Poema del día

Siete poemas para esta semana. Selección de Felipe Garrido

Lunes, 25 de Abril de 2022
Por: Felipe Garrido

Un poema al día, para que quienes puedan se lo pongan encima y lo atesoren en la memoria.

Lunes

El vampiro
 
Ruedan tus rizos lóbregos y gruesos 
por tus candidas formas como un río, 
y esparzo en su raudal crespo y sombrío
las rosas encendidas de mis besos.
          En tanto que descojo los espesos 
anillos, siento el roce leve y frío 
de tu mano, y un largo calosfrío 
me recorre y penetra hasta los huesos.
          Tus pupilas caóticas y hurañas 
destellan cuando escuchan el suspiro 
que sale desgarrando mis entrañas,
          y mientras yo agonizo, tú, sedienta, 
finges un negro y pertinaz vampiro 
que de mi ardiente sangre se sustenta.
 
Efrén Rebolledo (1877-1929)
 
 
Claro de Luna
 
Como un cisne espectral, la Luna blanca 
en el espacio transparente riela,
y en el follaje espeso, filomela 
melifluas notas de su buche arranca.
          Brilla en el fondo obscuro de la banca 
tu peinador de vaporosa tela,
y por las frondas de satín se cuela 
o en los claros la nivea luz se estanca.
          Después de recorrer el mármol frío 
de tu pulida tez, toco una rosa 
que se abre mojada de rocío;
          todo enmudece, y al sentir el grato 
calor de tus caricias, mi ardorosa 
virilidad se enarca como un gato.
 
Efrén Rebolledo (1877-1929)
Material de lectura. Poesía moderna. 46
Selección y nota introductoria de
Guillermo Sheridan
UNAM, México, 1988.
 
Martes
 
Estase la gentil dama…
 
Estase la gentil dama
paseando en su vergel.
Los pies tenía descalzos,
que era maravilla ver.
Desde lejos me llamara,
no le quise responder.
Respondíle con gran saña:
“¿Qué mandáis, gentil mujer?”
Con una voz amorosa
comenzó de responder:
“Ven acá, el pastorcico,
si quieres tomar placer,
siesta es de mediodía,
que ya es hora de comer:
si querrás tomar posada,
todo es a tu placer”.
“Que no era tiempo, señora,
que me haya de detener,
que tengo mujer e hijos
y casa de mantener
y mi ganado en la sierra
que se me iba a perder
y aquellos que me lo guardan
no tenían qué comer”.
“Vete con Dios, pastorcillo,
no te sabes entender;
hermosuras de mi cuerpo
yo te las hiciera ver:
delgadica en la cintura,
blanca soy como el papel,
la color tengo mezclada
como rosa en el rosel,
el cuello tengo de garza,
los ojos de un esparvel [gavilán],
las teticas agudicas,
que el brial quieren romper,
pues lo que tengo encubierto
maravilla es de lo ver”.
“Ni aunque más tengáis, señora,
no me puedo detener.”
 
En: Marcelino Menéndez y Pelayo,
Antología de poetas líricos castellanos. 
Romances viejos castellanos (Primavera 
y Flor de Romances). Introducción y 
notas de Fernando Wolf y Conrado Hofman.
Edición digital preparada por Enrique
Sánchez Reyes. Alicante: Biblioteca
Virtual Miguel de Cervantes, 2008.
 
Miércoles
 
Lilith
 
Pertenecía al linaje
de las diosas–pájaro.
Tenía ese par de alas bordadas.
Entonaba agudas melodías
y en su voz
era una mujer libre.
La eligieron para ser 
la primera esposa de Adán.
Y por un tiempo él
conoció el placer
de la magia corporal
el olor del almizcle
y escuchó la música
de las esferas celestiales
en su periplo constante.
Luego quiso someterla.
Estar por encima.
Poseer lo que no puede ser poseído.
No entendía que ella era diosa
y que al levantarse desplegaba
la aurora entintada de violetas
y que en la noche comandaba el oscilar de las mareas
y que con sus brazos
orquestaba el coro de los pájaros.
¿Cómo podía quedarse
a los pies de aquél
que deseaba encadenarla?
¿Para qué servían las alas
si no para volar?
 
