Poema del día

Siete poemas para esta semana. Selección de Felipe Garrido

Lunes, 13 de Junio de 2022
Por: Felipe Garrido

Un poema al día, para que quienes puedan se lo pongan encima y lo atesoren en la memoria.

 

Lunes

Un mundo raro

Cuando te hablen de amor y de ilusiones
y te ofrezcan un Sol y un cielo entero,
si te acuerdas de mí no me menciones
porque vas a sentir amor del bueno.
         Y si quieren saber de tu pasado
es preciso decir una mentira;
di que vienes de allá de un mundo raro,
que no sabes llorar,
que no entiendes de amor
y que nunca has amado.
         Porque yo, adonde voy,
hablaré de tu amor
como un sueño dorado.
Y olvidando el rencor
no diré que tu adiós me volvió desgraciado.
         Y si quieren saber de mi pasado
es preciso decir otra mentira.
Les diré que llegué de un mundo raro,
que no sé del dolor,
que triunfé en el amor
y que nunca he llorado.

José Alfredo Jiménez (1926-1973)

Ella

Me canse de rogarle;
me canse de decirle
que yo sin ella de pena muero.
Ya no quiso escucharme;
si sus labios se abrieron
fue pa decirme: Ya no te quiero
          Yo sentí que mi vida
se perdía en un abismo
profundo y negro
como mi suerte,
quise hallar el olvido
al estilo Jalisco,
pero aquellos mariachis y aquel tequila
me hicieron llorar.
         Me canse de rogarle.
Con el llanto en los ojos
alcé mi copa y brindé con ella.
No podía despreciarme;
era el ultimo brindis
de un bohemio con una reina
         Los mariachis callaron.
De mi mano sin fuerza
cayó mi copa sin darme cuenta.
Ella quiso quedarse
cuando vio mi tristeza.
Pero ya estaba escrito
que aquella noche perdiera su amor.

José Alfredo Jiménez (1926-1973)

No me amenaces

No me amenaces; no me amenaces.
Cuando estés decidida a buscar otra vida,
pos agarra tu rumbo y vete.
          Pero no me amenaces; no me amenaces.
Ya estás grandecita,
ya entiendes la vida,
ya sabes lo que haces.
          Porque estás que te vas y te vas
y te vas y te vas y te vas
y te vas, y no te has ido.
          Y yo estoy esperando tu amor,
esperando tu amor, esperando tu amor,
o esperando tu olvido
          Alli toy, Chiquita, esperando.
No me amenaces, no me amenaces.
Si ya fue tu destino olvidar mi cariño,
pos agarra tu rumbo y vete.
          Pero no me amenaces, no me amenaces.
Ya juega tu suerte: ahi trais la baraja
pero yo traigo los ases.
          Porque estás que te vas y te vas
y te vas y te vas y te vas
y te vas y no te has ido;
          y yo estoy esperando tu amor,
esperando tu amor, esperando tu amor…
o esperando tu olvido.

José Alfredo Jiménez (1926-1973)
Cancionero completo.
Prólogo de Carlos Monsiváis;
epílogo de Manuel Arroyo-Stephens
Océano / SEP, México, 2003.

Martes

Cuando mi hermana y yo, solteras,
queríamos ser virtuosas y santas

Y cuando al jardín, contigo, descendíamos,
Evitábamos en lo posible los manzanos.
Incluso ante el olor del heliotropo enrojecíamos;
sabido es que esa flor amor eterno explica.
Tu frente entonces no era menos encendida
que tu encendida beca, sobre ella reclinada,
con el rojo reflejo competía.
Y extasiadas, mudas, te espiábamos;
antes de que mojáramos los labios en la alberca,
furtivo y virginal, te santiguabas
y de infinita gracia te vestías.
Te dábamos estampas con los bordes calados
iguales al platito de pasas
que, con el té, se ofrece a las visitas,
detentes y reliquias en los que oro cosíamos
y ante ti nos sentábamos con infantil modestia.
Mi tan amado y puro seminarista hermoso,
cuántas serpientes enroscadas en los macizos de azucenas,
qué sintieron las rosas en tus manos que así se deshojaban!
Con la mirada baja protegerte queríamos
de nuestra femenina seducción.
Vano propósito.
Un día, un turgente púrpura,
tu pantalón incógnito, de pronto, estirará
y Adán derramará su provisión de leche.
Nada podrá parar tan vigoroso surtidor.
Bien que sucederá, sucederá.
Y no te ha de salvar ningún escapulario,
y ni el terrible infierno del albo catecismo
podrá evitar el cauce radiante de tu esperma.

Ana Rossetti (1950)
De Los devaneos de Erato, 1980.

