Poema del día

Siete poemas para esta semana. Selección de Felipe Garrido

Lunes, 14 de Febrero de 2022
Por: Felipe Garrido

Un poema al día, para que quienes puedan se lo pongan encima y lo atesoren en la memoria.

Lunes

Una sorpresa
 
Hoy recibí tu carta. La he leído 
con asombro, pues dices que regresas,
y aún de la sorpresa no he salido...
¡Hace tanto que vivo sin sorpresas!
          Que por fin vas a verme... Que tan larga
fué la separación... Te lo aconsejo,
no vengas, sufrirías una amarga
desilusión: me encontrarías viejo.
          Y como un viejo, ahora, me he llamado
a quietud, y a excepción ¡siempre el pasado!
de uno que otro recuerdo que en la frente
          me pone alguna arruga de tristeza
no me puedo quejar: tranquilamente
fumo mi pipa y bebo mi cerveza.
 
Evaristo Carriego (1883-1912)
 
 
En el café
 
Desde hace una semana falta ese parroquiano
que tiene una mirada tan llena de tristeza
y, que todas las noches, sentado junto al piano
bebe, invariablemente, su vaso de cerveza
          y fuma su cigarro... Que silenciosamente
contempla a la pianista que agota un repertorio
plebeyo, agradeciendo con aire indiferente
la admiración ruidosa del modesto auditorio.
          Hace ya cinco noches que no ocupa su mesa
y en el café su ausencia se nota con sorpresa.
Es raro, cinco noches... ¡Y sin aparecer!
          Entre los habituales hay algún indiscreto
que asegura a los otros, en tono de secreto,
que hoy está la pianista más pálida que ayer.
 
Evaristo Carriego (1883-1912)
La canción del barrio, y otros poemas.
Selección e introducción de Javier Adúriz.
Biblos, Buenos Aires, 1984.
 
Martes
 
Un soneto
de Luis de Camoes
 
Entre el ramaje en flor del limonero
está un ave dulcísima escondida,
rimando un blando verso sin medida
que fluye de su pico lastimero.
          Pero un cruel cazador, desde el sendero,
eleva su ballesta distendida,
y el ave cae, mortalmente herida,
ensartada en el dardo traicionero.
          Así, mi corazón, que libre andaba,
se sintió, donde menos lo esperaba
y donde menos lo temía, herido;
          que el ciego cazador por mí temido,
para tomarme por sorpresa, estaba
en vuestros claros ojos escondido.
 
José Ángel Buesa (1910-1982)
Nada llega tarde
Betania, Madrid, 2012.
 
Miércoles
 
Día veinticuatro. Y tu retórica
 
Si lo escribió mi prisa feliz, ¿con qué palabras, 
cómo dije: “palomas cálidas de tu pecho”? 
En sus picos leería: brasa, guinda, clamor, 
pero la luz recuerda más duro su contorno 
y el aire el inflexible número de su arrullo. 
Y diría: “palomas de azúcar de tu pecho”, 
Si endulzaban el agua cuando entrabas al mar 
Con tu traje de cera de desnudez rendida, 
Pero el mar las sufría proas inexorables 
Y aún sangran mis labios de morder su cristal. 
 Después, si dije: “un hosco viento de despedidas”, 
¿Qué palabras de hielo hallé sobre mi grito? 
No recuerdos, ni angustias, ni soledades. Sólo 
El rencor de haber dicho tu estatua con arenas 
Y haberla condenado a vida, tiempo, muerte. 
 Y escribiría: “un horro vendaval de vacíos” 
La estéril mano álgida que me agostó mis rosas 
 Y me quemó la médula para decir apenas 
Que nunca tuve mucho que decir de mí mismo 
Y que de tu milagro sólo supe la piel.
 
Gilberto Owen (1904-1952)
 
 
Día veintisiete. Jacob y el mar
 
Qué hermosa eres, Diablo, como un ángel con sexo pero mucho más despiadada,
cuando te llamas alba y mi noche es más noche de esperarte,
cuando tu pie de seda se clava de caprina pezuña en mi abstinencia,
cuando si eres silencio te rompes y en mis manos repican a rebato tus dos senos,
cuando apenas he dicho amor y ya en el aire está sin boca el beso y la ternura sin empleo                       aceda, 
cuando apenas te nombro flor y ya sobre el pradom ruedan los labios del clavel, 
cuando eres poesía y mi rosa se inclina a oler tu cifra y te me esfumas.
Mañana habrá en la playa otro marino cojo.
 
 
Gilberto Owen (1904-1952)
Obras.
FCE, México, 1979.
 
Jueves
 
Florecimiento
 
La noche entró en la sala adormecida
arrastrando el silencio a pasos lentos...
Los sueños son tan quedos, que una herida
sangrar se oiría. Rueda en los momentos
          una palabra insólita, caída
como una hoja de otoño... Pensamientos
suaves tocan mi frente dolorida
tal manos frescas, ¡ah!... ¿Por qué tormentos
          misteriosos los rostros palidecen
dulcemente?... Tus ojos me parecen
dos semillas de luz entre las sombras,
          y hay en mi alma un gran florecimiento
si en mí los fijas; si los bajas, siento
como si fuera a florecer la alfombra.
 