Kyra Galván (1956)
 
 
Geschichtsunterrich
Lección de Historia
 
Estoy tan cansada. 
Me acuesto y siento fluir un agotamiento 
tan anterior a la Revolución Francesa. 
Es que los enormes pechos 
     de la Venus de Willendorf 
              oprimen mi cuerpo desde la prehistoria. 
Tras interminables custodias 
ante el fogón, mis caderas se cocieron con el puchero 
Mis brazos jubilados cuelgan del tendedero 
del siglo XVII, después de haber lavado 
durante todo el Renacimiento. 
Arden mis ojos rendidos por la oscuridad 
de largos encierros detrás de muros altos 
y mis ingles soportando el roce de todas las manos 
y mi cuello frágil bajo el peso de cadenas 
que imagino recubiertas de alhajas. 
     ¡Que vengan los hilos y las planchas! 
     ¡Los jabones, afeites y cepillos, 
             el almidón sobre todo, y el aceite! 
     ¡Ajústenlo todo de nuevo! 
             ¡Que nada rechine! 
Necesito levantarme mañana para ser mujer. 
Olvidarme que en las noches 
 
la Historia nos aplasta. 
 
Kyra Galván (1956)
 
 
Bellas artes
 
Mientras dormías escuchaba tu resuello,
profundo y lento.
Diríase que hasta joven.
Quién podría decir
que bajo tu corazón pesaban
tantos años de ser la maestra
en el arte de la sumisión
en la virtud de la mudez
en el vicio de no tocar.
 
Kyra Galván (1956)
Incandescente: poesía reunida
Cal y Arena, México, 2010.
 
Jueves
 
Monólogo de amazona
a la partida de Thomas Cavendish con Leucótea
 
          Cavendish prometió volver.
A babor y estribor, 
sostenidos por obenques
y amantillos,
vamos a construir una nave 
a la que no pueda sajársele el mascarón.
          La Calafia perdió la razón.
Inmolé al cimarrón
en honor a las gigantas
de las múrices cuevas del Ado.* 
Desnuda, en la tierra del cristal,
dormí en el gamellón del moro.
          Cavendish no retornó.
Arrojemos la brújula al mar,
que se pierda en la panza de la ballena
cuando el sol tramonte;
mientras, airemos la guerra 
que sorbe a las gigantas.
          La Calafia sola.
En el arcón de mi ósculo demente
se vislumbra el himeneo
ante el que nombro al que bien quiero,
si lo añoro,
las olas me prometen verlo volver.
          La Calafia aguarda en un muelle de Cabo Pulmo.
 
*Las Californias.
 
Zazil Collins (1984)
Periódico de Poesía
UNAM, México, 
Año 10, núm. 110, junio-julio 2018.
 
Viernes
 
Tarumba 
 
Yo voy con las hormigas
entre las patas de las moscas.
Yo voy con el suelo, por el viento,
en los zapatos de los hombres,
en las pezuñas, las hojas, los papeles;
voy a donde vas, Tarumba,
de donde vienes, vengo.
Conozco a la araña.
Sé eso que tú sabes de ti mismo
y lo que supo tu padre.
Sé lo que me has dicho de mí.
Tengo miedo de no saber,
de estar aquí como mi abuela
mirando la pared, bien muerta.
Quiero ir a orinar a la luz de la luna.
Tarumba, parece que va a llover.
 
A la casa del día entran gentes y cosas,
yerbas de mal olor,
caballos desvelados,
aires con música,
maniquíes iguales a muchachas;
entramos tú, Tarumba, y yo,
Entra la danza. Entra el sol.
Un agente de seguros de vida
y un Poeta.
Un policía.
Todos vamos a vendernos, Tarumba.
 
Ay, Tarumba, tú ya conoces el deseo.
Te jala, te arrastra, te deshace.
Zumbas como un panal.
Te quiebras mil y mil veces.
Dejas de ver mujer en cuatro días
porque te gusta desear,
te gusta quemarte y revivirle,
te gusta pasarles la lengua de tus ojos a todas.
Tú, Tarumba, naciste en la saliva,
quién sabe en qué goma caliente naciste.
Te castigaron con darte sólo dos manos.
Salado Tarumba, tienes la piel como una boca
y no te cansas.
No vas a sacar nada.
Aunque llores, aunque te quedes quieto
como un buen muchacho.
 
La mujer gorda, Tarumba,
camina con la cabeza levantada.
El cojo le dice al idiota: Te alcancé.
El boticario llora por enfermedades.
Yo los miro a todos desde la puerta de mi casa,
desde el agua de un pozo,
desde el cielo,
y sólo tú me gustas,
Tarumba, que quieres café y que llueva.
No sé qué cosa eres,
cuál es tu nombre verdadero,
pero podrías ser mi hermano o yo mismo.
Podrías ser también un fantasma,
o el hijo de un fantasma,
o el nieto de alguien que no existió nunca.
Porque a veces quiero decirte: Tarumba,
¿en dónde estás?
 
