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Miércoles, 21 de Enero de 2009

Ceremonia de ingreso de Ascensión Hernández Triviño

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Discurso de ingreso:
La tradición gramatical mesoamericana y la creación de nuevos paradigmas en el contexto de la teoría lingüística universal

Don José G. Moreno de Alba, director de la Academia Mexicana de la Lengua; señoras académicas; señores académicos; señoras, señores:

Introducción 

Nació esta Academia, al igual que la Real Española y todas las otras de los países americanos, con inspiración en la Academie Française. Se dice que quienes ingresan en ella se convierten en inmortales. Pertenecen éstos a tres géneros principales de escritores y estudiosos. Hay muchos que son maestros de la palabra: poetas, novelistas, dramaturgos; mujeres y hombres que cultivan las que se han llamado bellas letras. Estos maestros de la palabra, al ingresar en la Academia, reciben el reconocimiento que se debe a quienes han contribuido con su obra literaria al esplendor de la propia lengua. Y hay también, entre los elegidos, otro género de miembros: juristas, historiadores, científicos, maestros en muchas disciplinas, que han contribuido a enriquecer con precisión el lenguaje en lo que concierne a su profesión en las distintas ramas del saber. Existe finalmente otro grupo de académicos que justamente tiene como especialidad el estudio de la lengua en sí misma o en sus textos. Son ellos lingüistas, gramatólogos y filólogos. Pienso que entre éstos puedo situarme, aunque con limitados méritos. Estoy segura de que en esta casa, de todos aprenderé. Me considero muy afortunada de poder escucharlos, de convivir con ellos, de compartir sus afanes y premios.

A todos quiero dar las gracias por haberme invitado a sentarme en su mesa de trabajo y a compartir su amor por la palabra. En especial quiero dar las gracias a los que presentaron mi candidatura: a don Guido Gómez de Silva, a quien admiro por su saber de lexicógrafo; a don Jaime Labastida, por darnos a conocer cómo se ha ido construyendo el edificio de la razón y a don Carlos Montemayor, por sus novelas y ensayos llenos de sensibilidad social, por su amor por las lenguas indígenas de América. Quiero también dar las gracias a don Diego Valadés, jurista y humanista, quien me va a dar la bienvenida en unos minutos, así como manifestar mi grande aprecio por el director de esta corporación, don José G. Moreno de Alba. A todos admiro y quiero, y aprovecho esta ocasión para decírselo.

Pero si estoy aquí es por una razón más profunda, o mejor, por dos razones: primera, porque me casé con un mexicano y con él me vino el destino posible que todo español trae al nacer: atravesar el Atlántico y empatriarse en tierras americanas; segunda, por haber cruzado mi vida con la Universidad Nacional Autónoma de México. En ella encontré lo que dejé en Madrid: un mundo particular y a la vez universal que no sabría definir bien, el mundo de la búsqueda del saber, del cultivo de la creación. Aquí encontré maestros de los que mucho aprendí y sigo aprendiendo; colegas y amigos a los que considero mis consejeros en sus disciplinas, y alumnos aventajados que siempre me hacen pensar y dialogar. A todos ellos, gracias. En la Universidad de Madrid completé mi vida académica. Aquí, en la UNAM, me formé como investigadora y me interesé por el exilio español y por la historia de las lenguas vernáculas de México, dos dimensiones del conocer a las que he dedicado mi tiempo.

Hoy llego a la Academia para ocupar la silla de un distinguido narrador y ensayista, don Salvador Elizondo, silla que fue creada para acoger a don Jaime Torres Bodet (1902-1974). Merecidamente Elizondo ocupó la silla XXI a partir de 1976 hasta su muerte en 2006. [1] Nacido en esta capital en 1932, tuvo una formación que calificaré de polifacética. Fue becario del Centro Mexicano de Escritores y, atraído por la pintura, estuvo en la Escuela Nacional de Artes Plásticas y en La Esmeralda. Continuó su formación en El Colegio de México y estudió también en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Abierto al ancho mundo, tomó cursos en varias universidades extranjeras: las de Ottawa en Canadá, Cambridge en Inglaterra y Perugia en Italia, para culminar en el Instituto Cinematográfico de París. Las experiencias y los conocimientos que adquirió en estos lugares contribuyeron a lo que fue su ampliamente reconocido sentido cosmopolita.

Fue profesor de Teoría y Crítica Literaria y de Poesía Mexicana en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional. Sus alumnos recuerdan sus clases como “memorables” por la originalidad de los temas tratados en ellas y por la forma de explicarlos. Hay quien sostiene que “Elizondo se propuso crear un personaje de sí mismo”, dice uno de ellos, prologuista de una de sus obras, quien asegura que, al hablar y escribir, mostraba inteligencia e ironía certeras y capacidad para transformar todo en literatura. [2]

Miembro de El Colegio Nacional, dedicó buena parte de su tiempo a la creación literaria. Excelente traductor de inglés, francés, alemán e italiano, sus propias aportaciones lo hicieron sobresalir no sólo como narrador y ensayista, sino también como poeta, dramaturgo y guionista cinematográfico. Después de conocer muchas culturas y de leer en muchas lenguas, nos dejó un pensamiento propio, en el que se reflejan sus vivencias más profundas en un contexto de universalidad. En su narrativa sobresale Farabeuf o la crónica de un instante, publicada en 1965, quizá su obra más comentada. Farabeuf causó impacto por el tema y por la forma de tratarlo, por la descripción de la angustia y del dolor. Otras novelas suyas de interés perdurable son El hipogeo secreto (1967), Narda o el verano (1964), El retrato de Zoe y otras mentiras (1968) y El Grafógrafo (1970), narración en la que deja ver interés lingüístico. Sus críticos lo definen como escritor inclasificable, excéntrico, que supo “vivir la escritura más que escribir la vida”. [3]

Pero, más allá de esta lista de obras en las que se refleja un quehacer literario, en ellas se persigue la búsqueda de la belleza de la escritura de manos de la melancolía, el desasosiego, la crueldad e inclusive el sadismo y la perversión. José Luis Martínez, en su contestación al discurso de entrada en la Academia Mexicana de la Lengua del propio Elizondo, evoca algunos de los rasgos peculiares de su personalidad literaria y afirma que “como narrador es el creador de ambientes alucinantes en los que se entrecruzan el erotismo y el horror; como ensayista, se esfuerza en desentrañar el sentido de las mayores creaciones literarias modernas y reflexiona acerca del tiempo y de la naturaleza secreta de la escritura y del mundo cuyos signos descifra”. [4]

Él mismo en su Discurso de ingreso a la Academia hizo gala de un pulcro ensayo literario. Y para ello usó una bella metáfora, la del “libro pródigo”, paráfrasis de la del “hijo pródigo”. La salida y la llegada del hijo son la salida y la llegada del escritor, en este caso él mismo. La salida lo fue hacia la escritura simbolizada por una isla desierta; la llegada lo es a esta Academia, que no es otra cosa que el “regreso a casa”, título de su discurso. El camino entre salida y llegada está lleno de reflexiones sobre poetas y escritores de vanguardia, críticos, los que en las últimas décadas dejaron su huella, especialmente los Contemporáneos. En aquel discurso hay mucho de confesión sobre su virtuosismo literario:

He vivido alejado del habla real y siempre he concebido la literatura como la realización de un género de la escritura que se cumple en un orden eminentemente técnico, pero de cuyos orígenes o de cuyo destino no está ausente el misterioso elemento de la emoción estética y del talento artístico. [5]

Añade que sólo con un altísimo dominio de los instrumentos más refinados del lenguaje se pueden registrar los gritos de la calle o la voz de la conciencia, y que es el escritor el que debe hacerlo creando un lenguaje propio en el que los elementos del habla se conjuguen y confundan con los de la escritura. He aquí unas reflexiones intimistas que abren el secreto literario del escritor e incitan a la lectura de sus escritos.

Pero, además de narrador, Elizondo es dueño de una importante obra periodística publicada en Unomásunoy recogida en Estanquillo yContextos, ambos libros publicados por Vuelta en 1972 y 1973 respectivamente.Otros escritos más de 1977-1979 integran otro libro, Pasado anterior, de 2007. En sus artículos dejó un retrato de la vida cotidiana con fino ingenio y humor. Dotado de un cierto sentido escatológico, escribió el guión de la película ApocalipsisTeoría del infierno, y numerosos ensayos relacionados con lo que él llamó experiencia de la muerte. Fue amigo de Octavio Paz, y recibió numerosos reconocimientos, entre ellos el premio Xavier Villaurrutia y el Premio Nacional de Literatura. Añadiré ya solo que la mera mención del nombre de Salvador Elizondo ha despertado siempre reconocimiento y admiración. El considerable número de reseñas y comentarios acerca de su obra lo confirma. [6] Por todo ello es un honor que mucho aprecio ocupar la silla que él tuvo durante 30 años y que debo a mis amigos Guido Gómez de Silva, Jaime Labastida y Carlos Montemayor. 

Diacronía y sincronía: la Babel americana

He elegido como tema de mi discurso presentar algunas reflexiones sobre la teoría gramatical que se generó en el Nuevo Mundo cuando un grupo de misioneros, movidos por la utopía de la fe, trataron de evangelizar en las lenguas americanas. El reto era grande pues esas lenguas eran radicalmente diferentes de las indoeuropeas y de las semíticas, y las categorías grecolatinas no eran suficientes para describirlas. La respuesta fue grande también, pues esos mismos misioneros se convirtieron en espontáneos lingüistas inventando nuevos paradigmas, que dieron germen a una nueva tradición, la tradición mesoamericana, que enriqueció la doctrina gramatical existente y que hoy tiene personalidad propia en el campo de la lingüística. Pero antes de adentrarme en el tema recordaré brevemente el contexto histórico en el que apareció esta nueva Babel. Cuando Colón se embarcó con sus tres carabelas en Huelva, además de agua, comida, mantas y leña, no se olvidó de llevar un buen intérprete, Luis de Torres, “que avia sido judio y sabía diz que ebraico y caldeo y aun algo de arávigo”, según dice el Almirante en su Diario. [7] Pensaba él que al llegar a las Molucas se encontraría con hablantes de aquellas lenguas, ya que tanto judíos como árabes estaban presentes en regiones muy lejanas de Asia. Por ello, cuando los franciscanos se ofrecieron al recién elegido papa Inocencio IV para visitar la corte del Gran Kan, no dudaron en llevar intérpretes de hebreo y árabe. Sin ellos, los dos famosos misioneros que lograron llegar a Karakorum, Juan del Carpine (1182-1252) y Guillermo de Rubruck (1215-1270), no hubieran podido conocer la cultura de los mongoles tal y como nos la dejaron pintada en sus fascinantes escritos. [8]

Pero he aquí que Colón y sus acompañantes nunca pudieron hablar a través de Luis de Torres. Apelaron al lenguaje de los signos mientras oían sonidos nuevos y palabras extrañas de lenguas ininteligibles. No imaginaban que una Babel inesperada se interponía en su camino a las Islas de las Especias, una Babel que fue bautizada como Indias y que pronto tuvo que ser rebautizada como Nuevo Orbe.

Esto sucedía al terminar el siglo XV y comenzar el XVI, cuando en Europa se vivía el espíritu del Renacimiento. Los humanistas buscaban con pasión las creaciones de griegos y romanos y exploraban sin cesar un universo diacrónico de culturas a través de los textos escritos. Estos textos generaban nuevos textos, a través de los cuales se difundían el pensamiento y las creaciones de las jóvenes naciones europeas, ansiosas de reconocer sus propias lenguas como cimientos donde sustentar sus nacientes unidades políticas. El universo de culturas creadas en la Antigüedad y la Edad Media constituyó el eje del humanismo. Era como una gran coordenada diacrónica donde se generaba y forjaba la creación, que a su vez era traducida a diferentes lenguas y compartida por muchos pueblos europeos.

En esta coordenada diacrónica hace su aparición la Babel americana. En las nuevas tierras se descubrían realidades insospechadas, entre ellas más y más lenguas en las que se comunicaban hombres desconocidos y culturas exóticas. Era un gigantesco espacio con multitud de lenguas, algo que sobrepasaba los límites de lo imaginario y la capacidad de entenderlas. El nuevo espacio era una enorme coordenada sincrónica de lenguas en el que, a primera vista, se imponía la oralidad, aunque algunas de ellas tenían sistemas de escritura y textos, sobre todo las de Mesoamérica.

En cada una de estas coordenadas se guardaban la palabra y el pensamiento de culturas radicalmente diferentes. Pero en un mundo en el que la gente viajaba y se comunicaba y la historia se hacía más universal, el reto era claro: había que articular lo conocido y lo desconocido y armonizar estas dos coordenadas y, para lograrlo, el hombre contaba con una herramienta, la palabra. Había que entablar un proceso de traducción conceptual y para ello era necesario hacer coincidir en un mismo plano los dos universos culturales diferentes creando un espacio de aceptación de gentes tan lejanas y disímiles: tarea nada fácil en un mundo de choques, encuentros y guerras como lo fue el siglo XVI. En situaciones tales, sólo algunos hombres dotados de la capacidad de entender todo lo humano pueden crear ese espacio de convergencia de gentes y culturas en donde se produce un proceso de interculturación. En Europa esta tarea correspondió a los humanistas. En América, a los que vinieron en misiones buscando la utopía de extender el Evangelio para revivir la cristiandad primitiva. Para ello, tuvieron que aprender lenguas. Y para aprenderlas tuvieron que hacer gramáticas y vocabularios pues de otra manera se hubieran quedado como meros intérpretes. La utopía de la fe llevaba en sí la utopía de las lenguas: había que abrir la Babel y establecer el “lenguaje uno principal medio para la contractación humana”, en frase de Molina. [9] Fray Alonso, hombre muy piadoso y humanista, sabía que el ser humano es uno y que la mente, el logos, es también una, aunque se manifieste múltiple a través de la diversidad de lenguas. Esta fue la tarea que tuvieron por delante los religiosos que desembarcaron en Veracruz y que, quizá sin proponérselo, dieron paso a nuevos paradigmas gramaticales en su intento de comunicarse y predicar en lenguas. Y este es mi tema de hoy, analizar la génesis y el desarrollo de estos nuevos paradigmas. 

