Poema del día

Siete poemas para esta semana. Selección de Felipe Garrido

Lunes, 15 de Noviembre de 2021
Por: Felipe Garrido

Un poema al día, para que quienes puedan se lo pongan encima y lo atesoren en la memoria.

Lunes

Ser como dioses

Yo veo –los invito a que lo hagan– los libros y todas las demás formas de conservar palabras, como diversas manifestaciones del fuego. Luminarias. Antorchas. Cirios. Faros. Veladoras. Faroles. Anafres. Lámparas votivas. La brasa del tabaco. Una biblioteca, una librería, los estantes donde atesoramos nuestros libros son un campo sembrado de fuegos, desde el fugaz resplandor del cerillo que se extingue apenas se enciende, hasta la piedra vuelta brasa en la lava y la zarza inextinguible desde la cual nos habla el Espíritu.
El dominio del fuego es un parteaguas en la historia y muchas antiguas culturas imaginaron mitos que cuentan cómo sus antepasados lograron robarlo a los dioses, siempre temerosos de sus creaturas. Para los zapotecas, en los valles de Oaxaca, el humilde tlacuache metió la cola en una hoguera y salió corriendo con el rabo en llamas para llevarles el fuego; de ahí que su cola no tenga ya pelos y sea de color cenizo. Para los sapai, de las selvas amazónicas, Kumafari el Joven hundió los brazos en la tierra y dejó que de ellos brotaran dos arbustos para engañar al zopilote y quitarle un tizón divino que llevaba en el pico. Un titán, Prometeo, desafió a los dioses para poner el fuego en manos de los antiguos griegos.
Pero yo sé que estos mitos disfrazan un robo mayor. No es el poder sobre el fuego lo que acerca a las mujeres y a los hombres a la naturaleza divina. Lo que en verdad nos confiere la capacidad de crear, lo que nos hace semejantes a los dioses, es el lenguaje, en especial cuando lo refuerza la escritura, que permite trascender el espacio y el tiempo; acumular experiencias, sueños, conocimientos, creencias, leyes, divagaciones.
La escritura, que es tan antigua como el lenguaje. No, por supuesto, la escritura alfabética, sino formas anteriores de hacer visibles las palabras. Pues en eso consiste escribir: en sacar de nuestro interior lo que sabemos, lo que esperamos, lo que imaginamos, y objetivarlo fuera de nosotros en la piedra, el barro, el papel, un archivo electrónico. 
Durante el tiempo en que los hacemos nuestros y cada vez que volvemos a ellos en la memoria, los textos que leemos y los que recordamos nos ponen en el trance de crear; nos acercan a la naturaleza divina; nos hacen dioses.

Felipe Garrido (1942)
De las palabras que leyó el jueves 21 de octubre
de 2021, durante el reconocimiento que el Centro
de Enseñanza para Extranjeros, de la UNAM, dio 
a sus docentes que cumplían de uno hasta nueve
lustros en sus aulas.

Martes

Vuelvo a nacer en ti

Vuelvo a nacer en ti:
pequeña y blanca soy... La otra
–la obscura– que era yo, se quedó atrás
como cáscara rota,
como cuerpo sin alma,
como ropa
sin cuerpo que se cae...
       –¡Vuelvo a nacer!... –Milagro de la aurora
repetida y distinta siempre...–
         Soy la recién nacida de esta hora
pura. Y como los niños buenos,
no sé de dónde vine.
         Silenciosa
he mirado la luz –tu luz...
¡mi luz!
y lloré de alegría ante una rosa.

Dulce María Loynaz (1902-1997)
Poesía completa
Letras Cubanas, La Habana, 1993.

Miércoles

¿Qué es, pues, el tiempo?