En este pueblo, Tarumba,
miro a todas las gentes todos los días.
Somos una familia de grillos.
Me canso.
Todo lo sé, lo adivino, lo siento.
Conozco los matrimonios, los adulterios,
las muertes.
Sé cuándo el poeta grillo quiere cantar,
cuándo bajan los zopilotes al mercado,
cuándo me voy a morir yo.
Sé quiénes, a qué horas, cómo lo hacen,
curarse en las cantinas,
besarse en los cines,
menstruar,
llorar, dormir, lavarse las manos.
Lo único que no sé es cuándo nos iremos,
Tarumba, por un subterráneo,
al mar.
 
A caballo, Tarumba,
hay que montar a caballo
para recorrer este país,
para conocer a tu mujer,
para desear a la que deseas,
para abrir el hoyo de tu muerte,
para levantar tu resurrección.
A caballo tus ojos,
el salmo de tus ojos,
el sueño de tus piernas cansadas.
A caballo en el territorio de la malaria,
tiempo enfermo,
hembra caliente,
risa a gotas.
A donde llegan noticias de vírgenes,
periódicos con santos,
y telegramas de corazones deportivos como una
bandera.
A caballo, Tarumba, sobre el río,
sobre la laja de agua, la vigilia,
la hoja frágil del sueño
(cuando tus manos se despiertan con nalgas),
y el vidrio de la muerte en el que miras
tu corazón pequeño.
A caballo, Tarumba,
hasta el vertedero del sol.
 
Después de leer tantas páginas que el tiempo escribe con mi mano,
quedo triste, Tarumba, de no haber dicho más,
quedo triste de ser tan pequeño
y quedo triste y colérico de no estar solo.
Me quejo de estar todo el día en manos de las gentes,
me duele que se me echen encima y me aplasten
y no me dejen siquiera saber dónde tengo los brazos,
o mirar si mis piernas están completas.
"Abandona a tu padre y a tu madre"
y a tu mujer y a tu hijo y a tu hermano
y métete en el costal de tus huesos
y échate a rodar, si quieres ser poeta.
Que no esclavicen ni tu ombligo ni tu sangre,
ni el bien ni el mal,
ni el amor consuetudinario.
Tienes que ser actor de todas las cosas.
Tienes que romperte la cabeza diariamente
sobre la piedra, para que brote el agua.
Después quedarás tirado a un lado
como un saco vacío
(guante de cuero que la mano de la poesía usó),
pero también quedarías tirado por nada.
Yo me quejo, Tarumba, de estar sirviendo a la poesía y al diablo.
Y a veces soy como mi hijo, que se orina en la cama,
y no puede moverse, y llora.
 
Oigo palomas en el tejado del vecino.
Tú ves el sol.
El agua amanece,
y todo es raro como estas palabras.
¿Para qué te ha de entender nadie, Tarumba?,
¿para qué alumbrarte con lo que dices
como con una hoguera?
Quema tus huesos y caliéntate.
Ponte a secar, ahora, al sol y al viento.
 
¿Qué putas puedo hacer con mi rodilla,
con mi pierna tan larga y tan flaca,
con mis brazos, con mi lengua,
con mis flacos ojos?
¿Que puedo hacer en este remolino
de imbéciles de buena voluntad?
¿Que puedo con inteligentes podridos
y con dulces niñas que no quieren hombre sino poesía?
¿Que puedo entre los poetas uniformados
por la academia o por el comunismo?
¿Que, entre vendedores o políticos
o pastores de almas?
¿Que putas puedo hacer, Tarumba,
si no soy santo, ni héroe, ni bandido,
ni adorador del arte,
ni boticario,
ni rebelde?
¿Que puedo hacer si puedo hacerlo todo
y no tengo ganas sino de mirar y mirar?
 
La primera lluvia del año moja las calles,
abre el aire,
humedece mi sangre.
¡Me siento tan agusto y tan triste, Tarumba,
viendo caer el agua desde quién sabe,
sobre tantos y tanto !
Ayúdame a mirar sin llorar,
Ayúdame a llover yo mismo sobre mi corazón
para que crezca como la planta del chayote
como la yerbabuena.
¡Amo tanto la luz adolescente
de esta mañana
y su tierna humedad !
¡Ayúdame, Tarumba, a no morirme,
a que el viento no desate mis hojas
ni me arranque de esta tierra alegre
 
Amanece la sangre doliéndome
y el cigarro amargo.
La herida de los ojos abierta para el alcohol del sol.
Y una fatiga, un cansancio, un remordimiento de estar vivo.
¿A quién le hago el juego, Tarumba?
(Perdóname. Tú sabes que digo esas cosas por decir algo.
Es un remordimiento de estar muerto.)
Mi mujer y mi hijo esperan allá fuera,
y yo me quejo.
Voy a comprar unas frutas para los tres;
me gusta ver que mi hijo brinca en el vientre de su madre
al olor remoto de los mangos.
(Cuando nazca mi hijo, Tarumba, tú le vas a enseñar
los árboles y los caballos.)
 