Paradigma y tradición: los orígenes de la gramática

Paradigma , según el diccionario de la RAE, se deriva del latín paradigma y del griego, παράδειγμα, ejemplo o ejemplar. En gramática se aplica esta palabra a “cada uno de los esquemas formales en que se organizan las palabras nominales y verbales para sus respectivas flexiones”. La palabra es muy usada en filosofía y otras disciplinas, tanto humanísticas como científicas, con el significado de modelo o ejemplo. Platón la usó como modelo aplicada al mundo de los seres eternos del cual es imagen el mundo sensible, y Aristóteles la aplicó al mundo que nos rodea. [10]

Hace unas décadas, el concepto de paradigma tomó una nueva dimensión gracias al libro de Thomas S. Kuhn, La estructura de las revoluciones científicas. En él, Kuhn (1922-1996) concibe la historia de la ciencia como una cadena de paradigmas que se suceden unos a otros mejorándose y descartándose, y define el concepto como “una realización científica universalmente reconocida que durante un cierto tiempo proporciona un modelo de problemas y soluciones a una comunidad científica”. [11] El concepto de paradigma compartido por una comunidad es una unidad fundamental, un eje sobre el que descansa el avance de la investigación. Otro de los principios de la teoría de Kuhn es que “las diferencias entre paradigmas sucesivos son necesarias e irreconciliables, y que la recepción de un nuevo paradigma frecuentemente hace necesaria una redefinición de la ciencia correspondiente”. [12] A estas consideraciones añade Kuhn la dificultad para interpretar el paradigma descartado pues piensa que si se quiere interpretar la teoría más antigua, “el resultado de su aplicación sólo podría re-enunciar lo ya conocido”. [13]

El modelo de estudio de la ciencia trazado por Kuhn en su libro causó un impacto en el mundo académico y fomentó un periodo de reflexión y de crítica profundas en varias disciplinas del conocimiento, de análisis exhaustivo sobre los postulados en los se basa la teoría, todo lo cual generó una gran cantidad de estudios que integran una literatura especializada. [14] Hoy día, con la dimensión y serenidad que proporciona el tiempo, me parece muy apropiado recordar el parecer de Ruy Pérez Tamayo en su libro La estructura de la ciencia, en el capítulo dedicado a analizar e interpretar las ideas principales del libro de Kuhn en un amplio contexto de estudios sobre el famoso profesor de la Universidad de Berkeley:

El impacto del libro de Kuhn causó una crisis por representar un paradigma distinto del concepto clásico de la ciencia, con el que entonces se funcionaba como ciencia normal; a la crisis siguió una verdadera revolución en el pensamiento sobre la estructura y el cambio en la ciencia, que terminó con la adopción (por muchos) del paradigma kuhniano, frecuentemente en forma de una conversión religiosa. Sin embargo, la historia ha seguido su curso y hoy la ciencia parece ser algo distinto y con una estructura bastante más compleja que la postulada por Kuhn, aunque ciertamente incluye algunas de sus ideas. [15]

También entre los humanistas el concepto de paradigma diseñado por Kuhn causó mucha reflexión y crítica. Como ejemplo recuerdo ahora la crítica del filósofo Jaime Labastida y la de tres historiadores de la lingüística, Dell Hymes, Keith Percival y Konrad Koerner. Dado que Kuhn era también historiador y filósofo, Jaime Labastida lo incluyó en su obra, El edificio de la razón. El sujeto científico (2008)Allí ocupa Kuhn un lugar importante como filósofo de la ciencia en el siglo XX, y de su libro se afirma que “está aún hoy lleno de vida aunque también plagado de problemas”. Analiza Labastida tres conceptos fundamentales que se enuncian en el libro, los de revolución, estructura y ciencia, y a través de un examen detallado de tales conceptos muestra que la ciencia no es una sucesión de paradigmas que se destruyen violentamente con saltos radicales sino más bien un proceso creativo en el que se decanta un pensamiento que permanece, “que toda estructura profunda se conserva”. Entre los ejemplos que Labastida pone para probar su tesis, el de la escritura es muy elocuente, ya que “no ha sustituido a la oralidad, sino que la complementa”. [16]

En el campo concreto de la historia de la lingüística, el libro de Kuhn abrió un debate profundo, dado que en esta disciplina el concepto de paradigma es de frecuente uso. Así, Dell Hymes, en un trabajo publicado en 1974, señaló el riesgo de aplicar el modelo de Kuhn al pie de la letra ya que tal modelo –en el que la ciencia evoluciona en paradigmas creados por un solo autor– resulta unilineal, y es necesario tener en cuenta que cada aproximación al tema hecha por miembros de la comunidad académica contribuye también a crear el paradigma. De tal manera que para Hymes un paradigma es sólo un “centro de atención”, cynosure en el texto original. [17] En el mismo sentido se inclina Keith Percival en un ensayo publicado en 1976 en la revista Language. Admite él que la noción de revolución científica acuñada por Kuhn puede ser aplicada a la historia de la lingüística pero no la noción de paradigma, como resultado de una notable innovación científica de parte de un único innovador y aceptada por todos. Además, añade Percival, dado que Kuhn sostiene que la posesión de paradigmas es lo que distingue a las ciencias duras de las ciencias sociales y las humanidades y puesto que estas últimas no tienen “madurez científica”, el modelo de Kuhn no es válido para la lingüística y no se debe aplicar a ella. [18]

Finalmente, el ensayo de Konrad Koerner cierra este breve recuerdo de una discusión que acaparó la atención de la comunidad científica durante las últimas décadas del siglo XX. Se presentó en el Seventh Annual Meeting of the North Eastern Linguistic Society en 1976. En él, Koerner se planteó puntos sustanciales para perfilar la naturaleza, el contenido, la importancia y la enseñanza de la historia de la lingüística, entonces disciplina aún joven. Entre las muchas reflexiones que el autor se hace están las concernientes a la relación de la historia de la lingüística con disciplinas ajenas, tanto humanísticas como científicas. Afirma él que los historiadores de la lingüística pueden tomar temas y términos de los historiadores de las ideas y de las ciencias, y considera que el libro de Kuhn puede ser aceptado como una guía conveniente, pero esto no significa que el concepto de paradigma de Kuhn no pueda ser usado después que ha sido redefinido para acomodar los requerimientos particulares de una disciplina como la lingüística:

That the general lines of argument in T. S. Kuhn’s The Structure of Scientific Re-volutions […] can be accepted part and parcel by the historians of linguistics as a suitable guideline has seldom be claimed by scholars in this area of human curiosity. But this does not mean that Kuhn’s concepts of paradigm, for instance, could not be made use of, after it has been redefined to suit the particular requeriments of a discipline such as linguistics . [19]

En compensación, Koerner imagina siete modelos de comprensión de la historia de la lingüística y los representa a través de otras tantas gráficas en las que expresa los posibles desarrollos diacrónicos de esta disciplina en un amplio contexto del pensamiento. Concluye que la historia de la lingüística no puede limitarse a un punto de vista de la historia de la ciencia por la gran cantidad de factores que en ella intervienen y que tienen que ser explicados.

Esta breve exposición de algunas reflexiones y críticas en torno al concepto de paradigma ideado por Kuhn han venido a enriquecer la naturaleza y el valor histórico del viejo concepto griego tan usado en filosofía y en otras disciplinas. Dejando a un lado el inmenso poder creador y destructor del paradigma diseñado por Kuhn, es evidente que el historiador de la lingüística se puede beneficiar de tal concepto, enriquecido modernamente con muchos significados, algunos de los cuales se han descrito aquí: como modelo logrado que alcanza a representar la madurez de un momento; como centro de atención; como triunfo individual o comunitario que ofrece respuestas innovadoras; como cumbre de un proceso creativo y también como estructura profunda de tal proceso que permanece, o simplemente como guía conveniente de estudio de cualquier proceso diacrónico o sincrónico.

En suma, las reflexiones sobre el concepto de paradigma en Kuhn y en torno a Kuhn tienen mucho sentido para la historia de la lingüística pues nos muestran la capacidad del ser humano de crear un modelo de pensamiento en el que se reúnen y sistematizan conocimientos de tal manera válidos que el modelo es compartido por muchos en un espacio y un tiempo determinados. Ahora bien, para los humanistas, el paradigma en mayor o menor grado pervive y pasa a ser parte de una cadena de saber no sólo acumulativo, sino también reflexivo; además, un paradigma no es irreconciliable con el anterior ni tiene por qué ser descartado. Por ejemplo, el modelo de estudio creado por Ferdinand de Saussure (1857-1913) en su Curso de lingüística general, que dio origen al estructuralismo, no descarta ni opaca el modelo gramatical creado por Dionisio de Tracia (siglo II a. C) hace 22 siglos ni el de su homólogo latino Elio Donato (siglo IV d. C.), hace un poco menos, sólo 16 siglos.

En realidad, los humanistas pensamos que “los paradigmas crean tradiciones”, afirmación que el propio Kuhn hace en su libro en una aparente contradicción con su teoría. [20] El concepto de tradición es de dominio universal: “transmisión de noticias, de composiciones literarias, de doctrinas, ritos y costumbres hecha de generación en generación”, según se dice en el Diccionario de la Real Academia Española. En el Webster’s New World Dictionary, la definición es como sigue:

A long-established custom or practice that has the effect of an unwritten law; especifically any of the usages of a school of art or literature handed down throught the generations and generally observed . [21]

Si consultamos el Diccionario etimológico latino-español, la palabra latina de la que proviene es traditio-onis, “entrega, trasmisión donación, remisión”, significado en estrecha relación con el verbo trado, “entregar, hacer pasar a manos de otro, transmitir”. [22] En la filosofía aristotélica, el concepto de “tradición”, παράδοσίς, además de trasmisión de conocimientos, era el lugar donde se decantaba la verdad. [23]

En filología y en lingüística, el concepto de tradición incluye, sensu lato, los significados de las definiciones anteriores: puede decirse que tradición es el conjunto de teorías, opiniones y aportaciones alrededor de un problema o tema que integran una doctrina, circunscrita a veces en un espacio y tiempo concreto, a veces a un pueblo o una lengua determinada compartida por varios pueblos. Así, la tradición filológica de Grecia o Roma, la tradición lingüística de India. Es en este sentido en el que se usa el concepto en el citado ensayo de Dell Hymes, en el que se habla de tradiciones filológicas nacionales, como tradición griega y tradición índica, y de tradiciones más amplias, como la tradición clásica, la tradición medieval. Asimismo, Hymes aplica el concepto a tradiciones temáticas como la tradición de la búsqueda del origen del lenguaje, la tradición de la gramática universal, la tradición etimológica. Habla inclusive de “ a collection of the traditions of li-nes of work on particular languages, language families and language areas”. [24]

Dos autores pueden servirnos como ejemplo del uso del concepto de tradición aplicado al estudio de las lenguas americanas, Jesús Bustamante García y Konrad Koerner. Bustamante en su ensayo, “Las lenguas amerindias: una tradición española olvidada” (1987) distingue la existencia de varias tradiciones filológicas diferentes en el extenso registro gramatical de las lenguas de Mesoamérica y el mundo andino, tradiciones que poseen diferentes niveles de productividad y de elaboración y que juntas integran una tradición lingüística española de gran importancia. En esta tradición prevalece el modelo gramatical latino, si bien, dice él, “a medida que una lengua era mejor conocida, su descripción mejoraba y se alejaba cada vez más del paradigma latino”. [25]

E. F. K. Koerner ha dedicado atención a las tradiciones americanas en varios trabajos, entre los cuales traigo a la memoria dos, “ Gramática de la lengua castellana, de Antonio de Nebrija, y el estudio de las lenguas indígenas de las Américas, o hacia una historia de la lingüística amerindia” (1994) y “Notes on Missionary Linguistics in North America” (2004). En ambos se ocupa de tradiciones misioneras y, siguiendo a William Cowan, distingue tres, francesa, inglesa y española, a las que añade él una holandesa y otra portuguesa. En ese primer trabajo de 1994 presenta un esbozo de la tradición misionera hispánica y destaca la labor de descripción de lenguas y la política de Felipe II al crear cátedras de lenguas generales. En realidad, en ambos trabajos están muy bien delineadas las tradiciones francesa e inglesa, que el autor analiza con detalle. La palabra tradición es usada para describir un conjunto de hechos lingüísticos y extralingüísticos que forman una cadena de conocimientos acerca de las lenguas vernáculas de lo que era la Nueva Francia y la América inglesa. En esta cadena desempeñan papel importante personas, ideas, creencias, situaciones políticas y religiosas, y sobre todo autores que lograron elaborar gramáticas, diccionarios y catecismos en lenguas hasta entonces no escritas. Si bien el modelo de estudio era el latín, en los dos trabajos queda clara la aportación de materiales lingüísticos nuevos que enriquecieron la tradición.

Tradición es, pues, un concepto de uso frecuente en las disciplinas humanísticas, en especial en aquellas que se mueven en una coordenada diacrónica, como la historia de la lingüística. En realidad, al recordar su significado latino, hay que señalar la transitividad del verbo de que deriva, trado, “entregar, transmitir alguna cosa, algo”. Ese “algo” que implica la transmisión de lo permanente nos lleva al vocablo griego, παράδοσις, en su segunda acepción, “lugar donde se decanta la verdad”. Importa resaltar que es en esta acepción donde está el punto de encuentro de los conceptos de paradigma y tradición. Porque el “lugar donde se decanta la verdad” es precisamente esa parte del paradigma que permanece, “la estructura profunda perdurable del conocimiento” de la que habla Jaime Labastida, la que permanece como cimiento del modelo. martha

De esto se deduce que en la formación de una tradición pueden entrar uno o varios paradigmas que contribuyen a dar cuerpo y sustancia a la doctrina, tema, problema, hipótesis o creencia que conforman la tradición. Ahora bien, así como el paradigma es único y sincrónico, la tradición es múltiple y diacrónica y en ella conviven varios paradigmas que pueden descartarse, parcial o totalmente, pero que en muchos casos se reconcilian y complementan. Es así que la aparente oposición de estos dos conceptos nos sirve para ponerlos en juego y ayudar a explicar la sucesión de modelos gramaticales generados desde la antigüedad que jalonan la historia de la lingüística, modelos que tienen su propia evolución y desarrollo en la codificación gramatical de las lenguas del Nuevo Mundo, como pronto lo vamos a ver.

En resumen y volviendo a la gramática, un paradigma es simplemente la creación de un modelo de estudio en el que se logra una explicación a la palabra y su función en la lengua, con frecuencia una explicación no total, lo cual da pie a la creación de otro paradigma que complementa y enriquece al anterior. Desde este punto de vista, la sucesión de paradigmas es objeto importante de estudio como modelos en los que se concentra y explicita una forma de saber. Y es también tarea esencial de la historiografía lingüística, según nos dice Miguel Ángel Esparza, uno de los autores reconocidos en esta materia:

Es trabajo de la historiografía situar los diversos modelos lingüísticos históricamente, desde distintos puntos de vista: en su sucesión temporal, en sus relaciones de oposición o de complementariedad, en su relación con el paradigma de la ciencia desde el que actúan o, incluso, en su relación con distintas concepciones antropológicas o filosóficas. [26]

Como puede verse, paradigma y tradición se pueden entender en un sentido muy amplio, desde varios puntos de vista y con muchos matices. La riqueza semántica de estos conceptos adquirida a lo largo de la historia nos lleva a dos ideas concretas: modelo y sucesión de modelos dentro de un proceso creativo. Así se entienden y usan aquí las dos palabras objeto de esta larga disquisición.