[Hay sueños que no mueren…]

Hay sueños que no mueren. Se empeñan
en ser sueños.
Ajenos a la comba de la esfera
y a las operaciones de los astros,
trazan su propia órbita inmutable
y, en blindadas crisálidas, se protegen
del orden temporal.
Por eso es que perduran:
porque ekigen noser.
Negándose se afirman,
rehusando se mantienen, como flores de cuarzo,
indestructibles, puros, sin dejarse arrncar
de su durmiente ínsula.
Intactos en el tiempo,
son inmunes a la devastación
que en cada vuelta acecha, inhumana,
a la pasión que exige y que devora,
a la desobediencia y extravío
que en los vagabundeos centellean.
Monedas que el avaro recuenta sigiloso
nunca salen del fondo del bolsillo.
No ambicionan. No arriesgan. No conquistan.
No pagarán el precio del fracaso,
la experiencia, la determinación,
la ebriedad o el placer.
Sólo son impecables subterfugios.

Ana Rossetti (1950)
De Punto umbrío, 1995.

En Poesía española
Antología. Segunda mitad del siglo XX
.
Introducción de Álvaro Salvador.
Selección y notas de
Álvaro Salvador y Érika Martínez.
UNAM, México, 2011.

Miércoles

Acuática

Iré por la noche hasta el río musical, cuajado de estrellas;
iré a bañarme en sus aguas color de turquesa.
Escucharé los lamentos de las ramas inquietas; creeré piedras
movibles, los sapos grises.
Correré por la orilla de arenas dormidas, persiguiendo
luceros; en la arena quedarán las huellas de mis infantiles goces.
Navegaré por el río con mis brazos por remo; el río cruzaré
con remos alados, y brotarán de mis manos las flores del agua.
Desafiaré los peligros de las aguas profundas; sumergida
en su seno, me pensarán acuática.
Interrumpiré el sueño de los pececillos leves; a los peces
de mil colores les robaré sus sueños de perla.
Liberaré los cabellos con ansias de redes; pescarán estrellas
de coral y de nácar.
Cansada de juegos, descansaré a mi antojo sobre el regazo
del río; el río adornará mi cuerpo con encajes de espuma.

Amparo Dávila (1928-2020)

Brindis

Recordemos el ayer y bebamos por lo que fue; por lo que ya no es!
Levanta la copa y brinda por lo que fue vida y fue muerte;
por lo que un día fue presente y ahora es pasado.
Recordemos el ayer y los amores color de flama; flama esencial
que incendiaba el alma.
Yo sólo tengo vino color de llama; la hoguera de sus amores
se quedó atrás en el pasado.
Llena la copa y bebe; bebamos por el pasado que no puedo olvidar!

Amparo Dávila (1928-2020)
Poesía reunida
FCE, México, 1971.

Jueves

Lecciones de anatomía
Lecciones primera, segunda
y tercera, de cinco.

Lección primera. En la niñez tu padre te enseñó un tratado sobre el cuerpo humano. En sus páginas contemplaste el cuerpo en su roja desnudez: miembros completamente desollados; se señalaban los tendones expuestos, los músculos, nervios, o ligamentos. Tramo a tramo la disección te mostró una nueva forma de contemplar lo bello, pero tu madre nunca lo vio así.
           Tu madre veía en esas láminas la inmundicia, el asco, la alteridad profanada por un par de dibujos del renacimiento. Entonces, para apartarte cual Buda del dolor, de lo horrendo del cuerpo, tu madre escondió el libro.
           Tu padre pactó un secreto y a escondidas te enseñó los misterios:
           Aquí está el cráneo.
Esto es un músculo pectoral.
Allá un tendón del dedo.
¿Entiendes?
                         Sí.
Tienes que aprender a ver las cosas.
Como realmente son.
¿Me escuchas?
                         .
Tu padre diseccionaba tu niñez. Tu padre te enseñó la poesía
del cuerpo.
Tu padre te aleccionaba: la poesía no es un verso,
                                                                                 la poesía es una víscera.

Lección segunda. Tu padre dijo:
La poesía es diseccionar el poema
igual que se disecciona una res,
o un hombre.
Diseccionar la palabra es
diseccionar la carne.
Contemplamos en ambos
un abismo rojo.
El delirio de las vísceras
que no son otras
más que las nuestras.

