153.

[10] Ibid ., p.172.

[11] S.v. jitomate.

[12] Ibid ., 1070.

[13] S.v. cacahuate y cacahuatal.

[14] Códice florentino , XI, 123 r.

[15] O.l., p.173.

[16] Ibid. , p. 168.

[17] Versos 56-61.

[18] I, IV.

[19] O.l. pp. 80, 99.

[20] Historia natural o jardín americano , UNAM, México, 1992.

[21] Ibid. , p.225.

[22] Cf. Margaret Thompson, Textes grecs inédits relatives aux plantes, Les Belles Lettres, París, 1955, p. 84.

[23] Dictionaire étymologique des noms grecs de plantes , Lovaina, 1959, p. 74.

[24] Memorias de la Academia mexicana , III, reed. 1975, p. 14.

[25] Art. Tomate.

[26] Cf . Thelma Sullivan, Compendio de la gramática náhuatl, UNAM, México, 1976, p. 17.

[27] Ed. José Luis Soberanes, Miguel Ángel Porrúa, México, 1986, p. 116.

[28] Crónica , I, XXIV.

[29] Gramática , párrafo 493, a.

[30] Parágrafo 1820.

[31] Cf. Rémi Simeón.

[32] Vocabulario , p. XI.

[33] Ibid. , p.XI

[34] Ibid. , p. XIII.

[35] Ibid. , p. XI

[36] Ibid. , X.

[37] Ramón Menéndez Pidal, Cantar de mío Cid, texto, gramática y vocabulario, Espasa-Calpe. Madrid, 1964, pp. 888, sq.

[38] Gramática histórica española , Gredos, Madrid, 1970, p. 210.


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