Jaime Sabines (1926–1999)
Recuento de poemas 1950-1993.
Joaquín Mortiz, México, 1997.
 
Sábado
París, canción de primavera
 
A Montenegro
 
He de volver a ti, París divino
Amado Nervo
 
¿Pues qué pues
con la primavera, 
mi Señora,
pues qué pues?
¿Esto era,
o esto es?
          Y en ágiles olvidos me desdoblo
y desprendo entre nombres y señales,
la rosa de papel que estrene el día
y las rodillas blancas que lo dancen.
          Algo de Xochimilco
sobre las plazas tristes de París
Y esta boda otoñal
–actriz o bailarina cuarentona–
que es la primavera de París,
pone en las manos almas y coronas.
 ¿Pues qué pues
con la primavera, 
mi Señora,
pues qué pues?
¿Esto era,
o esto es?
          Y el automóvil va a la madrugada.
Media hora de sol pinta la aldea
sin gallos que es París.
30 minutos para vivir, y nada más.
El cóndor del Jardín de Plantas
asolea el recuerdo de sus alas.
Media hora para el público
tropical. Y nada más
Rue Bolívar, n’est ce pas?
Y allí nos encontramos
los hindúes, los javaneses, los mayas,
y conversamos de nuestros pájaros,
de nuestros árboles
y de las historias sagradas
y de las ciudades que se suicidan
y de las montañas
desde donde se ve el mundo.
Queda un minuto
para acabar de desnudarse
y huir.
Llueve.
Llueve inútilmente. Llueve.
La primavera,
nota el aumento de sus piernas
sobre el espejo negro de la calle.
Los animales del trópico
nos llenamos los bolsillos
de lámparas portátiles.
Llueve.
Y los días
resbalan en la cascada de mango
del deseo enjoyado de otro clima
con piernas que abran rumbas y abran tangos,
entre los deberes modestos del radio
y de la bárbara melancolía.
Llueve. Llueve inútilmente.
¿Pues qué pues
con la primavera, 
mi Señora,
pues qué pues?
¿Esto era,
o esto es?
 
París, 1926
 
Carlos Pellicer (1897-1977)
Poesía completa, volumen I.
Edición de Luis Mario Schneider y 
Carlos Pellicer López.
Conaculta, Unam, El Equilibrista,
México, 1996.
 
Domingo
 
Aprendí a leer, escribir y contar la gran sabiduría del tiempo en provincia, y el encanto de la ignorancia cuando comenzamos a darnos cuenta de ella. Entre sus múltiples encantos la incultura tiene el placer inefable del descubrimiento. Fui Cristóbal Colón perdido en un mar de papel impreso, cuanto me caía en las manos, muchos años antes de asentar mis plantas en tierra firme. Primero vino una novela de don Enrique Pérez Escrich: siete pequeños tomos, pésimamente impresos, pero bien nutridos de lectura. Sus hojas secas y amarillentas recogieron las primicias de mis lágrimas apasionadas y románticas, por gentes que ni siquiera existían y cosas que nada importaban. Alguna persona mayor de buena cultura y mayor buena intención me miró compasivamente y me dijo:
–Siquiera El mártir del Gólgota!
Protesté indignado y consternado. Como La envidia nada. Después de La envidia nada. Se me pedía lo imposible y me prometí releerla hasta sabérmela de memoria.
A los doce años el diablo se lleva nuestros juramentos y el viento nuestras más valientes promesas. Entre los cajones de jabón guardaba bien escondidas algunas novelitas como El conde de Montecristo en ediciones económicas y reducidas de Barcelona, de a tostón, con los agentes de publicaciones del Ferrocarril Central Mexicano.
Cuando mi padre roncaba su siesta, muellemente arrellanado en un equipal de vaqueta, en la tienda, yo me encaramaba al tapanco a saborear el libro prohibido.
–¡Alejandro Dumas! –había dicho horrorizado uno de mis condiscípulos en la escuela del señor Campillo–. Mi papá dice que es pecado leer sus libros.
Pero yo, espíritu inquieto y a contracorriente, lo leí hasta el fin. Desilusionado porque no encontré el porqué de la prohibición. (p. 28)
 
Mariano Azuela (1873-1952)
En Mariano Azuela: el hombre, el médico, el 
novelista, selección y prólogo de Luis Leal, 
Conaculta, México, 2001.
 
 

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