Con estas premisas podemos volver a Dionisio de Tracia (170-90 a. C.), el erudito formado en la Biblioteca y Museo de Alejandría con Aristarco de Samotracia (216-144 a. C.) y que murió desterrado enseñando en Rodas. Su obra es considerada “el primer texto teórico sobre una lengua en la cultura occidental”. [27] Dionisio la llamó Τέχνη γραμματική, a la letra “tejido gramatical” pero también “técnica de las letras”, o también “arte para conocer las letras”, ya que la palabra τέχνη se tradujo al latín como arte. [28] También se ha traducido como sistema gramatical por la forma de definir y clasificar los elementos del discurso según su naturaleza y función que desempeñan en la oración. La τέχνη nació en el seno de las reflexiones sobre la palabra y el enunciado de la filosofía griega y tomó forma gracias a la dialéctica estoica. [29] Dionisio la concibió como un instrumento de la filología alejandrina y quizá su autor nunca pensó que su obra, además de ser un instrumento para interpretar los textos, sería considerada un paradigma por la forma de ordenar y explicar la materia gramatical de la lengua griega. Incluye definición de la gramática y de sus seis partes según el propio autor: lectura cuidada según la prosodia; explicación de las figuras poéticas; interpretación de las palabras raras y de los argumentos; búsqueda de la etimología; exposición de la analogía y, la última, crítica de los poemas, “que es la parte más bella de todas las de la gramática”. [30]

Pocas gramáticas han sido tan comentadas como la de Dionisio. [31] Para nosotros, que pensamos con Saussure que la lengua es un sistema de signos sonoros, la τέχνη es el primer paradigma gramatical en el que se logra traducir ese sistema de signos sonoros a otro sistema de signos conceptuales. En el sistema se pone al descubierto el tejido de los elementos gramaticales, un tejido en el que se ordenan los fonemas para formar palabras y las palabras para formar los enunciados. Por primera vez, las reflexiones de la filosofía griega sobre el logos, la arbitrariedad del signo, la predicación, las partes del enunciado, letra, sílaba y voz se separan de la lógica y la retórica para formar un dominio propio en el cual son ordenadas y analizadas. Con ellas se logra una teoría que pronto es compartida en el oriente helénico y transmitida al mundo romano por un discípulo de Dionisio, Tiranión el Viejo (110-25), llevado a Roma como esclavo en el 71 a. C.

Como todo paradigma, el de Dionisio era incompleto. Aunque en él quedaba explicitada la doctrina sobre la naturaleza fónica de la palabra y sobre la palabra como categoría gramatical, faltaba lo concerniente a la forma de articularse las palabras entre sí dentro de la oración, hoy diríamos, lo concerniente a la función de la palabra. A esta tarea se consagró Apolonio Díscolo, quien vivió en el siglo II d. C. en Alejandría y recogió los últimos ecos de los eruditos que brillaron en aquella ciudad. En su amplio tratado Σύνταξίς, dividido en cuatro libros, se adentró en “la construcción que de ellas (las palabras) se hace con vistas a la coherencia, καταλληλότης, de la oración perfecta”, según él mismo dice en el libro I de su obra. [32] Partiendo de la morfología de Dionisio, Apolonio analizó los trazos de las palabras, los accidentes, en sí mismos y en sus reglas de combinarse según el principio de la coherencia. En la sintaxis de Díscolo los accidentes cobran vida: son portadores de significación y determinan la concordancia y la relación sintáctica. Y, siguiendo el eje de la filosofía griega, afirma que la construcción está regida por el λόγος, que Prisciano tradujo al latín como ratio. 

El nuevo paradigma grecolatino

El paradigma de la Τέχνη llegó a Roma en un momento propicio, cuando las legiones conquistaban Grecia y los romanos se apropiaban de las creaciones literarias y artísticas del mundo helenístico. En tal contexto, el modelo de Dionisio fue muy pronto un estímulo para el estudio de la lengua latina entre pensadores como Marco Terencio Varrón (116-27 a. C.) y Marco Fabio Quintiliano (30-98 d. C.). Pero el trasvase de la doctrina gramatical griega al latín correspondió a un grupo de gramáticos conocido como artígrafos, quienes a partir del siglo I de nuestra era se dieron a la tarea de describir la lengua latina y de los cuales conocemos sus nombres. [33] Para ello tomaron el paradigma de Dionisio y lo enriquecieron con las aportaciones de la dialéctica estoica referentes al significante ( semainon formado por φόνη, voz sin más; λέξις, voz articulada y λόγος, voz articulada portadora de significación). Asimismo ampliaron la materia gramatical y añadieron una parte nueva, la concerniente a vicios y virtudes que los escritores se permiten hacer en la lengua, como metaplasmos, tropos, barbarismos y solecismos.

De todos ellos, el más famoso es Elio Donato que vivió en el siglo IV d. C. y fue maestro de san Jerónimo. En su Ars maior, logró crear un esquema sencillo en el que los rasgos del latín se ordenan y definen con intensidad y claridad. En el esquema se fijan tres partes: la primera contiene lo relativo a los elementos por los cuales se accede a la palabra: voz, letra y sílaba; la segunda contiene la descripción de las categorías de palabras con sus atributos. Los atributos son los accidentes: calidad, especie, figura, género, número, persona, caso por declinación y, para el verbo, conjugación. Los accidentes son los trazos morfológicos que se añaden a la palabra y que la identifican plenamente; algunos de ellos tienen valor sintáctico, como los casos reflejados en la declinación. Finalmente, la tercera parte del esquema de Donato responde también a la dialéctica estoica de vitia virtutesque, como se acaba de decir. [34]

El Ars maior de Donato fijó sin duda un nuevo paradigma, aprovechando el de Dionisio como cimiento fundamental. Es más, podemos verlo como un logro de traducción de un sistema de una lengua al de otra, ambas del mismo tipo lingüístico. Los dos, lejos de destruirse, se integran y son el germen de una tradición, la tradición grecolatina. En la tradición justo es reconocer la aportación de los artígrafos. El Ars maior sirvió de texto en las escuelas del imperio romano. Pero, dado que un paradigma nunca está acabado, el de Donato tampoco lo estaba y, como en el de Dionisio, faltaba la materia relativa a la forma de articularse las palabras entre sí para formar la oración; faltaba la sintaxis. Quizá por ello dos siglos después surgió un nuevo modelo de estudio, mucho más completo, el contenido en las Institutiones grammaticae de Priscianus Caesariensis (nacido a fines del siglo v en la Mauritania Caesariensis, hoy oriente del Magreb), profesor de latín en Constantinopla poco antes de que gobernara Justiniano (483-565). [35] Distribuido en 18 capítulos, en él su autor no sólo amplió la materia gramatical estudiada por Donato, sino que añadió dos capítulos de sintaxis, con lo cual creó un nuevo modelo de estudio de la lengua latina más completo que el de Donato, modelo que persiste hasta nuestros días. Quizá por vivir en Constantinopla, Prisciano conoció el tratado de Apolonio Díscolo y se benefició de él ampliando el modelo latino con la sintaxis, considerada en la lingüística moderna como el nivel más alto en la descripción gramatical de cualquier lengua [36]Sus Institutionesalcanzaron tal renombre que su título fue aceptado por Justiniano para dar nombre a una parte de su famosa recopilación de leyes conocida como Corpus iuris civilis. Es más, la obra sirvió de canon gramatical para la redacción en latín de determinadas partes del Corpus, como lo muestra el que uno de los manuscritos que se conservan ostenta una subinscripción en la que se dice que la obra fue copiada por Flavius Theodorus, clérigo del gobierno imperial en 527, precisamente el año que Justiniano subió al poder. [37] Tal hecho es un elemento más a favor del talento jurídico de Justiniano, quien se preocupó por conferir a su obra el mayor grado posible de inteligibilidad de las palabras porque en la interpretación de éstas se encierra la interpretación de la justicia; en frase de Diego Valadés, “el significado de las palabras ha movido a los hombres de todas las épocas porque de sus enunciados precisos y razonables dependen la vida, la libertad, la seguridad y la propiedad”. [38]

El paradigma de Prisciano, en el que se conjuga armónicamente lo aportado por Dionisio, Donato y Apolonio, persistió durante la Edad Media y el Renacimiento como la gramática latina por excelencia. Puede decirse que en él se consolida una tradición cimentada en los grandes paradigmas anteriores, resultado de reflexiones acerca de dos lenguas, el griego y el latín. Y aunque ambas lenguas tipológicamente son hermanas, las diferencias entre ellas obligan a crear un paradigma gramatical extenso en el que entran rasgos lingüísticos y léxicos diferenciados, lo cual fue muy enriquecedor. No es extraño que las obras de Donato y Prisciano fueran libros de texto en la Edad Media en los países de Europa occidental mientras Dionisio y Apolonio eran estudiados y comentados en el Imperio bizantino, y que se conserven de ellos numerosos manuscritos. [39] En rigor, el modelo creado por Donato y Prisciano pervivió por siglos y quizá pervive, sometido desde luego a la influencia de la lingüística moderna. Creo que todos hemos estudiado la gramática divida en cuatro partes: prosodia, hoy llamada fonología; analogía, hoy morfología; sintaxis, y ortografía, con las figuras de dicción. 

El paradigma renacentista y la tradición grecolatina

Estos cuatro paradigmas ideados por los cuatro autores citados a lo largo de ocho siglos contenían las reflexiones no sólo de los gramáticos que los idearon, sino también de muchos pensadores griegos y romanos preocupados por sus lenguas. Los paradigmas se complementaron unos a otros y constituyeron una cadena de saber lingüístico que se trasmitió de generación en generación como modelos de estudio durante la Edad Media. [40] Puede decirse que los cuatro integraron una tradición que hoy conocemos como grecolatina.

La tradición grecolatina que acabamos de describir irrumpió en el Renacimiento y generó nuevas propuestas, algunas de las cuales por su estructura, precisión y contenido alcanzaron a ser modelos de estudio ya que satisfacían las necesidades académicas de las comunidades universitarias europeas, ávidas de saber leer y escribir en latín. Los autores que se preocuparon por hacer nuevas descripciones del latín y del griego tuvieron a la mano ediciones de las gramáticas de Apolonio, Donato y Prisciano y conocían la obra de Dionisio a través de sus múltiples comentaristas bizantinos. [41] Es decir, contaban con los cuatro grandes paradigmas heredados del mundo grecolatino para cimentar cualquier nueva propuesta.

En suma, el Renacimiento heredó una tradición y la renovó con nuevos paradigmas. Es el caso de las gramáticas latinas de Elio Antonio de Nebrija (1444-1522), para la Europa meridional, y de Jan Despauter, Despauterius (c. 1460-1520), para Francia, Bélgica, Inglaterra y el centro de Europa. Entrado el siglo XVI, un jesuita portugués, Manuel Álvares (1526-1583), creó un nuevo modelo gramatical con su obra De institutione grammatica libri tres, Lisboa, 1572, que tuvo gran impacto ya que fue tomado como libro de texto por la Compañía de Jesús. Estos tres nuevos paradigmas latinos se impusieron en la comunidad académica europea. En realidad, la gramática de Álvares desplazó a la de Despauterius y debilitó la figura indiscutible de Nebrija en el mundo hispánico, lo cual suscitó un problema de geopolítica lingüística. Todos recordamos el decreto de Felipe III nada más llegar al poder, en 1598, según el cual el libro titulado Aelii Antonii Nebrissensis de Institutione Grammaticae Libri Quinque pasaba a ser texto único de la enseñanza del latín. [42] Para esa fecha, el modelo de Álvares, aceptado por los jesuitas como texto de sus colegios y del Colegio Romano, donde se preparaban para las misiones de Oriente, se había publicado ya en Japón con el título de De institutione grammatica libri tres. Coniugationibus accesit interpretatio Iapponica (Amakusa InCollegio Amakvsensi Societatis Iesus, 1594). [43] No es extraño que el monarca español quisiera establecer en su imperio el modelo propio, frente al modelo portugués que había ganado un terreno asombroso, quizá por haber sido elegido libro de texto de la Compañía.

Simplificando, puede decirse que el paradigma grecolatino, puesto al día por Nebrija y Álvares, se impuso en Europa e influyó grandemente en todo lo que en materia gramatical se hizo en el Renacimiento. No sólo influyó en las gramáticas de las lenguas de Oriente elaboradas por los jesuitas, como las de João Rodrigues del japonés, sino también en las de Centroeuropa. [44] Es más, el modelo grecolatino se impuso también en la descripción de lenguas que tenían su propia tradición gramatical consolidada en la Edad Media, como el hebreo y el árabe, a tal grado que se abandonaron los paradigmas anteriores. [45] Ambas lenguas, cabe añadir, fueron muy estudiadas en el Renacimiento por razones religiosas: el hebreo como raíz de los textos bíblicos y el árabe para formar misioneros que evangelizaran. [46] 

Las lenguas mesoamericanas

Es en este contexto de panlatinismo en el que hacen su aparición las lenguas americanas en un escenario de encuentros, guerras y conquistas. Los primeros años de la presencia española en América no fueron propicios a aprender lenguas ni a entablar diálogos entre sus hablantes. De ellos puede decirse lo que el Inca Garcilaso recordaba de su niñez en el Cuzco: “que faltaron letras y sobraron armas”. Después de la caída de Tenochtitlan, los primeros franciscanos abrieron escuelas en Texcoco y México. Fueron ellos los tres flamencos llegados en 1523: fray Pedro de Gante (c. 1480), fray Juan de Ayora y fray Juan de Tecto (m. 1525). Cuando, un año después, llegaron los 12 enviados por el papa Adriano VI (1495-1523) y por el emperador Carlos V (1500-1558), viendo que los ídolos estaban en pie preguntaron a los flamencos “qué hacían y en qué entendían”, según cuenta el cronista de la orden, Gerónimo de Mendieta (1524-1604), a lo cual Tecto contestó: “Aprendemos la teología que de todo punto ignoró san Agustín, llamando teología a la lengua de los indios y dándoles a entender el provecho grande que de saber la lengua de los naturales se había de sacar”. [47]

¿Cuál era esta teología? Mendieta la identifica con la lengua de los indios. Hoy pensaríamos que era un saber totalmente distinto al que se aprendía en la filosofía escolástica. Era un saber acerca de los otros, de la lengua y el pensamiento de unos hombres que no pertenecían a la cristiandad. En este saber no entraba la teoría del conocimiento aristotélica ni las ideas agustinianas sobre el tiempo y sobre el conocerse a sí mismo. ¿Cómo interpretar aquella frase de Las confesiones, “no salgas de ti; en el interior del hombre habita la verdad”? Creo que para Tecto y sus compañeros la frase adquirió pleno sentido leída al revés: sal de ti mismo, déjate ir porque en el interior de los otros habita una verdad que hay que conocer.