Delmira Agustini (1886-1914)
 
 
Boca a boca
 
Copa de vino donde quiero y sueño
beber la muerte con fruición sombría,
surco de fuego donde logra Ensueño
fuertes semillas de melancolía.
          Boca que besas a distancia y llamas
en silencio, pastilla de locura,
color de sed y húmeda de llamas…
¡Verja de abismos es tu dentadura!
          Sexo de un alma triste de gloriosa;
el placer unges de dolor; tu beso,
puñal de fuego en vaina de embeleso,
me come en sueños como un cáncer rosa…
          Joya de sangre y luna, vaso pleno
de rosas de silencio y de armonía,
nectario de su miel y su veneno,
vampiro vuelto mariposa al día.
          Tijera ardiente de glaciales lirios,
panal de besos, ánfora viviente
donde brindan delicias y delirios
fresas de aurora en vino de poniente…
          Estuche de encendidos terciopelos
en que su voz es fúlgida presea,
alas del verbo amenazando vuelos,
cáliz en donde el corazón flamea.
          Pico rojo del buitre del deseo
que hubiste sangre y alma entre mi boca,
de tu largo y sonante picoteo
brotó una llaga como flor de roca.
          Inaccesible… Si otra vez mi vida
cruzas, dando a la tierra removida
siembra de oro tu verbo fecundo,
tú curarás la misteriosa herida:
lirio de muerte, cóndor de vida,
¡flor de tu beso que perfuma al mundo!
 
Delmira Agustini (1886-1914)
Poesías completas.
Edición de Alejandro Cáceres
Ediciones de la Plaza, Montevideo, 1999.
 
Viernes
 
Oda a la alegría
 
Alegría
hoja verde 
caída en la ventana, 
minúscula
claridad 
recién nacida, 
elefante sonoro, 
deslumbrante 
moneda, 
a veces 
ráfaga quebradiza, 
pero 
más bien 
pan permanente, 
esperanza cumplida, 
deber desarrollado. 
Te desdeñé, alegría.
Fui mal aconsejado. 
La luna 
me llevó por sus caminos. 
Los antiguos poetas 
me prestaron anteojos 
y junto a cada cosa 
un nimbo oscuro
puse, 
sobre la flor una corona negra,
sobre la boca amada 
un triste beso. 
Aún es temprano. 
Déjame arrepentirme. 
Pensé que solamente 
si quemaba 
mi corazón 
la zarza del tormento, 
si mojaba la lluvia 
mi vestido 
en la comarca cárdena del luto, 
si cerraba 
los ojos a la rosa 
y tocaba la herida, 
si compartía todos los dolores, 
yo ayudaba a los hombres. 
No fui justo.
Equivoqué mis pasos
y hoy te llamo, alegría
          Como la tierra 
eres
necesaria.
          Como el fuego 
sustentas
los hogares.
          Como el pan
eres pura.
          Como el agua de un río 
eres sonora.
          Como una abeja
repartes miel volando.
          Alegría,
fui un joven taciturno, 
hallé tu cabellera 
escandalosa.
          No era verdad, lo supe 
cuando en mi pecho 
desató su cascada.
          Hoy, alegría, 
encontrada en la calle, 
lejos de todo libro, 
acompáñame:
          contigo
quiero ir de casa en casa, 
quiero ir de pueblo en pueblo, 
de bandera en bandera. 
No eres para mí solo.
A las islas iremos, 
a los mares. 
A las minas iremos, 
a los bosques. 
No sólo leñadores solitarios,
pobres lavanderas
o erizados, augustos 
picapedreros, 
me van a recibir con tus racimos, 
sino los congregados, 
los reunidos, 
los sindicatos de mar o madera, 
los valientes muchachos 
en su lucha.  
          Contigo por el mundo!
Con mi canto!
Con el vuelo entreabierto
de la estrella,
y con el regocijo 
de la espuma!
          Voy a cumplir con todos 
porque debo
a todos mi alegría.
          No se sorprenda nadie porque quiero 
entregar a los hombres
los dones de la tierra,
porque aprendí luchando 
que es mi deber terrestre 
propagar la alegría.
Y cumplo mi destino con mi canto.
 
Pablo Neruda (1904-1973)
Odas elementales. 
Ed. Jaime Concha.
Cátedra, Madrid, 1985.
 
Sábado
 
El pájaro
 
En el silencio transparente
el día reposaba:
la transparencia del espacio
era la transparencia del silencio.
La inmóvil luz del cielo sosegaba
el crecimiento de las yerbas.
Los bichos de la tierra, entre las piedras,
bajo la luz idéntica, eran piedras.
El tiempo en el minuto se saciaba.
En la quietud absorta
se consumaba el mediodía.
Y un pájaro cantó, delgada flecha.
Pecho de plata herido vibró el cielo,
se movieron las hojas,
las yerbas despertaron...
Y sentí que la muerte era una flecha
que no se sabe quién dispara
y en un abrir los ojos nos morimos.
 