¿Qué es, pues, el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé; pero si quiero explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé. Lo que sé es que si nada pasara no habría tiempo pasado; y si nada estuviera por suceder, no habría futuro; y si nada existiese, no habría presente. Pero aquellos dos tiempos, pretérito y futuro, ¿cómo pueden ser, si el pretérito ya no es y el futuro todavía no es? Si el presente acaba cuando pasa a ser pretérito, ¿cómo podemos decir que existe?
El tiempo es sólo una extensión; pero ¿de qué? ¿Qué mido cuando digo: “Este tiempo es más largo que aquel otro”; o bien, más directamente: “Este es el doble que aquél”? Mido el tiempo, lo sé; pero ni mido el futuro, que aún no es; ni mido el presente, que no tiene espacio; ni mido el pretérito, que ya no existe. ¿Qué es, pues, lo que mido? 
Lo que es cierto es que ni lo pasado existe, ni lo futuro tampoco. Ni puede decirse: “Tres son los tiempos: pasado, presente y futuro”. Quizá deberíamos decir: “Tres son los tiempos: el presente de las cosas pasadas, el presente de las presentes, y el presente de las futuras”. Porque estas tres presencias tienen algún lugar en mi alma –en mi conciencia–, y únicamente en ese lugar las veo y las percibo. Lo presente de las cosas pasadas es la memoria, el recuerdo actual que tenemos de ellas; lo presente de las cosas presentes es su consideración en este momento; y lo presente de las cosas futuras es la expectación que tengo de ellas. Digámoslo así, pues, para entendernos, aunque no podamos verdaderamente aceptar que existe lo que está por venir ni lo que es ya pasado. Pocas son las cosas que hablamos con propiedad; muchas las que decimos de modo impropio, aunque se sabe lo que queremos decir con ellas.
Mi infancia, que ya no existe, está en el tiempo pasado, que ya no existe ni lo hay; pero cuando recuerdo cosas de aquella edad y las refiero, estoy viendo y mirando presente la imagen de aquella edad. Todo esto lo ejecuto dentro del gran salón de mi memoria. Allí se me presentan el cielo, la tierra, el mar y todas las cosas que mis sentidos han podido percibir, excepto las que ya se me hayan olvidado. Allí también me encuentro yo a mí mismo, me acuerdo de mí y de lo que hice.

San Agustín (354-430)
Confesiones.
Collage de Felipe Garrido a partir
de la traducción de E. Ceballos (1906-1993)
Espasa Calpe, Madrid, 1965.

Jueves

Canción lejana

Y yo también como la tarde
toda me tornaré dichosa
para quererte y esperarte.
Iluminada de tus ojos
vendrá la luna,
vendrá la luna por el aire.
Tú me querrás inmensamente.
Mi corazón será infinito
para la angustia de tu frente.
Yo te daré los sueños míos:
amor, dolor sencillamente.
*
Después será la enamorada
sonrisa, el beso, la memoria
llena de ti, maravillada.
Y el gozo azul de estar contigo
fuera del tiempo, sin palabras.
De golondrina en golondrina
nos llegará la primavera
de la mirada pensativa.
Y un mismo cauce de dulzura
tendrán las rosas y los días.

Meira Delmar (1922-2009)


Verde mar


De tanto quererte, mar, 
el corazón se me ha vuelto 
marinero. 
Y se me pone a cantar 
en los mástiles de oro 
de la luna, sobre el viento. 
Aquí la voz, la canción. 
El corazón a lo lejos, 
donde tus pasos resuenan 
por las orillas del puerto. 
De tanto quererte mar, 
ausente me estás doliendo 
casi hasta hacerme llorar... 


¡Mar! 
Y es como si, de pronto, 
se hiciera la claridad. 
Ángeles desnudos. Ángeles 
de brisa con luz. Cantar 
del agua que danza una 
zarabanda de cristal. 
Islas, olas, caracolas. 
Grito blanco de la sal... 
Y el corazón, de latido 
en latido, dice ¡mar!

Meira Delmar (1922-2009)
Meira Delmar / Poesía y prosa
Editorial Universidad del Norte,
Bogotá, 2006 (2ª ed.)

Viernes

27. memoria inconsolable
que clavas tu blancura en las arrugas
de mi reverberación,
ballena inmemorial
que descubrí asombrada
en mi primer libro
de pasta dura:
me miraba de reojo,
sus colmillos iguales a la luna,
iguales a las perlas
de los “aderezos”
en los lóbulos de tus orejas,
en la tersura de tu cuello,
distrayéndote del terror unos segundos,
el verdadero, el que se te venía encima.
¿Eran las tuyas lágrimas de cocodrilo
o de tiburón albino?
¿De tristeza o de crueldad?
¿Una combinación de ambas en la última expresión inocua?


28. Memoria ya insensible

After the first Death
There is no Other
         Tartamudeo:
Después de la primera muerte,
Ya no hay más…
No hay otra muerte
Que la primera…


29. Memoria intraducible

Tartamudeo:
Tras la primera puerta
No hay más muerte…
La única muerte
Es la primera…


30. Memoria que no muere con la muerte

Albatros suspendido
Albatros atrapado
en una nube, majestuoso
Albatros disecado
En pleno vuelo


31. Memoria en penumbra

Oh Memoria
Oh Ánima sola
Oh Muerte recordada
inmortalizada
en Museo de cera con M de Madre
que suelta las amarras
de una “melodía abismal”
elegía del Hacedor
que yo deshago que yo descreo que yo disuelvo

Pura López Colomé (1952)
Borrosa imago mundo
FCE, México, 2021.