Pero no es fácil entrar en el interior de los otros y es imposible si no se conoce su lengua. Es más, para predicar el Evangelio se necesitaba hablarles en su lengua porque de lo contrario, decía Alonso de Molina en los “Prólogos” a sus Vocabularios, recordando a san Pablo, “el que predica será tenido por bárbaro”. [48] Refiere Mendieta que los 12 estaban desconsolados; que se reunieron y pidieron al Espíritu Santo les diera luz para aprender. El Espíritu Santo les inspiró que se hicieran niños con los niños en las escuelas y que de ellos aprendieran la lengua. De esta manera, aprendiendo con letras sonido tras sonido y palabra tras palabra, lograron redactar incipientes glosarios y rudimentarias reglas gramaticales. Así cuenta Mendieta que el milagro de la conversión en la Nueva España, basado en el milagro de aprender lenguas, fue muy diferente al descrito en Pentecostés. [49] Hoy podemos ver este milagro como un método muy eficaz de adquisición de lenguas cimentado en la creación de un espacio donde los maestros también eran discípulos de sus propios alumnos.

Ahora bien, en este método hay algo más: la adquisición de vivencias. Porque al tiempo que aprendían la lengua, el contacto humano día a día favorecía la adquisición de comportamientos culturales entre maestros y alumnos, la disposición de comprender y estimar, de compartir experiencias, lo que hoy llamamos vivencia, entendiendo esta palabra como sensaciones aprehendidas que permanecen enriqueciendo la conciencia del que las aprehende. En la moderna hermenéutica, en especial en pensadores como Wilhelm Dilthey (1833-1911) y Hans Georg Gadamer (1900-2002), las vivencias son datos importantes del conocimiento, unidades de significado de las ciencias del espíritu que, incluso siendo extrañas, pueden ser reconvertidas a unidades integrantes de nuestra conciencia. [50] En nuestro contexto, las vivencias compartidas en las escuelas por maestros y discípulos, en un principio formaciones extrañas, fueron reconvertidas en unidades de conversión y traducción de un pensamiento a otro.

En suma, para aquellos 12 que suplicaban al Espíritu Santo el don divino de las lenguas, la escuela fue el instrumento divino del milagro. En las escuelas aprendieron hablas intrincadas y extrañas, aunque muy “artizadas”, incluso más que la latina, al decir de Mendieta. El don divino de las lenguas se hizo palabra y con la palabra se acercaron dos culturas radicalmente diferentes. 

Escuelas, tlahcuilos y textos

Una vez adquirida la lengua, aquellos evangelizadores emprendieron la tarea de elaborar catecismos, doctrinas cristianas y sermonarios en náhuatl, mientras sus alumnos, dueños ya de la escritura alfabética, empezaron a rescatar la memoria histórica de sus comunidades y la literatura oral, en especial la codificada en modelos canónicos que se recitaba ante todos en los momentos importantes de la vida del hombre. No tardaron en surgir los primeros escritos, como el Manuscrito de 1528, llamado también Unos annales históricos de la nación mexicana Anales de Tlatelolco. Pronto, aquellas humildes escuelas conventuales donde se inició el proceso de aprendizaje y escritura de la lengua se fueron consolidando y en la siguiente década, la de 1530, las tres órdenes mendicantes tuvieron colegios de humanidades donde se enseñaba conforme al trivium y al cuatrivium, y donde los frailes aprendían lenguas. El más famoso es el de Santa Cruz de Tlatelolco, pero igualmente valioso son los fundados por los agustinos en Tiripetío y por los dominicos en Oaxaca (el de Santo Domingo). En esos colegios se consolidó la enseñanza del latín y se logró adaptar el sistema alfabético a cuatro lenguas: náhuatl, purépecha, zapoteca y mixteca, todas ellas lenguas generales de Mesoamérica. Poco después se logró esto mismo con otras lenguas, igualmente generales: otomí, huasteco y totonaca en la región del Golfo, y la maya, tzeltal y quiché en el sur de Mesoamérica. Es importante destacar este hecho porque en él se refleja que la codificación alfabética y el rescate de textos comenzó en las regiones correspondientes a las unidades culturales del mundo mesoamericano donde existían lenguas generales, lo cual establece una continuidad lingüística y cultural. Es asimismo una respuesta en contexto renacentista a la Babel americana.

El interés por elaborar textos con escritura alfabética, a menudo acompañada con la escritura pictográfica tradicional, dio como resultado un corpus textual escrito que sirvió de infraestructura a las codificaciones gramaticales y léxicas que pronto se hicieron. Cabe recordar que este corpus textual precede siempre a las gramáticas, como sucedió en India y Grecia, los dos focos donde surgió el cultivo de esta disciplina. Difícilmente se hubieran podido redactar gramáticas sin antes atrapar la lengua con signos para cada fonema, ya que sólo la letra aislada permite analizar los elementos que forman la palabra y visualizar, en un plano sincrónico, las múltiples posibilidades de combinarse para formar palabras. Pero bueno es advertir que en las lenguas generales de Mesoamérica existía un cultivo de la palabra centrado en el interés por conservar el purismo de la palabra y la belleza de la lengua. Este interés en el purismo y la belleza tuvo su mejor logro en la expresión retórica y poética –lo que los nahuas llamaron tecpilahtolli– fuente de creatividad y sustrato de reflexión pregramatical sobre el cual arraigó la nueva tradición gramatical mesoamericana. 

El paradigma mesoamericano: sus orígenes

Aun así, la enseñanza recíproca en las escuelas fue una senda para dar los primeros pasos y adentrarse en la morada de la nueva lengua, con sus sonidos contenidos en palabras de rostro desconocido difícil de identificar. Sin duda, la senda era una atalaya para observar y conocer las nuevas palabras, descubrir su significado, traducirlas y establecer una primera comunicación y comprensión entre dos culturas diferentes. Pero el don de lenguas que se requiere para predicar y escribir con soltura en una lengua nueva va mucho más lejos porque implica conocer el perfil morfológico de cada palabra y su forma de ensamblarse con las demás; es decir, su función en la oración. Y aún más: visualizar el habla por medio de signos escritos en un plano sincrónico en el que fácilmente se puede diseñar un orden de descripción y clasificación de los elementos que conforman las lenguas, al modo como se hacía en el Viejo Mundo, es decir, siguiendo el trazo de una gramática. En definitiva, se necesitaba elaborar gramáticas para poder comprender plenamente las lenguas, enseñarlas y escribir textos.

En los territorios de tradición hispánica, “el estudio de las lenguas americanas se llevó a cabo con la gramática latina de Nebrija en el bolsillo”, dice Hans Josef Niederehe, reconocido estudioso del famoso gramático. [51] Esta afirmación se confirma al abrir muchas de las artes de lenguas vernáculas americanas; en casi todas está el nombre de Antonio, bien para asentir, bien para discrepar. No es extraño, pues sabemos que las Introductiones latinae, aparecidas en 1481, se publicaron sin cesar durante los últimos años del siglo XV y los tres siglos siguientes. [52] Sin duda fue el libro de cabecera de cuantos aprendían latín y desde luego de los misioneros que se embarcaban al Nuevo Mundo.

Pero pronto, aquí en las nuevas tierras la gramática latina de Antonio adquirió una nueva función: la de servir de inspiración para trazar el entramado gramatical donde clasificar los elementos componentes de las nuevas lenguas, en primer lugar de la náhuatl. Ahora bien, inspiración no es imitación y menos apropiación servil de los paradigmas que sustentaban la tradición grecolatina, paradigmas que además no daban respuestas a lenguas radicalmente diferentes. Se necesitaba un nuevo paradigma, y correspondió al franciscano Andrés de Olmos (c. 1485-1571) fijarlo en su Arte de la lengua mexicana, terminada en 1547 en Hueytlalpan, en tierras totonacas. Olmos, nacido en Oña, Burgos, llegó a la Nueva España con fray Juan de Zumárraga en la barcada de 1528. Desde que llegó se dio a la tarea de aprender náhuatl en la ciudad de México y en Tepepulco, hoy Hidalgo, y después en el Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco. Además de náhuatl aprendió totonaco y huasteco, y en estas lenguas escribió gramáticas y doctrinas; era conocida su facilidad para aprender lenguas; tenía don de lenguas y “de él todos los arroyos emanaban”, decía fray Gerónimo de Mendieta, cronista de la orden seráfica. [53] Muy pronto, en la década de 1530, su conocimiento de la lengua le permitió recoger un extenso corpus de textos canónicos de tradición oral que se recitaban en los momentos importantes de la vida del hombre, y de esta manera integró el primer repositorio de lengua textualizada.

En su etapa de estudios humanísticos en Valladolid se formó como latinista con lecturas de los clásicos y con las Introductiones latinae de Nebrija. Pero, además, en su obra sobre la lengua mexicana aparece un dato que confirma los conocimientos de Olmos de la gramática que se hacía en Castilla y Aragón en el siglo XVI y que se conoce como grammatica proverbiandi. Era un tipo de gramática redactada en latín con muchos ejemplos en romance para uso de las escuelas. El dato es el uso del término “noticia para designar oración congrua y perfecta”, usado en las citadas gramáticas, que Olmos y los que le siguieron también usaron. Olmos, que se formó en Castilla, seguramente conoció uno de los tratados más consultados de la grammatica proverbiandi, la Grammatica brevis de Andrés Gutiérrez de Cerezo (1459-1503), publicada en 1485, quien fue abad del monasterio benedictino de Oña. [54] 

Pero además de las fuentes gramaticales latinas, en la obra de Olmos se advierte la presencia de una reflexión gramatical mesoamericana, comenzada en aquellos incipientes glosarios y primeras reglas gramaticales de las escuelas que pronto elaboraron fray Francisco Ximénez (m. 1537) y fray Alonso Rangel (c. 1500-1547). [55] Era un saber de la lengua náhuatl tomado de la experiencia, un saber comunitario y colectivo, y como tal variado y enriquecedor, en el que participaron maestros y alumnos mientras traducían las oraciones al mexicano para empezar a convertir. Hoy diríamos que era un saber adquirido en trabajo de campo, abriendo senda a través de él. Y contó con un buen corpus de lengua escrita elaborado por él mismo, como ya se ha dicho.

En el “Prólogo al lector” confiesa él que esta es la segunda redacción de su obra y que a la primera “le faltaba mucho en el corte” [f. 21 r.]. Dice también que “es cosa muy ardua querer poner cimiento sin cimiento de scriptura en una tan estraña lengua y tan abundosa en su manera e intrincada” [f. 21 v.]. A pesar de ello, puso manos a la obra. No dudó en seguir a Antonio y también en abandonarlo:

Creo que la mejor manera y orden que se ha tenido es la que Antonio de Nebrija sigue en la suya […] pero porque en esta lengua no cuadra la orden que él lleva por faltar muchas cosas de las cuales en el arte de la gramática se hace gran caudal como son las declinaciones, los supinos y las especies de los verbos, por lo tanto, no seré reprehensible si en todo no siguiere el Arte de Antonio (Primera parte, capítulo I). [56]

En esta cita se refleja el nuevo paradigma: la manera y orden de Nebrija, con las rupturas necesarias para introducir los rasgos propios del náhuatl. De Nebrija toma las categorías morfológicas y el análisis de los elementos internos de cada una de ellas, además del metalenguaje gramatical. Pero, consciente de las diferencias entre el latín y el mexicano, impone una nueva traza al edificio y diseña una nueva arquitectura: tres partes en lugar de cinco. La primera está dedicada al estudio del pronombre, nombre y adjetivo, con sus flexiones y composiciones propias; la segunda, al verbo, porque dice que en todas las lenguas “lo que tiene mayor dificultad es la materia de los verbos porque en ellos consiste principalmente toda la armadura del bien hablar” [f. 44 r.]; por último, la tercera está dedicada a las “partes indeclinables, orthographia y una plática de los naturales y maneras de hablar” [f. 85 r.].

La nueva traza implicaba una valiente ruptura no sólo con el paradigma de Nebrija sino también con los anteriores de Donato y Prisciano, que parecían inconmovibles por siglos o quizá milenios. [57] En ella, Olmos suprimió lo concerniente a declinaciones y sintaxis y por ello redujo el número de libros sin menoscabo de la materia gramatical. Al reducir el número de libros, no sólo simplificó el estudio del náhuatl, sino que expuso la materia propia de la lengua con más precisión y con contextos propios. Y así distribuyó la morfología en las tres partes dando a cada parte de la oración un espacio delimitado. En ese espacio presentó cada categoría gramatical desde un punto de vista doble: en sí misma, con sus accidentes –persona y número–, y en relación con otras partes de la oración, en “composición” dice él. Hoy diríamos desde un punto de vista morfológico y sintáctico. Tal innovación no sólo trae consigo una manera nueva de distribuir la materia gramatical, sino la creación de un espacio en el que la morfología y la sintaxis forman un cuerpo bajo el nombre de composición y que, como veremos, implica la captación de una estructura lingüística diferente, hoy diríamos de un nuevo tipo lingüístico. La traza tripartita significaba mucho y tuvo inmediata repercusión: fray Maturino Gilberti (1498-1585) la sigue en su Arte de la lengua de Michuacan(México, 1558), la primera gramática publicada sobre una lengua del Nuevo Mundo en el Nuevo Mundo, y a Gilberti le sigue su discípulo Juan Bautista Lagunas (m. 1604) en su Arte y diccionario con otras obras en lengua michuacana (México, 1574). También fray Alonso de Molina, cuando elabora su Arte de la lengua mexicana y castellana (1571) impone su propia traza para crear el espacio morfosintáctico, y lo llama también composición.

El eje del nuevo paradigma: la composición

Para entender mejor este doble punto de vista podemos apelar a dos conceptos de la filosofía griega, el de naturaleza y el de función. Naturaleza se equipara con esencia, lo que una cosa es en sí misma. Función, por el contrario, es la ciencia del movimiento en sentido amplio. [58] Aplicados estos conceptos a la palabra como unidad gramatical, su naturaleza, en cuanto elemento morfológico, es su esencia, lo que es en sí misma sin establecer relación con otras palabras. La palabra así considerada es un elemento morfológico. Función, por el contrario, es el movimiento, el cambio que cada palabra sufre para relacionarse con las demás y articular enunciados. La palabra en movimiento es un elemento sintáctico. Vistas así las cosas, el estudio de la naturaleza y de la función de la palabra, es decir, de la morfología y la sintaxis, constituye el meollo, el corazón de la gramática clásica, y creo que de la gramática de todos los tiempos. [59]

Los conceptos de naturaleza y función aplicados al análisis del nuevo espacio morfosintáctico diseñado en la traza de Olmos y sus seguidores franciscanos nos sirven mucho para calibrar los nuevos paradigmas. Olmos describe cada una de las partes de la oración con su definición y sus accidentes, es decir, según su naturaleza, y en esto sigue el paradigma grecolatino. [60] Pero, al final de tal presentación, cada parte de la oración es tratada en composición con otra u otras partes de la oración, ya que así aparecen frecuentemente en la lengua. Este fenómeno es palpable para cualquier lector avisado que se acerca a un texto en náhuatl: rápidamente podrá percibir que hay varias palabras “ayuntadas” formando una sola. Si el lector conoce algunos rasgos gramaticales de la lengua observará que las palabras “ayuntadas” pierden parte de su sufijo terminal o de su afijo y se fusionan fuertemente entre sí, se componen (de cum-ponere, poner juntamente) formando un nuevo signo lingüístico diríamos hoy. En los primeros gramáticos este rasgo de la lengua aparece plenamente identificado y aplicado al artificio nominal y verbal con el término de composición, lo cual permite abandonar el término de sintaxis. Tal hecho supone una enorme innovación en la historia de la codificación gramatical y, como veremos, constituye el eje de la nueva tradición mesoamericana.