Lección tercera. En 1543 Andrés Vesalio publicó su tratado De Humani Corporis Fabrica, mismo que terminó en tus manos, en una de sus tantas reediciones, siglos después.
        ¿Recuerdas una lámina en especial? ¿Recuerdas? Se llama Septima musculorum tabula, donde un cadáver yace de pie con las manos semi en cruz, la cabeza cae hacia atrás y su mirada seca está está perdida en algo más allá del cielo.
        La cabeza y un hombro cuelgan de una soga tensa, atada a un mástil. El hombre fue desollado y diseccionado por Vesalio. En la arquitectura y disposición de los despojos, es notable la tensión ejercida en los músculos de brazos y piernas.
        La carne de dedos y manos cae hacia el suelo como grandes gotas gordas. La mandíbula inferior está desprendida y sólo la hilera de dientes arriba se muestra en la xilografía.
        Tienes seis años,
tu padre te cuenta una historia para dormir.

En China
Fu Zhu Li pasó a la historia
al ser fotografiado
cuando se le aplicaba el Leng T’ché
o la llamada “Muerte por los mil cortes”.
       En el castigo del Leng T’ché el victimado era drogado
con generosas dosis de opio.
Desnudo y atado a un poste,
cinco guardias se harán cargo de él.
       Tres hombres mantendrán las sogas en tensión.
Los dos restantes desollarán y diseccionarán el
cuerpo para finalmente cortar la cabeza
y dejar sólo el tronco.
        El reo ve caer ante sus abismados ojos
los pedazos de sí mismo
en un canasto.
        En la foto
Fu Zhu Li mantiene la misma posición
que el cadáver de la lámina séptima.
Al igual que él,
el chino mantiene su vista
hacia el cielo
en un éxtasis divino.
        Durante su etérea visión,
un cuchillo devana su piel
dejando a la vista el óleo sanguinolento,
el músculo de agresivo empastado grasoso
y los huesos con adiposidades todavía pegadas.
       Fu Zhu Li y el cadáver de la lámina de Vesalio
compartían algo en común:
el hambre, la rebeldía.
Palabras inherentes a toda condición humana.
       Termina el relato.
       Ahora piensas:
¿Pudo el hombre de estos dos tiempos
ser una res desollada?
¿Fuiste estos dos hombres,
cuando tu padre te enseñó la belleza de la carne
escondida en el corte negro
--trazo y desollamiento infligidos
en el cuerpo dibujado—
en una lámina?

Esther M. García (1987)
La destrucción del padre.
El Periódico de las
Señoras, Querétaro, 2019.

Viernes

Lecciones de anatomía
Lecciones cuarta y quinta, de cinco.

Lección cuarta. Primera anotación en el cuaderno:
         Juan Valverde de Amusco hizo copias mejoradas del trabajo de Vesalio.
         Entre sus más representativas y polémicas láminas calcográficas se encuentra la de un hombre desollado sosteniendo su propia piel en una mano, y en la otra un cuchillo.
         Esta imagen ya apareció en otra ocasión. Miguel Ángel pintó en la Capilla Sixtina El Juicio Final con San Bartolomé, pero nadie notó, hasta siglos después, que colgando de la mano del santo estaba la horrenda figura de lo que fuera su piel.

Segunda anotación en el cuaderno:
           Las variaciones con el tiempo son mínimas. La piel inmolada es distinta. Es cierto. Pero sigue siendo piel.
           Sigo buscando en algún horizonte perdido de estas imágenes al primer animal visible de lo invisible con vencidos ojos. Pienso: Un enigma es un brotar puro. Pienso: Un cuerpo es un ojo contemplando los instantes de su propia muerte. Contemplar es la ceguera, la ceguera es balbucir la luz y sus sombras. Hay un ahogado espanto que no se puede expresar, sólo se puede ver.

Tercera anotación en el cuaderno:
          ¿Qué dice una imagen?
¿Hay silencio o ruido?
Un paréntesis encierra al observador y lo contemplado.
Están enclaustrados en la torre del sentido
y la base de la comprensión está en las ruinas del lenguaje.
          Quiero articular el balbuceo de la niña que fui
y contemplo esto
pero el lenguaje es un lindero de tinieblas en donde yo,
ciegamente,
contemplo la luz.

Lección quinta. Anotación en servilleta:
       Tu padre sentado
cabeza de la mesa familiar
a su lado tu madre
a su izquierda su hijo favorito
al lado de la madre la hija favorita
al extremo lejano
tú.
        Tu padre sentado.
Tu madre quiere hablar
y él dice que se calle.
Tu hermana quiere hablar
y él golpea la mesa con tanto amor.
Tu hermano agacha la cabeza.
Tú comienzas a sudar
el agua se escurre por tus manos
gotea desde tu sien
la casa se ahoga en mar.
        Tu padre sentado.
Nadie habla.
Él habla.
La verga más larga
de la creación.
        Amasas el pan
mezcla de saliva y odio
y ahí en miniatura
está papá.
        Él sigue hablando
tu madre come y calla
tu hermana come y calla
tu hermano come y calla
y tú estás cuchillo en mano
amputando esa pesada res
que es papá.