Sábado

Romance nuevamente rehecho de 
la fatal desenvoltura de la Cava Florinda

De una torre de palacio
se salió por un postigo
la Cava con sus doncellas
con gran fiesta y regocijo.
        Metiéronse en un jardín
cerca de un espeso ombrío
de jazmines y arrayanes,
de pámpanos y racimos.
        Junto a una fuente que vierte
por seis caños de oro fino
cristal y perlas sonoras
entre espadañas y lirios,
       reposaron las doncellas
buscando solaz y alivio
al fuego de mocedad
y a los ardores de estío.
      Daban al agua sus brazos,
y tentada de su frío,
fue la Cava la primera
que desnudó sus vestidos.
      En la sombreada alberca
su cuerpo brilla tan lindo
que al de todas las demás
como sol ha escurecido.
      Pensó la Cava estar sola,
pero la ventura quiso
que entre unas espesas yedras
la miraba el rey Rodrigo.
      Puso la ocasión el fuego
en el corazón altivo,
y amor, batiendo sus alas,
abrasóle de improviso.
      De la pérdida de España
fue aquí funesto principio
una mujer sin ventura
y un hombre de amor rendido.
      Florinda perdió su flor,
el rey padeció el castigo;
ella dice que hubo fuerza,
él que gusto consentido.
      Si dicen quién de los dos
la mayor culpa ha tenido,
digan los hombres: la Cava
y las mujeres: Rodrigo.

En: Ramón Menéndez Pidal (1869-1968),
Flor nueva de romances viejos.
Espasa Calpe Argentina,
Buenos Aires, 1957.

Domingo

La canción del pirata

Con diez cañones por banda,
viento en popa, a toda vela,
no corta el mar, sino vuela
un velero bergantín:
Bajel pirata que llaman
por su bravura el Temido,
en todo mar conocido
del uno al otro confín.
         La luna en el mar rïela,
en la lona gime el viento,
y alza en blando movimiento
olas de plata y azul;
y ve el capitán pirata,
cantando alegre en la popa,
Asia a un lado, a otro Europa,
y allá a su frente, Estambul.
        “Navega, velero mío,
sin temor,
que ni enemigo navío,
ni tormenta, ni bonanza
tu rumbo a torcer alcanza,
ni a sujetar tu valor.
       “Veinte presas
hemos hecho
a despecho
del inglés,
y han rendido
sus pendones
cien naciones
a mis pies.
       “Que es mi barco mi tesoro, 
que es mi Dios la libertad, 
mi ley, la fuerza y el viento, 
mi única patria la mar".
         “Allá muevan feroz guerra
ciegos reyes
por un palmo más de tierra,
que yo aquí tengo por mío
cuanto abarca el mar bravío,
a quien nadie impuso leyes.
         “Y no hay playa,
sea cualquiera,
ni bandera
de esplendor,
que no sienta
mi derecho
y dé pecho
a mi valor.
        “Que es mi barco mi tesoro, 
Que es mi Dios la libertad, 
Mi ley, la fuerza y el viento, 
Mi única patria la mar".
        “A la voz de ‘¡Barco viene!’
es de ver
cómo vira y se previene
a todo trapo a escapar:
que yo soy el rey del mar,
y mi furia es de temer.
        “En las presas
yo divido
lo cogido
por igual.
sólo quiero
por riqueza
la belleza
sin rival.
        “Que es mi barco mi tesoro, 
que es mi Dios la libertad, 
mi ley, la fuerza y el viento, 
mi única patria la mar".
       “¡Sentenciado estoy a muerte!
yo me río;
no me abandone la suerte,
y al mismo que me condena
colgaré de alguna entena
quizá en su propio navío.
       “Y si caigo,
¿qué es la vida?
Por perdida ya la di,
cuando el yugo
del esclavo,
como un bravo,
sacudí.
      “Que es mi barco mi tesoro, 
que es mi Dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento, 
mi única patria la mar".
      “Son mi música mejor
aquilones,
el estrépito y temblor
de los cables sacudidos,
del ronco mar los bramidos
y el rugir de mis cañones.
      “Y del trueno
al son violento,
y del viento
al rebramar,
yo me duermo
sosegado,
arrullado
por el mar.
        “Que es mi barco mi tesoro, 
que es mi Dios la libertad, 
mi ley, la fuerza y el viento, 
mi única patria la mar”.

José de Espronceda (1808-1842)
Obras completas.
Bruguera, Madrid, 1972.


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