El concepto de composición aparece en la primera gramática de una lengua mesoamericana, la ya citada de Olmos. En los primeros capítulos de su Arte, tras describir el sistema pronominal del mexicano, se adentra en la función principal del pronombre, que es la de “ayuntarse” o componerse con el nombre, con otros pronombres, con verbos y preposiciones. Allí ofrece mucha materia sobre el tema, con reglas y excepciones, y destaca la pérdida de letras, es decir los cambios morfofonémicos que se producen en este proceso. Dos ejemplos ilustran la tesis: el primero es notlaxcalh, mi tortilla, compuesto de no, mío, y tlaxcalli, tortilla (tlax-cal-li). Al componerse, hay pérdida de la /i/ final del fonema absolutivo li, con ensordecimiento de la /l/. El segundo es notoca, mi nombre, de no, mío, y tocaitl, nombre (tocai-tl), con pérdida del absolutivo también. En este ejemplo tenemos el primer registro de la palabra tocayo, que hoy usamos en el español universal y que pocos saben que es nahuatlismo. [61] Un ejemplo más de pronombres con verbo ilustra esta composición nominal: antechtlaçotlah, vosotros nos amáis; de an, vosotros, pronombre personal sujeto; tech, a nosotros, pronombre personal objeto, y tlaçotlah, segunda persona plural presente de indicativo del verbo tlaçotla, amar.

En la composición nominal es importante destacar el valor de la posesión. Olmos dedica varios capítulos en la primera parte de su obra a los compuestos posesivos de pronombre más nombre y pone muchos ejemplos para que el lector observe cómo funciona con pérdida de letras. Y es relevante destacar que en función de la posesión explica las diferentes clases de sustantivos derivados de verbos, que en náhuatl son muchos y admiten diversidad de terminaciones. En realidad, la posesión es un rasgo que permea la lengua y que aparece con mucha frecuencia. Así, el topónimo Tochimilco, nombre de un pueblo con un bellísimo convento, viene de toch-in, conejo; i, pronombre posesivo, su; mil-li, milpa, y co, marcador de locativo: el conejo, su milpa. La traducción es “en la milpa del conejo”.

No es raro que este fenómeno llamara la atención de los que llegaron y que Olmos la destacara. Molina va más lejos y desde la posesión explica la función del nombre en un apartado al que titula “Declaración más larga y copiosa de los nombres” [ff. 9v.-16v.]. En ella afirma que “aunque en esta lengua no tienen casos, empero lo que dezimos en la lengua latina por genitivo possessiuo dizen ellos con estos pronombres no. mo. y. to. amo. yn. te (mío- tuyo- de aquel- nuestro- vuestro- de aquellos- de algunos). Con este principio entra en la formación de los nombres tanto primitivos como derivados, compuestos con el pronombre posesivo y a veces con alguna partícula. En los derivados verbales, explicados con mucho detalle, ofrece también información sobre el verbo del que proceden, forma de derivarse y significado. Es decir, en su descripción morfológica del nombre importa mucho su funcionamiento desde la perspectiva de la posesión con los cambios morfofonémicos que este hecho implica. El análisis responde a un modelo en el que imperan la sencillez y la claridad, algo de teoría con los diversos cambios desinenciales y pérdidas de letras. Parece evidente que Molina quiso, a través de la posesión, introducir al lector en la estructura propia de una lengua en la que las palabras compuestas aparecen incompletas, lo cual hace difícil reconocerlas y comprenderlas. Pero además el modelo de análisis gramatical que Molina logró al describir el nombre lo aplicó a las demás partes de la oración y con ello facilitó la comprensión de la lengua. El modelo es muy completo y, aunque de naturaleza morfológica, en él se explica la forma de relacionarse las palabras, lo cual es una puerta a la comprensión de la sintaxis.

Los pocos ejemplos de composición nominal antes presentados son sólo un esbozo de un fenómeno lingüístico recurrente en el mexicano: nombre, pronombre, verbo, adverbio y preposición tienen el atributo (potestad) de componerse entre sí para formar un nuevo signo lingüístico dotado de un nuevo rostro morfológico y semántico. Una y otra vez señalan Olmos y Molina que, al componerse el nombre y el pronombre, sufren “pérdida o cambio de letras”, es decir, sufren cambios morfofonémicos. Esta particularidad identifica a la lengua y supone un artificio gramatical por el que dos o más palabras se juntan perdiendo sus desinencias flexivas y formando una nueva palabra que es un nuevo signo lingüístico y que a veces es oración completa. En suma, el espacio morfosintáctico diseñado por Olmos y consolidado por Molina tuvo eco en las gramáticas de sus hermanos, los purepechistas Maturino Gilberti y Juan Bautista de Lagunas. Tampoco ellos dan importancia a la declinación y sí a la composición como una estructura en la que se armonizan la morfología y la sintaxis. [62]

En realidad, el término composición proviene de la tradición grecolatina, del accidente llamado figura, que en latín se dividía en simplex y composita, y que se aplicaba a la composición nominal. [63] En el nuevo paradigma de Olmos y en los tres siguientes –de Molina, Gilberti y Lagunas– el término sufre un proceso de extensión semántica: sigue designando una unidad morfológica compuesta de dos palabras pero se aplica a la potestad que tiene el verbo de ayuntarse a varias partes de la oración para formar “noticia entera”. [64] En suma, los primeros cuatro gramáticos de lenguas mesoamericanas usan el término para designar lo que hoy llamaríamos composición nominal y verbal desplazando al vocablo griego de sintaxis. [65] Es más, de estos cuatro pasó a las gramáticas elaboradas por los dominicos acerca de las lenguas de Oaxaca a fines del siglo XVI y a las que después redactaron los jesuitas sobre el náhuatl y sobre las lenguas yutonahuas del noroeste de México.

El concepto de composición cobra nueva dimensión en la composición verbal. El verbo es el señor de la gramática y Olmos le dedica los 13 capítulos de la segunda parte. Por ello, dice, “se porná la conjugación no como en la gramática sino como la lengua lo pide y lo demanda” [f. 44 r.]. ¿Y cuál es esta demanda de la lengua?, cabe preguntarse. La demanda es doble: por una parte, la descripción detallada del verbo y su naturaleza al modo tradicional. Por la otra, la manifestación, y aquí está la novedad, de la forma de componerse el verbo con otras partes de la oración, en particular con los pronombres –sujeto y objeto–, además de determinadas partículas, es decir, la exposición del artificio verbal con el fenómeno conocido como incorporación. Olmos lo identifica plenamente y lo describe al hablar de los verbos activos, de los que dice:

Verbos actiuos se llaman los que despues de si rijen caso y tienen despues de si persona que padesce expressa o sub intellecta. Y esta persona que padesce vnas veces se denota por algun nombre proprio o apelatiuo. Ejemplo nictlaçotla in Iuan, yo amo a Iuan. Y otras vezes por algun pronombre. Ejemplonimitztlaço-tla, yo te amo. Otras por algunas particulas que se anteponen o entreponen al verbo. Ejemplo nitenanquilia, yo respondo a alguno. Y este postrero tiene mas difficultad porque en la lengua latina no se hallan particulas asi encorporadas o juntas con el verbo las quales denoten la persona que padesce. Y es de notar que ningun verbo actiuo puede estar sin alguna particula destas salvo quando el verbo esta compuesto con nombre y tiene incorporada en si la persona que padesce. Ejemplo nipetlachiua, yo hago petates [ff. 61 v.-62 r.].

Se forma así el principio de una doctrina sobre el artificio verbal (capítulos séptimo y octavo de la segunda parte), que identifica al náhuatl y a otras lenguas americanas y va seguida de dos capítulos en los que Olmos da cuenta de pronombres y partículas, agentes y pacientes que incorporados forman “oration perfecta” [f. 62 r.]. En este artificio, alguno de los componentes puede perder letras, es decir, sufrir cambios morfofonémicos, pero se logra la palabra-frase, que sin duda es un rasgo lingüístico identificador del náhuatl. Dado que tal rasgo no es fácil para los que vienen de lenguas indoeuropeas o semíticas, Olmos pone muchos ejemplos, de los que traigo aquí cuatro:

Nitetlacuilia , tomo algo a alguno [f. 63 v.] (ni-te-tla-cuilia).

Yo-a alguno-algo-tomo.

Niccuilia in Pedro in totol , tómole a Pedro su gallina [f. 64 r.] (Ni-c-cuilia in

Pedro in tototl).

Yo-a él-tomo-a Pedro su gallina.

Si se tienen partícula direccional y pérdida de letras, la incorporación es más compleja:

Nocontlaça , yo lo arrojo [f. 64 v.] (ni-c-on-tlaça).

Yo-lo-hacia allá-arrojo.

Xicvalhcui, daca, trae [f. 65 v.] (Xi-c-val-cui).

Tú-lo-hacia acá-trae.

Los capítulos sobre incorporación contienen una extensa exposición de los elementos morfológicos que la integran y de su valor sintáctico, con reglas y excepciones que hacen comprensible un tema difícil. Para nosotros contienen, además, un principio universal: que el verbo activo necesita incorporar uno o dos argumentos y hasta tres, para poder existir. Así presentado, el verbo es el señor de la gramática porque atrae hacia sí y dispone dentro de un orden los elementos de la oración, como el sol en el sistema copernicano, y origina la palabra frase. Pero, además, la incorporación se hace más intensa cuando hay pérdida de letras porque entonces se produce una verdadera “fusión” de palabras. Esto es sin duda una novedad nunca registrada en ningún paradigma gramatical anterior que marca una innovación en el registro universal de las lenguas.

Acierto es y muy grande la elección del término incorporar que Olmos utilizó para identificar el nuevo artificio verbal al usar la palabra encorporar, es decir formar cuerpo el verbo con la persona que padece para hacerun todo. [66] La palabra también fue usada por fray Alonso de Molina para describir el mismo fenómeno. Asimismo, en los paradigmas de Gilberti y Lagunas encontramos registrado el fenómeno en los capítulos correspondientes. Gilberti lo hace en la tercera parte, en el apartado “De la composición de los verbos en cuya noticia consiste la llaue de esta lengua” [f. 112 v.-114 r.]. Lagunas lo trata en la segunda, capítulo XVII, “Regla y modo para saberse aprovechar de los verbos y hablar con los pronombres agentes y pacientes” [pp. 108-110].

El registro de la incorporación, con mayor o menor intensidad, pasó a otros gramáticos de lenguas mesoamericanas como fray Agustín de Vetancour (1620-1700) y Carlos Tapia Zenteno (c. 1690-1769). Siglos después, Guillermo de Humboldt (1767-1833), con base en estos gramáticos, dedicó varios trabajos al estudio de la lengua náhuatl y tomó este dato como base para fijar un nuevo tipo lingüístico, “el de lengua incorporante”, que aplicó a las lenguas del Nuevo Mundo. [67] En sus escritos sobre el náhuatl se interesó por definir este rasgo lingüístico que finalmente incluyó en su magna obra elaborada como introducción a la lengua kawi de la isla de Java, a la cual tituló Über die Verschiedenheit des Menschlichen Sprachbaues undihren Einfl uss auf die geistige Entwickelung des Menschengeschlechts (Berlín, 1836). En ella dedica el capítulo 17 a analizar lo que él define como Ein-verleibungssystem der Sprache, “Sistema incorporativo de la lengua”. En él se plantea Humboldt el análisis de la lengua mexicana como una lengua de estructura diferente al sánscrito y al chino tomando como base la unidad de la palabra y su relación con la unidad de la frase. En la mexicana, afirma él “que hay que considerar la frase en todas sus partes necesarias, no como un todo compuesto de palabras, sino como una verdadera palabra única”. [68] Sobre esta idea se adentra en el náhuatl y define conceptos como Einver-leibung, incorporación, Einverleiben, incorporar, Einverleiten Pronominen, pronombres incorporados, Einverleibungform, forma incorporativa, Mexicanische Einverbungsmethode, método incorporativo del mexicano. Analiza algunas frases nahuas para mostrar el artificio sintáctico y apoyar su teoría del nuevo tipo lingüístico. Y, lo que es muy importante, utiliza la misma palabra incorporar, formar cuerpo, Einverleiben (construida sobre ein, uno, y leib, cuerpo), que siglos antes usaron Olmos y Molina.

En realidad, la incorporación es la forma verbal por excelencia de la composición. El concepto de composición implica la conceptualización de un artificio morfosintáctico propio mediante el cual se relacionan las palabras entre sí para formar enunciados nominales y verbales. La identificación y descripción de tal concepto por parte de Olmos supuso una novedad en la codificación de las lenguas y facilitó la ruptura con el paradigma greco-latino de la sintaxis, ruptura muy explicable si recordamos el significado del vocablo griego σύν, conjuntamente, y τάξίς, orden, es decir relación y ordenamiento de las partes de la oración conjuntamente basada en la concordancia de los accidentes, sobre todo género, número, persona y caso por declinación. Tal cosa no encajaba en el artificio gramatical del náhuatl y del purépecha, donde la corcondancia de los accidentes de la palabra es sólo en número y persona y donde un sistema de afijos –prefijos, infijos y sufijos– hace posible el engranaje con el que se logra el tejido gramatical propio de la lengua. Sin duda, la creación y uso del concepto de composición fue una respuesta muy atinada al reto de codificar lenguas extrañas desde los recursos existentes en los paradigmas grecolatinos y constituye el eje gramatical de la naciente tradición lingüística mesoamericana. Por ello el término y su significado perduraron para siempre. 