Esther M. García (1987)
La destrucción del padre.
El Periódico de las
Señoras, Querétaro, 2019.

Sábado

La música de aliento…

La música de aliento
cambia el cauce del río,
en vez de ir de oriente a poniente
abre un brazo hacia el sur,
allí está casa de mi padre
en un pequeño bosque de oyameles,
al menos es lo que recuerdo.
Y si en lugar de oyameles
fueran chopos o fresnos
en nada cambiaría
la sonrisa que vi
en los ojos de mi padre
cuando tenía seis años.
Él también escribía música de aliento
que nunca tocaba
y que transmitía a través de ondas
sobre la superficie
del agua (eso decía él).
De ahí el desvío del cauce
hasta el estanque
afuera de su casa.
Me apego a su memoria
porque es mi único punto
de referencia
entre el agua y la tierra.
Juego con él a las escondidas
entre los oyameles
y persigo a las garzas
más allá del alambrado.
La voz de una mujer,
que no es mi madre, grita
desde el interior de la cabaña
y la noche estrellada se quiebra
en mil pedazos.
Queso, vino, batido de chocolate
y unos trozos de pan sobre la mesa.
Esa era la casa de mi padre
en el cuento.
Prefiero verlo así que imaginarlo
con una barba blanca
y la mente perdida
en el estanque.

Silvia Tomasa Rivera (1955)

Existen muchas cosas…

Existen muchas cosas
que me impiden
rastrear el camino
de regreso.
Atravesado en este paraje
solitario,
escucho el croar
de un sapo Barragán
que anuncia
con la gravedad de su canto
la entrada al territorio
de mi infancia.
Mi verdadera llama languidece
y la noche se abre
a los presagios.
La madre del destierro
tiende una emboscada de luz
en la oscuridad;
encandilado, vuelvo a caer.
La oscuridad nos mantiene alerta
la luz enceguece
y cubre el camino
de manchas insorteables.

Silvia Tomasa Rivera (1955)
Lobo de Ciudad Grande.
La Otra / UANL, México, 2021.

Domingo

Mi casa hacia 1960

En el angosto jardín de mi casa
los alcatraces abrían de pronto
como campanas con badajo en luz
y la enredadera trepaba el muro
para caer a la casa contigua.
Menos el olor de hierbas y flores
que los gases y los humos de las fábricas
respiraba mi sagrada familia.
Rompían en el jardín, desde las casas
de junto, el roto cacareo del gallo,
el voraz aleteo de la gallina
contra la alambrada, el grito agudo
de la maestra, mínima tal duende,
en pleito con la madre, las órdenes
furiosas del furioso obrero
a miembros de su furiosa familia,
las risas de las niñas como plata,
el trazo de la luna en verde mayo.
Alacranes merodeaban la casa.
mi honrada y pobre casa que lucía
alba en la avenida de los Pinos,
donde el niño jugaba imaginando
que el hogar era calle más libre
y horizonte. Mi honrada y pobre casa,
donde mi padre era abstracción o sombra
y los hermanos bebíamos de noche
la sangre ácida que esos alacranes
bebían de nuestro cuerpo a buena hora.
Desde su habitación, enferma, madre
ordenaba familias y finanzas,
e insegura y poderosa, entre gritos
y golpes, pedía a los hijos duros
las cuatro virtudes cardinales,
buen colegio y promesa de ser ricos.
Dios amenazaba en llamas por boca
de mi madre: “Confiésense”, decía,
“Están llenos de pecados y sombras”,
y las llamas caían por la escalera.
El otro piso Epifanía creaba
otra casa, seguía con malicia
nuestros pasos, servía, y al hacerlo
relataba fantásticas historias
como de Perrault, de Grimm o Caballero.
Amigos y visitas hacían casa
en mi casa. Eran felices. Sonreían.
Y justo, al instante de irse, en sigilo,
los alacranes salían desde lo oscuro.

Marco Antonio Campos (1949)

Adiós a la infancia

Se llamaba Graciela y era en el colegio el patio abierto y la mañana azul. Era su cuerpo un durazno en sazón y en las noches una rama de estrellas. Yo tenía doce años, Graciela tal vez también. Volaban los pájaros desde el sur para visitarla en el patio del colegio y sobrevolaban luego los parques y jardines de Tizapán y San Ángel para acompañarla a la hora de la salida. Bajaba del eucalipto oloroso una racha de pájaros. Graciela, doce años, rama de estrellas, durazno en sazón, racha de pájaros en su levísima falda.

Marco Antonio Campos (1949)
Ningún sitio que sea mío.
Selección de Stefaan van den Bremt
Calamus / Conaculta / INBA, México, 2006.

 


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