Octavio Paz (1914-1998)
 
 
La poesía
A Luis Cernuda
 
¿Por qué tocas mi pecho nuevamente? 
Llegas, silenciosa, secreta, armada, 
tal los guerreros a una ciudad dormida; 
quemas mi lengua con tus labios, pulpo, 
y despiertas los furores, los goces, 
y esta angustia sin fin 
que enciende lo que toca 
y engendra en cada cosa 
una avidez sombría. 
          El mundo cede y se desploma 
como metal al fuego. 
Entre mis ruinas me levanto, 
solo, desnudo, despojado, 
sobre la roca inmensa del silencio, 
como un solitario combatiente 
contra invisibles huestes. 
          Verdad abrasadora, 
¿a qué me empujas? 
No quiero tu verdad, 
tu insensata pregunta. 
¿A qué esta lucha estéril? 
No es el hombre criatura capaz de contenerte, 
avidez que sólo en la sed se sacia, 
llama que todos los labios consume, 
espíritu que no vive en ninguna forma 
mas hace arder todas las formas 
con un secreto fuego indestructible. 
          Pero insistes, lágrima escarnecida, 
y alzas en mí tu imperio desolado. 
          Subes desde lo más hondo de mí, 
desde el centro innombrable de mi ser, 
ejército, marea. 
expulsando, tiránica, 
aquello que no cede 
a tu espada frenética. 
Ya sólo tú me habitas, 
tú, sin nombre, furiosa sustancia, 
avidez subterránea, delirante. 
          Golpean mi pecho tus fantasmas, 
despiertas a mi tacto, 
hielas mi frente 
y haces proféticos mis ojos. 
          Percibo el mundo y te toco, 
sustancia intocable, 
unidad de mi alma y de mi cuerpo, 
y contemplo el combate que combato 
y mis bodas de tierra. 
          Nublan mis ojos imágenes opuestas, 
y a las mismas imágenes 
otras, más profundas, las niegan, 
ardiente balbuceo, 
aguas que anega un agua más oculta y densa. 
En su húmeda tiniebla vida y muerte, 
quietud y movimiento, son lo mismo. 
          Insiste, vencedora, 
porque tan sólo existo porque existes, 
y mi boca y mi lengua se formaron 
para decir tan sólo tu existencia 
y tus secretas sílabas, palabra 
impalpable y despótica, 
sustancia de mi alma. 
          Eres tan sólo un sueño, 
pero en ti sueña el mundo 
y su mudez habla con tus palabras. 
Rozo al tocar tu pecho 
la eléctrica frontera de la vida, 
la tiniebla de sangre 
donde pacta la boca cruel y enamorada, 
ávida aún de destruir lo que ama 
y revivir lo que destruye, 
con el mundo, impasible 
y siempre idéntico a sí mismo, 
porque no se detiene en ninguna forma 
ni se demora sobre lo que engendra. 
          Llévame, solitaria, 
llévame entre los sueños, 
llévame, madre mía, 
despiértame del todo, 
hazme soñar tu sueño, 
unta mis ojos con aceite, 
para que al conocerte me conozca.
 
Octavio Paz (1914-1998)
 
Las palabras
 
Dales la vuelta,
cógelas del rabo (chillen, putas),
azótalas,
dales azúcar en la boca a las rejegas,
ínflalas, globos, pínchalas,
sórbeles sangre y tuétanos,
sécalas,
cápalas,
písalas, gallo galante,
tuérceles el gaznate, cocinero,
desplúmalas,
destrípalas, toro,
buey, arrástralas,
hazlas, poeta,
haz que se traguen todas sus palabras.
 
Octavio Paz (1914-1998)
Obra poética (1935-1988)
Seix Barral, Barcelona, 1990.
 
Domingo
 
Premonición de la sombra
 
Mirándote en la sombra mientras duermes,
mientras buscas mi fe con esas manos
desnudan que me nombran,
me duele la ceniza que tu ausencia
inventará mañana, cuando nadie
pueda escuchar tu voz, pueda sentirte
abriéndote al amor en este mundo. 
 
Gilberto Prado Galán (1960)
El canto de la ceniza 
Portada de Luis Eduardo Aute:
Calima Ediciones, Palma de Mallorca, 2004
 
 
El libro que dejaste
 
Como te fuiste ayer yo me he queado
a rumiar esas cosas que dejaste
a medio terminar como ese libro.
Esta historia narrada por Baricco,
Donde la sombra de oro nos sorprende
a quienes execramos del destino; 
recorría esas páginas ausentes
con tusojos de anoche, mas no siento
tu cuerpo junto a mí ni tu mirada
leyéndome las líneas de la mano.
 
Gilberto Prado Galán (1960)
 
Pasaje
 
Una sola mirada para verte
detrás de cada nombre,
una sola nostalgia y una sola
raíz para escucharte.
No me humillan tus manos, no desciendo
al pozo donde aguardas.
Has pasado muy cerca y me perturba
la brisa que tus dedos inventaron.
Sólo recuerdo el oro de tu sombra.
 
Gilberto Prado Galán (1960)
Dolor de ser isla.
Universidad Autónoma de Coahuila,
Saltillo, 2009.

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