Un importante elemento morfosintáctico: las partículas

En esta Babel americana donde la diversidad interna de las lenguas sorprendió a los que llegaron cuando empezaron a codificarlas, un elemento gramatical hizo su aparición. Era un elemento que aparecía bajo múltiples figuras morfológicas y sintácticas: como pronombres agentes y pacientes, relativos, indefinidos, preposiciones, marcadores de objeto, de dirección, de tiempo, de espacio e inclusive como sufijos e infijos. Los hay también que sirven para marcar la naturaleza de los verbos y a veces para transformar unos verbos en otros –neutros en activos– y para construir los frecuentativos, causativos y reverenciales. Algunos tenían una naturaleza polivalente, podían desempeñar varios papeles, como la partícula in [69] del náhuatl o la del purépecha ga, [70] y todos eran indispensables en los procesos de la derivación y la composición. Para usar un término de la filosofía, eran “entes lingüísticos” que completaban el tejido del artificio nominal y verbal y, algunas veces, hasta servían de ornato. Ellos, los que codificaron las lenguas mesoamericanas, los llamaron partículas. Hoy se llaman morfemas, palabra igualmente polisémica y versátil que puede aplicarse a multitud de elementos que, o bien son palabras, o entran en la formación de palabras.

En realidad, los cuatro franciscanos de los que venimos hablando fueron sorprendidos por estos entes y tuvieron que acomodarlos poco a poco en los nuevos paradigmas según la percepción gramatical de cada uno, aunque finalmente todos adoptaron el nuevo término y lo aplicaron a las mismas palabras: pronombres de diversas clases, conjunciones, marcadores de espacio y tiempo, elementos de ornato y hasta prefijos, infijos y sufijos. Simplificando, llamaron partículas a morfemas de naturaleza versátil, muy breves, fáciles de aglutinar y muy importantes en la composición. El término es nuevo; no aparece en las gramáticas grecolatinas. El primero que usa la palabra es Olmos al final de la primera parte del Arte, para designar los sufijos diminutivos. A partir de ese capítulo la palabra sufre un proceso de extensión semántica y aparece aplicada a varias clases de pronombres que se intercalan entre sujeto y verbo para representar la persona o cosa que padece. Páginas después, Olmos la adopta para designar diversos tipos de marcadores, direccionales y verbales principalmente.

Molina consolida el término y también lo aplica a cualquier morfema, por ejemplo, las desinencias, para formar los diminutivos y los aumentativos. En la segunda parte de su Arte se adentra en la explicación de varias partículas verbales e inclusive llega a identificar partícula con letras. Y es muy interesante que al final de su obra se plantee una nueva explicación de qué es partícula. Y para ello echa mano de la gramática hebrea y presenta una clasificación de las sílabas en dos géneros o maneras: las unas que se llaman “seruiles o seruidoras, por cuanto sirven a muchos nombres y verbos” [f. 29 r.]. En ellas incluye todas las sílabas excepto las que son “rayz”, que integran el segundo grupo. Para mostrar su tesis se vale de la lengua latina y de ésta pasa a la mexicana, donde presenta un ejemplo muy elocuente: la palabra “annechmocxipaquilizque, que quiere decir ‘lauarme eis los pies donde parece que de la rayz deste verbo paca que quiere decir lauo no quedan sino dos letras que son p. y a. y todas las demas sillabas son seruidoras’” [f. 32 v.]. [71] He aquí una respuesta a la novedad americana que Molina construye apelando a la gramática hebrea, lengua de moda en el Renacimiento. La respuesta puede verse como una búsqueda de elementos distintos para formar un nuevo paradigma ante la falta de elementos en la tradición gramatical grecolatina. [72]

Por su parte, Gilberti, sorprendido y admirado por el nuevo elemento gramatical, le concede un apartado especial en la tercera parte de su Arte, en el capítulo dedicado a explicar la composición de los verbos [ff. 112 v.-144 v.]. Enumera y analiza más de 70 y dice: “porque son necesarias para construir bien la composición de los verbos y hablar derecha y congruamente la lengua” [f. 113 r.]. De cada una destaca las funciones morfológicas, sintácticas, semánticas y deícticas, y nota que muchas de ellas, como en náhuatl, sirven para cambiar la naturaleza de los verbos; con las partículas cambian de neutros a activos y con ellas se construyen los frecuentativos, causativos y reverenciales. En el Arte de Gilberti las partículas cobran vida, a tal grado, dice él, que “ayuntando la partícula de la cosa que se quiere poner a la partícula del lugar a donde se quiere poner, añadiendo la partícula ta. haze verbo y noticia entera” [f. 142 r.]. Así, en el paradigma de Gilberti las partículas son el centro de la composición verbal, lo cual muestra la percepción de los retos que le imponía el purépecha y la respuesta del franciscano.

La senda abierta por Gilberti en el mundo de las partículas fue fundamental para el conocimiento del tarasco, y fue aprovechada por su discípulo Juan Bautista Lagunas. En su ya citado Arte y diccionario con otras obras en lengua michuacana, Lagunas ahonda en el tema en extenso capítulo titulado “De las interposiciones” [ff. 144 r.-171 v.]. Allí analiza casi 60 por orden alfabético, las mismas que Gilberti, aunque añade nueva información con comentarios sobre el papel sintáctico de ellas, con lo cual completa la de su maestro. Lagunas amplió la doctrina gramatical de Gilberti y buscó un nombre diferente para codificar con más precisión este elemento gramatical nuevo. Esta búsqueda es muestra, una vez más, de la respuesta que los primeros evangelizadores quisieron dar a estructuras desconocidas en la tradición gramatical latina y hebrea, en este caso unos entes lingüísticos esenciales en la derivación y la composición. No se atrevieron a formar una nueva categoría gramatical, aunque las tratan como tales, pero lograron captar la naturaleza y la función de ellas y pudieron darles vida en la organización gramatical que dejaron para la posteridad. 

Hermenéutica y gramática. Consideraciones finales

He tratado de ofrecer una visión de conjunto sobre la codificación de las lenguas mesoamericanas en el siglo XVI, concretamente sobre el náhuatl y el purépecha o tarasco, las dos que primero tuvieron arte y vocabulario. Por haber mucha materia, quedan fuera otras lenguas generales, codificadas también en aquel siglo, y dignas de descubrir en sus gramáticas paradigmas tan valiosos como los aquí tratados. Aun así queda claro cómo un grupo de misioneros traza nuevos modelos y cómo con ellos se forma una tradición mesoamericana que en los siguientes siglos crece hasta formar un capítulo de la historia de la lingüística de todos los tiempos.

Los misioneros humanistas aquí se transformaron en lingüistas o protolingüistas. Del humanismo clásico, y en menor medida hebreo, tomaron la capacidad hermenéutica de entender lenguas nuevas gracias a dos viejos conceptos que mucho preocuparon a los gramáticos helenísticos: la analogía y la anomalía. La analogía fue el primer paso para conocer la naturaleza de la palabra: escuchar los sonidos, diferenciar fonemas, lo que ellos llamaban las letras, e identificar la palabra para establecer una correspondencia con las partes de la oración y determinar su categoría gramatical y sus accidentes: número, persona, especie y figura. En definitiva, la analogía constituye lo tradicional de estas gramáticas. Gracias a ella los nuevos tratados gramaticales se integran en una tradición de milenios y en un sistema de pensamiento ajeno, la tradición grecolatina.

Más difícil, en cambio, era descubrir lo nuevo de las lenguas y, una vez descubierto, colocarlo en el lugar adecuado. Tal hecho era un paso más en la penetración lingüística que daría firmeza y definición a las nuevas gramáticas. Para ello los misioneros contaron con el principio de la anomalía: detectar lo diferente usando la perspectiva comparatista. La anomalía les permitió perfilar la función de la palabra, novedosa y desconocida para ellos. Así lo dejan ver a lo largo del análisis gramatical: el nombre y el pronombre no se declinan sino que funcionan con afijos y se ayuntan o componen; el verbo tiene su propio artificio basado en la incorporación de pronombres, verbo y partículas. Casi todas las palabras, sea cual fuere su categoría morfológica, tienen la capacidad de componerse entre sí para articularse como enunciados. La función sintáctica era totalmente diferente a la de las lenguas grecolatinas.

El punto de encuentro de todas las lenguas es la palabra. La palabra es el fondo común de las lenguas y en ellas se realiza la primera articulación del habla. La palabra tiene un rostro constituido por un núcleo que no cambia, la raíz, y por un haz de trazos cambiantes que son los accidentes. En las lenguas griega y latina, los accidentes perfilan el rostro de la palabra y sirven para relacionarlas unas con otras, para articularlas. Para construir un enunciado coherente tiene que haber correspondencia, concordancia entre los trazos: género, número, persona, especie, figura, caso por declinación. Es lo que Prisciano llamó “principio de coherencia”.

También en las lenguas mesoamericanas la palabra tiene un rostro perfilado por un haz de trazos, los accidentes de número, persona, especie y figura. Ahora bien, para un enunciado coherente las palabras se ayuntan, se incorporan a tal grado que los trazos se pierden o transforman hasta formar un todo, un rostro compuesto, un nuevo signo lingüístico diríamos hoy, que a veces es una oración completa. Es decir que en las lenguas del Viejo Mundo y en las del Nuevo la articulación de las palabras para formar enunciados seguía caminos opuestos. Los primeros gramáticos del náhuatl y del tarasco percibieron esta anomalía y en función de ella redactaron sus paradigmas gramaticales. Y por ello prescindieron del término de sintaxis y en su lugar pusieron el de composición.

La anomalía es, en definitiva, la modernidad, la innovación, el enriquecimiento del saber gramatical, la gran aportación de estos protolingüistas al pensamiento grecolatino y al conocimiento de las posibilidades creativas del lenguaje humano. Ambas herramientas, analogía y anomalía, fueron la mejor forma posible de hermenéutica para codificar las nuevas lenguas y crear una tradición lingüística mesoamericana que hoy nos tiene aquí reunidos. Con este logro quiero dar término a esta presentación, un poco árida tal vez. Con ella he querido poner de relieve cómo en Mesoamérica, gracias a los trabajos de esos protolingüistas misioneros, se consolidó una nueva tradición gramatical a través de la creación de nuevos paradigmas. Tal aportación, podemos afirmarlo, ha venido a enriquecer en muchos aspectos lo que cabe llamar teoría lingüística universal, la que se inició con griegos y romanos y continúa enriqueciéndose hasta el presente con la creación de nuevos paradigmas. 

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* Leído en la sesión pública solemne del jueves 22 de enero de 2009, efectuada en las instalaciones de la Coordinación de Humanidades de la Universidad Nacional Autónoma de México.

[1] Fue elegido el 13 de agosto de 1976. Leyó su discurso el 23 de octubre de 1980.

[2] Javier García Galiano, “Prólogo” a Elsinore. Un cuaderno. En este discurso, las notas aparecerán abreviadas ya que se pueden completar con la Bibliografía final.

[3] José de la Colina, “Prólogo” a Pasado anterior, p. 20.

[4] José Luis Martínez, “Contestación al discurso de ingreso de Salvador Elizondo”, p. 28.

[5] Salvador Elizondo, “Regreso a Casa. Discurso”, pp. 19-20.

[6] Una descripción de su obra en el Diccionario de escritores mexicanos. Siglo XX, tomo II. También en José Luis Martínez y Christopher Domínguez Michael, Literatura mexicana del siglo XX, p. 216.

[7] “Diario del primer viaje”, en Cristóbal Colón, Textos y documentos inéditos completos, p. 50.

[8] Véase Juan Gil, En demanda del Gran Kan. Viajes a Mongolia en el siglo XIII, 1993.

[9] Fray Alonso de Molina, “Prólogo al lector” en el Vocabulario de 1555, reproducido en el de 1571 (véase la Bibliografía al final).

[10] Véase Nicola Abbagnano, Diccionario de filosofía.

[11] Thomas S. Kuhn, La estructura de las revoluciones científicas, p. 13. La primera edición en ingleses de 1962.

[12] Ibidem , p. 165.

[13] Ibidem .

[14] Entre los muchos foros dedicados a analizar la teoría contenida en la Estructura de las revoluciones científicas puede citarse el congreso de Londres de 1965, cuyas memorias están publicadas por Imre Lakatos y Alan Musgrave (véase la Bibliografía al final).

[15] Ruy Pérez Tamayo, La estructura de la ciencia, 2008, p. 120.

[16] Jaime Labastida, El edificio de la razón. El sujeto científico, 2007, p. 218.

[17] Dell Hymes, “Introduction: Traditions and Paradigms”, en Studies in the History of Linguistics. Traditions and Paradigms, 1974.Cynosure, según definición del Webster’s New World Dictionary, se deriva del griego kynosoura, ‘dog’s tail’; “1 . the constellation Ursa Minor […]. 2. any person or thing that is a center of attention or interest”.

[18] Percival W. Keith, “The Applicability of Kuhn Paradigms to the History of Linguistics”, 1976, pp. 289 y 292.

[19] E. F. K. Koerner, “On the Non Applicability of Kuhn’s Paradigms to the History of Linguistics”, p. 168.

[20] Th omas S. Kuhn, La estructura de las revoluciones científicas, p. 34.

[21] Webster New World Dictionary of the American Language .

[22] Santiago Segura Murguía, Diccionario etimológico latino-español.

[23] Nicola Abbagnano, Diccionario de filosofía.

[24] Dell Hymes, “Introduction: Traditions and Paradigms”, p. 29.

[25] Jesús Bustamante, “Las lenguas amerindias: una tradición española olvidada”, p. 84.

[26] Miguel Ángel Esparza Torres, “Tareas de la historiografía lingüística”, p. 74.

[27] Carlos García Gual, “Nota editorial” a Dionisio Tracio, Gramática. Comentarios antiguos, p. 7.

[28] La palabra ars es un calco de τέχνη.

[29] Opinión de Marc Baratin, “La constitution de la grammaire et de la dialectique”, p. 196. Tal opinión no es compartida por todos. Véase Vicente Becares Botas, “Introducción”, a Apolonio Discolo, Sintaxis, p. 14.

[30] En Dionisio Tracio, Gramática. Comentarios antiguos, p. 35.

[31] Véanse los comentarios reunidos por Vicente Becares Botas en la edición citada de Dionisio Tracio.

[32] Apolonio Discolo, Sintaxis, intr., trad. y notas Vicente Becares Botas, p. 73.

[33] Entre ellos se cuentan Palemon, Carisius, Diomedes, Servius y Probus. Vease Marc Baratin, “ La constitution de la grammaire et de la dialectique”, p. 189.         

[34] Para describirla me baso en la edición contenida en la recopilación de varios gramáticos latinos publicada en 1522 bajo el nombre de Diomedes, De arte gramatica opus, fojas LXXXIX-XCVII r. y v. La edición lleva por título Donati ars prima, que corresponde a la primera parte. La edición incluye también el Ars secunda. Ambas partes constituyen el Ars maior. Donato hizo una síntesis de esta última para principiantes a la cual llamo Ars minor, conocida también como Ianua, Puerta.

[35] Priscianus Grammatici Caesariensis, Institvtionvm Grammaticarum, en Grammatici Latini, vols. II y III.

[36] Para la sintaxis como dominio gramatical en la obra de Apolonio y Prisciano, véase Marc Baratin, “ Les diffi cultes de l’analyse syntactique”, pp. 228-242.

[37] Las subinscripciones son textos breves que se ponian al fi nal de las copias de los autores clásicos en los últimos tiempos del Imperio romano. Generalmente el copista dejaba escrito su nombre. El tema está bien explicado en el libro de Reynolds y Wilson, D’ Homere a Erasme. La transmision des classiques grecs et latins, pp. 28-29.

[38] Diego Valadés, La lengua del derecho y el derecho de la lengua. Discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua, p. 123.

[39] Según la Enciclopaedia Britannica, de Prisciano se conservan miles de manuscritos.

[40] Cabe recordar que a partir de la segunda mitad del siglo XIII, con el impulso dado al estudio de la filosofía aristotélica, tomo fuerza el estudio de la gramática llamada lógica o de los modi significandi. Tal gramática tuvo su esplendor en las recién creadas universidades y supuso un paradigma nuevo en la tradición grecolatina. En este ensayo no se tiene en cuenta, pues no tuvo consecuencias para el estudio de las lenguas vernáculas del Nuevo Mundo.

[41] En el Renacimiento se hicieron tres ediciones de la obra de Apolonio: la Aldina, 1495; la de Felipe Junta, en Florencia, 1515, y la de Sylburg en Frankfort, 1590. Sobre ella y la influencia de Apolonio en el Renacimiento, véase Vicente Becares Botas, “Introducción” a la Sintaxis de Apolonio Discolo.

[42] Este tratado, conocido como De Institutione, redactado por el jesuita Luis de la Cerda (1560-1643), tenía muy poco de Nebrija y mucho de la doctrina de Francisco Sánchez de las Brozas (1523-1600) y del propio De la Cerda. La nueva gramática causo gran polémica, como lo muestra Miguel Ángel Esparza en “La obra de Nebrija en el siglo XVIII”, conferencia plenaria presentada en el tercer Encuentro de la Sociedad Mexicana de Historiografía Lingüística, México, octubre de 2008 (en prensa).

According to Spanish Missionary Grammarians from Damascus ”, pp. 273-304. Para un breve resumen

[43] En esta gramática las conjugaciones están en tres lenguas: latín, portugués y japonés. Las Institutiones de Alvares se publicaron 530 veces en 22 países (véase Otto Zwartjes, 2002, p. 29).

[44] Joao Rodrigues publicó un Arte da Lingoa de Iapam, Nagasaqui, Collegio da Iapaon da Companhia de Iesv, 1604, y unArte breve da lingoa Iapoa (Amanaco, Companhia de Iesu, 1620), ambas según el paradigma de Alvares (véase Toru Maruyama, “ Linguistic Studies by Portuguese Jesuits in Sixteenth and Seventeenth Century in Japan”, p. 147).

[45] Para la tradición medieval árabe, véase “L’analyse linguistique dans la tradition arabe classique”, de G. Bohas, P. Guillaume y D. Kouloghli, 1989. Para la tradición medieval hebrea, véase D. Kouloghli, “Les debuts de la grammaire hebraique”, 1989.

[46] La primera gramática del hebreo escrita en latín se debe a Johann Reuchlin, De rudimentis hebraicis libri tres (Pforzheim, 1606), seguida por la de Nebrija, De litteris hebraicis (Alcala, 1507). La primera del árabe en español con el modelo latino fue elaborada por Pedro de Alcalá, Arte para ligeramente saber la lengua arauiga (Salamanca, Juan Varela, 1505). Un estudio reciente sobre gramáticas árabes de los siglos XVII y XVIII se debe a Otto Zwartjes, “ Agreement Asymmetry in Arabic de las lenguas estudiadas en el Renacimiento, vease W. Keith Percival, “La connaisance des langues du monde”, 1992.

[47] Fray Gerónimo de Mendieta, Historia eclesiástica indiana, libro V, capítulo XVII.

[48] Fray Alonso de Molina, Aqui comienca un vocabulario en la lengua castellana y mexicana Vocabulario en lengua castellana y mexicana y mexicana y castellana.

[49] Fray Gerónimo de Mendieta, libro III, capítulos XV y XVI.    

[50] Véase Hans Georg Gadamer, Verdad y método, vol. I, pp. 101-107.

[51] Hans Josef Niederehe, “Introducción. La lingüística en el ámbito hispanohablante”, vol. II, p. XIV.

[52] El numero de ediciones y su impacto en la lingüística pueden verse en la obra de Miguel Ángel Esparza Torres y Hans Josef Niederehe, Bibliografia nebrisense, 1998.

[53] La biografía más amplia de Olmos se debe a Georges Baudot en su libro Utopía e historia en México. Los primeros cronistas de la civilización mexicana, capítulos III y IV.

[54] Gutiérrez de Cerezo se formo con Nebrija en Salamanca, y en su obra utiliza el concepto de notitia para designar la función del verbo con quien “hace y padesce” (Miguel Ángel Esparza Torres, “El camino hacia Nebrija”, pp. 66 y 74-76).

[55] Fray Francisco Ximénez fue “el décimo de los doce” al decir de Mendieta. Según este cronista, fue uno de los primeros que aprendió la lengua mexicana y el primero que hizo arte y vocabulario en ella. De él se conserva una vida de fray Martin de Valencia, prelado de los 12. Fray Alonso Rangel llego en 1529 junto con fray Bernardino de Sahagún en la barcada de fray Antonio de Ciudad Rodrigo. Aprendió mexicano y otomí y “de la mexicana hizo arte muy perfecta”. Fue provincial del Santo Evangelio y su navío se perdió en el mar cuando iba al capítulo general de la orden celebrado en Asís en 1548. Los datos sobre ambos pueden verse en la citada obra de Mendieta, libro IV, caps. 42 y 44, y en el libro V, caps. 26 y 40. En uno de los seis manuscritos de Olmos que han llegado hasta nosotros, al margen anotado se lee: esto lo trae mejor Rangel (véase el estudio introductorio a Olmos de Ascensión Hernández Triviño y Miguel León-Portilla.

[56] Para este trabajo he consultado la edición de Olmos hecha por Ascensión Hernández Triviño y Miguel León-Portilla en 2002. En ella se reproduce en facsímil el manuscrito de la Biblioteca Nacional de España, Madrid (véase la Bibliografía al final).

[57] Las Introductiones latinae están distribuidas en cinco libros: en el primero se describen los paradigmas de las declinaciones y las conjugaciones; en el segundo se da doctrina sobre la diversidad de nombres y verbos. El libro III es muy completo, pues trata de casi todo: “orthographia y letra, prosodia y syllaba, etimologia y diction y syntaxi o construction”; el libro cuarto trata de la “construction de las partes de la oración entre sí”, y finalmente el libro quinto, “de la quantidad de las sylabas, pies, uersos y acentos”. En Elio Donato la materia se distribuye en 16 apartados, siguiendo un orden: los dos primeros, sobre voz y letra; los ocho siguientes versan de las partes de la oración, y los seis últimos sobre vicios y virtudes. Por su parte, Prisciano en sus Institutiones grammaticae distingue 18 apartados: el primero, de la voz; el segundo, de la silaba y de la oración y sus partes. Los restantes tratan de la morfología y los dos últimos de la construcción “ sive ordinatione partium orationis inter se”.

[58] Véase Nicola Abbagnano, Diccionario de filosofía.

[59] En la lingüística moderna se acostumbra excluir de la gramática a la fonología, y a veces a la semántica.

[60] En español se definen los accidentes gramaticales como “la variación sistemática de forma que experimentan los sustantivos y los adjetivos (genero y numero) y los verbos (persona, numero, tiempo y modo)” (Diccionario básico de lingüística, de Elizabeth Luna Traill, Alejandra Vigueras Ávila y Gloria Báez Pinal, 2005). Desde Dionisio de Tracia los accidentes aparecen bien definidos y clasificados en las paginas correspondientes al nombre (en el que se incluye el adjetivo), verbo, participio, artículo y pronombre. Aunque el número de ellos varía según la parte de la oración, los accidentes son: calidad, genero, numero, persona, especie, fi gura y caso por declinación. Para el verbo hay que añadir uno más, la conjugación.

[61] Molina lo registra también en su primer Vocabulario, que es sólo castellano-mexicano, bajo la entrada nombre. En realidad el compuesto de tocaitl debería ser notocauh según la regla de los acabados en tl, pero Olmos lo registra como una de las excepciones a la regla [f. 29 v.].

[62] En realidad, Gilberti expone la declinación con detalle en la primera parte de su gramática en forma de paradigma junto con la conjugación. Es posible que lo hiciera para no romper totalmente con Nebrija, quien dedica su primer libro de las Introducciones a la declinación del nombre y a la conjugación del verbo. Pero en la segunda parte de su obra, al exponer en nombre y el pronombre, la declinación pierde importancia.

[63] Con estos nombres aparece en Elio Donato y en Nebrija (véanse Donati Ars prima, incluido en Diomedes, De arte grammatica opus, 1524, f. XCI V., y Antonio de Nebrija, Introducciones latinascontrapuesto el romance al latín [c. 1488], p. 104).

[64] La frase proviene de Gilberti, op cit., f. 142 r. De los cuatro gramáticos franciscanos, es Gilberti el que más usa noticia por oración.

[65] El hecho de eliminar el término sintaxis es una cuestión controvertida para los lingüistas. Una buena exposición del tema se encuentra en José Luis Suarez Roca, Lingüística misionera española, pp. 120-124.

[66] Según el Diccionario de la Real Academia Espanola (2001), incorporar, del latín incorporare, es “agregar, unir algo a otra cosa para que haga un todo con ella”.

[67] En realidad, Humboldt dejo elaboradas varias gramáticas de lenguas americanas. La náhuatl fue la que recibió la mayor atención del lingüista alemán. Recientemente el lingüista Manfred Ringmacher ha reunido los escritos sobre esta lengua con el nombre de Mexicanische Grammatik. Apud José Luis Iturrioz Leza, “Incorporación y tipo polisintético”, p. 416.

[68] Cito la traducción española: Sobre la diversidad de la estructura del lenguaje humano y su influencia sobre el desarrollo espiritual de la humanidad, p. 185. Sobre el nuevo tipo lingüístico fijado por Humboldt, véase José Luis Iturrioz Leza, loc. cit.

[69] Molina registra varios significados de la partícula in: como pronombre relativo [f. 20 v.], como artículo para formar participios [f. 69 r.], como conjunción, en el sentido de “por lo cual”, y como ornato [segunda parte, f. 24 v.].

[70] Gilberti señala y explica cuatro significaciones, ff . 122 r.-123 v. Un comentario sobre ellas en Cristina Monzón, “Tradition and Innovations in Sixteenth Century Grammars of New Spain”.

[71] Formada de an, vosotros, pronombre personal sujeto; nech, a mí, pronombre personal objeto; mo, partícula reverencial; icxitl, pie, y paquilizque, segunda persona plural del futuro de indicativo del verbo paca, lavar.

[72] Para apreciar mejor esta distinción entre las dos clases de silabas podemos recordar la clasificación que Dwight Bolinger hace en morfemas fuente y morfemas de sistema. En los primeros incluye a los que son la materia prima del léxico y en los segundos a los que señalan las relaciones dentro de la lengua y las funciones de los morfemas fuente (véase Dwight Bolinger, Aspects of Language, pp. 56-57).


Respuesta al discurso de ingreso de Ascensión Hernández Triviño

Señor director, señor rector, señores académicos, señoras y señores:

Estas palabras, que ofrezco en nombre de mis distinguidos y queridos colegas, son para celebrar, con júbilo justificado, la incorporación como académica de número de doña Ascensión Hernández Triviño. Los integrantes de la Academia Mexicana de la Lengua reiteramos, ahora en público, nuestra efusiva acogida a quien ha llegado para sumar su inteligente y diligente actividad a las tareas que aquí se realizan.

Doña Ascensión es de oriundez extremeña, como lo fueron en su mayoría los primeros habitantes europeos de nuestro continente. Española por nacimiento, mexicana por voluntad, Chonita, conforme al hipocorístico familiar y afectivo con que también la conocemos y tratamos, nació en Villanueva de la Serena. La Serena es un seductor valle que también presta su nombre a varias ciudades más: Quintana de la Serena, Esparragosa de la Serena, Monterrubio de la Serena, Higuera de la Serena, Valle de la Serena, además de las contrastantes Malpartida de la Serena y Benquerencia de la Serena. Estoy seguro de que estos amables parajes deben suscitar entrañables evocaciones a nuestra académica.

En el mapa literario ocupa un lugar descollante otra de sus viejas villas: Zalamea de la Serena, donde Calderón de la Barca hizo célebre a un pueblo y a un alcalde valerosos en una obra en la que se ha querido ver un argumento en torno al honor, pero que admite una lectura más moderna. Un comandante, personificando el poder castrense y la arrogancia aristocrática en la España del siglo XVII, exhibe en una sola línea el desdén por el pueblo: “¡Ah, villanos con poder!”, exclama. Creo que ahí está una de las claves en cuanto a las intenciones de Calderón: poner en evidencia la caduquez del dominio feudal. En esa Extremadura vigorosa, atraída desde el siglo XVI por la intensidad de nuestros trópicos, está la raigambre hispana de doña Ascensión; vino aquí para echar nuevas raíces: unas representadas por su hermosa progenie, otras significadas por su labor cultural.

Su matrimonio con Miguel León-Portilla la trajo a México. Identificados ambos por su vocación histórica (ella es licenciada y doctora en historia por la Universidad Complutense), luego compartieron también el interés por la filología mesoamericana.

Integrante, desde hace más de tres décadas, del personal académico del Instituto de Investigaciones Filológicas de la Universidad Nacional Autónoma de México, es también profesora de Historia de la Filología y la Lingüística en el Posgrado de la Facultad de Filosofía, y en la Facultad de Estudios Superiores de Acatlán ha impartido cursos sobre Historia de la Lingüística en México. En ambas facultades ha orientado a muchos jóvenes en el estudio de nuestras lenguas vernáculas. Forma parte, asimismo, del Sistema Nacional de Investigadores.

Su producción es abundante y por su calidad ha merecido reconocimientos y premios varios. Además de sus numerosas publicaciones relacionadas con la diáspora española y la presencia hispana en nuestra cultura contemporánea, el otro eje de sus trabajos académicos está en la cultura náhuatl. En esta materia es autora, coautora o editora de más de una docena de libros, a los que suma cerca de un centenar de capítulos de libros y de artículos en publicaciones especializadas. Las obras de doña Ascensión ofrecen, a quienes se interesen por la esencia de nuestra cultura, respuestas a muchas interrogantes. Tepuztlahcuilolli, [1] por ejemplo, es un texto sobrio, elegante, erudito, que da cuenta de los estudios sobre la lengua mexicana a través de los siglos.

La lengua es el vehículo de comunicación que nos transformó en especie humana al cabo de una larga evolución. La diferencia genética que nos distingue de otros homínidos corresponde apenas a 2% de nuestro genoma. Ahí se localizan las bases biológicas que nos permiten pensar y verbalizar el pensamiento. Lo que nos hace humanos es la palabra; esa es nuestra diferencia con los demás seres animales de hoy y del pasado; esa es nuestra esencia.

Por eso estudiar y conocer la lengua de nuestros ancestros, y de millones de nuestros coetáneos, es una forma de comprender la intimidad de una cultura. Incluso antes de la arribada europea, en este hemisferio existían sociedades complejas donde se ejercía la autoridad del poder político, se cultivaban artes y ciencias, se guerreaba y se negociaba, se construían mitos y se practicaban ritos. Diversos factores geográficos y ambientales generaron un desarrollo distinto del que se produjo en el Mediterráneo, por ejemplo; pero ser diferentes no equivale a ser desiguales.

Más aún, el “encuentro de dos mundos”, como ha llamado Miguel León-Portilla al mutuo hallazgo de América y Europa, propició una cultura mes-tiza en ambas orillas oceánicas. No podemos pasar por alto que el concepto de “europeo” es posterior a ese encuentro. Es cierto que desde la antigüedad helénica habían sido delimitados los espacios continentales correspondientes a Asia, África y Europa, como muestran, entre otras, las obras de Polibio y de Estrabón, [2] pero la construcción del Imperio romano, su ulterior fragmentación durante el Medioevo, la impronta carolingia y el papado, hicieron que se perdiera la idea de Europa como unidad territorial y que se trasladara la identidad cultural hacia lo que por siglos, a partir de Teodosio I, se conoció como cristiandad. Europa sólo fue consciente de su identidad luego del encuentro con las culturas hasta entonces desconocidas. El concepto de Europa se desarrolló a partir del siglo XVI. Fue entonces cuando aparecieron una nueva cartografía y obras referidas a temas “europeos”.

Al inicio de nuestra relación con España, entre los objetivos éticos y jurídicos para justificar el estatus colonial, se incluyó el combate al paganismo, adverso a los valores religiosos imperantes allá que habían nutrido al sistema político medieval y sustentaban al naciente Estado absolutista. A tal extremo se llegó, que se inventó una leyenda conforme a la cual el animal sagrado de los antiguos mexicanos, la serpiente, sucumbía devorada por el símbolo mazdeísta del bien: el águila. También se presentó a los indios como bárbaros porque practicaban sacrificios humanos. Si la historia se hubiera invertido y en la misma época los nativos americanos hubiesen desembarcado en Europa, con seguridad se habrían desconcertado al contemplar el espectáculo de seres humanos devorados vivos por las llamas, como auto de fe, o por las ordalías practicadas en territorio alemán hacia fines del siglo XVI.

En su presunto salvajismo, los indios de América no inventaron instrumentos para atormentar. Los chamanes mexicanos, por su parte, habrían envidiado los milagros curativos atribuidos en Francia a los príncipes borbones, todavía en el siglo de las luces, [3] y los jugadores de pelota se habrían maravillado ante los duelos judiciales, vigentes en Inglaterra hasta el siglo XVIII.

Doña Ascensión Hernández ha dedicado su fructífera labor universitaria a la lengua mexicana. En el Seminario de Cultura Náhuatl, fundado hace medio siglo por Ángel María Garibay y Miguel León-Portilla, se han cultivado varias vertientes, que incluyen estudios en torno al arte, a la ciencia, a la filología y a la lingüística. El trabajo de nuestra académica en el Seminario ha permitido identificar y analizar las fuentes bibliográficas de esa cultura. Su documentada obra Tepuztlahcuilolli consta de dos partes, publicadas en sendos volúmenes: la primera, de contenido histórico, lingüístico y filológico, y la segunda, una bibliografía crítica en torno al náhuatl. Las páginas de esta obra pueden ser recorridas lo mismo por un interés general en la lengua mexicana que procurando información específica sobre materias determinadas. En el primer caso, el panorama posible es exuberante, porque la autora combina con maestría los elementos característicos de la cultura ancestral nacional, y por otra extiende su información detallada a todas las manifestaciones relacionadas con el náhuatl, lo mismo en México que en Europa y en América, al sur y al norte de nuestro país. Con este trabajo la profesora Hernández Triviño da una prueba de exhaustividad indagatoria y de profundidad analítica.

Pero su labor no está guiada sólo por la curiosidad científica y la responsabilidad profesional; su interpretación de la historia nacional y la cuidadosa identificación de sus protagonistas culturales también denotan una íntima afinidad con su segunda patria. Doña Ascensión advierte el sentido cultural de la Independencia y de la Revolución: ambos movimientos tuvieron repercusiones en el estudio de la historia y de las lenguas mexicanas, dieron un especial valor a la matriz indígena de nuestra cultura y auspiciaron sucesivos procesos de nacionalismo.

Con la Independencia “al romper con la historia próxima, el país necesitaba un gran cambio que lo desligara del pasado colonial y que le permitiera adquirir una identidad propia”, y con la Revolución “por segunda vez, en el México moderno, se vivió un momento cumbre en la formación de la mexicanidad”. [4]

Otro aspecto distintivo del trabajo de nuestra académica consiste en el rescate de obras e incluso de personajes poco visitados por lingüistas y filólogos. Por ejemplo, de Melchor Ocampo dice que merece figurar como uno de los primeros que se interesaron por los aspectos lingüísticos del náhuatl, [5] y a ella se debe la organización y edición de los trabajos que el eminente filólogo y lingüista don Pablo González Casanova publicó en revistas especializadas nacionales y extranjeras. El estudio introductorio a la obra de este antiguo miembro de nuestra corporación es por sí mismo una monografía que pudo integrar un volumen; incluye una documentada biografía de don Pablo y un detallado examen de sus métodos de investigación. Sin duda, es una aportación que los especialistas valoran, pero, más que eso, significa recuperar el trabajo de una figura relevante de la cultura mexicana cuya desaparición prematura le impidió sistematizar sus originales contribuciones al conocimiento del náhuatl.

Después de nueve años de estudios en Europa, la mayor parte en Alemania, el doctor González Casanova se reintegró al país en 1913. Al organizar e introducir sus Estudios de lingüística y filología nahuas, [6] doña Ascensión nos brinda un panorama de la vida cultural mexicana durante los duros años de la Revolución. A lo largo de esos azarosos tiempos el trabajo intelectual resultó una empresa difícil, máxime que se carecía de estímulos institucionales que permitieran llevarlo a cabo. Para dedicarse al estudio era menester una gran presencia de ánimo y un inconmovible amor por la cultura. En este estudio se muestra a una generación de mexicanos empeñada en construir las instituciones que han permitido preservar el patrimonio cultural indígena de nuestro país.

Trabajos emblemáticos de esa rica actividad investigativa que caracteriza la rica producción de doña Ascensión Hernández son también el Vocabulario manual de las lenguas castellana y mexicana, de Pedro de Arenas [7], y el Arte de la lengua mexicana, de Andrés de Olmos, en este caso en colaboración con Miguel León-Portilla.[8] Ahora, su discurso se inscribe en esa sólida trayectoria.

Al hablar de “La tradición gramatical mesoamericana y la creación de nuevos paradigmas”, nuestra académica alude a la Babel americana:

un gigantesco espacio con multitud de lenguas, algo que sobrepasaba los límites de lo imaginario y la capacidad de entenderlas… una enorme coordenada sincrónica de lenguas [en la que], a primera vista, se imponía la oralidad, aunque algunas de ellas tenían sistemas de escritura y textos, sobre todo las de Mesoamérica.

Las primeras reacciones culturales de los europeos en México fueron paradójicas: por un lado se produjo la destrucción masiva de documentos indígenas. Juan Pomar decía que en las casas reales de Nezahualpilli había un archivo general que fue devastado. Juan de Zumárraga, en México, y Diego de Landa, en Yucatán, por ejemplo, entregaron al fuego los libros de los indios. Juan de Torquemada deploraba la destrucción de textos indígenas y reconocía que sólo algunos documentos “de mucha importancia para saber las cosas antiguas de esta tierra” habían sido preservados por “diligentes indios”. [9] Por otra parte, hubo humanistas que se dedicaron a rescatar la cultura nativa, para lo cual, nos dice doña Ascensión, tuvieron que aprender lenguas, y para conseguirlo hicieron gramáticas. Uno de estos emprendedores humanistas fue Andrés de Olmos

En su notable disertación, la distinguida académica señala que el paradigma es una parte del saber acumulativo y reflexivo, y que los paradigmas crean tradiciones. El paradigma, agrega, es único y sincrónico, mientras que la tradición es múltiple y diacrónica. El valor teórico de estas afirmaciones consiste en que además de ser aplicables a la filología y a la lingüística, se pueden trasladar a las ciencias sociales.

Si sabemos que el pensamiento es palabra, todo paradigma que haga inteligibles las funciones de ésta sirve, asimismo, para entender otras ex-presiones del pensamiento. Por ejemplo, en la medida en que comprendamos los procesos lógicos que regulan el desarrollo de las lenguas vernáculas mexicanas será posible entender mejor las formas de organización social y política de nuestros pueblos autóctonos. La destrucción masiva de los textos prehispánicos, por sus supuestas motivaciones demoniacas, nos per-mite abrigar dudas acerca de hasta dónde se extienden las interpolaciones feudales y religiosas en los textos que luego sí fueron aceptados por las mismas autoridades espirituales y políticas virreinales. Solo la piedra y la estructura de las lenguas no fueron objeto de esas interpolaciones. De ahí que la arqueología, la filología y la lingüística, con los importantes aportes subsidiarios de otras ciencias, nos faciliten un instrumental adecuado para conocer las raíces de nuestro ser colectivo.

El estudio del Estado arcaico, entendido como la manifestación germinal del orden político, será posible a partir de lo que esas disciplinas permitan descifrar. Así podremos comprender algunos elementos de nuestra realidad presente, como el llamativo fenómeno de que, en nuestro hemisferio, la plaza central de cada población es el espacio donde conviven los recintos del poder temporal y del poder espiritual. Cuando nuestra académica presenta la génesis y el desenvolvimiento de los paradigmas concernidos con la estructura de las lenguas, nos brinda también una ruta a seguir para sistematizar los paradigmas que rigen otras estructuras también vinculadas con el lenguaje, como las del poder primario y las del poder regulado.

Con mano maestra, apoyada en un ritmo elegante y en una prosa diáfana, Ascensión Hernández nos ha conducido desde el mundo clásico de Dionisio de Tracia hasta el Renacimiento y su proyección en América, returino Gilberti, Juan Bautista Lagunas y Alonso de Molina, además del propio Olmos. Así nos muestra cómo se imbrican los nuevos paradigmas y la tradición gramatical mesoamericana.

Más allá de la erudición, el análisis y la brillante construcción teórica de nuestra académica, el texto sugiere numerosas reflexiones. Una atañe a la situación actual de las lenguas vernáculas en México. Si a la distancia de los siglos contemplamos la obra de algunos humanistas en el siglo XVI y la cotejamos con la de varios académicos en el siglo XXI, podremos decir que se hace honor a una tradición iniciada hace cinco centurias. Empero, así como se corresponden por su afinidad los espacios culturales de dos épocas distantes, en nuestro tiempo sigue faltando una mayor responsabilidad institucional en cuanto a nuestras lenguas originales.

No extraña que en el siglo XVI la corona española, como todos los demás gobiernos del planeta en esa época, pasara por alto el valor de las lenguas. Lo que sorprende es que en el siglo XXI el Estado mexicano no asuma una posición más comprometida en esta materia. Durante el siglo XX surgió en el mundo una poderosa corriente favorable a la defensa, preservación y enriquecimiento de las lenguas vernáculas. En todos los continentes numerosas constituciones han incorporado las obligaciones del Estado en cuanto a las lenguas vernáculas. En México, en cambio, conforme al artículo 2º de la Constitución, se delega en los pueblos y en las comunidades, de endeble organización y exiguos recursos, la compleja tarea de preservar y enriquecer sus lenguas. La magnitud de esta empresa demanda que nuestras lenguas sean consideradas nacionales, para que el Estado mexicano quede obligado a adoptar las medidas necesarias para su preservación y desarrollo.

Señoras y señores: La excepcional lección académica que hoy hemos escuchado nos muestra una vertiente más de la riqueza cultural de México; del México pretérito y del México contemporáneo. Los humanistas de antaño, como los de hogaño, cumplen una misión ejemplar poniendo su hacer y su saber al servicio de la comunidad nacional.

No menos relevantes que sus prendas académicas son las virtudes humanas de doña Ascensión. Ella y Miguel León-Portilla han formado un hogar cálido y hospitalario, al que además de Marisa y Gerardo, Miguel Diego y Fabio, se integra una familia universitaria basada en las afinidades de la cultura y en la constancia del afecto.

Precedida en el sitial por don Jaime Torres Bodet y por don Salvador Elizondo, ciudadanos eminentes de la república letrada, nuestra nueva académica viene a sumarse al intenso quehacer de esta corporación. La Academia Mexicana de la Lengua acoge a 36 personas de muy diversas especialidades pero con una causa común: contribuir al desarrollo cultural del país.

Doña Ascensión Hernández Triviño: Esta Academia se siente orgullosa de contarla entre sus integrantes. En los meses transcurridos desde su elección, usted ha trabajado con entusiasmo en las labores de la Comisión de Lexicografía y del pleno. Al convertirse en académica de número, en esta solemne ceremonia, le reitero una muy efusiva bienvenida en nombre de todos nuestros colegas, porque su presencia enriquecerá los trabajos de la institución, para bien de la cultura en México.

[1] Tepuztlahcuilolli. Impresos en náhuatl. Historia y bibliografía , 2 vols., Instituto de Investigacio-nes Filológicas e Instituto de Investigaciones Históricas, unam, México, 1988.

[2] Cf. Polibio, The Histories, III, 37; Estrabón, Geografía, I, 2, 1.

[3] Cf. Marc Bloch, The Royal Touch. Monarchy and Miracles in France and England, Dorset Press, Nueva York, 1961, pp. 223 ss.

[4] Tepuztlahcuilolli. Impresos en náhuatl. Historia y bibliografía , vol. 1, pp. 104 y 154.

[5] Ibidem , p. 114.

[6] Edición y estudio introductorio, Ascensión H., de León-Portilla, Instituto de Investigaciones Filológicas, unam, México, 1977.

[7] Reproducción facsimilar de la edición de 1611, Estudio introductorio, Ascensión H., de León-Portilla, Instituto de Investigaciones Filológicas e Instituto de Investigaciones Históricas, unam, México 1982.

[8] Estudio introductorio y transliteración, Ascensión Hernández Triviño y Miguel León-Portilla, Ediciones de Cultura Hispánica y unesco, Madrid, 1993.

[9] Cf. Miguel León-Portilla, Códices. Los antiguos libros del Nuevo Mundo, Aguilar, México, 2003, pp. 79 ss.

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